Crítica:
El texto es técnicamente impecable pero excesivamente académico en su origen. Le faltaba el 'estilo callejero' para que el ciudadano medio entendiera que le están desplumando sin avisar.
El texto es técnicamente impecable pero excesivamente académico en su origen. Le faltaba el 'estilo callejero' para que el ciudadano medio entendiera que le están desplumando sin avisar.
Hay algo profundamente poético en intentar leer sobre el 'Gran Envilecimiento' de Enrique VIII y toparse con un muro digital que dice 'Access Denied'. Es la metáfora perfecta: el sistema te cierra la puerta en la cara justo cuando quieres entender cómo nos han desplumado históricamente. Enrique VIII, el rey que coleccionaba esposas como quien colecciona tazos, decidió que sus monedas de oro y plata pesaban demasiado para su gusto y decidió 'aligerarlas'. No fue un ajuste técnico; fue un truco de magia financiera donde el metal precioso desaparecía y quedaba una aleación barata. Imagínatelo hoy: es como si el Banco Central decidiera que tu billete de 50 euros ahora vale 20, pero te convencieran de que es 'por el bien del reino'. Mientras el ciudadano medio veía cómo su capacidad de compra se hundía más rápido que los planes de amor de Enrique, la Corona seguía gastando sin mirar el saldo. El resultado fue una inflación que convirtió la compra del pan en un deporte de riesgo y el ahorro en una broma de mal gusto. El enlace de El Economista, con su referencia #18.8a5d0417.1782500840.111514da, nos recuerda que la historia se repite. Ya sea mediante el envilecimiento de la moneda en el siglo XVI o mediante errores de servidor en el XXI, la información sobre el dinero siempre tiene un guardián que decide quién entra y quién se queda fuera. Al final, el 'envilecimiento' no es solo una técnica monetaria Tudor; es la sensación de que, mientras los de arriba hacen ingeniería financiera, los de abajo seguimos intentando descifrar por qué el carrito del súper ya no llega a mitad de semana.
Hablemos claro: que un político tenga joyas valoradas en 1,3 millones de euros, como ocurre con el caso Zapatero, o que el dinero de Ábalos baile en cuentas extrañas, no va a pagar las pensiones. Para cubrir esos 200.000 millones de euros que se esfuman cada año en jubilaciones, necesitaríamos un ejército de joyerías corruptas. Pero no se engañen; la corrupción no es solo un 'descuido' contable, es el cáncer que nos empobrece lentamente mientras nos venden que todo va sobre ruedas. Daniel Lacalle lo suelta sin anestesia: el Gobierno que llegó prometiendo pasar la mopa y el detergente es, probablemente, el que más trastos sucios ha acumulado. Es la eterna paradoja española: nos venden la 'buena marcha' de la Bolsa, pero es un espejismo. Lacalle nos recuerda que el IBEX 35 son treinta y cinco empresas globales que facturan más del 73 % de sus ingresos fuera de nuestras fronteras. Básicamente, que la Bolsa suba no significa que el barrio esté mejor, sino que a los peces gordos les va bien lejos de aquí. Mientras tanto, el PIB creció un ridículo 0,6 % en el primer trimestre. Un crecimiento 'dopado' por los fondos Next Generation y la inmigración, que es como intentar arreglar un coche averiado empujándolo cuesta arriba: funciona un rato, pero el motor sigue roto. Santiago Carbó lo resume mejor: el gasto público se va en infraestructuras inútiles porque alguien tiene que cobrar el porcentaje, mientras que el mantenimiento de lo que ya tenemos se pudre. Miramos a Alemania, que ya habla de jubilarse a los 70 años en 2092, y nosotros seguimos fingiendo que el Gobierno 'regala' subidas de pensiones cuando, en realidad, la deuda de la Seguridad Social se ha multiplicado por cuatro en ocho años. Es un juego de cartas donde siempre perdemos el jugador que no tiene el mazo.
Nos vendieron la 'Operación Reforzada' como un chaleco salvavidas tras el apagón del 28 de abril de 2025, pero resulta que el chaleco es de oro y lo pagamos nosotros. Mientras Beatriz Corredor preside el Redeia con la calma de quien no tiene que mirar el saldo al final del mes, el ciudadano medio se prepara para un sablazo de casi 50 euros anuales en su factura para 2026. No busques la casilla 'Tasa por miedo a la oscuridad' en el recibo; el coste está camuflado en los servicios de operación, que han pasado de unos inocentes 6,83 euros/MWh antes del colapso a unos ladinos 20,41 euros/MWh. Traducido al lenguaje de la calle: estamos pagando un sobrecoste de 13,58 euros por MWh solo por mantener encendidas centrales de gas que son el parche rápido y caro. Para un hogar que consume unos 3.500 kWh al año, el resultado es ese billete de 50 euros que desaparece sin dejar rastro. La ingeniería financiera es brillante: EY calcula que los servicios de operación dispararán su coste hasta los 5.600 millones de euros en 2026, una cifra que hace parecer los 2.700 millones de 2024 un juego de niños. ¿La excusa? Que las renovables no se ponen las pilas. El PO 7.4, la solución definitiva, está atascado porque las empresas renovables no quieren trabajar por 1 euro/Mvarh; piden el doble para entrar al trapo. Mientras la CNMC y Red Eléctrica juegan al escondite con los datos y solo hay 13,6 GW habilitados (cuando necesitan 60 o 70 GW), el Observatorio del Coste de los Servicios de Operación —donde Aelec, Acenel y compañía ya empiezan a sudar— pide cuentas. Al final, la moraleja es la de siempre: el sistema falla, los jefes improvisan y el usuario final es el único que pone el dinero para que la luz no se apague.
Hacerse el rico con la tarjeta del vecino es un arte, pero intentar convencer a la AIReF de que el PIB crece por arte de magia es, sencillamente, un deporte extremo. Inés Olóndriz, la presidenta de la Autoridad Independiente Responsable de la Fiscalidad Estructural, ha dejado claro en el Seminario de Verano de la APIE y la UIMP en Santander que el Gobierno ha estado 'mejorando artificialmente' sus ratios fiscales. Básicamente, han usado deflactores para engrosar los datos del PIB nominal, una maniobra contable que en el barrio llamaríamos 'maquillar la factura para que el casero no se asuste'. La realidad es más fría que un café olvidado. Mientras el Ejecutivo presume, la AIReF proyecta un crecimiento real del 2,2% en 2026 (con un techo del 2,4%) y una caída libre del PIB real desde el 3,5% en 2024 hasta un anémico 1,7% en 2030. ¿La razón? Se nos acaban los trucos: los fondos Next Generation y el flujo migratorio dejarán de hacer el trabajo sucio, y la productividad española sigue durmiendo la siesta. El panorama a largo plazo parece una película de terror financiero. Aunque prometen bajar la deuda al 95% para 2030, el horizonte de 2050 es un agujero negro del 123%. A esto sumémosle un gasto primario neto que crecerá un 5% entre 2025 y 2028, saltándose el 3,4% comprometido con Bruselas. Para salvar los muebles, el Gobierno ya ha pedido la 'cláusula de escape', que es el equivalente administrativo a decir 'lo pago el mes que viene'. Y mientras tanto, las pensiones, que devorarán el 16,4% del PIB en 2050, amenazan con inflar la deuda otros 52 puntos. Olóndriz lo ha dicho sin anestesia: el plan actual es 'insostenible'.
Hay un arte muy fino en cobrar miles de euros por hora para decirle a un cliente que el futuro es hoy, y KPMG acaba de llevarse el premio al 'estafador del año' en la categoría de consultoría. En octubre, la firma lanzó un informe titulado “Redefining excellence in the age of agentic AI”, que básicamente era un panfleto para que las empresas no se sintieran como dinosaurios por seguir usando el cerebro humano. El problema es que, en lugar de analizar la realidad, parece que dejaron que la IA escribiera el examen y esta decidió inventarse la vida de todo el mundo. El informe aseguraba, con una seguridad pasmosa, que UBS integraba agentes de IA en asesoría y riesgo, que los Ferrocarriles Federales Suizos eran ahora un 'orquestador de movilidad holístico' y que Transport for London gestionaba el tráfico con magia algorítmica. Spoiler: todo mentira. Cuando el Financial Times llamó a preguntar, los portavoces de UBS, SBB y TfL soltaron la bomba: aquello era 'factualmente incorrecto' y 'engañoso'. Es el equivalente corporativo a decir que tienes un Ferrari en el garaje cuando en realidad tienes un patinete oxidado que no arranca. Lo más delirante es el caso del NHS Greater Manchester. KPMG citó una nota de prensa sobre la lucha contra el cáncer de pulmón y, mediante un juego del teléfono estropeado digital, concluyó que la IA ya hacía el triaje de pacientes y predecía reingresos. Una alucinación colectiva procesada por computadoras. Mientras McKinsey despliega 12,000 agentes de IA tras despedir a 5,000 empleados, KPMG nos demuestra que la verdadera utilidad de la IA en el mundo corporativo no es la eficiencia, sino la capacidad de 'vender humo' a escala industrial sin despeinarse. Al final, el informe fue retirado, pero el veneno ya estaba en el pozo, citado hasta en prensa checa.
Imagínate que tu jefe te dice que eres un genio, que tu cerebro es oro puro y que no hay nadie en el mercado que trabaje mejor que tú. Te sientes el rey del mambo, hasta que te das cuenta de que solo te lo dice para copiarte el truco y luego darte la patada. Eso es, básicamente, la 'ingeniería financiera' de Mark Zuckerberg en Meta. El magnate ha aplicado una táctica que haría palidecer a los generales romanos: la decimación. Pero en lugar de gladiadores, aquí tenemos programadores con sueldos de seis cifras y una ansiedad que no cabe en un coworking. En abril, Meta anunció que el 10% de su plantilla —unos 7.800 trabajadores— pasaría a mejor vida laboral. Lo brillante del proceso fue el 'periodo de aviso' de casi un mes; un mes entero de incertidumbre, como esperar a que te llegue la factura de la luz sabiendo que te han clavado un extra, pero sin saber exactamente cuánto. Pero el giro cruel llega con el audio filtrado por More Perfect Union. Zuckerberg, con la empatía de un algoritmo de spam, admitió en una reunión general que la empresa estaba 'cosechando' los datos de sus empleados para entrenar sus modelos de IA. Según el CEO, es mucho más eficiente que la IA aprenda observando a 'gente muy inteligente' de casa que contratar empresas externas. Traducido al lenguaje de la calle: te uso de profesor particular gratis para que mi robot aprenda a hacer tu trabajo y así pueda echarte sin que me tiemble el pulso. Si eres tan brillante como para entrenar a la máquina que te va a sustituir, felicidades, acabas de optimizar tu propio despido.
Imaginen que estamos en 1962. No hay apps, no hay GPS y el concepto de 'comida rápida' era básicamente que el repartidor no se perdiera por el camino. En Wisconsin, un tal Dennis J. Sheahan decidió que esperar a que la pizza llegara tibia era un insulto al paladar y montó 'Pizza on Wheels'. La idea era una locura: furgonetas convertidas en cocinas móviles con horno doble, fregadero y nevera. Básicamente, un restaurante con ruedas que cocinaba la masa mientras el chófer esquivaba vacas en la carretera para que la pizza aterrizara en tu puerta recién salida del fuego. El sistema era casi steampunk: un despachador recibía la llamada y, mediante radio, avisaba al camión más cercano para que empezara la danza del queso. Sheahan no se quedó en Kenosha; para 1963 ya tenía tres camiones en Madison y en 1964 aterrizó en Green Bay, soñando con conquistar ocho ciudades más. Pero, seamos realistas: cocinar en un vehículo en movimiento es como intentar hacer un castillo de naipes en medio de un terremoto. Los expertos actuales, como Noel Brohner, lo llaman 'Cirque du Soleil', porque mantener el queso en el centro mientras giras una esquina requiere más fe que un crédito hipotecario sin aval. La historia se repite porque el ego humano es cíclico. En 2016, la startup Zume intentó lo mismo con robots y una ingeniería financiera que atrajo 445 millones de dólares de inversores. ¿El resultado? El mismo desastre. Zume acabó pivotando a cajas de cartón en 2019 y colapsó totalmente en 2023. Mientras tanto, gigantes como Domino's prefirieron la ruta aburrida: cajas de cartón eficientes y promesas de 30 minutos. Al final, Sheahan empezó a malvender sus camiones en 1967 y para 1971 'Pizza on Wheels' era solo un recuerdo borroso, demostrando que hay cosas que es mejor dejar quietas, especialmente si llevan queso fundido y van a 60 kilómetros por hora.
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