Crítica:
La noticia original es un panfleto histórico demasiado amable. Omite el verdadero cinismo detrás del financiamiento de Yerkes, disfrazando la compra de prestigio como simple apoyo científico.
La noticia original es un panfleto histórico demasiado amable. Omite el verdadero cinismo detrás del financiamiento de Yerkes, disfrazando la compra de prestigio como simple apoyo científico.
Resulta que no somos los únicos que nos volvimos neuróticos con la limpieza después de que el mundo se detuviera en 2020. Mientras nosotros desinfectábamos el ticket del supermercado como si fuera una reliquia sagrada, un grupo de macacos japoneses (Macaca fuscata) en un santuario del sur de Texas estaba aprendiendo la misma lección de supervivencia, aunque por el camino se saltaron la lógica biológica. La historia es sencilla: en 2020, el santuario sufrió un brote de retrovirus simio Tipo II. Un bicho traicionero que provoca inmunodeficiencia similar al SIDA y que se transmite por mordiscos y arañazos. Nada que ver con la comida o las heces, pero aquí es donde entra la psicología del pánico. Federico Rossano y Stephan Kaufhold, psicólogos cognitivos de la Universidad de California San Diego, se dieron cuenta de que los monos que sobrevivieron al caos se volvieron selectivos con su menú. El experimento fue un ejercicio de 'asco visual'. Pusieron comida sobre madera limpia y comida sobre heces reales (selladas con epoxi para que nadie se enfermara de verdad). Los resultados son un bofetón a la improvisación: los monos que no habían visto la muerte de cerca comieron del plato 'sucio' el 79% de las veces. En cambio, los veteranos del brote solo lo hicieron en el 47% de los casos. Lo más irónico es que el virus no se pegaba por comer caca, pero el trauma colectivo instaló un sistema inmunológico conductual. No importa si el mono se enfermó o si solo vio a su vecino palmarla; el miedo se volvió contagioso. Al final, el asco no es un capricho humano, sino una herramienta evolutiva que nos dice: 'si parece que huele mal, mejor no lo toques', aunque la ciencia diga lo contrario.
La NASA ha decidido que un solo dron en Marte era poco juego y ha pasado al modo 'flota'. Para 2028, planean lanzar el SR-1 Freedom, una nave con propulsión nuclear de fisión que suena más a película de James Bond que a misión científica, pero que tiene la tarea de soltar la cápsula SkyFall. El plan es sencillo: soltar tres helicópteros idénticos a unos 1.000 metros de altura en el hemisferio norte marciano durante la primavera, para que el polvo no les juegue una mala pasada. Si Ingenuity fue el prototipo que sobrevivió por puro milagro —volando 70 misiones cuando solo se esperaba que aguantara cinco—, SkyFall es el producto industrial. AeroVironment, la empresa de Virginia que ya sabe cómo hacer drones en serie, quiere dejar de hacer 'piezas únicas de museo' para pasar a una línea de montaje. Cada bicho llevará cinco instrumentos, incluyendo un radar de penetración terrestre (GPR) para buscar hielo bajo el suelo. Básicamente, quieren hacer un escaneo de rayos X al planeta para ver dónde hay agua antes de que algún valiente pise el polvo rojo. En términos de calle, mientras nosotros peleamos con el WiFi del salón, estos tres drones planean recorrer entre 200 y 300 kilómetros, volando cada dos soles (días marcianos) durante al menos seis meses. Lo más cínico es la 'maniobra SkyFall': se lanzan solos, sin rover que los cuide ni aterrizador que los proteja. Menos equipaje, menos costes y más riesgo calculado. Matthew Golombek y su equipo en el JPL ya están organizando talleres para decidir dónde aterrizar, porque buscar hielo en Marte es como buscar una moneda de dos euros en un desierto: sabes que está ahí, pero no quieres caminar 100 millas para descubrir que era un espejismo.
Hasta ahora, el guion del cosmos era sencillo: los agujeros negros chocan, hacen un ruido monumental en forma de ondas gravitacionales y se fusionan en un abrazo eterno y destructivo. Punto. Romper uno de estos monstruos era, en teoría, tan probable como que tu jefe te devuelva el dinero de las horas extra sin que se lo pidas. Pero un equipo de científicos europeos, liderados por Francesco Sannino de la Universidad de Nápoles Federico II y el Centro de Teoría de Campos Cuánticos de la Universidad del Sur de Dinamarca, junto a Giacomo Cacciapaglia, Manuel Del Piano y Vania Vellucci, han decidido que el 'imposible' es solo una sugerencia. Tras echar cuentas, han descubierto que un agujero negro podría partirse en dos. Eso sí, no es cualquier cosa; no es como romper una galleta. Para que esto ocurra, el agujero negro tiene que girar a una velocidad absurda, casi al límite máximo permitido, para evitar que las dos piezas se vuelvan a pegar al instante, como un chicle mal masticado. El proceso es tan surrealista que lo han bautizado como 'topología de pantalones', porque el horizonte de sucesos se deformaría creando dos piernas. El gran sablazo aquí es la entropía. En un agujero negro convencional, dividirlo sería como intentar desordenar una habitación que ya es un caos absoluto: termodinámicamente, no cuadra. Sin embargo, si el giro es lo suficientemente frenético, la relación entre masa, momento angular y entropía cambia, abriendo una rendija de posibilidad. Sannino admite que aún no hay una probabilidad exacta porque dependen de lo que pase más allá de Einstein, pero sospechan que los pequeños agujeros negros primordiales son los más propensos a este 'divorcio cósmico'. Para pillarlos en el acto, esperan que telescopios de rayos gamma como el Fermi-LAT detecten las migajas de estos fragmentos.
La naturaleza es una ingeniera eficiente, pero a veces parece que nos dejó el kit de montaje incompleto. Mientras que un perro usa la cola para contarte su vida entera en tres meneos o un canguro la usa como un tercer pie para no acabar besando el suelo, nosotros caminamos por ahí con un vacío existencial en el trasero. ¿En qué momento nos quitaron el accesorio? Para entender este 'recorte de presupuesto' evolutivo, hay que retroceder unos 25 a 30 millones de años, una época en la que el Megalodón era el dueño del barrio marino y los 'cerdos del infierno' (Daeodon) paseaban por Norteamérica. Fue entonces cuando nuestros ancestros simios decidieron que la cola era un gasto innecesario. No fue una decisión consciente, claro; es que el estilo de vida cambió. En lugar de hacer acrobacias dignas de Cirque du Soleil en las copas de los árboles, nuestros antepasados optaron por el modo 'slow food': moverse despacio, con cautela, asegurándose de que la rama aguantara el peso antes de ir a por la fruta. En ese ritmo de tortuga, tener una cola era como llevar un bolso pesado que no sirve para nada y que, además, es el asa perfecta para que un depredador te saque de la rama. La evolución, que es como ese administrador tacaño que corta gastos en cuanto ve que algo no genera beneficios, simplemente borró la línea. Pruebas como el sacrum del Ekembo heseloni (hace 20 millones de años) o el Nacholapithecus (hace 15 millones) confirman que ya éramos 'Team Sin Cola' mucho antes de que el primer homínido pensara en caminar erguido. Hoy solo nos queda el cóccix, ese pequeño hueso traicionero que solo sirve para recordarnos que existimos cuando te caes de culo en el asfalto. Básicamente, somos el resultado de una optimización de energía: menos balanceo, menos riesgo de que nos agarren el rabo y, sobre todo, mucha más facilidad para encontrar pantalones que nos queden bien.
Gastamos fortunas en aplicaciones para pedir comida a domicilio mientras el cielo nos mira con hambre. La comunidad científica, en un arranque de paranoia justificada, ha decidido que no quiere repetir el espectáculo de Chelyabinsk en 2013, donde el cristal roto mandó a más de 1.500 personas al hospital. Así que, en lugar de discutir por el precio del alquiler, la ESA, la NASA y la JAXA se han unido para jugar al billar cósmico. La historia empezó en septiembre de 2022, cuando la NASA lanzó la sonda DART contra Dimorphos —un trozo de roca de 151 metros— a una velocidad de 6,1 km/s. El impacto fue tan seco que no solo movió la órbita del asteroide unos 32 o 33 minutos (superando con creces los 73 segundos que pedían los jefes), sino que lanzó una nube de escombros a 10.000 kilómetros. Un sablazo espacial en toda regla. Ahora entra en escena Hera. Lanzada en octubre de 2024, esta exploradora robótica acaba de enviarnos la primera imagen donde Didymos (el hermano mayor de 780 metros) y Dimorphos ya no parecen un solo punto borroso, sino dos entidades separadas. Actualmente, Hera flota a unos 1.280 kilómetros de su objetivo, que a su vez está a unos 197 millones de kilómetros de nuestra cocina. Como Hera no puede acercarse demasiado sin arriesgar el equipo, soltará a dos 'recaderos' del tamaño de una caja de zapatos: los CubeSats Milani y Juventas. Mientras Milani analiza los minerales del impacto, Juventas usará un radar para ver si Dimorphos es una roca sólida o simplemente un montón de grava espacial compactada. Todo esto para que el 25 de noviembre de 2026 tengamos las fotos definitivas del primer objeto del Sistema Solar cuya órbita ha sido alterada por el capricho humano.
Ceres es el patito feo del sistema solar. Mientras Plutón tiene su propio club de fans y marketing agresivo, a Ceres lo han dejado archivado como un simple 'asteroide' por el hecho de vivir en el cinturón principal, a pesar de que el tipo tiene el desplante de concentrar entre el 25 y el 30 por ciento de toda la masa de esa zona. Es como el dueño del barrio que no hace ruido pero tiene todas las escrituras a su nombre. Ahora, unos investigadores del California Institute of Technology (Caltech) han salido al paso para decirnos que nos hemos tragado un cuento incompleto. Resulta que los datos de la sonda Dawn de la NASA, que estuvo curioseando por allí entre 2015 y 2018, se quedaron cortos. Según el estudio publicado en el Journal of Geophysical Research: Planets (JGR: Planets), Ceres nos estaba engañando con un truco de magia geológico: el hielo de agua estaba camuflando depósitos de sal masivos. Estamos hablando de que podría haber entre un 30 y un 50 por ciento más de sal de lo que creíamos. Es el equivalente astronómico a descubrir que el presupuesto de una obra pública tenía un agujero contable del 50% oculto bajo una capa de pintura fresca. La jugada es sencilla pero brillante. El hielo y la sal están mezclados, pero el hielo se evapora (sublimación, para los que usan palabras caras) más rápido cuando hay sal, dejando atrás esos 'puntos brillantes' que la sonda Dawn vio desde lejos. Para rematar, Ceres tiene deslizamientos de tierra que exponen hielo nuevo, alimentando este ciclo de evaporación infinita. No es que Ceres naciera salado; es que se ha ido concentrando con el tiempo, como una olla de caldo que se deja hervir demasiado tiempo en el fuego hasta que solo queda la costra de sal. Una lección de humildad para los que creían que ya lo tenían todo medido.
Imaginen el panorama: estamos en 1773, una época donde el lujo era tener un jabón que no raspara y la ciencia se hacía con paciencia y telescopios que hoy parecerían juguetes de mercadillo. El 13 de octubre de ese año, Charles Messier puso el ojo en algo que llamó, con una modestia casi insultante, una «nebulosa muy tenue sin estrellas». El hombre, que se dedicaba a catalogar todo lo que NO fuera un cometa para no confundirse en sus noches de guardia, anotó el objeto como la entrada número 51 de su lista. Básicamente, Messier encontró el jackpot cósmico y lo archivó como si fuera un ticket del supermercado sin importancia. La cosa se puso interesante en 1781, cuando su colega Pierre Mechain se dio cuenta de que el asunto no era un solo bulto, sino una pareja de galaxias con dos núcleos, incluyendo a la NGC 5195. Pero claro, en aquel entonces entender el universo era como intentar montar un mueble de IKEA sin instrucciones y a oscuras. No fue hasta 1845 que William Parsons, el Conde de Rosse, sacó su reflector de 72 pulgadas —un bicho que para la época era el equivalente a tener un superordenador en el salón— y vio que aquello parecía un molinillo de viento. Lo llamó «nebulosa espiral», convencido de que estaba viendo un sistema solar en plena gestación, una teoría que duró hasta que el siglo XX decidió que ya era hora de despertar. Hoy sabemos que la M51 es la posteridad del diseño espiral, situada a unos 27 millones de años luz en la constelación de Canes Venatici. Un viaje largo, incluso para quien no tiene que pagar el peaje de la autopista.
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