José Carlos Díez, economista: «En el Banco de España no hay dinero para pagar las pensiones de diciembre»

Pensiones de diciembre: el cajero está vacío

economia Una ilustración conceptual y satírica de una hucha de cerámica gigante con la bandera de España, que tiene una grieta enorme en la base por donde caen monedas. Al lado, un calendario de diciembre con una marca de interrogación roja. Estilo editorial de revista económica, colores contrastados, fondo minimalista gris.

Vivir en España es como gestionar una cuenta corriente con el saldo en rojo pero convencido de que el lunes llega una herencia inesperada. José Carlos Díez, economista y autor de 'El fin del mundo tal como lo conocíamos', acaba de soltar la bomba: en el Banco de España hay fondos para las pensiones de noviembre, pero para diciembre la hucha está vacía.

No es que el dinero se haya esfumado en un truco de magia, es que vivimos a crédito, emitiendo deuda pública como quien tira de tarjeta de crédito para pagar la hipoteca. Para que nos entendamos: necesitamos emitir 300.000 millones en deuda solo para que 9 millones de pensionistas y 3 millones de funcionarios no se encuentren con un 'error 404' en el cajero.

Mientras tanto, la banca tiene un colchón de 300.000 millones en depósitos que nos salva de repetir el trauma de 2008, pero eso no llena la caja del Estado. La hipocresía es deliciosa: tenemos una edad de jubilación razonable, pero un tercio de los pensionistas cobra hasta 3.500 euros sin haber cotizado lo suficiente, un lujo financiado por los que aún no han nacido. El riesgo no está en casa, sino en el vecindario.

Si Estados Unidos estornuda —con un déficit público obsceno y misiles Tomahawk de 30 millones de dólares el disparo— o si Francia colapsa por su incapacidad de competir con China, nosotros nos ponemos nerviosos. Díez propone pragmatismo: dejar de jugar a los decretos cruzados entre socios incompatibles y arreglar la red eléctrica, que está saturada al 85%.

Es el clásico cuento español: tenemos el sol, tenemos la energía barata y hasta Volkswagen prefiere Pamplona a Alemania, pero nos ahogamos en una burocracia que haría llorar a un funcionario prusiano.

Crítica:

El texto es una montaña rusa de optimismo industrial y pánico financiero que deja al lector sin saber si comprar una casa en Pamplona o esconder el oro bajo el colchón. Demasiadas soluciones 'sencillas' para un problema estructural que lleva décadas pudriéndose.

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