Crítica:
El texto original es un despliegue de marketing disfrazado de divulgación para promocionar una película. Se pierde demasiado tiempo en la trama del libro y poco en la biología real hasta que el experto interviene.
El texto original es un despliegue de marketing disfrazado de divulgación para promocionar una película. Se pierde demasiado tiempo en la trama del libro y poco en la biología real hasta que el experto interviene.
Hay quien se siente abrumado si el GPS le falla en una calle estrecha, pero la NASA, en su era de gloria analógica, decidió mandar una lata de conservas tecnológica llamada Galileo a dar un paseo por el vacío. El 28 de agosto de 1993, la sonda pasó rozando el asteroide Ida, moviéndose a casi 28.000 mph. Para que nos entendamos: es como intentar hacer una foto nítida a una mosca mientras viajas en un Fórmula 1 a máxima velocidad. Apenas a 1.500 millas de la superficie, Galileo no solo confirmó que Ida era un trozo de roca silicatada (un asteroide tipo S), sino que se encontró con un invitado inesperado. Resulta que Ida no estaba sola. Tenía una luna diminuta, bautizada más tarde como Dactyl por la Unión Astronómica Internacional. Fue el primer satélite de un asteroide confirmado, rompiendo la teoría de que estas parejas eran raras. Lo más irónico es que el hallazgo no fue instantáneo; Ann Harch tuvo que revisar los datos el 17 de febrero de 1994, meses después del encuentro, para darse cuenta de que había algo orbitando allí. Es el equivalente astronómico a encontrar un billete de veinte euros en un pantalón viejo mientras haces la colada. Galileo no se quedó a tomar café. Ya había visitado a Gaspra en octubre de 1991 y tenía una cita ineludible con Júpiter. Lanzada el 18 de octubre de 1989, la sonda llegó al gigante gaseoso el 7 de diciembre de 1995. Tras ocho años de servicio, el 21 de septiembre de 2003, la NASA decidió que la mejor forma de jubilarla era estrellándola contra Júpiter, evitando así contaminar sus lunas. Una despedida drástica, pero eficiente, para una misión que empezó con Johann Palisa mirando el cielo desde Viena en 1884.
La naturaleza es maravillosa, pero a veces es un desastre organizativo. En el Pinnacles National Park, una madre cóndor de California se encontró de repente haciendo el turno de noche, día y tarde ella sola. El padre, en un giro trágico que resume la negligencia humana, decidió no volver al nido y terminó palmando por un envenenamiento por plomo. Así de sencillo: nuestra basura convierte a los 'pájaros trueno' en víctimas de una ingeniería química involuntaria. La madre, desbordada y con el tiempo justo para buscar comida, empezó a dejar el nido más vacío que la cuenta corriente de un estudiante a final de mes. Para evitar que el polluelo pasara a mejor vida, los biólogos intervinieron cuando el pequeño tenía apenas un mes. El destino: el San Diego Zoo Safari Park. Aquí entra en juego el 'puppet-rearing', una especie de teatro de marionetas nivel experto donde los cuidadores se disfrazan de cóndores para que el bicho no se encariñe con los humanos. Básicamente, le venden la moto con un muñeco artesanal que imita el pico de un adulto para darle de comer. El pequeño, bautizado como Cayic (que significa 'fuerte' en lengua Mutsun), está creciendo como un campeón y planea volver al monte el próximo otoño. Mientras tanto, la especie sigue jugando al borde del abismo. Pasamos de tener menos de dos docenas en los 80 a contar 607 ejemplares a finales de 2025, de los cuales solo 392 vuelan libres. Es un esfuerzo titánico para combatir el plomo y la microbasura, recordándonos que somos capaces de gastar fortunas en marionetas sofisticadas mientras seguimos dejando el campo lleno de trampas mortales.
Parece que el universo tiene la misma capacidad de supervivencia que un autónomo intentando pagar el alquiler en el centro de Madrid. Resulta que el corazón de la Vía Láctea, ese barrio peligroso donde manda Sgr A —un agujero negro supermasivo con la masa de 4 millones de soles que se traga todo lo que respira—, es sorprendentemente acogedor. El Telescopio James Webb (JWST), usando su instrumento MIRI, ha detectado agua y polvo cósmico orbitando la estrella IRS 3, situada a tan solo 0,55 años luz del abismo. Para que nos entendamos: es como encontrar una planta viva y regada en medio de un incendio forestal. La IRS 3 es una estrella en sus últimas etapas, una 'gigante de rama asintótica' que, básicamente, está soltando todo su equipaje en forma de gas y polvo antes de jubilarse definitivamente. Actúa como un centro de reciclaje cósmico, devolviendo material al espacio para que otras estrellas no tengan que empezar de cero. Lo increíble es que este material aguanta el tipo. Los investigadores, liderados por Florian Peißker de la Universidad de Colonia y Macarena Garcia Marin de la ESA, descubrieron una envoltura de polvo de silicatos que se extiende unos 10.000 unidades astronómicas. El termostato es una locura: pasamos de unos 927 grados Celsius junto a la estrella a unos gélidos -173 grados en las capas exteriores. A pesar de este choque térmico y de la radiación que debería haber vaporizado cualquier molécula, el agua sigue ahí, resistiendo. El estudio, publicado el 11 de agosto en Astronomy & Astrophysics, nos confirma que incluso en el vecindario más hostil de la galaxia, los ingredientes básicos para la vida se niegan a desaparecer.
Llevamos décadas aceptando que si salimos sin chaqueta al frío, el resfriado nos caerá encima como un impuesto imprevisto. Mentira. Manal Mohammed, de la University of Westminster, lo deja claro: el frío no infecta; solo prepara el escenario. Es como cuando en Navidad todos se encierran en el salón con la calefacción a tope: el aire seco deja la nariz como un desierto y los virus se pasan el saludo más rápido que un chisme de barrio. Johns Hopkins Medicine añade que meter a los niños en el colegio en invierno es básicamente montar un centro de distribución de mocos. El frío puede debilitar tus defensas nasales, sí, pero el culpable es el virus, no el termómetro. Luego está el cuento de que el rayo no cae dos veces en el mismo sitio. Una frase hecha para consolar al que ha perdido la apuesta. En la realidad, el rayo es un buscador de alturas compulsivo. El Empire State Building recibe unos 25 impactos anuales, mientras que la CN Tower de Toronto, que no se queda atrás en ego arquitectónico, se lleva 75 golpes por año. Básicamente, si eres el más alto de la fiesta, el cielo te tiene en el punto de mira. Eso sí, la NOAA advierte que el rayo tiene sus días de rebeldía y no siempre elige la cima. Y para cerrar, el cielo rojo. Esa sabiduría de marinero que aparece hasta en la Biblia (Mateo 16:2-3). El UK Met Office explica que el polvo y la alta presión filtran la luz azul y dejan pasar el rojo. Si estás en las latitudes medias (entre los 30 y 60 grados), donde los vientos predominantes vienen del oeste, el cielo rojo nocturno es una señal de buen tiempo. Pero si estás en el trópico, mirar el color del cielo para predecir la lluvia es tan útil como intentar pagar el alquiler con buenas intenciones: no sirve para nada.
Septiembre llega con esa melancolía de quien sabe que el aire acondicionado deja de ser una necesidad vital para convertirse en un recuerdo. Mientras nosotros peleamos con la factura de la luz o intentamos que los niños no lleguen tarde al colegio, el cosmos nos propone una agenda que, sinceramente, parece diseñada para gente con demasiada paciencia y muy poco que hacer un martes por la noche. Empezamos el 9 de septiembre con las Epsilon Perseidas. No se confundan con las Perseidas de agosto, que eran el espectáculo de fuegos artificiales del verano; estas son más bien como el postre pequeño que queda en la bandeja: unos cinco meteoros por hora. Hay que tener la paciencia de un santo o el aburrimiento de un funcionario en agosto para apreciarlos mientras miran hacia el noreste. Luego llega el 22 de septiembre, el Equinoccio de Otoño. El día en que la Tierra decide que ya basta de sudar y pone el reloj a favor de las noches largas. Es el punto medio exacto, una simetría geométrica que nos recuerda que el sol ya no nos quiere calentar gratis. Pero el plato fuerte es el 26 de septiembre. Primero, tenemos a Neptuno en oposición total. El planeta está tan lejos —unos 2.800 millones de millas del sol y 2.790 millones de la Tierra— que la luz tarda cuatro horas en llegar, básicamente lo que tarda un pedido de comida a domicilio en un viernes noche. El 25, a las 10 p.m. EDT, se pondrá a una 'distancia razonable' de 2.680 millones de millas. Sí, es como decir que el banco está 'cerca' porque solo tienes que caminar diez kilómetros. Para cerrar, el mismo 26 llega la Luna de Cosecha a las 12:49 p.m. EDT. A diferencia de otras lunas con nombres pretenciosos, esta sí sirve para algo: dar luz extra a los agricultores. Una herramienta útil, gratuita y sin necesidad de actualizar la suscripción mensual.
Hay quienes se quejan de que el lunes es corto, pero imagínate estar a 400 kilómetros de altura y que te digan que el Labor Day es sagrado. Mientras el resto de los mortales luchamos contra el tráfico o el precio del café, Jack Hathaway, Jessica Meir y Anil Menon han recibido el visto bueno de la NASA para poner los pies en alto este 7 de septiembre. Y no vienen solos en el club del descanso; Sophie Adenot, la pionera francesa de la ESA, también ha colgado el mono de trabajo. Es la meritocracia espacial: si vives en una lata pressurizada, tienes derecho a tu día libre para no volverte loco. Pero claro, en el espacio, como en la oficina, siempre hay alguien que se queda haciendo las horas extras mientras los demás celebran. Los cosmonautas rusos Pyotr Dubrov, Andrey Fedyaev y Anna Kikina no conocen el concepto de 'puente'. Mientras los americanos sueñan con hamburguesas (imposibles, porque el fuego en la ISS es el equivalente a jugar con dinamita en una gasolinera), el equipo ruso estará pendiente del Progress 94, una nave que básicamente es el camión de la basura espacial, despegando el lunes desde el módulo Poisk cargada de chatarra y trastos obsoletos. La logística es un despliegue de precisión quirúrgica: el Progress 96 saldrá desde el Cosmodromo de Baikonur en Kazajistán el 9 de septiembre para acoplarse dos días después. Todo esto ocurre mientras los veteranos de la misión Crew-12 de SpaceX, llegados en febrero, y los recién llegados de la Soyuz del 14 de julio, intentan gestionar la convivencia. Al final, la NASA admite que el ocio es clave para la productividad, aunque celebrar el Día del Trabajo sin una parrilla sea, probablemente, la ironía más grande de la estación.
Mientras nosotros peleamos con el WiFi del salón o intentamos que la hipoteca no nos coma vivos, la NASA ha decidido lanzar un juguete nuevo al vacío. A las 7:26 a.m. EDT, el telescopio Nancy Grace Roman despegó desde el Kennedy Space Center montado en un SpaceX Falcon Heavy. Para los que no hablen 'cohete', eso significa que 27 motores Merlin escupieron más de 5 millones de libras de empuje para mandar este bicho a 932.000 millas de aquí, al punto L2. Básicamente, está cuatro veces más lejos que la Luna, donde el silencio es total y no hay que pagar el IBI. Lo fascinante es la hipocresía del presupuesto: el proyecto casi muere en 2025, pero resucitó para ir a contar mil millones de galaxias y hacer un censo de planetas en la Vía Láctea. Para que el ciudadano de a pie se sienta partícipe, han montado la campaña 'Adopt a Pixel'. Sí, puedes 'comprar' un píxel de una foto espacial. Es como alquilar un trozo de aire en el Caribe, pero en el espacio y con un certificado digital imprimible para colgar en la nevera. Técnicamente, el Roman es una bestia. Lleva una cámara de 300,8 megapíxeles (que haría llorar de envidia a cualquier influencer de Instagram) y un campo de visión 100 veces más amplio que el Hubble, aunque pesa un 80% menos. Todo esto para buscar materia oscura y exoplanetas durante cinco años, prorrogables a diez si no se rompe nada. Y para darle el toque romántico, llevan una tarjeta de memoria con 1,35 millones de nombres, incluyendo a la gente de Artemis II y III. Un detalle bonito, suponiendo que el espacio no sea el vertedero definitivo de nuestros nombres digitales. Todo un homenaje a Nancy Grace Roman, la 'Madre del Hubble', quien tuvo que luchar contra el machismo académico antes de que el espacio estuviera de moda.
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