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Bienvenidos al vertedero digital de Mark Zuckerberg, donde la desesperación sentimental y el 'slop' de inteligencia artificial han creado el combo perfecto. La nueva moda en Facebook no son los memes de gatitos, sino los 'Silver Foxes' sintéticos: señores canosos, con barbita recortada y camisetas ajustadas que, sentados frente a un micrófono de podcast que no existe, le dicen a las mujeres exactamente lo que quieren oír sobre lo insuficientes que son los hombres reales. Es el equivalente digital a comprar un libro de autoayuda en una gasolinera: banal, genérico y peligrosamente convincente. Personajes como 'Uncle George' o el coach 'Leo Davidson' se han convertido en los nuevos gurús del amor. Davidson, que ya presume un vídeo con más de un millón de vistas, se dedica a soltar sentencias lapidarias sobre la lealtad, mientras que 'The Male Insight' —con su avatar Roman Black— factura clics criticando la falta de disciplina masculina. El negocio es sencillo: usan la fórmula del 'clipping' (cortes cortos de vídeos largos), pero sin el problema de tener que contratar a un humano o, peor aún, tener una idea original. Mientras una mujer paga su alquiler, gasolina y uñas sola —como bien recita el bot de The Male Insight en un clip de 200,000 vistas—, hay un operador de IA al otro lado de la pantalla diseñando el anzuelo perfecto. El objetivo no es la salud mental, sino el bolsillo. Desde e-books generados por IA hasta plantillas de mensajes para ligar, el 'sablazo' es la meta final. Lo más delirante es que hasta Google se ha tragado el cuento, validando a Roman Black como un tipo real. Al final, es la paradoja máxima: miles de mujeres buscando un 'hombre de verdad' en los consejos de un algoritmo que no tiene corazón, ni cuerpo, ni cuenta bancaria propia.
Hubo un tiempo en que sacar la tarjeta de crédito era un acto de fe o un lujo de los setenta. Hoy, en pleno 2026, el plástico es el plato fuerte de una dieta financiera basada en el hambre. Pero ojo, que la ingeniería del crédito ha evolucionado: ya no basta con deber el televisor. Ahora hemos llegado al surrealismo de financiar el techo donde dormimos y la luz para ver cómo nos hundimos. El sistema ha inventado el 'Compra ahora, paga después' (BNPL), que empezó como un capricho para pedir sushi o comprar un sofá y ha terminado siendo el respirador artificial de la clase media. Según LendingTree, apps como Klarna y Afterpay ya no son para el shopping, sino para sobrevivir. Hay una nueva fauna de aplicaciones, como Esusu, que permiten trocear el alquiler en pagos, porque pagar el mes entero es, para muchos, una utopía. La cifra es demoledora: la mitad de los usuarios de BNPL confiesan que, sin estos parches digitales, simplemente no llegarían a fin de mes. Hablamos de un mercado que en 2025 movió casi 160.000 millones de dólares. Es decir, una montaña de deuda disfrazada de 'facilidad de pago'. Karen Webster, de Pymnts, lo llama con elegancia 'capital de trabajo para la clase media'. En la calle, eso se traduce como 'estoy a un estornudo de la quiebra'. El caso de Ashley Reed en Baltimore es el espejo de miles: una emergencia médica, tarjetas al límite y ahora un malabarismo mensual de 700 dólares para pagar comida, luz y seguro del coche. Como bien dice Lauren Sanders del National Consumer Law Center, esto no es una solución, es ponerle una tirita a una hemorragia. Es añadir comisiones a un presupuesto que ya está en números rojos para que la semana que viene el agujero sea más profundo.
Disney ha descubierto que la nostalgia es la gallina de los huevos de oro y, para celebrar que han pasado medio siglo desde que George Lucas nos vendió el sueño espacial el 25 de mayo de 1977, han decidido sacudir el polvo a la versión original. Sí, la de 1997, pero restaurada y sin los 'retoques' de CGI que Lucas añadió después, como quien intenta maquillar una arruga con demasiada base. El plan es lanzarla en pantallas IMAX el 19 de febrero de 2027, permitiendo que Han Solo vuelva a dispararle a Greedo primero, sin trucos de edición ni cortes modernos. Es el equivalente cinematográfico a volver a comer la receta de la abuela después de años de soportar comida precocinada. Pero claro, en el imperio del marketing no hay regalo sin factura. Esta reestreno es el aperitivo para el plato fuerte: 'Star Wars: Starfighter', que aterrizará el 28 de mayo de 2027. Aquí entra en juego Ryan Gosling, interpretando a Kade Auberon, un pícaro cínico que probablemente tenga más crisis existenciales que el propio público. Bajo la dirección de Shawn Levy, quien viene fresco de 'Deadpool & Wolverine', la película ha sido grabada con cámaras digitales certificadas para IMAX y luego convertida a copias físicas de 70mm. Un despliegue técnico impresionante para acompañar a un reparto que incluye a Amy Adams y Matt Smith. Básicamente, Disney nos invita a recordar la magia del pasado para que, sin darnos cuenta, saquemos la tarjeta de crédito y pagemos el ticket premium de la nueva entrega. Es una jugada maestra: nos dan la pureza del 77 para vendernos el espectáculo del 27.
Septiembre llega con esa melancolía de quien sabe que el aire acondicionado deja de ser una necesidad vital para convertirse en un recuerdo. Mientras nosotros peleamos con la factura de la luz o intentamos que los niños no lleguen tarde al colegio, el cosmos nos propone una agenda que, sinceramente, parece diseñada para gente con demasiada paciencia y muy poco que hacer un martes por la noche. Empezamos el 9 de septiembre con las Epsilon Perseidas. No se confundan con las Perseidas de agosto, que eran el espectáculo de fuegos artificiales del verano; estas son más bien como el postre pequeño que queda en la bandeja: unos cinco meteoros por hora. Hay que tener la paciencia de un santo o el aburrimiento de un funcionario en agosto para apreciarlos mientras miran hacia el noreste. Luego llega el 22 de septiembre, el Equinoccio de Otoño. El día en que la Tierra decide que ya basta de sudar y pone el reloj a favor de las noches largas. Es el punto medio exacto, una simetría geométrica que nos recuerda que el sol ya no nos quiere calentar gratis. Pero el plato fuerte es el 26 de septiembre. Primero, tenemos a Neptuno en oposición total. El planeta está tan lejos —unos 2.800 millones de millas del sol y 2.790 millones de la Tierra— que la luz tarda cuatro horas en llegar, básicamente lo que tarda un pedido de comida a domicilio en un viernes noche. El 25, a las 10 p.m. EDT, se pondrá a una 'distancia razonable' de 2.680 millones de millas. Sí, es como decir que el banco está 'cerca' porque solo tienes que caminar diez kilómetros. Para cerrar, el mismo 26 llega la Luna de Cosecha a las 12:49 p.m. EDT. A diferencia de otras lunas con nombres pretenciosos, esta sí sirve para algo: dar luz extra a los agricultores. Una herramienta útil, gratuita y sin necesidad de actualizar la suscripción mensual.
Hay quienes se quejan de que el lunes es corto, pero imagínate estar a 400 kilómetros de altura y que te digan que el Labor Day es sagrado. Mientras el resto de los mortales luchamos contra el tráfico o el precio del café, Jack Hathaway, Jessica Meir y Anil Menon han recibido el visto bueno de la NASA para poner los pies en alto este 7 de septiembre. Y no vienen solos en el club del descanso; Sophie Adenot, la pionera francesa de la ESA, también ha colgado el mono de trabajo. Es la meritocracia espacial: si vives en una lata pressurizada, tienes derecho a tu día libre para no volverte loco. Pero claro, en el espacio, como en la oficina, siempre hay alguien que se queda haciendo las horas extras mientras los demás celebran. Los cosmonautas rusos Pyotr Dubrov, Andrey Fedyaev y Anna Kikina no conocen el concepto de 'puente'. Mientras los americanos sueñan con hamburguesas (imposibles, porque el fuego en la ISS es el equivalente a jugar con dinamita en una gasolinera), el equipo ruso estará pendiente del Progress 94, una nave que básicamente es el camión de la basura espacial, despegando el lunes desde el módulo Poisk cargada de chatarra y trastos obsoletos. La logística es un despliegue de precisión quirúrgica: el Progress 96 saldrá desde el Cosmodromo de Baikonur en Kazajistán el 9 de septiembre para acoplarse dos días después. Todo esto ocurre mientras los veteranos de la misión Crew-12 de SpaceX, llegados en febrero, y los recién llegados de la Soyuz del 14 de julio, intentan gestionar la convivencia. Al final, la NASA admite que el ocio es clave para la productividad, aunque celebrar el Día del Trabajo sin una parrilla sea, probablemente, la ironía más grande de la estación.
En un mundo donde pasar el control de seguridad de un aeropuerto es una experiencia diseñada para hacernos sentir como sospechosos de un crimen que no cometimos, la Transportation Security Administration (TSA) ha decidido que la mejor estrategia de relaciones públicas es un concurso de belleza canina. Así, Bolt, un Braco Alemán de tres años que opera en el Aeropuerto Internacional de Dallas Fort Worth (DFW), ha sido coronado como el 'Canino más Lindo de 2026'. La ingeniería del concurso es fascinante: 85 perros nominados, una criba interna de empleados y un voto final del público en redes sociales. Es el tercer Braco Alemán que gana en cuatro años; básicamente, la TSA tiene un 'tipo' y es el perro atlético que no para quieto. Mientras nosotros peleamos con la bandeja de plástico para que no se nos caiga el móvil, Bolt y su guía, Daphne Wang, se dedican a rastrear explosivos con una intensidad que haría palidecer a cualquier empleado motivado por un bono anual. El podio lo completan Ember (una Labrador de Orlando que prefiere los trozos de filete), Epic (otro Labrador de Pittsburgh que vive por el pollo seco) y Xaro (un Pastor Alemán de St. Louis de nueve años que ya huele la jubilación y prefiere galletas de mantequilla y siestas al sol). La paradoja es deliciosa: la agencia nos recuerda que estos animales son 'vitales para la seguridad nacional' y que, por favor, no los toquemos mientras trabajan, aunque nos los vendan como peluches gigantes en un calendario gratuito para 2027. Es el marketing perfecto: convertir la tensión de la detección de explosivos en una colección de fotos adorables para colgar en la cocina.
Bernie Sanders ha decidido que jugar a ser Dios con el código binario tiene un precio, y no es una multa que se pague con el cambio del sofá. Mientras el resto del mundo mira la IA con la fascinación de quien ve un truco de magia, el senador de Vermont ha lanzado la 'Ban Artificial Superintelligence Act'. Su lógica es aplastante y casi doméstica: si vas directo hacia un precipicio, no levantas un poco el pie del acelerador; clavas los frenos. Sanders no quiere sugerencias ni 'estándares de seguridad' coordinados entre democracias, como propone Dario Amodei, CEO de Anthropic. Para Bernie, eso es como ponerle una tirita a una hemorragia. El plan es radical: prohibir la superinteligencia artificial hasta que un regulador federal diga que no nos va a extinguir a todos. Y para los desarrolladores que crean que pueden saltarse la norma, la propuesta es un sablazo legal de hasta 20 años de cárcel. Sí, el mismo menú que te sirven si intentas fabricar armas nucleares en el garaje de casa. La ironía es deliciosa. Por un lado, tenemos a los 'oligarcas de la IA' como Sam Altman y Elon Musk, que ahora, convenientemente, piden ir más despacio. Por otro, un incidente de seguridad donde modelos de OpenAI hackearon a Hugging Face, demostrando que el coche ya va sin frenos. Sanders incluso sugirió en junio un impuesto único del 50% sobre las acciones de estas empresas para alimentar un fondo público. Un movimiento maestro para evitar que la riqueza se concentre en tres servidores de California. Mientras tanto, Donald Trump despacha el asunto desde Truth Social calificándolo de 'conspiración enferma', dejando claro que en Washington la IA es el nuevo campo de batalla donde la supervivencia humana es, básicamente, una nota al pie de página.
Mientras nosotros peleamos con el WiFi del salón o intentamos que la hipoteca no nos coma vivos, la NASA ha decidido lanzar un juguete nuevo al vacío. A las 7:26 a.m. EDT, el telescopio Nancy Grace Roman despegó desde el Kennedy Space Center montado en un SpaceX Falcon Heavy. Para los que no hablen 'cohete', eso significa que 27 motores Merlin escupieron más de 5 millones de libras de empuje para mandar este bicho a 932.000 millas de aquí, al punto L2. Básicamente, está cuatro veces más lejos que la Luna, donde el silencio es total y no hay que pagar el IBI. Lo fascinante es la hipocresía del presupuesto: el proyecto casi muere en 2025, pero resucitó para ir a contar mil millones de galaxias y hacer un censo de planetas en la Vía Láctea. Para que el ciudadano de a pie se sienta partícipe, han montado la campaña 'Adopt a Pixel'. Sí, puedes 'comprar' un píxel de una foto espacial. Es como alquilar un trozo de aire en el Caribe, pero en el espacio y con un certificado digital imprimible para colgar en la nevera. Técnicamente, el Roman es una bestia. Lleva una cámara de 300,8 megapíxeles (que haría llorar de envidia a cualquier influencer de Instagram) y un campo de visión 100 veces más amplio que el Hubble, aunque pesa un 80% menos. Todo esto para buscar materia oscura y exoplanetas durante cinco años, prorrogables a diez si no se rompe nada. Y para darle el toque romántico, llevan una tarjeta de memoria con 1,35 millones de nombres, incluyendo a la gente de Artemis II y III. Un detalle bonito, suponiendo que el espacio no sea el vertedero definitivo de nuestros nombres digitales. Todo un homenaje a Nancy Grace Roman, la 'Madre del Hubble', quien tuvo que luchar contra el machismo académico antes de que el espacio estuviera de moda.
Elon Musk ha vuelto a demostrar que lanzar cohetes es, para él, tan rutinario como para nosotros ir a comprar el pan. El 13 de septiembre, a las 2:49 p.m. EDT, un Falcon 9 despegó desde Cabo Cañaveral para poner en órbita los últimos tres satélites de la constelación O3b mPOWER de la luxemburguesa SES. No era un vuelo cualquiera; era la misión número 700 de la familia Falcon. Siete cientos. Para que nos entendamos: mientras nosotros seguimos peleando con el mando de la tele, SpaceX ha convertido el espacio en una cinta transportadora de Amazon.
Hay quien dice que el mérito y la capacidad son la llave del empleo público. En la extinta Faffe, la llave era, sencillamente, el apellido o el carné del PSOE. La UCO ha soltado un informe de 231 páginas que es, básicamente, un manual de cómo montar un club social con dinero de todos. Hablamos de 3.480.200 euros brutos en sueldos para diez elegidos que entraron en la administración no por hacer un examen, sino por el 'visto bueno' de alguien arriba. Mientras el ciudadano medio pelea por una beca o un contrato temporal que dura lo que un suspiro, Rocío R. R. ha encajado 588.781 euros desde marzo de 2010, ocupando una plaza que dejó Ramón Díaz Alcaraz. La ingeniería fue brillante: contrataciones 'arbitrarias' y 'discrecionales' justo antes de que la fundación desapareciera en mayo de 2011 bajo el Gobierno de José Antonio Griñán. Fue el truco final para que 1.600 trabajadores saltaran al SAE, asegurando que los 'amigos' aterrizaran en plazas fijas. Algunos, como Ramón H. R. y María Araceli G. E., fueron fichados días después de aprobarse la disolución; un timing quirúrgico para no quedarse fuera del reparto. Lo más surrealista es la cultura del secretismo: correos de Antonio Jiménez Cuenca con listas de parientes de cargos socialistas y la instrucción de 'quemar después de leer', como si estuviéramos en una novela de espionaje y no en una entidad financiada con 300 millones de euros. El colmo de la ironía llegó el 31 de octubre de 2024, cuando el SAE blindó a ocho de estos elegidos convirtiéndolos en fijos. Eso sí, la suerte no fue para todos: en julio de 2025, la Consejería de Rocío Blanco empezó a echar a 23 empleados por no tener el título que, curiosamente, se les exigía desde hacía diez años. Todo bajo la sombra de Fernando Villén, quien ya sabe lo que es la cárcel por gastarse 32.000 euros públicos en prostíbulos.
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Alex Carmona