Albert II, un macaco rhesus, se convirtió en el primer mamífero en visitar el espacio un 14 de junio de 1949. No, no lo hizo por gusto ni por vistas panorámicas. Fue un ensayo general, una prueba de choque con cremallera para ver si el cuerpo humano resistiría la aventura. Lanzado desde White Sands, Nuevo México, a bordo de un cohete V-2, Albert II alcanzó una altitud de 83 millas (134 kilómetros), un viaje que, irónicamente, le costó la vida al fallar el paracaídas en el descenso.
Pero su sacrificio, que suena a guion de ciencia ficción cutre, proporcionó datos fisiológicos valiosísimos sobre cómo funciona el cuerpo en condiciones de subgravedad.
Antes de Albert II, ya habían mandado moscas de la fruta, ratones y un tal Albert I (otro macaco con menos suerte) a dar una vuelta por las alturas.
Pero Albert II fue el primero en llegar a una altitud significativa. Su corazón, su respiración, todo fue monitorizado como si fuera un coche de carreras en la telemetría. Y todo esto, ojo, en 1949, cuando la televisión estaba en blanco y negro y el pan costaba una peseta.
La NASA, con una previsión que da envidia, entrenó a 40 “astrochimpanzés”, incluyendo a Ham, para pilotar las naves Mercury-Redstone.
Ham, el chimpán, tuvo más suerte que Albert II, y su misión en 1961 allanó el camino para que Alan Shepard se convirtiera en el primer estadounidense en el espacio. ¿Un macaco sacrificado para que un astronauta pudiera presumir? Sí, el progreso tiene un precio, y a veces ese precio es una vida animal.
Y mientras tanto, nosotros preocupados por si sube la luz.
Crítica:
La noticia es un hito histórico, pero la redacción es demasiado plana. Falta explorar la controversia ética del uso de animales en la investigación espacial. El artículo se limita a narrar los hechos sin profundizar en las implicaciones morales.
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