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Mientras nosotros peleamos con la inflación en el súper y calculamos los céntimos para que el carrito no nos deje en bancarrota, en la órbita baja de la Tierra se maneja una logística que haría palidecer a Amazon Prime. El pasado 15 de octubre, la cápsula Cargo Dragon de SpaceX, en su misión CRS-35, terminó una persecución orbital de 51 horas para aterrizar en el 'nido' de la Estación Espacial Internacional (ISS). No llevaba pan ni leche, sino más de 6.300 libras (2.860 kilos) de suministros que hacen que cualquier mudanza terrestre parezca un juego de niños. El despliegue fue quirúrgico. A las 10:27 a.m. EDT, mientras volaban a unos ridículos 28.000 km/h sobre Sudáfrica, la nave se acopló al módulo Harmony. El astronauta Anil Menon, que además celebraba sus 50 años (un cumpleaños con vistas, desde luego), supervisó que todo llegara en orden. ¿El cargamento? Una mezcla surrealista: desde comida y hardware hasta piezas para el Canadarm2 y, curiosamente, una bomba de dosis para el váter y un sensor de calidad del pretratamiento del baño. Porque sí, incluso a 400 kilómetros de altura, que el inodoro funcione es una prioridad estratégica. La misión despegó el 13 de octubre a las 6:35 a.m. EDT desde Cabo Cañaveral impulsada por un Falcon 9, regalando a la costa este de EE. UU. el espectáculo de la 'medusa espacial'. Todo este despliegue sirve para mantener vivos a los cuatro astronautas de la Crew-13, que llegaron el 1 de octubre. Dragon se quedará un mes allí, como un almacén flotante, antes de volver a casa cargada de basura y experimentos, recordándonos que el espacio es, básicamente, un hotel de lujo donde alguien tiene que llevar las toallas y arreglar la tubería del baño.
Mientras nosotros nos peleamos por el precio del aceite o intentamos que el Wi-Fi no se corte en mitad de una serie, ahí arriba, a 24 millones de años luz, la Galaxia Fantasma (M74) se dedica a lucir sus brazos asimétricos sin que nadie le pase factura. Es la ironía del cosmos: una estructura colosal que, por el simple hecho de tener su luz demasiado repartida, se vuelve tímida y difícil de ver, como quien intenta encontrar una moneda de céntimo en el fondo de un sofá lleno de migas. Para este 31 de octubre de 2026, la cita es clara. Si quieres jugar a los detectives espaciales, tienes que mirar hacia el este de Piscis antes de que la Luna decida salir a escena a las 11:08 P.M. A las 9 P.M., la M74 alcanza los 45° de altitud, situándose apenas a 1° noreste de Eta Piscium o a 6.6° suroeste de Beta Arietis. No te engañes con su magnitud 9; no es un faro. Con unos 11’ de diámetro, es una espiral vista de frente que requiere, si no quieres ver solo una mancha borrosa, un telescopio de 8 pulgadas o más. Sus brazos no son simétricos —el oeste es un despliegue generoso mientras que el este parece que se quedó a medio hacer—, un detalle que resalta gracias a los filtros de nebulosa. Como si el cielo no tuviera ya suficiente con el 'fantasma', el 1 de noviembre nos regala el cambio de hora a las 2 A.M. y una Luna gibosa menguante al 58% paseando por Cáncer, molestando la vista del Cúmulo del Colmena (M44). Mientras tanto, Júpiter y Marte dominan Leo, con el gigante gaseoso haciendo de árbitro justo a mitad de camino entre el Planeta Rojo y Regulus. El universo es así: un despliegue de opulencia lumínica mientras nosotros seguimos contando los minutos para que llegue el fin de semana.
Cruzar el Río de la Plata siempre ha sido un ejercicio de paciencia y, para muchos, una expedición de compras fiscales. Ahora, Buquebus ha soltado al agua el China Zorrilla, un catamarán de aluminio de 130 metros que es, básicamente, un smartphone gigante flotante. Olvídense del ruido ensordecedor y el humo negro que parece sacado de la Revolución Industrial; este bicho es 100% eléctrico. La ingeniería es una locura: Incat Tasmania decidió, a mitad de camino, que el gas natural y el diésel eran cosas del siglo pasado y le plantó un sistema de almacenamiento de 43 megavatios-hora. Hablamos de más de 5.000 baterías de litio que pesan 286 toneladas. Para que el ciudadano de a pie lo entienda: es como si hubieran fusionado cientos de baterías de Teslas para alimentar un barco capaz de mover a 2.100 pasajeros y 225 vehículos. El negocio es redondo. Mientras que un ferry convencional quemaría más de un millón de galones de diésel al año, el China Zorrilla se ahorra 4,5 millones de dólares en combustible. Sí, han sacrificado velocidad —pasa de los 37 nudos proyectados a unos 25 nudos—, lo que añade unos 10 minutos al viaje de 55 kilómetros. Pero quien viaja entre Buenos Aires y Colonia sabe que el verdadero motor no es la electricidad, sino el duty-free de 2.250 metros cuadrados. En un contexto de aranceles asfixiantes y regulaciones monetarias absurdas, el barco funciona como una zona franca flotante donde comprarse un perfume es casi un acto de resistencia económica. Se carga del 20% al 80% en 40 minutos, evitando soltar 37.545 toneladas de CO2 al año. Al final, el éxito del modelo Incat es tan evidente que Dinamarca ya ha pedido tres más. El planeta respira, y el bolsillo de la operadora sonríe.
Solemos imaginar la Ilustración como un desfile de pelucas empolvadas, rostros pálidos y una austeridad que haría que un lunes por la mañana pareciera una fiesta. Nos venden la imagen de René Descartes y sus colegas como tipos encerrados en bibliotecas grises, pero la realidad es que estaban obsesionados con el color, casi como quien hoy se obsesiona con el último iPhone. No era solo ciencia; era una guerra de egos con prismas. Isaac Newton soltó la bomba en 1672: la luz blanca no es pura, sino un cóctel de siete colores. Para 1704, ya había diseñado la primera rueda cromática, aunque irónicamente la dibujó en blanco y negro, como quien te explica el sabor de un mango usando un manual de instrucciones de una lavadora. Newton no se quedó corto y hasta intentó casar los colores con notas musicales, buscando una armonía que hoy nos parecería un delirio místico. Pero claro, en el Olimpo intelectual siempre hay alguien que quiere llevar la contraria. Johann Wolfgang von Goethe llegó en 1810 con su 'Teoría de los Colores', básicamente para decirle a Newton que se había equivocado. Mientras Newton medía, Goethe sentía. Junto a Friedrich Schiller, en 1799, crearon la 'rosa de los temperamentos', una especie de test de personalidad cromático donde clasificaban a tiranos, poetas y pedantes según el color. Era el ancestro directo de esos tests de Instagram que te dicen qué sabor de helado eres según tu signo. Desde los círculos de Claude Boutet hasta las simplificaciones de Moses Harris en 1766 o las ruedas de 12 colores de Ignaz Schiffermüller, la humanidad pasó siglos peleándose por el arcoíris. Lo más cínico es que toda esa sofisticación terminó siendo el manual de instrucciones para que los publicistas del siglo XX nos vendan cosas que no necesitamos usando el rojo para abrirnos el apetito o el azul para que confiemos en un banco.
Mientras nosotros seguimos peleándonos por el precio del aceite de oliva y el alquiler nos come la cartera, allá arriba, en el congelador cósmico, alguien ha encontrado un juguete nuevo. El Observatorio Vera C. Rubin ha detectado un objeto brillante que juega a las escondidas más allá de la órbita de Neptuno. No es un planeta cualquiera, es un candidato a ser el sexto planeta enano del vecindario, un 'mini mundo' que se cree muy importante porque es uno de los objetos más grandes y luminosos jamás vistos en esa zona olvidada del mapa. La escala es lo divertido. Según las estimaciones más optimistas, este intruso tiene más de la mitad del diámetro de Plutón. Para que nos entendamos: si Plutón fuera el dueño del barrio, este nuevo vecino sería el primo que llega con un coche decente pero que sigue viviendo en el sótano de sus padres. No es el rey de la fiesta, pero ya es suficiente para que los astrónomos se emocionen y quieran actualizar el libro de texto que ya nos costó un ojo de la cara en el instituto. Si se confirma el hallazgo, pasaremos de cinco a seis planetas enanos oficialmente reconocidos. Es la eterna obsesión humana por coleccionar cosas, trasladada al espacio profundo. Mientras el ciudadano de a pie intenta que la tarjeta no rebote al pagar la luz, la ciencia se dedica a buscar piedras brillantes en el vacío absoluto. Es fascinante, sí, pero también es el recordatorio perfecto de que, aunque nos sintamos el centro del universo, somos solo hormigas mirando un punto luminoso que probablemente esté más frío que el corazón de un ex.
En un mundo donde perdemos las llaves del coche dos veces al día, resulta casi cómico que la ciencia haya pasado 43 años jugando al escondite con un insecto. La Pyractomena similis, o la luciérnaga similar, decidió jugar a los desaparecidos desde 1983, dejando a los entomólogos con el vacío de un cajón sin cerrar. Fue bautizada en 1957 por John Wagener Green, pero luego se esfumó, convirtiéndose en una especie más de la lista de 'Más Buscados' de la organización Re:Wild, como si fuera un fugitivo del FBI pero con luces ámbar. La trama da un giro este año en el Brandywine Creek State Park de Delaware. Christopher “Kitt” Heckscher y su equipo no fueron allí a pasear el perro, sino que montaron una operación de búsqueda quirúrgica. El momento del 'eureka' llegó con un patrón de destellos rítmicos, aunque para cerrar el acta y evitar errores de novato, Heckscher tuvo que recurrir al método más indiscutible: examinar los genitales del macho. Porque claro, en la ciencia, el amor y la taxonomía pasan por la lupa y la anatomía íntima. El hallazgo, publicado en el Journal of Lost Species, es un soplo de esperanza, pero también un recordatorio de nuestra propia ceguera. Hay al menos otras 28 especies de luciérnagas en EE. UU. y Canadá que llevan más de una década en el limbo, probablemente escondidas mientras nosotros pavimentamos sus casas para poner centros comerciales. Heckscher advierte que la expansión urbana y la contaminación lumínica son el equivalente a ponerle una manta negra a la naturaleza. Ahora la prioridad es saber cuántas quedan antes de que el asfalto termine de borrar el mapa de estos bichos brillantes.
Hubo un tiempo, entre mediados de los cincuenta y los setenta, en que la televisión estadounidense tenía más huecos que un queso suizo y menos ideas que un burócrata un lunes por la mañana. Para rellenar esas horas muertas donde solo despertaban los insomnes y los desvelados, nacieron los shows de cine nocturno. No eran precisamente el Oscar, sino el refugio de las 'películas B', esas producciones olvidadas que hoy llamaríamos 'placeres culpables', pero que en su día fueron el combustible de iconos como Vampira, Ghoulardi o la inolvidable Elvira, Mistress of the Dark. Ahora, en un mundo donde pagar cinco suscripciones de streaming es casi un deporte de riesgo para la cuenta bancaria, aparece una lista de reproducción de Youtube que ofrece unas 150 películas de terror y suspense gratis. Es como encontrar un billete de veinte euros en un pantalón viejo: un alivio inesperado. La selección es un caos maravilloso. Tienes desde joyas que cualquier académico de cine analiza con lupa, como Nosferatu, The Cabinet of Dr. Caligari, The Golem o Häxan, hasta títulos que parecen redactados por alguien con demasiada cafeína, como Werewolf in a Girl’s Dormitory o Fangs of the Living Dead. No todo es kistch. Hay piezas que, aunque tuvieran un presupuesto más ajustado que el de un estudiante universitario, hoy son sagradas: Night of the Living Dead, Carnival of Souls o The Innocents, esta última el capricho de Martin Scorsese. Desde The Little Shop of Horrors hasta The Psychopath, el catálogo demuestra que el terror siempre supo mezclar el drama con la comedia sin pedir permiso. Es cine para los más exigentes y, sobre todo, para los que no tienen ningún criterio, rescatando esa magia de cuando el entretenimiento no requería un algoritmo, sino simplemente estar despierto a las tres de la mañana.
Hemos pasado de usar la calculadora para no morir en el intento con las divisiones largas a delegar el pensamiento crítico a un servidor en California. La última joya presentada en la Conference on Language Modeling de San Francisco, celebrada a principios de este mes, nos suelta el cubo de agua fría: la inteligencia artificial no nos está haciendo más eficientes, nos está dejando el cerebro en modo ahorro de energía. El estudio es lapidario. Quienes usan la IA para resolver problemas de matemáticas o comprensión lectora se quedan totalmente desarmados cuando el algoritmo desaparece. Es como si hubiéramos olvidado cómo caminar porque hemos vivido pegados a una silla eléctrica. En el momento en que retiran el soporte digital, la capacidad de resolución se desploma y la motivación por superar el reto desaparece. Básicamente, estamos atrofiando el músculo del esfuerzo. Mientras nosotros creemos que estamos 'optimizando el tiempo', la realidad es que estamos tercerizando la capacidad de pensar. Es el equivalente cognitivo a pedir comida a domicilio para no tener que aprender a encender el fogón: al principio es un lujo, pero llega un día en que te das cuenta de que no sabes ni hervir un huevo. La paradoja es deliciosa: usamos herramientas diseñadas para expandir nuestro potencial y terminamos con una tolerancia al fracaso más baja que el presupuesto de un ayuntamiento en campaña electoral. La IA no está controlando el caos; el caos es que ya no sabemos qué hacer cuando la pantalla se apaga y el problema sigue ahí, mirándonos a la cara sin darnos la respuesta masticada en tres puntos clave.
La humanidad tiene una obsesión casi infantil con jubilarse. Ahora, los científicos han decidido trazar el mapa hacia la 'última IA construida por humanos'. Suena a guion de ciencia ficción barato, pero es el plan maestro: diseñar una máquina tan lista que se encargue de programar a su sucesora. Básicamente, queremos que el software haga el trabajo sucio para que nosotros podamos dedicarnos a discutir en redes sociales mientras la tecnología se auto-gestiona. Owen Hughes, quien lleva más de una década picando código y redactando sobre supercomputadoras y ciberseguridad en sitios como ZDNET y TechRepublic, nos pone el espejo delante. La idea es simple y aterradora a la vez: crear un ciclo de retroalimentación donde la IA optimice su propio cerebro digital. Es como si tu cafetera, harta de que no sepas programarla, decidiera fabricar una cafetera 2.0 que haga el café perfecto y, de paso, gestione tu cuenta bancaria. El contraste es delicioso. Mientras nosotros seguimos peleándonos con el mando a distancia o intentando que el Wi-Fi llegue al baño, la élite tecnológica diseña la autopista hacia la autonomía total. No se trata solo de programar más rápido; es una ingeniería financiera del intelecto. Si logramos que la IA se construya a sí misma, el coste de innovación caería en picado, pero el control humano pasaría a ser un recuerdo nostálgico, como el ruido de un módem de los noventa. Estamos diseñando el botón de 'expulsar' para nuestra propia especie en la cadena de mando técnica, y lo hacemos con una sonrisa y un PowerPoint muy colorido.
Imaginen que encuentran en la puerta de casa una carta sellada hace diez mil años; pues bien, el cometa 3I/ATLAS es básicamente eso, pero con un sello de hace 10.000 millones de años y un remitente que probablemente ya ni existe. Este 'turista' interestelar, detectado el 1 de julio de 2025, ha decidido pasarse por nuestro vecindario para recordarnos que somos unos recién llegados. Mientras nosotros nos peleamos por el precio del alquiler, este trozo de hielo ha estado vagando por el vacío, posiblemente formándose 7.000 millones de años antes de que nuestro Sol siquiera decidiera encenderse. La NASA, usando el Telescopio Espacial James Webb a finales de diciembre de 2025, pilló al cometa justo cuando pasaba por el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, a unas 2,5 veces la distancia Tierra-Sol. A esa distancia, el 3I/ATLAS empezó a 'estornudar' químicos debido a la radiación solar, permitiendo que los científicos analizaran su cóctel molecular en la revista Nature Astronomy. El dato que ha dejado a los astrónomos con la boca abierta es la relación deuterio-hidrógeno (D/H) en el metano: tiene 13 veces más deuterio que el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko. En cristiano: es un material tan antiguo y frío (estamos hablando de unos -263 grados Celsius) que actúa como un congelador industrial que ha preservado la química de un universo primitivo. La falta de carbono-13 confirma que este visitante nació en una guardería cósmica donde las supernovas aún no habían llenado el espacio de elementos pesados. Es, literalmente, un fósil espacial que nos llega a domicilio gracias a los caprichos de la gravedad, demostrando que mientras nosotros contamos los minutos para el fin de semana, hay piedras ahí fuera que han visto nacer y morir galaxias enteras sin despeinarse.
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Rosa Muñoz