Hay una magia contable fascinante en los despachos de ADIF. Mientras el ciudadano medio mira el ticket del supermercado con pánico, el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias ha decidido que redactar proyectos de ingeniería es un lujo que prefiere delegar. Para el año 2026, la entidad ha previsto un desembolso de 100 millones de euros en subcontrataciones.
Sí, han leído bien. No es un error de dedo; es una estrategia de 'flexibilidad'. El año pasado, en 2025, la cifra era de 75 millones, lo que significa que el apetito por el dinero público ha crecido 25 millones de euros en un abrir y cerrar de ojos.
La narrativa oficial es la de siempre: necesitan 'adaptar los recursos' y aprovechar la 'alta especialización'.
Traducido al lenguaje de la calle: prefieren pagar un sobreprecio a consultoras privadas que cargar con el peso de una plantilla fija. Es el modelo del 'alquiler' aplicado a la ingeniería estatal. Así, el personal propio se queda con la parte cómoda: planificar, redactar pliegos y validar, mientras que la responsabilidad civil —esa que duele cuando algo sale mal— se delega elegantemente en las adjudicatarias bajo el amparo de la Ley de Contrataciones del Sector Público (LCSP).
El reparto del botín es exquisito.
Se gastan 6 millones de euros solo en pensar cómo cerrar zonas de la red convencional. En Bilbao, la integración ferroviaria de Zorrotza se lleva 5,4 millones, y la duplicación de vía entre Santander y Torrelavega otros 5,2 millones. En Madrid, el tramo Hortaleza-San Fernando de Henares consume 4,9 millones, mientras que la autopista ferroviaria Madrid-Júndiz requiere 4,2 millones para adecuar túneles.
Incluso en Barcelona, la Estación de Francia se lleva 3 millones por expediente para arquitectura y patrimonio. Todo muy profesional, todo muy 'estratégico', pero con el cheque siempre firmado por el contribuyente.
Crítica:
La noticia es un despliegue de cifras que oculta la falta de análisis sobre el coste real de la ineficiencia administrativa. Se limita a transcribir la web de transparencia sin cuestionar por qué una entidad pública ha perdido la capacidad técnica de redactar sus propios proyectos.
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