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La NASA, en su afán por colonizar la luna (y evitar el sablazo de enviar provisiones), ha decidido que la materia prima para la agricultura lunar está… en el retrete. Sí, lo han escuchado bien. Un equipo de estudiantes de la Universidad de Dakota del Norte se está dedicando a convertir caca, pis y restos de comida en abono para las plantas lunares. Un trabajo ingrato, sí, pero alguien tiene que hacerlo. El sistema, llamado Divergent Deployable Wastewater Treatment Facility (un nombre que suena a película de ciencia ficción de serie B), es básicamente una caravana de 8.5 x 24 pies repleta de bioreactores. Separa los residuos (porque, al parecer, la caca y la orina requieren tratamientos distintos, ¿quién lo iba a decir?) y los convierte en agua para regar y, potencialmente, en agua potable. El objetivo es ambicioso: construir una base lunar semipermanente para 2029. Piensen en ello: jardines lunares fertilizados con… bueno, con lo que todos producimos. Recordemos que en los años 60, los astronautas del Apolo simplemente dejaban 96 bolsas de desechos en la luna para aligerar la carga. ¡Menudo legado! Ahora, la NASA presume de reciclar casi el 98% del aliento, sudor y orina de los astronautas en la ISS. Progresos, amigos, progresos. Y para los que se quejen de la comodidad en el espacio, sepan que el inodoro de la última misión Artemis se estropeó casi al despegar. La ironía es palpable. Ali Alshami, profesor de la Universidad de Dakota del Norte, y su equipo son los encargados de poner a prueba este sistema, evaluando su fiabilidad y la capacidad de los bioreactores para procesar “desechos metabólicos humanos reales”. En resumen, están investigando hasta dónde puede llegar nuestra capacidad de convertir lo desagradable en algo útil, incluso en el vacío del espacio.
La NASA, esa institución que siempre asociamos con ecuaciones indescifrables y trajes espaciales, ha lanzado una llamada a la creatividad. Sí, a la tuya, a la mía, incluso a la del vecino que solo sabe hacer garabatos en las servilletas. Olvídense de los concursos con premios; aquí la recompensa es... participar. O algo así. En un giro digno de estudio, la agencia espacial quiere inundar Instagram, Threads y Tumblr con arte inspirado en sus misiones, desde la esperada Artemis III en 2027 hasta el ambicioso Space Reactor-1 Freedom to Mars en 2028. ¿El motivo? Parece que los periodistas tradicionales ya no son suficientes para mantener el cotilleo espacial en la agenda. Así que ahora buscan documentar, componer canciones, recitar poemas... ¡incluso decorar lattes! La iniciativa 'Moon Joy June' (Junio de Alegría Lunar) promete ser un caos creativo, donde el único límite es la imaginación (o la falta de ella). La NASA insiste en que no es un concurso, porque, claro, ¿para qué añadir presión a los artistas? Las propuestas formales para proyectos más elaborados se reciben hasta finales de junio. Y si eres de los que necesitan una guía, las indicaciones semanales para 'Moon Joy June' ya están disponibles: lanzamiento, luna, tripulación, Tierra. Pero tranquilos, la NASA les recuerda que no están obligados a seguir las reglas. Porque, al parecer, en el espacio (y en las redes sociales) todo vale. Después de todo, ¿quién necesita un premio cuando tiene la oportunidad de expresar su arte... y quizás, solo quizás, ser retuiteado por un astronauta? La NASA invierte en comunicación y marketing, mientras el contribuyente paga la cuenta. Un agujero negro de recursos... ¿o un brillante plan para mantenernos mirando hacia arriba?
La computación cuántica, esa cosa que suena a ciencia ficción barata, ahora da escalofríos. James Wootton y su equipo en Moth Quantum han creado 'Quantum Backrooms', un videojuego de terror donde los laberínticos niveles no nacen de la imaginación de un diseñador, sino de un qubit, la unidad básica de un ordenador cuántico. Imaginen: el nivel de la compra semanal, pero en lugar de regletas y ofertas, es un estado cuántico en constante cambio. Cada habitación es un qubit, cada pasillo una conexión entre ellos, simulando esa sensación de estar atrapado en la lógica binaria de una máquina que piensa diferente. La gracia es que no necesitas un doctorado en física cuántica para jugar. La computación cuántica solo se usó en el desarrollo, como si el juego estuviera 'bendecido' por la tecnología del futuro. Laura Piispanen, de la Universidad Aalto en Finlandia, nos recuerda que ya existen cientos de 'juegos cuánticos', aunque pocos con la pulidez de 'Quantum Backrooms'. Michael Cook, de King’s College London, lo ve como una prueba de fuego: los desarrolladores de juegos, siempre buscando el siguiente 'subidón' tecnológico, presionan a la investigación cuántica para que deje de ser un experimento de laboratorio y se convierta en algo tangible. Wootton se atreve a soñar con un futuro donde la computación cuántica sea tan omnipresente como la inteligencia artificial lo es hoy. Un futuro donde el susto de un videojuego sea la puerta de entrada a comprender la mecánica cuántica… o, al menos, a pasar un buen rato temblando. El juego, disponible online, es un experimento que costó, presumiblemente, más que tu última consola. Y, quizás, sea más aterrador.
La luna, esa hipócrita plateada que nos promete romance y nos da mareas, tiene un doble juego este mayo. No solo es 'Blue Moon' – un nombre poético para la segunda luna llena del mes, un truco del calendario gregoriano que ocurre cada dos años y medio – sino que además decide esconderse detrás de Antares, una estrella roja con ínfulas de supergigante. Mientras tú te preocupas por si te suben el precio del café, en el hemisferio sur se dan el lujo de ver una ocultación estelar, un 'juego al escondite' cósmico que nosotros, los del norte, solo contemplaremos a distancia, con Antares a 'tres dedos' de la luna. Fujinon Techno-Stabi 1640 se frota las manos vendiendo binoculares para no perderse el detalle, porque, claro, si algo no vas a ver con la naked eye, ¿de qué sirve? Australia, Nueva Zelanda, Argentina, Chile… ellos sí que tienen la función. Nosotros, conformándonos con la foto en Instagram y la explicación de In-the-Sky.org. La próxima vez será en 2026, así que si no tienes billete para el sur, toca esperar. La luna, como la política, siempre juega con nuestras expectativas, y a veces, te deja a oscuras.
En agosto de 2026, el sol se esconderá a plena vista en España, pero no todas las playas serán testigos privilegiados. Mientras el IBEX 35 se tambalea y la cesta de la compra parece un atraco a mano armada, los expertos en eclipses (sí, existen) se pelean por los mejores rincones para ver cómo la luna le pone la mordaza al sol. Galicia y Cantabria, con sus playas mirando al Atlántico, se llevan la palma. Playa de las Catedrales, esa joya de Ribadeo, podría ser el epicentro… si logras entrar, porque el ayuntamiento la controla más que la DGT en verano. Pero ojo, no basta con estar en la costa. La altura del sol será mínima, rondando los 2.1 grados en Baleares, lo que significa que un hotel de cinco estrellas o una palmera mal colocada pueden arruinarte el espectáculo. Las playas de Menorca, Mallorca y Tarragona, con un 31% de probabilidad de nubes, son apuestas arriesgadas. Playa de Alba e Sabón, en A Coruña, ofrece 1 minuto y 9 segundos de oscuridad, mientras que en Platja de Riumar, en el Delta del Ebro, solo tendrás 1 minuto y 30 segundos… ¡casi un suspiro! La cosa va en serio: hay mapas interactivos de Xavier Jubier, apps como 'Eclipse Horizon Checker' y hasta el Instituto Geográfico Nacional para que no te la cuelen. Porque, al final, la diferencia entre ver el eclipse o quedarte mirando al vacío es tan fina como el margen de beneficio de una eléctrica.
El cuento de hadas de aspirar el CO2 de la atmósfera, esa panacea tecnológica que nos iba a salvar del apocalipsis climático, parece que se desinfla más rápido que un globo en una fiesta infantil. Un informe reciente, con la frialdad de los números, revela que los esfuerzos de 'limpieza' de carbono son un tímido susurro en un huracán de emisiones. Para que la cosa empiece a tener sentido, hace falta escalar la cosa a la velocidad con la que se han multiplicado los paneles solares, y eso, amigos, es decir una barbaridad. Según William Lamb, del Instituto de Investigación sobre el Impacto Climático de Potsdam, los países prometieron aspirar 2.7 mil millones de toneladas de carbono para 2035 y 3.6 mil millones para 2050. ¡Unas cifras dignas de una rifa benéfica en comparación con lo que realmente necesitamos! El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) considera que la eliminación de carbono es ‘ineludible’, porque algunas industrias, como la agricultura, son más complicadas de descarbonizar que explicarle a un político que se equivoque. Pero ojo, que no nos vendan la moto. De las 2.2 mil millones de toneladas de CO2 que 'eliminamos' cada año, la inmensa mayoría se debe a plantar árboles. Las máquinas que aspiran el CO2 directamente del aire, esa tecnología de ciencia ficción, representan la ínfima cifra del 0.1%. Y eso, a pesar de crecer a un ritmo del 40% anual. Microsoft, que era el principal inversor en estos proyectos, ha frenado la compra de créditos de carbono, algo así como cuando tu banco te dice que ya no te conceden el préstamo. La cosa pinta fea. Thomas Gasser, del Instituto Internacional de Sistemas Aplicados, lo resume: reducir emisiones a cero es esencial, pero la eliminación de carbono sigue siendo la única opción a largo plazo.
Mark Thomson, el nuevo director general del CERN, hereda una papeleta rusa: desentrañar los secretos del universo mientras se decide dónde tirar 13.000 millones de libras esterlinas. Más de cuatro décadas después de que un libro sobre el CERN le dejara con más preguntas que respuestas, Thomson se enfrenta ahora al reto de poner al día el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) y apostar por la próxima gran infraestructura. Suena a ciencia ficción, ¿verdad? Pues no tanto. Mientras el ciudadano de a pie lucha por pagar la lista de la compra, la física de partículas se plantea si vale la pena invertir el equivalente al PIB de algunos países en buscar lo que no se ve. El 'Modelo Estándar', esa joya de la corona de la física, describe con precisión el universo visible. Pero se queda corto a la hora de explicar la materia oscura (que, según parece, constituye la mayor parte del cosmos) o por qué hay materia en el universo en lugar de nada. En 2012, la detección del bosón de Higgs fue celebrada como el remate a este modelo, pero las incógnitas persisten. Ahora, con el LHC en proceso de modernización, Thomson promete una búsqueda más exhaustiva de fenómenos raros. La pregunta es: ¿será suficiente una inversión de 13.000 millones de libras para desvelar los misterios que han frustrado a los físicos durante décadas? La respuesta, al parecer, podría cambiar nuestra comprensión de la realidad. La realidad, esa que pagamos todos, incluidos los que compramos el pan. Un agujero negro en el presupuesto científico, disfrazado de búsqueda del conocimiento. Mientras tanto, la física cotidiana (gravedad, facturas, atascos) sigue sin explicarse del todo.
La Federación de Fútbol de EE.UU. ha decidido que los ojeadores tradicionales son demasiado lentos. Ahora, una IA rastreará vídeos de millones de jóvenes futbolistas, buscando el próximo Messi (o al menos, un buen revulsivo). Dan Helfrich, ex-CEO de Deloitte (sí, el mismo de las consultorías que te cobran por respirar), lo llama un “cambio de paradigma”. Traducido: más tecnología, menos intuición. La idea es simple: si un ojeador humano no puede estar en todos los campos a la vez (y con el precio del café, ¿quién puede?), la IA sí. Se estima que se están dejando fuera a un 99,5% de los aspirantes, un agujero de talento que la IA promete taponar. Pero, ¿de verdad una máquina detectará ese regate con alma, ese pase imposible, esa garra que te define como futbolista? JT Batson, el CEO de la federación, habla de “apoyar el viaje futbolístico” de los jóvenes. Suena bonito, pero no aclara cómo la IA solucionará el problema de acceso: campos decentes, entrenadores capacitados y, sobre todo, que jugar al fútbol no te arruine las vacaciones. En resumen, una inversión de millones para digitalizar lo que antes hacían los ojos de un buen ojeador. ¿Una revolución? Quizás. O quizás, otra excusa para justificar gastos y distraer de los problemas reales. Porque al final, la IA no te enseña a jugar al fútbol, ni te paga las botas.
La casa es el nuevo panóptico. Resulta que tu router Wi-Fi, ese aparatito que te permite ver gatitos en YouTube, te está escaneando como si fueras un jamón en una máquina de rayos X. Investigadores del Instituto Tecnológico de Karlsruhe (KIT) en Alemania han descubierto que los routers modernos, gracias a una función llamada 'beamforming feedback information' (BFI, para los amigos), pueden identificar a las personas con una precisión escalofriante: ¡99,5%! Imagina la escena: estás en pijama, buscando calcetines limpios, y tu router está creando un mapa detallado de tu cuerpo. No necesitas ser un genio de la informática para entender que esto huele a problema. El truco está en las 'distorsiones' de la señal Wi-Fi que provocamos al movernos. Tu router envía una señal, ésta rebota en ti (y en el gato, y en la pared), y vuelve con una forma ligeramente modificada. Esa forma, analizada por algoritmos de aprendizaje automático, revela tu identidad. Incluso si cambias de paso o llevas una mochila llena de ladrillos, el sistema te reconoce entre un 50% y un 60%. ¡Más fiable que el reconocimiento facial en algunas apps! Lo peor de todo es que estos datos no están encriptados y son accesibles sin necesidad de hackear el router. Es como dejar la puerta de tu casa abierta de par en par a quien quiera saber cómo eres por dentro. Y mientras que otros sistemas de rastreo Wi-Fi, como el 'WhoFi' de la Universidad de Sapienza de Roma, se esfuerzan por mantener el anonimato, los investigadores del KIT insisten en que esta tecnología es una amenaza directa a la privacidad. ¿La solución? Desactivar el 'beamforming' o, directamente, volver a las palomas mensajeras. El estudio involucró a 161 participantes y fue publicado por Thorsten Strufe y su equipo del KIT.
Jason Momoa aterriza en el Universo Extendido de DC como Lobo, el cazarrecompensas intergaláctico con un currículum vitae más turbio que el agua del grifo. Olvídate de héroes con capa y moralina; Lobo es el tipo que destruyó su planeta natal por puro aburrimiento, usando una plaga de escorpiones mutantes. Sí, has leído bien. Y no se arrepiente. Este 'Main Man', como le llaman, no es un simple matón espacial; es un políglota con 17,897 idiomas en su haber, experto en crear venenos letales y un amante de los puros baratos y la cerveza aún más barata. Su 'space hog', una moto más rápida que la luz, lo lleva de planeta en planeta a cobrar comisiones por cazar desde criminales hasta superhéroes, todo con una sonrisa sádica. El personaje, creado en 1983, explotó en popularidad en los 90 con una serie limitada que le dio su icónico look de cuero. Ahora, Momoa, después de ser Aquaman y Conan, se prepara para dar vida a Lobo en 'Supergirl' (¡en 2026!), una película que podría eclipsar a la propia Kara Zor-El. No es la primera vez que Lobo sale de las páginas del cómic: ya tuvo cameos en series animadas y una breve aparición en 'Krypton'. Pero esta vez, con Momoa al mando, las apuestas son altas. Porque Lobo no es un villano, ni un héroe... es un caos con un sentido del humor retorcido y una capacidad para regenerarse de una sola gota de sangre. Un tipo que podría darle una paliza a Superman, si le apetece.
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Mario Herrera