Crítica:
El texto original es demasiado complaciente con los 'fallos de sincronización'. Le falta profundizar en si esto es incompetencia técnica o una estrategia de gestión de inventario para inflar precios.
El texto original es demasiado complaciente con los 'fallos de sincronización'. Le falta profundizar en si esto es incompetencia técnica o una estrategia de gestión de inventario para inflar precios.
Viajar con Renfe se ha convertido en un ejercicio de fe y masoquismo digital. La trama es siempre la misma: entras en la web, el sistema te dice que no hay ni un hueco para respirar y te quedas en tierra. Pero, ¡magia!, una vez que logras subirte al vagón —ya sea por un milagro informático o pagando el rescate al interventor—, te encuentras con un paisaje lunar: asientos vacíos a punta vista. Es el fenómeno de los 'asientos fantasma'. Mientras el usuario sufre el sablazo de la tarifa básica porque el sistema de descuentos ha decidido suicidarse, Renfe gestiona el 70% de los viajes en España con una ingeniería de reservas que parece diseñada por un becario en un día malo. La excusa oficial es un cocktail de plazas para movilidad reducida que aparecen vacías pero son intocables y fallos de sincronización que harían llorar a cualquier programador. El caos alcanza su clímax con el 'Verano Joven', ese plan del Ministerio de Transportes liderado por Óscar Puente que, del 1 de julio al 30 de septiembre, ofrece descuentos del 90% en media distancia y hasta 30 euros en alta velocidad. El resultado es una tormenta perfecta: un sistema que bloquea billetes, que no libera plazas al instante tras una cancelación y que, en casos como el de septiembre de 2025, deja al pasajero atrapado en un bucle de errores de pago. Lo más cínico es la respuesta corporativa: tras tres semanas de silencio, la compañía afirma no haber encontrado incidencia alguna, ignorando que el interventor fue testigo del desastre. Con un 72% de cuota de mercado según la CNMC, Renfe sigue operando como si el siglo XXI fuera una sugerencia opcional, aunque compita en corredores donde Iryo y Ouigo le han mordido entre el 50% y el 73% del pastel.
Hay quien gestiona el dinero público y hay quien lo trata como si fuera el Monopoly de su primo. Belén Gualda, la presidenta de la SEPI, ha elevado la paranoia a categoría de arte: prohibir móviles en los consejos, delegar firmas para no mancharse las manos y contratarse un seguro de responsabilidad civil con Starr Europe Insurance Limited por 126.000 euros. Básicamente, se compró un paraguas de lujo antes de que empezara a llover imputaciones por la trama SEPI. La jugada maestra ocurrió en julio de 2021. Mientras el ciudadano medio pelea con la letra pequeña de la factura de la luz, Gualda y su equipo hacían magia financiera. El 9 de julio hubo una cita secreta en Moncloa; cuatro días después, el 13 de julio, el Consejo Gestor —con una Sara Aagesen que pasó de sus dudas ecológicas en un abrir y cerrar de ojos— aprobaba 112,8 millones de euros para Tubos Reunidos, S.A. Una cifra que el Consejo de Ministros ratificó el 20 de julio sin pestañear. Lo fascinante es la ingeniería del silencio. Gualda, nombrada el 30 de marzo de 2021 por María Jesús Montero, empezó su mandato dinamitando la unidad de control de fondos. ¿Para qué vigilar el dinero si puedes usar el programa CARLA del CNI para que nadie se entere de nada? Mientras tanto, el dinero volaba: 120 millones para Duro Felguera, compras de acciones de Talgo a 4,25 euros cuando cotizaban a 2,82 (un regalo generoso con el bolsillo ajeno) y la fantasía de gastar 6 millones de euros en remodelar el edificio de la calle Velázquez. Todo esto mientras Vicente Fernández Guerrero, el presidente en la sombra, movía los hilos con Antxón Alonso y el PNV, culminando en una supuesta 'comisión' de 114.959 euros para Servinabar. Un despliegue de generosidad pública que deja a cualquier ahorrador con la boca abierta y el bolsillo vacío.
La lealtad en las altas esferas tiene la misma caducidad que un yogur olvidado en el coche en agosto. Julio Martínez Martínez, el hombre que según la UDEF era el 'lacayo' y presunto testaferro de José Luis Rodríguez Zapatero, ha decidido que el cariño familiar pesa más que el silencio pactado en El Pardo. El próximo 21 de julio, Martínez se sentará ante el juez José Luis Calama en la Audiencia Nacional, no para defender la honra del expresidente, sino para intentar salvar su propio pellejo mediante una colaboración con la Justicia. El escenario es fascinante. Mientras Zapatero se vende ahora como un inocente 'consultor internacional' (una etiqueta tan elástica que sirve para todo y para nada), la UDEF lo describe con un lenguaje mucho menos diplomático: el líder de una organización criminal. El agujero contable del caso Plus Ultra, donde se 'evaporaron' 53 millones de euros en un rescate público a una aerolínea hispanovenezolana, es solo la punta del iceberg de una trama de veintenas de sociedades gestionadas desde una modesta nave industrial en Petrer, Alicante. Sí, el imperio de la influencia se administraba en un polígono industrial, lo que demuestra que para mover millones solo hace falta un ordenador y alguien que firme los papeles. El giro dramático llegó en mayo, cuando Martínez mandó a paseo a su antiguo abogado, Bernardo del Rosal, por 'diferencias irreconciliables' —traducción: 'mi abogado no quiere que me hunda solo'— y fichó a María Dolores Márquez de Prado, una exfiscal que sabe exactamente dónde están enterrados los cadáveres procesales. Presionado por sus hermanos, incluido Manuel, Martínez ha comprendido que ser el 'lacayo' en los mensajes de WhatsApp es una excelente excusa para reducir la pena, pero una pésima estrategia de vida. Zapatero, que dormía tranquilo creyendo en una fidelidad inquebrantable, ahora descubre que el silencio tiene un precio y que su mano derecha ya ha empezado a escribir el guion de su propia liberación.
Parece que la solidaridad romántica de la 'Ley de Memoria Democrática' ha terminado siendo la alfombra roja perfecta para los personajes menos deseables del Caribe. Mientras el ciudadano medio pelea con la burocracia para renovar un carné, el Gobierno de Pedro Sánchez ha abierto un grifo que, según el Departamento de Estado de EEUU, no solo deja pasar a nietos de exiliados, sino a tipos con el currículum manchado de narcotráfico y crimen organizado. Washington no está para bromas. El Departamento de Estado ha detectado que el pasaporte español —ese trozo de papel que abre puertas en todo el mundo— podría convertirse en el 'pase VIP' para que operativos del castrismo más recalcitrante y colaboradores del régimen de Nicolás Maduro se infiltren en territorio estadounidense. Estamos hablando de más de trescientos mil cubanos solicitando la nacionalidad a través del Consulado General de España en La Habana, en un proceso donde el control lo tiene el régimen, básicamente decidiendo quién entra en la lista y quién se queda fuera, como quien reparte invitaciones para una fiesta privada. Pero el asunto tiene un aroma a complicidad que llega hasta La Moncloa. La Administración Trump, que ahora juega al ajedrez geopolítico en la zona, ha empezado a mover piezas que incomodan al PSOE. No es casualidad que el Departamento del Tesoro estuviera esperando al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero el pasado 19 de mayo en el aeropuerto de Las Américas, en Santo Domingo, para evitar que se largara a Caracas en un vuelo privado del Palacio de Miraflores mientras lo investigan por el rescate de una aerolínea venezolana. Y mientras tanto, el exministro José Bono ve cómo su nombre aparece en investigaciones sobre actividades 'opacas' en República Dominicana. Al final, la ley del abuelo ha servido para que algunos busquen raíces, pero otros, parece, busquen un refugio legal para sus negocios turbios.
Hay quienes dicen que la política es una vocación; otros, que es la mejor agencia de colocación para jubilaciones doradas. José Bono, el eterno estratega del PSOE, ha decidido que el retiro se lleva mejor con brisa caribeña y suelos de mármol. Mientras el ciudadano medio pelea con la hipoteca o recorta en la lista de la compra, el exministro se ha hecho con dos viviendas de lujo en Santo Domingo, en el exclusivo complejo Meridian Residences. No son precisamente estudios para estudiantes: hablamos de 212 metros cuadrados en la planta 14 y otros 183 en la 16, con maderas preciosas y grifería que probablemente cuesta más que el salario anual de un funcionario medio. La magia de esta ingeniería financiera empezó a cocinarse el 29 de septiembre de 2020, cuando el presidente Luis Abinader le regaló la nacionalidad dominicana. Un detalle elegante para facilitar el despliegue de Teivelpir, la mercantil que Bono fundó en plena pandemia. ¿El negocio? Un macroparque solar llamado Pimentel Energy en la provincia de Duarte, junto a otro proyecto, Las Parras Energy, cuya valoración conjunta roza los 500 millones de euros. El exministro, operando con Juan Segovia como pantalla para no mancharse el currículum, movió los hilos desde el 9 de abril de 2021 ante la Comisión Nacional de Energía (CNE) para que los permisos fluyeran como champán en una boda. Pero la ambición no entiende de límites energéticos. El grupo empresarial, que incluye sociedades como Vetapir, se ha metido también en el negocio de la basura. En septiembre de 2024, el consorcio Sucesat se llevó un contrato de recogida de residuos en Santo Domingo Norte por 120 millones de euros. Es el ciclo perfecto: del despacho ministerial al sol del Caribe, pasando por la gestión de los desechos ajenos. Los empresarios dicen que no le han pagado ni un duro, pero los pisos de alto standing no se compran con aire.
Mientras nosotros nos aferramos al reposabrazos del avión rezando para que el aterrizaje no sea un deporte extremo, la naturaleza lleva millones de años resolviendo el problema sin leer manuales de ingeniería. Resulta que el cernícalo nankeen (Falco cenchroides), un pájaro australiano que pesa menos que un sándwich de jamón, es capaz de quedarse suspendido en el aire mientras el viento sopla con una violencia que haría temblar a cualquier piloto novato. Es el maestro del equilibrio en un mundo de caos atmosférico. El problema es que nuestros ingenieros se han empeñado en diseñar máquinas rígidas, y con el cambio climático, la turbulencia se está volviendo el pan de cada día. Para los sUAV (vehículos aéreos no tripulados), esto es un drama: intentar que un dron de reparto no acabe estrellado contra un tejado es hoy un ejercicio de fe. Actualmente, estos cacharros usan un par de soluciones baratas para mitigar el viento, básicamente el equivalente a ponerle un parche a una tubería rota para ahorrar costes y peso. Pero un equipo internacional, liderado por mentes del Royal Melbourne Institute of Technology (RMIT), ha decidido dejar de jugar a los Legos y copiar al experto. Matt Penn, Mario Martinez Groves-Raines y Abdulghani Mohamed han publicado dos estudios en el Journal of the Royal Society Interface tras meter robots-réplica en túneles de viento infernales. La conclusión es tan obvia como humillante para la tecnología humana: el secreto está en el combo. Al coordinar la extensión de las alas con la apertura de la cola, el cernícalo optimiza la sustentación y anula las vibraciones. No es magia, es arquitectura orgánica. Ahora el reto es ver si pueden digitalizar la capacidad sensorial del ave, porque resulta que el pájaro no solo vuela, sino que 'entiende' el viento mientras nosotros seguimos intentando que el Wi-Fi del avión funcione.
Mientras la mayoría de nosotros peleamos con el WiFi del salón o intentamos que la hipoteca no nos devore el sueldo, hay gente en Puerto Rico que juega al Monopoly con el cosmos. Efrain Morales, un astrofotógrafo con más paciencia que un santo, decidió que el 29 de mayo a las 11:33 p.m. EDT era el momento perfecto para capturar un 'fotobombazo' intergaláctico. No es cualquier cosa: la estación espacial Tiangong, el 'Palacio Celestial' de China, cruzando la luna como quien cruza la calle para comprar el pan, pero a una velocidad que haría temblar a cualquier radar de tráfico. Morales no usó un móvil barato; se armó con un telescopio de 12 pulgadas y una cámara de astronomía para pillar la silueta de los paneles solares y los módulos habitables justo encima del Cráter Tycho. Imaginen la escena: un agujero de 85 kilómetros de ancho sirviendo de telón de fondo para una lata de aluminio hipertecnológica que orbita entre los 340 y 450 km de altura. Todo ocurrió en menos de un segundo. Un parpadeo. El tiempo que tardas en darte cuenta de que te han cobrado de más en la factura de la luz. Dentro de esa joya de la ingeniería, tres taikonautas —Zhu Yangzhu, Zhang Zhiyuan y Lai Ka-ying— flotaban tranquilamente tras haber sido catapultados el 24 de mayo en un cohete Long March 2F de 62 metros. Mientras ellos miraban el Mare Nubium y el Mare Nectaris desde la ventana, Morales luchaba con el software ISS Transit Finder y los ajustes del FOV para que la foto no saliera movida. Al final, el resultado es una bofetada de realidad: el espacio es inmenso, la tecnología es brutal y nosotros seguimos aquí abajo, mirando el cielo y esperando que el mes que viene no suba el alquiler.
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