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Parece que en Cupertino han decidido hacer una limpieza de primavera en el mapa, pero se han pasado de frenada con la goma de borrar. Apple Maps, esa herramienta que consultan unos 500 millones de usuarios mensuales mientras buscan la pizzería más cercana, ha decidido que las Islas Chafarinas y los Peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas ya no son españoles. Así, sin más, con un clic, el gigante tecnológico ha borrado la soberanía de España para regalársela a Marruecos. Es como si llegaras a casa y descubrieras que alguien ha puesto el nombre de tu vecino en el timbre de tu portal y el ayuntamiento dice que ahora el piso es suyo. Lo irónico es que no es un error de GPS cualquiera; es una coincidencia milimétrica con el delirio del 'Gran Marruecos' de Allal el Fassi. Estamos hablando de territorios que España posee mucho antes de que la dinastía alauí se pusiera de acuerdo sobre dónde empezaba su casa. El Peñón de Vélez de la Gomera fue conquistado en 1508, cuando en África lo que había eran tribus y no estados con pasaporte. Las Chafarinas se tomaron el 6 de enero de 1848 y el Peñón de Alhucemas se consolidó en 1673. Todo esto está blindado por la Constitución Española de 1987 y el Tratado de Paz y Amistad de 1860, pero claro, los algoritmos de Apple tienen más peso que los tratados internacionales. Mientras tanto, en el palco oficial, el silencio es ensordecedor. Pedro Sánchez habla de 'colaboración total' con Rabat para gestionar el flujo migratorio, ignorando que el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouhbi, ya reclamaba el 21 de agosto que los territorios vuelvan 'al seno de la patria'. Es la diplomacia del guante de seda: mientras el Gobierno sonríe para la foto, Apple Maps nos va haciendo el 'sablazo' cartográfico, redibujando las fronteras según sople el viento del palacio de Mohamed VI.
En el teatro de la política española, el guion suele escribirse con tinta invisible y se borra según sople el viento. El caso de las cañas en los barrancos valencianos es una obra maestra del surrealismo administrativo. Empezamos la semana con Vicente Martínez Mus, conseller de Infraestructuras, Territorio y de la Recuperación, lanzando un grito de auxilio: los cauces están atascados y las lluvias de otoño no perdonan. Una preocupación legítima que, en el lenguaje de la calle, es como avisar de que el techo gotea mientras el casero finge que no está en casa. La respuesta del Gobierno central fue un despliegue de gimnasia mental digno de medalla olímpica. Zulima Pérez, comisionada para la dana, salió al ruedo para decir que el Ministerio no tenía competencias y que la Confederación Hidrográfica del Júcar (CHJ) no podía tocar ni una hoja. Lo llamó 'deslealtad absoluta' de los ayuntamientos. Básicamente, nos dijeron que no tenían la llave de la puerta y que dejáramos de molestar. Pero llega el miércoles y, ¡magia!, la CHJ publica en su web que están limpiando el barranco del Carraixet en Bétera. No solo tienen la llave, sino que han soltado 520.000 euros para limpiar 650 metros de cauce. Para que nos entendamos: mientras nos vendían que era imposible intervenir por falta de papeles, se han gastado medio millón de euros en 'recuperar el bosque de ribera'. Pasar de la 'incapacidad jurídica' a ejecutar un presupuesto de este calibre en siete días no es eficiencia, es una bofetada de hipocresía. El relato cambió más rápido que el tiempo en septiembre, demostrando que las competencias son, en realidad, elásticas según convenga al calendario político.
Hay una diferencia abismal entre quien huye de su país con lo puesto y quien coordina una avalancha humana vistiendo zapatillas de marca y polo neutro. Mientras el Gobierno nos vendía la historia de las 'mafias' como quien intenta colar un gol en el último minuto, la Policía Nacional le ha entregado a la jueza María Tardón un dossier de unas 60 páginas que huele a realidad. El truco no estuvo en la estrategia militar, sino en el armario: los 'dinamizadores' marroquíes fueron delatados por su ropa. Mientras la masa caminaba en chancletas y con la desesperación a flor de piel, estos sujetos —varones de 30 a 50 años, atléticos y con el pelo recién cortado— lucían gorras con logos policiales y calzado deportivo cerrado. Básicamente, iban vestidos para un domingo de compras, pero su función era dirigir el tráfico humano como si fueran comisarios de pista en un circuito de Fórmula 1. El informe del Cenif es tajante: no fue una chispa espontánea ni un malentendido jurídico, sino una operación diseñada para anular la respuesta española. Vimos a uniformados de Marruecos abriendo camiones repletos de personas junto a la valla, una logística que no se improvisa con un grupo de WhatsApp. Lo más irónico es el cortocircuito en el Ministerio del Interior. Fernando Grande-Marlaska, que parecía vivir en una realidad paralela donde el CNI solo hacía 'informes de situación' rutinarios, se despertó el martes con un ataque de furia al descubrir que la Policía ya había soltado toda la sopa en la Audiencia Nacional. Ahora, el director de la Policía, Francisco Pardo, juega al gato y al ratón negando la existencia de conclusiones que vinculen a Marruecos, aunque las fotos y vídeos digan lo contrario. Es la clásica ingeniería financiera de la verdad: el hecho está ahí, pero el político prefiere decir que el balance es cero.
Viajar en tren en España se ha convertido en una lotería donde el premio es, invariablemente, llegar tarde. Mientras el ministro Óscar Puente se dedica a jugar al gladiador en X, el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible parece haber confundido la 'movilidad sostenible' con la 'inmovilidad programada'. Los datos de junio de 2026 son un bofetón de realidad: el retraso promedio ha saltado de los 8 minutos de junio de 2025 a los 10,3 minutos actuales. Un incremento del 28,75% que, traducido al lenguaje de la calle, es como si tu cafetera decidiera tardar tres minutos más cada mañana solo por fastidiarte el día. La gestión es un colador. El porcentaje de trenes con más de cinco minutos de retraso ha pasado del 36,7% al 45,1%. Básicamente, casi la mitad de los convoyes llegan tarde. Y si buscas puntualidad real, olvídalo: uno de cada cuatro trenes (25,1%) llega con 15 minutos o más de demora, frente al 18,7% del año anterior. Incluso los retrasos 'de campeonato', los de más de 30 minutos, han subido del 8,5% al 11,2%. ¿La razón? Una red ferroviaria que parece un campo de minas administrativo. Adif tiene desplegadas casi 1.000 limitaciones temporales de velocidad. Son puntos verdes en el mapa que actúan como frenos de mano invisibles, una medida reactiva por el pánico a que se repita la tragedia de Adamuz, donde 46 personas perdieron la vida a principios de 2026. El contraste es obsceno: un ministro que presume de que el ferrocarril vive el 'mejor momento de su historia' mientras los pasajeros cuentan los minutos en andenes vacíos y el responsable prefiere el ruido de las redes sociales al silencio de una vía eficiente.
La Liga F ha entrado por fin en La Quiniela, ese rincón del azar donde el ciudadano medio deposita sus esperanzas y sus últimos euros del viernes. Después de que la AFE empezara a dar golpes en la mesa ya en 2019, denunciando que el fútbol femenino era el patito feo de los ingresos por apuestas, la profesionalización abrió la puerta. Pero el estreno ha sido un jarro de agua fría. En la Jornada 3 de la temporada 2026/27, con cuatro partidos femeninos en el boleto, la recaudación se desplomó a 2.585.853,75 euros. Para que nos entendamos: comparado con los 3.689.111,25 euros de la misma jornada del año pasado, el agujero es de 1.103.257,50 euros. Un sablazo del 29,91% que deja a cualquiera temblando. El desinterés no es solo cosa de los apostadores, que pasaron de 4.918.815 a 3.447.805 apuestas. En las gradas la cosa es aún más triste. La primera jornada de esta temporada reunió a 7.323 espectadores en total, una media de 915 por partido. Es como si el público hubiera decidido quedarse en el sofá; es un 32,6% menos que en 2025/26 y un 44,9% inferior a los 1.660 de 2024/25. La patronal intenta maquillar el balance con el cuento de la audiencia: 7,5 millones de espectadores en 2025/26 (un 11,2% más). Mucho ruido y pocas nueces, porque los derechos nacionales no llegan a los 3,5 millones de euros anuales, casi la mitad del ciclo anterior. DAZN ha vuelto al reparto pagando apenas una quinta parte de lo que aportaba antes. Todo esto bajo la batuta de Beatriz Álvarez, quien, además de gestionar este declive, se llevó una amonestación del Tribunal Administrativo del Deporte por saltarse sus propios estatutos. El lema #VamosGanando empieza a sonar a chiste de mal gusto cuando los números, sencillamente, no cuadran.
En el fútbol, como en la vida, quien no llora no mama, y Rafael Louzán ha decidido encender el altavoz en la Conferencia Anual de Seguridad de la UEFA en Madrid. El presidente de la RFEF no ha ido a Madrid a hablar de protocolos de evacuación o extintores, sino a plantar cara para que la final del Mundial 2030 no termine cruzando el estrecho hacia Marruecos. Louzán, flanqueado por los pesos pesados Giorgio Marchetti y Petr Fousek, ha desplegado el catálogo de ventas: España no solo tiene pasión, sino que es el 'estándar de oro' en seguridad. Para Louzán, que el 55 por ciento del peso de la candidatura recaiga en suelo español es el argumento definitivo. Es como si en una cena pagaras más de la mitad de la cuenta y luego te dijeran que el postre lo sirve el vecino; sencillamente, no cuela. Para justificar este 'derecho de antigüedad', ha sacado el currículum: la Euro 2020, la final de la Europa League en Sevilla 2023 y la que vendrá en Bilbao 2025, pasando por la Champions femenina en Bilbao 2024 y aquella de 2019 en el Metropolitano. El remate final ha sido el guiño al Riyadh Air Metropolitano, recordándoles que ya somos expertos en albergar finales, con nueve citas en el historial. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación en el supermercado, la RFEF juega una partida de ajedrez geopolítica donde el tablero es un campo de césped y el premio es el prestigio global. España se vende como la 'garantía absoluta', intentando convencer a la UEFA de que, aunque el Mundial sea compartido con Marruecos y Portugal, el plato fuerte debe quedarse en casa para evitar que el espectáculo se mude de código postal.
España ha decidido jugar a la ruleta rusa con su pirámide poblacional y el resultado es un tablero donde faltan fichas. Mientras nosotros seguimos discutiendo si el alquiler es un derecho o un deporte extremo, el informe de Adecco nos suelta el sablazo: para 2050 perderemos 1,8 millones de trabajadores. No es una cifra abstracta; es como si, de repente, una ciudad entera decidiera dejar de fichar el lunes por la mañana. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha dibujado el mapa del desastre. La población activa, ese motor que mantiene el chiringuito funcionando, tocará techo en 2033 con 33,7 millones de personas, para luego desplomarse hasta los 31,6 millones en 2050. Un descenso del 5,4% que suena a estadística aburrida hasta que miras el otro lado de la moneda. Mientras los brazos jóvenes desaparecen, los mayores de 64 años van a inundar el censo, pasando de 11,5 millones en 2030 a unos asombrosos 16,3 millones en 2050. Un incremento del 41,7% que hará que el sistema de protección social cruja más que una cama vieja en un hotel barato. La culpa es de la aritmética básica. Los 'baby boomers' de los sesenta y setenta se jubilan en masa, pero el relevo es un desierto. Desde 2010 la natalidad ha decidido irse de vacaciones permanentes, manteniéndose muy por debajo de los 2,1 hijos por mujer necesarios para que el país no se convierta en un asilo gigante. Al final, el mercado laboral será un club de veteranos: en 2050, una de cada tres personas activas tendrá entre 50 y 64 años. El relevo generacional no es que llegue tarde, es que ha perdido el autobús.
Hay una danza muy curiosa en el Congreso: la de intentar tapar un incendio con un folleto de buenas intenciones. Ana Redondo, ministra de Igualdad, ha comparecido este lunes para explicar que, mientras Ceuta llevaba un mes bajo una presión migratoria asfixiante, el Ministerio estaba 'presente'. Claro que sí. Estaban presentes, probablemente, en la fase de diseño de un protocolo con 'perspectiva de género' que llega ahora, cuando el daño ya está hecho y los números son un puñetazo en la mesa. Hablemos de la realidad, esa que no cabe en los PowerPoint ministeriales: 23 casos de agresión sexual, cinco con penetración y un intento fallido. Y lo más indigesto: la mayoría son niñas. Mientras el ciudadano medio intenta que la inflación no le coma el sueldo, en Ceuta el precio de la gestión ha sido la seguridad de las más vulnerables. El resultado contable de este caos es ridículo: cinco investigados y dos magrebíes expulsados. Una eficiencia que haría llorar a cualquier administrador de consorcio. Ahora, con la urgencia de quien llega tarde a la boda, Redondo anuncia una 'unidad multidisciplinar' con psicólogos y abogados. Es como poner un extintor cuando la casa ya es ceniza. Pero lo más brillante es el giro narrativo. En lugar de centrarse en el agujero de seguridad que permitió que niñas fueran violadas, la ministra ha preferido jugar al tenis político con Vox, criticando a José María Figaredo por sus expresiones sobre 'cazar' inmigrantes. Es la táctica clásica: cuando los datos te hunden, busca un villano más ruidoso para desviar la mirada. Al final, la 'perspectiva de género' parece servir más para redactar comunicados que para evitar que una niña sufra una agresión en suelo español.
Ceuta ha pasado de ser una ciudad tranquila a convertirse en una sala de urgencias jurídica que no cierra. La entrada masiva de unas 80.000 personas hace un mes ha dinamitado cualquier previsión, transformando la cotidianidad en un caos de servicios sanitarios colapsados y playas que parecen campamentos. Pero donde el ruido es más ensordecedor es en los juzgados. Isabel Valriberas, decana del Colegio de Abogados de Ceuta desde hace casi 25 años, lo dice sin anestesia: las detenciones diarias han saltado de una media de cuatro a seis hasta alcanzar las quince. Es un salto cuantitativo que deja al sistema procesal como quien intenta apagar un incendio forestal con un vaso de agua. La ingeniería del caos es fascinante. Mientras el Centro de Acogida Temporal de Extranjeros (CATE) tardó en arrancar, el turno de oficio —ese rincón olvidado del Ministerio de Justicia donde los pagos llegan con la puntualidad de un autobús en hora punta— tuvo que improvisar. Pasamos de tres letrados de extranjería a ocho diarios, y ya se están mendigando diez más a través del Consejo de Administración de Justicia. La mezcla es un cóctel explosivo de nacionalidades: marroquíes, subsaharianos, palestinos y argelinos, todos esperando que un abogado, mal pagado y desbordado, determine si son víctimas de persecución o si deben aplicar la ley de extranjería. La solidaridad ha llegado desde el CGAE, con Salvador González Martín al teléfono, y desde los colegios de Cádiz y Málaga, porque cuando el barco hace agua, los colegas reman. Sin embargo, la realidad es que Ceuta sigue siendo la Cenicienta de los servicios públicos: una ciudad pequeña que, cada vez que recibe una ola humana, descubre que su estructura jurídica es de cartón piedra. Ahora, con la Dirección General de Protección Internacional reforzando el dispositivo, empiezan los expedientes de asilo masivos. El papeleo ya no es un trámite, es una avalancha.
Hay una mística casi religiosa en la política de pancarta: esa capacidad de gritar justicia desde un megáfono mientras se acomoda el cojín del despacho. Amparo Medina, directora del CEIP Almassaf y portavoz de Compromís en Almussafes, ha llevado esta disciplina a un nivel maestro. Mientras el discurso oficial se centraba en la urgencia de climatizar las aulas para que los niños no se derritieran en verano, Medina decidió que la primera unidad de aire acondicionado del centro debía aterrizar, por pura casualidad geométrica, en su propio despacho directivo. Es una jugada de manual. La Generalitat Valenciana ha soltado la bomba, señalando que es curioso que quien más reclama el plan de climatización sea la primera en disfrutarlo. El Consell, a través de Miguel Barrachina, no ha tenido piedad al describir este 'estirón' de prioridades. Porque mientras los alumnos y docentes sudan la gota gorda en las aulas, la dirección respira un aire alpino gracias a fondos que, se supone, eran para el bienestar colectivo. Para ponerle perspectiva: el Consell ha movilizado 16 millones de euros destinados a 1.616 centros escolares e institutos. Hablamos de ayudas que oscilan entre los 5.000 y los 25.000 euros por centro, dinero que ya está en las cuentas bancarias de los colegios. No hace falta hacer una ingeniería financiera compleja para entender que, si el dinero está en la cuenta, poner el aire en el despacho del jefe antes que en el aula de primaria no es un error de cálculo, es una declaración de intenciones. Barrachina lo ha resumido con una ironía fina: primero el despacho del dirigente y luego el pupitre del alumno. Al final, la coherencia política es como el aire acondicionado en este colegio: un lujo que no llega a todos.
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Adolfo Sáez