Crítica:
El texto original es un panfleto optimista del museo que maquilla la obsolescencia de la EEI. Ignora olímpicamente el coste astronómico de mantener este 'laboratorio' frente a los beneficios reales para el ciudadano de a pie.
El texto original es un panfleto optimista del museo que maquilla la obsolescencia de la EEI. Ignora olímpicamente el coste astronómico de mantener este 'laboratorio' frente a los beneficios reales para el ciudadano de a pie.
Imaginar la cara de tu madre o el color de tu coche parece una tarea tan básica como respirar, pero para algunos el cerebro tiene el interruptor de la imagen fundido. Se llama afantasía. Es como intentar sintonizar una radio vieja que solo emite ruido blanco: por más que fuerces la vista mental, la pantalla sigue en negro. Sin embargo, aquí llega la paradoja que deja a los neurólogos rascándose la cabeza: mientras que despiertos son ciegos mentales, al cerrar los ojos y dejarse llevar por Morfeo, el cine se enciende. Un estudio publicado en Scientific Reports, impulsado por Derek Arnold y Loren Bouyer de la University of Queensland junto a Merlin Monzel de la University of Bonn, ha puesto el dedo en la llaga. Analizaron a 205 personas, dividiéndolas en un grupo de 84 con afantasía y 121 para comparar. El resultado es un caos fascinante: el 46% de los 'ciegos mentales' ven imágenes en sus sueños, mientras que un 8% sigue en la oscuridad absoluta incluso durmiendo. Es como si el cerebro tuviera un sistema de permisos restringidos; durante el día, la carpeta de 'Imágenes' está bloqueada con contraseña, pero al dormir, el sistema operativo se salta la seguridad y proyecta la película sin pedir permiso. Lo más curioso es que el sonido y la voz interna sí mantienen una coherencia. Si ensayas una conversación mentalmente antes de una cita (como hacemos todos para no hacer el ridículo), es probable que también escuches voces en tus sueños. Pero la imagen es un mundo aparte. Los investigadores sugieren que el problema es de coordinación entre regiones cerebrales, una especie de fallo de cableado que solo se soluciona cuando apagamos la consciencia. Al final, la ciencia nos dice que el cerebro es capaz de crear mundos que nosotros mismos, estando despiertos, no tenemos permiso de visitar.
Hay quien gasta sus ahorros en criptomonedas dudosas y hay quien, con más sentido común, decide inmortalizar sus iniciales en un microchip que se irá a Saturno. La NASA ha abierto el registro para la misión Dragonfly, un dron de ocho aspas que aterrizará en Titán en 2034. Es el clásico truco de marketing intergaláctico: te venden un 'pase de abordar digital' para que sientas que vas en el viaje, aunque la realidad es que tu nombre viajará apretujado en un chip mientras tú sigues peleándote con el precio del alquiler. El plan es ambicioso, o caro, según se mire. El despegue no será antes de julio de 2028 y, tras seis años de paseo por el vacío, el aparato llegará a la luna más grande de las 292 que orbitan Saturno. Titán es básicamente un congelador gigante a -290 grados Fahrenheit, con ríos de metano y dunas de polvo que harían llorar a cualquier agente de viajes. Pero ahí reside la gracia: bajo esa costra de hielo hay un océano que, según los astrobiólogos, podría tener los ingredientes para cocinar vida microbiana, DNA y RNA. Nicky Fox, de la Science Mission Directorate, lo pinta como 'desbloquear los secretos del universo', pero en lenguaje llano es enviar un robot VTOL construido en el Johns Hopkins Applied Physics Laboratory de Maryland para que vuele unos 70 millas y visite entre 20 y 30 puntos distintos durante tres años. Es como enviar un inspector de obras al espacio profundo para ver si el terreno es habitable. Tienes hasta el 15 de enero de 2027 a las 11:59 p.m. EST para inscribirte. No cuesta un duro, que es la única tarifa que nos convence a todos en estos tiempos.
La naturaleza tiene un sentido del humor bastante retorcido. Justo cuando creíamos que el T-Rex era el rey indiscutible del tamaño y el terror, aparece el 'Dianjunus rex' —o D-rex para los amigos— para recordarnos que, en el juego de la supervivencia, el que mejor aprovecha la basura es el que gana. Mientras nosotros peleamos por el precio del alquiler, este hongo decidió que la mejor estrategia inmobiliaria era colonizar los bosques de Yunnan, en el sur de China, plantando cuerpos fructíferos de hasta 50 centímetros y un peso que roza los 2,2 kilogramos. Para que nos entendamos: es como si un champiñón común decidiera ir al gimnasio y empezar a tomar esteroides. El hallazgo, publicado en la revista Frontiers in Fungal Biology, no es solo una curiosidad botánica. Estamos hablando de la creación de una familia entera, la Dianjunaceae, dentro del phylum Ascomycota, que ya presume de más de 64.000 especies. El equipo liderado por científicos como Indunil C. Senanayake, del Banco de Germoplasma de Especies Silvestres del Instituto Botánico de Kunming, encontró a este gigante emergiendo de madera podrida cerca de Damaidi, Yipinglang y Nanbang. Lo más cínico de la historia es el timing. El D-rex surgió hace unos 65 millones de años, apenas un millón después de que la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno borrara a los dinosaurios del mapa. Básicamente, mientras el mundo lloraba la pérdida de los colosos, este hongo vio un buffet libre de materia vegetal muerta y decidió expandirse. Una lección de oportunismo puro: donde unos ven el fin del mundo, el D-rex vio una oportunidad de negocio. Creció entre 20 y 30 centímetros más que sus primos para que el viento dispersara sus esporas con más eficacia, demostrando que, en la selva, el tamaño sí importa si te ayuda a vender tu producto.
La naturaleza es, básicamente, un casino donde la casa siempre gana y el engaño es la moneda de cambio. Hasta ahora, nos habían vendido que el mimetismo era puro instinto, una especie de 'piloto automático' evolutivo. La mantis orquídea (Hymenopus coronatus) no se mira al espejo pensando que es una flor para atraer presas; simplemente nació con el disfraz puesto, como quien hereda una nariz grande. No hay malicia, solo genética haciendo el trabajo sucio. Pero entonces entra en escena el drongo de cola ahorquillada. Aquí la cosa cambia. No hablamos de un camuflaje pasivo, sino de una táctica deliberada, un 'timo' con todas las letras diseñado para manipular la percepción ajena. Es la diferencia entre llevar una camiseta que dice 'soy invisible' y montar un esquema Ponzi para quitarle la comida al vecino. James O'Hanlon, zoólogo y autor de 'Liars, Cheats, and Copycats: Trickery and Deception in Nature', pone el dedo en la llaga: distinguir entre una adaptación biológica y una mentira consciente es el deporte extremo de la etología. O'Hanlon, que ya tiene más de treinta artículos académicos y ha pasado por ABC News (Australia), Australian Geographic, The Conversation y Biosphere Magazine, sabe que el drongo no juega al azar. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite en el súper, este pájaro ejecuta maniobras tácticas para engañar a otros individuos. En 2024 lanzó también 'Eight-Legged Wonders', pero el verdadero escándalo es este: la capacidad de mentir, ese rasgo que creíamos exclusivo de los políticos y los currículums inflados, podría tener un ancestro plumífero. El engaño consciente no es un invento humano; es una herramienta de supervivencia que el drongo domina mejor que muchos de nosotros.
Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite o intentamos que la hipoteca no nos coma vivos, allá arriba el cosmos organiza sus propias fiestas VIP sin invitarnos. Este 30 de octubre de 2026, Marte ha decidido que ya ha tenido suficiente de Cáncer y se prepara para mudarse a Leo. Es como ese vecino que cambia de barrio buscando más prestigio; mañana ya estará instalado en la constelación del León, compartiendo piso con Júpiter. Para los que no hablen 'estrellés', la escena es sencilla: unos 90 minutos antes de que el sol nos obligue a madrugar a las 7:27 A.M., si miras al sureste a unos 60° de altura, verás a Marte (con una magnitud de 0.8) haciendo las maletas. Apenas 6° a su derecha está Júpiter, que con su magnitud de –2.0 brilla tanto que deja a Sirio, la estrella más brillante del cielo (–1.4), como si fuera una bombilla fundida de pasillo. En este despliegue de egos celestes, Regulus, la estrella de magnitud 1.4 que hace de corazón del León, cierra el círculo. Juntos forman una línea que corta el cielo antes del amanecer, mientras Procyon y Sirio miran desde la distancia, como invitados que llegaron tarde a la gala. Todo esto ocurre bajo una Luna gibosa menguante al 69%, que ilumina la noche con la sutileza de un foco de estadio. Alison Klesman, la doctora detrás de estos datos, nos recuerda que mientras nosotros contamos céntimos, el universo sigue moviendo sus piezas con una precisión que ya quisieran los horarios de Renfe.
El cometa Halley es el típico invitado que no aparece en las fiestas pero se encarga de dejar la casa hecha un desastre. No lo veremos en persona hasta 2061 —porque tiene una agenda de orbitar el Sol cada 76 años que envidiaría cualquier funcionario—, pero nos ha dejado el salón lleno de migas cósmicas. Esas 'migas' son las Orionidas, un despliegue de meteoros que desde principios de octubre y hasta el 7 Moreover de noviembre deciden que la atmósfera terrestre es el lugar ideal para incinerarse en un espectáculo de rayas brillantes y bolas de fuego. El pico de intensidad cae este miércoles por la noche y madrugada del jueves. Claro que, como ocurre en la vida, el placer viene con letra pequeña: una Luna gibosa creciente al 77% de su capacidad lumínica se ha propuesto hacer de foco disruptor, robando el protagonismo al evento. Es como intentar ver una vela encendida mientras alguien te apunta a la cara con un reflector de estadio. NASA, con la prudencia de quien no quiere que le reclamen el dinero del ticket, recomienda esperar a que la Luna se ponga, aproximadamente a las 3:30 AM EST, para disfrutar del show. Si tienes la suerte de escapar de la contaminación lumínica de la ciudad —esa nube de neón que nos hace olvidar que el universo existe— y miras hacia el sureste, cerca de Betelgeuse en la constelación de Orión, podrías pillar hasta 20 trazos por hora. No hace falta gastarse la nómina en telescopios ni equipo sofisticado; basta con salir al frío, cruzar los dedos para que el clima no nos juegue una mala pasada y aceptar que somos el blanco de los desechos de una roca que nos ignora desde 1986.
Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite o intentamos que la tarjeta no rebote a final de mes, el universo ha decidido soltarnos otra piedra en el zapato. El Observatorio Vera C. Rubin, ese gigante instalado en Cerro Pachón, Chile, acaba de pescar un objeto llamado 2026 ED138. No es una roca cualquiera; es un candidato a planeta enano que hace que Plutón parezca el vecino ruidoso que vive más cerca. Matthew Holman, astrofísico del Center for Astrophysics | Harvard & Smithsonian, lo pilló el 13 de octubre mientras pasaba datos por un programa de búsqueda. Su reacción fue la de cualquiera de nosotros al ver un cargo extraño en el banco: incredulidad absoluta. Pensó que el código había alucinado, pero Mario Jurić, el jefe de sistema solar de la Universidad de Washington, rebuscó en el archivo y encontró que el objeto ya se dejaba ver desde el 4 de marzo de 2026. De hecho, el bicho llevaba ahí desde 2016, escondido en las fotos del Telescopio Victor M. Blanco, pero nadie le había prestado atención. El 2026 ED138 orbita a unas 46 unidades astronómicas del Sol, dejando a Plutón (con sus 40 UA) como un principiante. Con un diámetro estimado entre 600 y 1.500 kilómetros, es básicamente un iceberg gigante y brillante flotando en la oscuridad. Si la Unión Astronómica Internacional (IAU) le da el sello de aprobación, será el sexto planeta enano, sumándose al club de los 'degradados' como Ceres, Eris, Haumea y Makemake. Todo esto gracias a una cámara de 3.200 megapíxeles que barre el cielo austral cada pocas noches, recordándonos que, mientras nosotros no encontramos las llaves de casa, ellos encuentran mundos enteros en el patio trasero del sistema solar.
Comentarios