Crítica:
La noticia es un ejercicio de balance precario entre el miedo laboral y la ambición corporativa. Le falta profundizar en si los 25,000 robots realmente sustituyen puestos o crean nuevas dependencias técnicas.
La noticia es un ejercicio de balance precario entre el miedo laboral y la ambición corporativa. Le falta profundizar en si los 25,000 robots realmente sustituyen puestos o crean nuevas dependencias técnicas.
Hablemos claro: mandar humanos a Marte no es un paseo dominical ni un episodio de Star Trek; es un agujero financiero de proporciones bíblicas. La NASA, que tiene la sabiduría de un anciano pero la burocracia de un notario en agosto, ha comprendido que no puede cargar con todo el piano. Por eso, han decidido jugar al 'inquilino estrella'. En lugar de comprar el edificio entero, NASA contrata servicios, enviando una señal al mercado de que hay demanda real y no solo sueños de astronautas. Ya lo vimos con el programa COTS, el CCP y el HLS. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, NASA acaba de soltar más de 1.000 millones de dólares en contratos para la Base Lunar, el escalón previo al salto rojo. Pero la verdadera jugada maestra es la externalización del riesgo. El programa ESCAPADE, que despegó en noviembre de 2025 sobre un cohete New Glenn de Blue Origin, es el ejemplo perfecto: una colaboración entre NASA, UC Berkeley, Rocket Lab y Advanced Space para estudiar la radiación sin que el presupuesto se evapore en el intento. Incluso hay planes más concretos, como el envío del instrumento Aeolus con Relativity Space en 2028, bajo la batuta de Jared Isaacman. Y aunque el programa Commercial Mars Payload Services (CMPS) de 2025 suena ambicioso, ahora mismo está en el limbo debido a que el Congreso y la Administración no se ponen de acuerdo con el presupuesto, recordándonos que, aunque queramos conquistar Marte, seguimos atrapados en la pelea eterna por el dinero en la Tierra. Al final, la promesa es que resolver cómo no morir de hambre o asfixia en Marte hará que nuestros hospitales y granjas aquí sean menos precarios. Es el clásico 'gastamos miles de millones allá arriba para que tú no te mueras aquí abajo'.
Hacerse rico en el sector de la publicidad suele requerir o un genio del marketing o una suerte divina. Pero Alba y Laura Rodríguez Espinosa, las hijas del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, parecen haber descubierto un código secreto. Su agencia, Whathefav, es una joya de la eficiencia: cinco empleados, cero deuda a largo plazo y una rentabilidad económica (ROI) del 69,19% al cierre de 2024. Para que el ciudadano de a pie lo entienda, mientras la media del sector sobrevive con un 7,74%, las hijas del exmandatario están multiplicando por nueve el rendimiento común. Es como si todos fuéramos en bicicleta y ellas hubieran aparecido con un Fórmula 1 en una calle peatonal. La ingeniería financiera de Whathefav es, sencillamente, insultante. Su rentabilidad financiera (ROE) escala al 70,06% frente al 19,06% sectorial, y su margen operativo (34,35%) deja al 4,41% de la competencia como una propina olvidada en el mostrador. Mientras la mayoría de las agencias viven hyphenadas al crédito bancario, ellas tienen 134.069 euros en tesorería, lo que supone el 57,2% de su activo. Básicamente, tienen la cartera tan llena que el efectivo representa cuatro veces más que la media del sector. Pero aquí llega el giro de guion. Este éxito rotundo, con una facturación que subió de 301.192 euros en 2022 a 471.811 euros en 2024, no ha pasado desapercibido para la justicia. El juez José Luis Calama, de la Audiencia Nacional, quiere saber qué servicios facturaron exactamente a la consultora Análisis Relevante dentro de la trama del rescate de Plus Ultra. La UDEF ya registró su sede en mayo. Entre beneficios netos de 125.640 euros y dividendos repartidos alegremente, Whathefav es el ejemplo perfecto de que, a veces, el mejor 'marketing' no es el que se vende, sino el que se hereda en el apellido.
El Gobierno ha sacado el champán porque la tasa de paro ha bajado al 9,87%, una cifra que venden como un milagro divino, aunque en cualquier país decente rozar el diez por ciento sea el síntoma de un paciente en cuidados intensivos. Es la eterna danza de los números: mientras el paro de los españoles se mantiene en un 9,5%, el de los extranjeros se dispara al 17,2%. Casi el doble. Resulta fascinante que nos vendan la necesidad de importar mano de obra mientras el 17,2% de esa 'mercancía' resulta ser invisible para el mercado laboral. Bajemos al barro de las cifras, que es donde se esconde la hipocresía. Tenemos 730.000 extranjeros en las listas del paro y casi dos millones más que ni siquiera aparecen en la población activa. No es un bache; es un agujero contable. Si traducimos esto al lenguaje de la calle, los extranjeros desempleados pesan más que toda la población de Cantabria. Los inactivos equivalen a sumar Asturias, Cantabria y La Rioja. Es como si el Estado decidiera invitar a cenar a millones de personas sin que nadie haya pagado el menú. Para rematar el cuadro, el Gobierno prepara una regularización de un millón de personas que, sumando la reagrupación familiar, podría añadir tres millones más al tablero. Hagamos la cuenta rápida: sería como si mañana toda la población de Cataluña decidiera que trabajar es opcional. Ninguna Seguridad Social aguanta este ritmo de 'tirar de tarjeta' sin que el sistema implosione. O el establishment busca el consenso para dinamitar el Estado del bienestar desde dentro, o estamos asistiendo a una ingeniería demográfica donde el coste lo pagaremos todos en la próxima factura de servicios públicos.
Resulta conmovedor ver que los dueños del mundo, esos que tienen el saldo bancario tan inflado que ya no saben dónde meter los ceros, han empezado a sudar frío. Los zillionaires de la IA han descubierto que el público ya no quiere comprarles la moto de la 'utopía tecnológica'. Según YouGov, tres cuartas partes de los estadounidenses exigen que se les ponga correa a la inteligencia artificial, un sentimiento que une a la izquierda y la derecha como pocas veces ocurre. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve que el recibo de la luz sube más que su sueldo, las Big Tech inyectan millones en elecciones estatales y federales para blindar sus intereses. La rabia tiene ahora un blanco tangible: los centros de datos. No es que a la gente le molesten los servidores per se, es que son el único lugar donde se puede poner un muro o una protesta frente a una industria de billones de dólares que se siente intocable. Mark Cuban, el hombre que sabe leer el mercado mejor que nadie y que ya tiene sus rencillas con Sam Altman de OpenAI, ha soltado la bomba: la lucha contra los centros de datos es solo una pantalla. Es el odio visceral hacia la acumulación de riqueza obscena que la IA está concentrando en manos de unos pocos. La solución de Cuban para evitar que la fiesta termine en una revuelta socialista es casi tierna. Sugiere donar miles de millones a pueblos pequeños, hacerle un guiño a los sindicatos de artistas y dejar de contratar famosos para que nos vendan la IA como si fuera el nuevo detergente. Básicamente, propone que los magnates empiecen a 'besar el culo' de quienes madrugan para pagar las facturas. Mientras tanto, los más precavidos ya están diseñando búnkeres en islas remotas y chequeando sus flotas de jets privados, por si el día del juicio final llega antes que la próxima actualización de software.
Elon Musk ha decidido que gestionar satélites y coches eléctricos no era suficiente adrenalina; ahora quiere gestionar tu cartera. Ha lanzado X Money, un servicio bancario para los usuarios Premium y Premium Plus que ya pagan hasta 40 dólares al mes por el placer de tener un check azul y que sus quejas lleguen más alto. La propuesta es tentadora en el papel: una tarjeta Visa, cajeros y un rendimiento anual del 6% con un 3% de cash-back. Suena a ganga, pero entregarle los ahorros de una vida a un hombre que convierte el caos en deporte nacional es, cuanto menos, una apuesta arriesgada. Mientras nosotros contamos los céntimos para el café, Musk busca convertir X en la 'superapp' definitiva, imitando el modelo chino de WeChat. Linda Yaccarino, su portavoz oficial, asegura que la app podrá entregar 'todo'. El problema es que ese 'todo' convive en la misma plataforma donde el discurso de odio y la desinformación fluyen con la misma naturalidad que los memes. No es casualidad que la senadora Elizabeth Warren le haya enviado una carta recordándole que su gestión de X no precisamente inspira confianza para manejar el sistema financiero nacional. La ironía es circular. Musk cofundó X.com en 1999, la semilla de lo que sería PayPal, de donde fue expulsado en el año 2000 por Peter Thiel y la junta directiva. Veinticuatro años después, Elon vuelve a intentar jugar al banquero, aunque con un calendario que parece sugerencia más que promesa. Prometió el lanzamiento para finales de 2024 en octubre de 2023, pero ha llegado con un retraso de más de dos años y medio. Si así de puntual es con los plazos, imaginar que tus fondos estarán a salvo es un ejercicio de fe digno de un santo.
Hacer que un inversor internacional traiga su dinero a España es hoy como intentar convencer a alguien de que compre un coche usado con el motor echando humo: requiere una fe ciega o una ingenuidad gloriosa. Los datos de la Secretaría de Estado de Comercio no mienten, aunque a algunos les duelan. Pasamos de un récord de 58.432,3 millones de euros en 2018 a unos magros 32.011,8 millones el pasado ejercicio. Un desplome del 45%. Para que nos entendamos: es como si en tu cuenta bancaria desaparecieran 26.420 millones de euros mientras el Gobierno te explica que todo va sobre ruedas. La sangría no se detiene. Al arrancar 2026, la cifra se hundió hasta los 6.566,9 millones, un 68% menos que en el segundo trimestre de 2018, justo cuando Pedro Sánchez tomaba el mando tras la moción de censura a Mariano Rajoy. Mientras el capital privado hace la maleta y se pira, el gasto público se ha disparado un 60% en el mismo periodo, y planean subirlo otro 40%. Es la clásica receta del optimista: como no hay quien invierta en la empresa, quemamos los muebles para calentar la casa. Cierto, Estados Unidos y Reino Unido siguen encabezando la lista, y la tecnología ha sustituido al transporte como el sector estrella. Pero la realidad es que estamos operando con niveles de capital inferiores a los de la crisis de 2007 u 2008. Nos hemos convertido en el destino donde el dinero llega por turismo o exportaciones, pero no para crear industria. Madrid y Cataluña siguen absorbiendo lo poco que queda, mientras el Gobierno intenta venderle la moto a China y Vietnam. Un ejercicio de marketing valiente, sí, pero que no tapa el agujero contable de una productividad que se ha quedado dormida en la parada del autobús.
España es el país de las paradojas: el PIB crece un 3,5% en 2024, pero el bolsillo del ciudadano común parece tener un agujero contable del tamaño de un estadio. Según el INE, ya somos 49.687.120 personas, un crecimiento del 0,93% que incluye un salto del 4,88% en la población extranjera (7,346 millones). Pero mientras las cifras macroeconómicas bailan un vals optimista, la realidad de la calle es un tango dramático. Traduzcamos el lenguaje burocrático de la Agencia Tributaria: el 70% de los declarantes, unos 17,25 millones de personas, no llegan a los 30.000 euros brutos anuales. Para que nos entendamos, después de que el Estado se lleve su tajada de IRPF y Seguridad Social (un 20% aproximadamente), sobrevivir con eso es hacer malabares con la lista de la compra cada fin de mes. Lo más cínico es que este grupo ha crecido; en 2023 eran 16,21 millones. Un millón de trabajadores más se han unido al club de la precariedad en solo un año. Pero no todo es miseria, al menos no para los que saben dónde guardar la llave del tesoro. Mientras el 51,55% de los declarantes (12,7 millones) no superan los 21.000 euros, la cima de la pirámide se ha vuelto más exclusiva y gorda. Aquellos que ganan más de 601.000 euros —los antiguos 100 millones de pesetas— han aumentado un 26,4%, llegando a 18.629 privilegiados. Y los que orbitan entre los 150.000 y los 601.000 euros han crecido un 43,13%, sumando 194.681 ciudadanos. Como dice el refranero, el dinero llama al dinero, y en España parece que el dinero de los de arriba tiene un imán especialmente potente mientras el de abajo se evapora en el alquiler.
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