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La burbuja de la IA acaba de soltar un globo y el ruido ha sido ensordecedor. Character.AI, que hace nada se paseaba con una valoración de mil millones de dólares como quien luce un reloj de oro en un barrio obrero, ha aterrizado de cabeza en el Capítulo 11 de la ley de quiebras. El cuento es el de siempre: mucha tecnología 'disruptiva' pero una gestión financiera que haría llorar a un estudiante de primero de economía. El CEO Colin Adams lo admite sin anestesia: operar su 'impresionante tecnología' es carísimo. Y claro, mientras los usuarios se perdían en conversaciones infinitas con bots, la empresa quemaba billetes a un ritmo frenético. Entre enero y agosto de 2026, se fundieron 56,1 millones de dólares solo en costes de computación y otros 19,7 millones en salarios. Para que nos entendamos, es como intentar mantener un yate de lujo funcionando a base de vender limonada en la esquina. Los ingresos eran una broma pesada: pasaron de 2,8 millones en diciembre de 2025 a 5,3 millones en agosto, mientras el agujero operativo seguía tragándose entre 8 y 9 millones de dólares al mes. En un intento desesperado por no hundirse, aplicaron la técnica del 'enshittification': llenaron la app de anuncios, recortaron el uso y sustituyeron los modelos inteligentes por versiones 'lobotomizadas'. Pasaron de prometer una superinteligencia personalizada a parecerse a esos juegos móviles cutres que te piden pagar por cada respiro. Para rematar el cuadro, las demandas por daños a adolescentes y suicidios añadieron el toque dramático. OpenAI y Anthropic podrán seguir flotando gracias a inyecciones masivas de capital, pero Character.AI es el canario en la mina. Nos recuerda que tener millones de usuarios es un lujo carísimo si no sabes cobrar la entrada.
Mientras el ciudadano medio hace malabares para que el alquiler no se coma su sueldo, Richard Branson y compañía han decidido bautizar su nuevo juguete. Se llama Apeiron, un nombre griego que significa 'sin límites', lo cual es una ironía deliciosa considerando que el avión es suborbital: llega a los 100 kilómetros de la línea de Karman, ve las vistas, siente un poco de ingravidez y vuelve a casa. No llega a la órbita, pero para quien puede pagarlo, el límite es el bolsillo. El miércoles 28 de octubre, Virgin Galactic presentó este primer modelo de la 'clase Delta'. Para darle un barniz de democracia, hicieron una encuesta mundial en 83 países y seis continentes. Miles de personas votaron, sintiéndose parte del proyecto, mientras el vehículo volaba desde Mesa, Arizona, hacia Spaceport America en Nuevo México. Un detalle tierno: el CEO Michael Golglazier habla de 'ambición humana', pero la verdadera ambición se lee en la etiqueta del precio. En 2014, subirte a la VSS Unity —que ya pasó a mejor vida tras siete misiones entre 2023 y 2024— te costaba unos 200.000 dólares. Hoy, el billete para el Apeiron ha subido a 850.000 dólares. Básicamente, el precio de una mansión por unos minutos de flotar como un astronauta de catálogo. La estrategia es clara: aparcar la vieja Unity para centrarse en la Delta, que llevará a seis pasajeros y pretende volar ocho veces al mes. Hay 675 millonarios haciendo cola, según el informe de la SEC del segundo trimestre de 2026, y más de 100 ya están en preparación. Virgin espera retomar los vuelos en mediados de 2027, mientras Blue Origin se ha retirado temporalmente para ayudar a la NASA. En resumen: el espacio sigue siendo el parque temático más caro del mundo, y nosotros solo ponemos el voto para elegir el nombre del coche.
Toledo, Ohio, ha decidido jugar a ser el escenario de una película de terror sin cobrar derechos de autor. El martes por la noche, un centro de distribución de químicos en el condado de Lucas decidió que era un buen momento para explotar, lanzando al aire una nube de glycidyl methacrylate que hace que el smog de Pekín parezca aire de los Alpes. Mientras el ciudadano medio se pelea con el precio del alquiler, los vecinos de la zona se despertaron con un 'regalito' industrial: una sustancia sospechosa de ser carcinógena flotando sobre sus patios. La gestión del caos tiene ese aroma a manual de instrucciones mal traducido. Orden de evacuación inmediata para quienes vivan a una milla; para los que estén a tres, la instrucción fue 'quédense en casa y recen'. El detalle es que hay un parque de casas móviles a solo 0,25 millas del epicentro. Básicamente, vivir allí es como jugar a la ruleta rusa con el aire que respiras. Y para añadirle dramatismo al cuadro, el río Ottawa, tributario del lago Erie y situado a menos de media milla, aguarda pacientemente para recibir el cocktail químico. Como si no fuera suficiente, la naturaleza decidió colaborar con el desastre. Una alerta de niebla se fusionó con la fuga de materiales peligrosos, convirtiendo la ciudad en una versión real de Silent Hill. En Facebook, la gente preguntaba si lo que veían por la ventana era clima, química o un cóctel apocalíptico. 'No veo nada, ¿me llevo al perro?', escribió un residente. La respuesta institucional es el silencio sepulcral que precede a las demandas millonarias. Una joya de la seguridad industrial que nos recuerda que, para algunos, la salud pública es un gasto prescindible en el balance de resultados.
Durante medio siglo, los meteorólogos nos han vendido que predecir el tiempo más allá de los 14 días era como intentar adivinar el número de la lotería con los ojos vendados. Nos refugiamos en la Teoría del Caos de Edward Lorenz, ese muro conceptual de los años 70 que decía que el 'ruido' del sistema acababa devorando cualquier señal útil. Básicamente, nos dijeron que el clima es un adolescente rebelde: por mucho que planees su futuro, al final hace lo que le da la gana. Pero Judah Cohen y Lester Mackey del MIT han decidido que ese 'desierto de predictibilidad' —ese agujero negro entre la segunda y la sexta semana donde los modelos suelen tirar la toalla— no es un muro, sino una puerta mal cerrada. Mientras que los modelos tradicionales se limitan a mirar el promedio histórico (lo que en la calle llamaríamos 'ir a ciegas basándose en lo que pasó el año pasado'), el nuevo sistema de IA de Cohen introduce el 'postprocesamiento'. Es, en esencia, una IA que aprende de sus propios pifias; compara el error cometido con datos históricos y se autocorrige. No es magia, es humildad algorítmica. Los resultados, publicados hoy en la revista Nature, son un sablazo a la ortodoxia. Al someter tres versiones de su modelo al Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF), el referente mundial del sector, el sistema de Cohen dobló la precisión en la ventana de dos a seis semanas. No estamos hablando de saber si mañana habrá que sacar el paraguas, sino de anticipar inundaciones o olas de frío con una antelación que hasta ayer parecía ciencia ficción. Para un agricultor o una eléctrica, que el clima deje de ser una moneda al aire es la diferencia entre salvar la cosecha o comer aire.
Mientras el ciudadano medio pelea con la inflación y mira el ticket del supermercado como quien mira una película de terror, Michael Colglazier y su equipo en Virgin Galactic juegan a los Legos con millones de dólares. Este miércoles 28 de octubre, la compañía ha desvelado la 'Apeiron', la primera nave de la clase Delta. Un nombre pomposo para lo que, en esencia, es un taxi de lujo para millonarios que quieren sentir la ingravidez durante unos minutos antes de volver a sus mansiones. La jugada es clara: jubilar al VSS Unity, que se despidió el 8 de junio de 2024 tras siete misiones comerciales, para pasar a una escala industrial. La Apeiron no es solo un cambio de pintura; ahora caben seis pasajeros en lugar de cuatro. La ambición es delirante: quieren hacer ocho vuelos al mes, multiplicando por diez el ritmo del modelo anterior. Es como pasar de un coche de alquiler que falla cada dos por tres a una flota de Uber Black espacial. Pero claro, en el espacio, como en las promesas electorales, los plazos son sugerencias. En 2022 prometieron vuelos comerciales para 2026, pero la realidad —y unos problemas de software de aviónica que no querían admitir— ha empujado la fecha al 2027. Mientras tanto, la fábrica de Mesa, Arizona, ya prepara una segunda nave para finales del próximo año. Lo más fascinante es la paciencia de los clientes. Hay gente que pagó 200.000 dólares por un asiento allá por 2004. Llevan veinte años esperando un viaje que dura menos que una siesta dominical. Eso es tener fe, o tener tanto dinero que el concepto del tiempo ha dejado de existir. Ahora, la Apeiron viaja desde Arizona hacia Spaceport America en Nuevo México, marcando el inicio de unas pruebas que esperamos que no terminen en un agujero contable del tamaño de un cráter lunar.
Hay quien guarda los secretos en un cajón con llave y hay quien los lanza al espacio esperando que nadie mire hacia arriba. China ha jugado al escondite orbital durante dos décadas con el Shenlong, un avión espacial que es, básicamente, el 'proyecto secreto' del barrio, hasta que la Defense Intelligence Agency (DIA) decidió soltar la foto más nítida hasta la fecha. La imagen, capturada en 2024 por Maxar Technologies, aparece casi como un anexo olvidado en la página 53 de un informe de 130 páginas sobre amenazas espaciales. Es el equivalente a encontrar la factura de un capricho carísimo escondida en el fondo de la cartera. El Shenlong no es nuevo, pero sí esquivo. Ya tuvo un debut corto de dos días en 2020 y un paseo largo de 276 días en 2022. La foto de Maxar coincide con su tercera misión, lanzada en diciembre de 2023, donde pasó 268 días orbitando y, según la DIA, 'interactuó con un objeto'. Esa frase es la joya de la ambigüedad: podría haber saludado a un satélite o haberle hecho un ajuste de cuentas orbital; el resto es secreto de Estado. Mientras tanto, la competencia no se queda atrás. El X-37B de la Space Force estadounidense, fabricado por Boeing, es el hermano mayor que presume de musculatura: 29 pies de largo, una envergadura de 15 pies y una velocidad de 17.426 mph que deja cualquier multa de tráfico en ridículo. El X-37B lleva ya 431 días en su octava misión probando láseres y cosas cuánticas, mientras que el Shenlong acaba de despegar para su cuarta excursión el 7 de febrero de 2026 desde el Centro de Lanzamiento de Satélites de Jiuquan. Dos potencias jugando al Monopoly con el vacío estelar, gastando presupuestos que harían temblar a cualquier Hacienda, solo para ver quién tiene el juguete más invisible.
Mientras nosotros seguimos peleándonos por el precio del aceite de oliva o intentando que el WiFi llegue al salón, ahí fuera, en el frío absoluto, alguien ha decidido jugar al escondite. El observatorio Vera C. Rubin, plantado en una montaña de Chile, ha detectado un objeto que se hace el interesante más allá de Plutón. Se llama provisionalmente 2026 ED138 y está a unos 4.300 millones de millas del Sol. Para que nos entendamos: está 46 veces más lejos que nosotros. Es como vivir en la misma ciudad pero que tu vecino resida en una cabaña sin luz en el quinto pino de la provincia más remota. Matthew Holman, astrofísico del Center for Astrophysics de Massachusetts, confiesa que su primera reacción fue de incredulidad. Normal. Encontrar un planeta enano es como ganar la lotería sin haber comprado el boleto. El candidato tiene un diámetro de entre 370 y 930 millas. No es un gigante; Plutón y Eris le dan tres vueltas con sus 1.400 millas, pero para ser un trozo de roca perdida, tiene su aquel. Ahora el debate es si tiene suficiente masa para ser redondo o si es solo un asteroide con delirios de grandeza. Lo más delirante es su órbita, inclinada 25 grados respecto al plano del sistema solar. Básicamente, mientras todos los planetas van en fila como alumnos en el colegio, el 2026 ED138 va cruzando la calle en diagonal, saltándose las normas de tráfico cósmico. Todo esto gracias a una cámara de 3,2 gigapíxeles, la más grande jamás construida, que ha logrado encontrar esta aguja en un pajar de millones de estrellas. No confirma la existencia del hipotético Planeta Nueve, pero nos recuerda que el universo es el cajón desastre más grande de la historia y que todavía hay cosas ahí fuera que no hemos catalogado.
Llevamos quince años intentando que la ropa sea inteligente, pero lo único que hemos logrado es que las chaquetas de Levi's y Google Jacquard pasaran a mejor vida en 2023 por ser, básicamente, un mando a distancia caro cosido a la manga. Ahora, la National University of Singapore ha decidido que no es suficiente con tocar el puño; quieren que lleves la pantalla pegada al brazo. Han fabricado una camisa con una pantalla táctil de 6,6 por 4,3 pulgadas integrada en el antebrazo. Para que nos entendamos: es como si hubieran cogido un Game Boy de los 80, lo hubieran triturado y lo hubieran tejido en el tejido. Hablamos de una resolución de 96 por 54 píxeles y una profundidad de color de 8 bits. Si esperabas calidad Retina, olvídalo; el resultado visual recuerda más a una máquina recreativa de barrio de 1989 que a un smartphone moderno. Pero ojo, que el despliegue técnico es una locura: han metido más de 5.000 chips y 20.000 componentes eléctricos en hilos de un milímetro de grosor, usando láseres y soldadura fundida para que todo encaje. La prenda permite hacer cálculos matemáticos (literalmente en el dorso de la mano), ver fotos de tigres borrosos y reproducir vídeos a 30 frames por segundo, aunque si quieres sonido, la fluidez cae a 25 fps y el vídeo empieza a dar tirones. Lo más sorprendente no es la pantalla, sino que aguanta 50 lavados y mil dobleces sin morir en el intento, siendo tan transpirable como un vaquero. Tural Khudiyev y su equipo prometen que esto, sumado a la IA, revolucionará el monitoreo de salud. En la práctica, hemos pasado de mirar el móvil distraídos a mirar la manga distraídos, pero con una resolución que haría llorar a cualquier diseñador gráfico.
Nos han vendido la moto desde el jardín de infancia: el Sol es el dueño del día y la Luna la reina de la noche. Una división tan tajante como la de los presupuestos públicos entre 'gastos necesarios' y 'agujeros contables'. Pero la realidad es que la Luna pasa la mitad de su tiempo paseando por el cielo diurno, aunque nuestro cerebro, programado en modo ahorro, se sorprenda cada vez que la ve a las cuatro de la tarde como si fuera un error en la Matrix. Esta semana es el momento ideal para dejar de ser analfabetos celestes. La Luna alcanzó su cuarto creciente el domingo 18 de octubre y ahora mismo está engordando camino a la luna llena del lunes 26 de octubre. Básicamente, está en la posición perfecta para hacerse notar durante las tardes de este fin de semana. Mientras nosotros peleamos con la lista de la compra o el sablazo de la factura de la luz, ella sale aproximadamente al mediodía y se desplaza hacia el este, volviéndose más brillante y descarada cada día. Si quieres jugar a los detectives, el truco está en mirar al sureste el lunes 19 de octubre; verás una Luna iluminada a medias que no necesita que anochezca para presumir. El verdadero espectáculo no es la luna llena —que es como el influencer del cielo: mucha luz pero poca sustancia— sino los días previos. Usando unos prismáticos en la zona del terminador, esa frontera entre el día y la noche lunar, puedes ver cráteres y montañas en relieve, un detalle arquitectónico que la luz plana de la luna llena borra por completo. Para rematar, entre el 23 y 24 de octubre, la Luna pasará cerca de Saturno, sirviendo de faro para los que no saben ni dónde está el norte.
Hay quien gasta miles de euros en terapia para encontrar el sentido de la vida y luego está el equipo de Erkan Fidan, de la Universidad Bilecik Şeyh Edebali, que lo encontró en un trozo de barro seco. En Tavşanlı Höyük, a unos 160 kilómetros al sur de Estambul, los arqueólogos llevan cinco años removiendo tierra en un montículo de casi 40 hectáreas que es, básicamente, el cementerio de Anatolia más grande de la zona. Entre tanta solemnidad de la Edad del Bronce, apareció el 'estampador' más honesto de la historia: un perro que, hace unos 3.700 años, decidió que un ladrillo de barro, paja y agua era el lugar perfecto para echarse una siesta o dar un paseo mientras el sol hacía su trabajo. No fue una firma artística ni un sello oficial del Ministerio de Cultura y Turismo de Turquía, sino un descuido canino que quedó congelado en el tiempo. Lo más fascinante no es la huella en sí, sino la anécdota del obrero de turno. Imaginen la escena: el tipo ve la marca, probablemente suspira, pero en lugar de tirar el ladrillo —lo que hoy sería como rechazar un material de construcción por un rayón—, decide integrarlo en el muro. Un gesto de 'da igual, que quede así' que ha sobrevivido milenios. Claro que la historia tiene su giro oscuro. El edificio acabó calcinado con dos personas dentro, un final trágico que contrasta con la ligereza de la huella. Por suerte, no hay restos caninos en las cenizas; el dueño de la pata tuvo la inteligencia de irse a buscar un hueso mucho antes de que el fuego lo consumiera todo. Mehmet Nuri Ersoy lo llama 'trazos inesperados de vida'. Yo lo llamo el primer grafiti involuntario de la historia.
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Xavier Domínguez