Crítica:
El texto original es excesivamente optimista y omite el problema del almacenamiento energético nocturno. Se limita a comparar capacidades de generación sin mencionar que el sol no brilla las 24 horas.
El texto original es excesivamente optimista y omite el problema del almacenamiento energético nocturno. Se limita a comparar capacidades de generación sin mencionar que el sol no brilla las 24 horas.
La burbuja de la IA acaba de soltar un globo y el ruido ha sido ensordecedor. Character.AI, que hace nada se paseaba con una valoración de mil millones de dólares como quien luce un reloj de oro en un barrio obrero, ha aterrizado de cabeza en el Capítulo 11 de la ley de quiebras. El cuento es el de siempre: mucha tecnología 'disruptiva' pero una gestión financiera que haría llorar a un estudiante de primero de economía. El CEO Colin Adams lo admite sin anestesia: operar su 'impresionante tecnología' es carísimo. Y claro, mientras los usuarios se perdían en conversaciones infinitas con bots, la empresa quemaba billetes a un ritmo frenético. Entre enero y agosto de 2026, se fundieron 56,1 millones de dólares solo en costes de computación y otros 19,7 millones en salarios. Para que nos entendamos, es como intentar mantener un yate de lujo funcionando a base de vender limonada en la esquina. Los ingresos eran una broma pesada: pasaron de 2,8 millones en diciembre de 2025 a 5,3 millones en agosto, mientras el agujero operativo seguía tragándose entre 8 y 9 millones de dólares al mes. En un intento desesperado por no hundirse, aplicaron la técnica del 'enshittification': llenaron la app de anuncios, recortaron el uso y sustituyeron los modelos inteligentes por versiones 'lobotomizadas'. Pasaron de prometer una superinteligencia personalizada a parecerse a esos juegos móviles cutres que te piden pagar por cada respiro. Para rematar el cuadro, las demandas por daños a adolescentes y suicidios añadieron el toque dramático. OpenAI y Anthropic podrán seguir flotando gracias a inyecciones masivas de capital, pero Character.AI es el canario en la mina. Nos recuerda que tener millones de usuarios es un lujo carísimo si no sabes cobrar la entrada.
Hacer las cuentas con el Estado es como intentar llenar un cubo agujereado: parece que echas agua, pero el nivel nunca sube. El Gobierno nos vende una subida del 4,5 % para el año que viene como si fuera un premio de lotería, pero la realidad es que el funcionario medio lleva desde 2018 jugando al juego de la supervivencia. Entre diciembre de 2018 y septiembre de este año, el IPC ha pegado un salto del 27,7 %, mientras que los sueldos base solo han subido un 20,7 %. En lenguaje de calle: el carrito de la compra ha crecido más rápido que la nómina. Si miramos las tablas, el grupo A1 ha pasado de 15.216 a 18.359 euros para 2026. Suena a mejora, pero es un espejismo. Para que un A1 con nivel 26 no sintiera que le están desplumando, sus 30.586,30 euros previstos para 2026 deberían ser, en realidad, unos 32.371 euros. Hay un agujero de 1.785 euros anuales que se ha evaporado en el aire de la inflación. Lo verdaderamente surrealista ocurre cuando miramos la caja registradora del Estado. Mientras el funcionario se queja de que el café le sale más caro, la IGAE revela que el gasto en personal ha pasado de 127.668 millones en 2018 a 181.494 millones en 2025. Un sablazo de 53.826 millones de euros adicionales. ¿Dónde está el truco? No todo es sueldo; es que la maquinaria administrativa ha engordado plantillas sin freno. Para rematar la faena, el INE nos recuerda que, pese a los lamentos, el funcionario sigue viviendo en otra liga. El salario medio en la Administración pasó de 29.824 a 37.518 euros (2018-2024), mientras el trabajador medio del país apenas llegó a los 29.540 euros. Al final, la brecha se ha ensanchado en 2.163 euros. El funcionario pierde poder adquisitivo, sí, pero lo pierde desde un pedestal mucho más alto que el resto de los mortales.
Buscar un piso en España se ha convertido en una especie de 'Los Juegos del Hambre' versión inmobiliaria, donde el premio es un estudio sin luz y el castigo es pagar la mitad del sueldo. La matemática es cruel: desde que Pedro Sánchez tomó las riendas del Gobierno en 2018, la competencia por un alquiler se ha quintuplicado. No es una sensación térmica; es un sablazo estadístico. En 2018, un anuncio en Idealista recibía una media de ocho contactos; para 2026, la cifra ha saltado a 43. Pasar de ocho a 43 interesados es como pasar de una cena tranquila a una pelea campal por el último trozo de pizza en una fiesta de adolescentes. Lo más irónico, casi poético si no fuera trágico, es que el incendio arde con más fuerza donde intentaron apagarlo con agua fría. En las zonas donde se aplicó el límite de precios —Cataluña, País Vasco, Navarra y La Coruña— la desesperación es la norma. Vitoria lidera el desfile del absurdo con 131 interesados por inmueble, seguida de Tarragona con 125, Pamplona con 117 y Lérida con 105. Es la paradoja del control de precios: el piso es 'barato' sobre el papel, pero hay una cola que llega hasta la provincia vecina. Si miramos el mapa, hay ciudades que han sufrido un efecto dinamita. Lérida se ha disparado un 3.036 %, Tarragona un 1.899 % y Guadalajara un 1.629 %. Mientras tanto, capitales como Burgos (1.391 %), Zamora (1.377 %), Cuenca (1.079 %), Huelva (1.059 %) y Palencia (1.021 %) han visto cómo la demanda crecía más de un 1.000 %. Incluso en Oviedo (958 %), Soria (915 %), Castellón de la Plana (909 %), Valladolid (896 %), Orense (896 %) y Badajoz (885 %), la situación es delirante. Madrid, Sevilla o Valencia, aunque caras, registran incrementos inferiores al 500 %, demostrando que el problema no es solo el dinero, sino una oferta que ha decidido jugar al escondite.
España ha logrado una hazaña digna de un manual de surrealismo: hacer que el dinero desaparezca mientras el PIB sube como la espuma. Según el think tank Funcas, hemos escalado del puesto 15 al 5 en el ranking de pobreza severa de la UE entre 2015 y 2025. Es un ascenso meteórico, pero hacia el abismo. Mientras la media europea bajaba del 9,7% al 6,3%, nosotros, con una arrogancia envidiable, subíamos del 7,4% al 8,1%. La economía ha crecido un 21,9% en términos reales y el paro ha caído del 20,9% al 9,93%. Sobre el papel, somos un cohete. En la calle, la realidad es que hay hogares que no pueden permitirse el lujo de comer con un amigo una vez al mes o sustituir unos zapatos rotos sin que eso suponga una tragedia financiera. Es la paradoja del 'crecimiento para pocos'. Lo más delirante es la pobreza laboral. España ostenta la segunda tasa más alta de Europa, solo superada por Bulgaria. Un 11% de los trabajadores son pobres en 2025, cifra que se dispara al 15,49% —tres millones de personas— si metemos en la ecuación el sablazo mensual del alquiler, según Oxfam y Fedea. Básicamente, trabajar ya no garantiza no ser pobre; solo garantiza que tienes un sitio donde cansarte antes de volver a casa. El reparto del miseria tiene su propia lógica: los jubilados (mayores de 65) se salvan con una tasa del 4,7%, mientras que los niños menores de 16 años cargan con el peso más muerto, un 10,7%. Hemos construido un sistema donde el crecimiento económico es como una tarta gigante que se comen los de arriba, mientras que abajo seguimos peleándonos por las migas de una conexión a internet.
El Gobierno nos quiere vender el mercado laboral como un jardín floreciente, pero basta con mirar la letra pequeña de la EPA para darse cuenta de que el jardín está seco y lo único que crece es la maleza del gasto público. Nos dicen que los ocupados suben en 73.600 personas, una cifra que suena bien en un teleprompter, pero que en la calle es un chiste: es el peor tercer trimestre en siete años y un 37,84% peor que el año pasado. Es como si te dijeran que tu cuenta bancaria ha subido, pero luego descubres que es porque te han dado un anticipo de una deuda que no puedes pagar. La magia contable es sencilla: mientras el sector privado se desangra con una pérdida de 16.300 personas, el Estado saca la tarjeta de crédito y contrata a 89.900 funcionarios más, inflando el empleo público hasta los 3,7 millones. Es un maquillaje agresivo para tapar que la agricultura (-58.300), la industria (-54.400) y la construcción (-49.300) están en cuidados intensivos. Solo los servicios, con 235.600 nuevos puestos, mantienen el barco a flote, aunque sea con contratos que duran lo que un caramelo en la puerta de un colegio. De hecho, los temporales subieron 68.000 frente a los 22.100 indefinidos, dejando claro que la 'estabilidad' es un mito urbano. Mientras tanto, el paro sube en 95.900 personas, el peor dato trimestral en siete años. Los autónomos, esos equilibristas del impuesto, han caído en 15.500. Lo más triste ocurre en el salón de casa: hay 21.800 hogares más donde nadie tiene sueldo, mientras que los hogares donde todos trabajaban han caído en 47.600. En resumen, estamos sustituyendo la riqueza real por una nómina pública que el país no sabe de dónde va a sacar.
El Ministerio de Educación ha decidido jugar a hacer el balance de cuentas y el resultado es un agujero contable que marea. Entre los cursos 2018/2019 y 2025/2026, la Administración ha reclamado la devolución de 446,2 millones de euros en becas. Para que nos entendamos: es como si el Estado hubiera pagado una cena faraónica y ahora, al llegar el ticket, se diera cuenta de que muchos invitados se han ido por la puerta de servicio sin dejar ni para el café. De ese sablazo total, 33,6 millones corresponden a alumnos extranjeros. Y aquí entra el dato que hace ruido en los pasillos: Marruecos encabeza la lista de 'deudores' con 7,88 millones de euros exigidos, seguido por Rumanía con casi 5,9 millones. Abelardo de la Rosa Díaz, secretario de Estado de Educación, ha firmado la resolución, pero hay un truco en la letra pequeña: el documento dice cuánto se reclama, no cuánto se ha cobrado. Es decir, es una lista de deseos financieros; no sabemos cuántos de esos millones han vuelto realmente a las arcas públicas o si se han evaporado en el aire. Lo más curioso es que Marruecos y Rumanía no solo lideran los reintegros, sino también el volumen de becarios (61.774 y 61.129 personas respectivamente). China, Italia y Venezuela también aparecen en el reparto, pero la verdadera tragedia es el motivo. El 90,55% de los reintegros se debe al abandono de estudios. Básicamente, miles de personas usaron la beca como un billete de lotería que no terminó de salir. Mientras el Ministerio movía 2.565 millones de euros en ayudas para el curso 2024/2025, la gestión de los reintegros parece un colador, alcanzando su pico en 2021/2022 con 81,8 millones reclamados. Una ingeniería financiera donde el alumno se va, el dinero desaparece y el funcionario firma el papel.
Hay algo profundamente poético en el hecho de que, mientras el mundo se digitaliza hasta el delirio, el español medio se aferre a sus billetes como quien guarda un secreto en el confesionario. El Banco de España lo ha dejado claro en su Estudio Hábitos en el Uso del Efectivo: el 57% de la población sigue prefiriendo el 'contante y sonante'. No es solo nostalgia por el olor a papel moneda; es una cuestión de supervivencia digital. La privacidad ha pasado de ser un detalle a convertirse en el motor del movimiento, saltando del 22% en 2025 al 29% actualmente, superando incluso a la seguridad. Mientras tanto, en las altas esferas de Frankfurt, el BCE intenta vendernos el euro digital para 2029 como la panacea contra el imperio de Visa, Mastercard y PayPal. Un proyecto que, por cierto, se va a merendar 1.300 millones de euros en costes estimados. Pero el ciudadano de a pie no compra la moto. El rechazo es frontal: el 73% de los españoles no quiere saber nada de esa moneda virtual, un aumento frente al 70% del año pasado. Solo un 18% se siente aventurero y dice que lo usará, frente al 20% anterior. Lo más curioso es que el 'efectivo rebelde' ha calado en los jóvenes. El 20% de los chavales de entre 18 y 24 años ha aumentado sus importes en metálico, probablemente hartos de que el algoritmo del banco sepa hasta cuántas bolsas de patatas compran los martes. Incluso en los pagos entre particulares, el efectivo resiste con un 58%, dejándole el camino más estrecho a Bizum, que se queda en un 38%. Y ojo a los movimientos gordos: el 17% ya mueve entre 200 y 1.000 euros en billetes, frente al 12% previo. En España, la billetera sigue siendo el último refugio de la intimidad.
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