Bruselas, encantado con la subida del precio de los combustibles para forzar a que los conductores se compren coche eléctrico

Gasolina a 2,20€: el 'empujón' de Bruselas

economia Una ilustración satírica y conceptual. Un surtidor de gasolina antiguo que en lugar de manguera tiene un cable de carga eléctrica, mientras que el contador de precios muestra cifras astronómicas que se transforman en alas de pájaro volando hacia el cielo. Fondo minimalista con los colores de la bandera europea difuminados.

Bruselas juega al ajedrez con el bolsillo del ciudadano y, curiosamente, siempre le toca hacer jaque al conductor. La lógica europea es de una sencillez pasmosa, casi infantil: si llenar el depósito se convierte en un lujo comparable a comprarse un cuadro de Picasso, el conductor, por pura desesperación, se pasará al coche eléctrico.

Es la pedagogía del sablazo. Mientras nosotros intentábamos mantener el IVA y el Impuesto Especial de Hidrocarburos bajo control para que ir a trabajar no costara un riñón, en la capital comunitaria nos miraban con el ceño fruncido, tachando nuestras ayudas de 'competencia desleal'.

España ha sido el oasis de Europa; un coladero donde conductores franceses y portugueses venían en tropel a repostar, aprovechando que aquí el gasóleo no dolía tanto como en sus países. Pero el cuento se acaba. El 1 de octubre las ayudas desaparecen y el silencio de Bruselas es, sencillamente, sepulcral.

No hay reproches, no hay llamadas de atención; hay una sonrisa invisible mientras proyectan que la gasolina y el gasóleo escalen hasta los 2,20 euros. Sánchez quiso jugar la carta de eliminar las ayudas históricas al gasóleo, pero el Congreso le puso el freno. Ahora, el Ejecutivo está atado de pies y manos.

Las gasolineras, que ya conocen el cuento de que el Estado paga con la lentitud de una tortuga con reuma, han mandado al carajo cualquier descuento directo de 20 céntimos por litro porque no quieren arriesgar su liquidez. Mientras Italia intenta poner un parche ridículo eliminando el impuesto de circulación, nosotros nos preparamos para el hachazo.

Al final, la transición ecológica no es una cuestión de conciencia ambiental, sino de que el surco del depósito sea financieramente insostenible.

Crítica:

El texto original es un ejercicio de pesimismo basado en proyecciones, pero acierta al desnudar la perversidad del incentivo económico. Le falta analizar si el parque eléctrico actual puede absorber esa demanda forzada.

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