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Hay gente que reza por Pedro Sánchez, pero no por convicción ideológica, sino por puro pragmatismo administrativo. En los rincones oscuros de Telegram, miles de descendientes de españoles han montado una especie de 'ayuda mutua' para navegar el laberinto de la Ley de Memoria Democrática, la famosa Ley de Nietos. El pánico es real: saben que su pasaporte europeo pende de un hilo electoral. Para ellos, que el PP llegue al Moncloa no es una cuestión de gestión, es el fin de la fiesta. La jugada es sencilla. Mientras el ciudadano medio pelea con la factura de la luz, estos usuarios calculan los plazos de la ley como quien cuenta los días para que termine la hipoteca. Recuerdan con nostalgia el 3 de octubre de 2023, cuando Felipe VI designó a Sánchez como candidato; para muchos, aquello fue un salvavidas que les regaló un par de años más de margen. La Ley de Memoria Democrática, vigente desde el 21 de octubre de 2022, es el billete dorado que permite recuperar la nacionalidad a hijos y nietos de exiliados, incluyendo a las mujeres que la perdieron al casarse antes de 1978. El contraste es delicioso. El Gobierno intenta vender que estos nuevos españoles no son precisamente militantes del PSOE, pero en los chats la afinidad es clara: el miedo a la derogación es el mejor pegamento político. Mientras tanto, la administración funciona al ritmo de una tortuga con reumatismo. Los consulados están tan desbordados que la gente pregunta en Telegram si han soltado citas hoy, como quien espera que abran las puertas de un concierto agotado. Hay solicitudes desde el 15 de julio que siguen en el limbo, demostrando que, en España, el papeleo es la única religión que nunca falla.
Ceuta tiene un sótano que el Ayuntamiento prefiere no mirar. Mientras el ciudadano medio se pelea con la comunidad de vecinos por una gotera, bajo las galerías subterráneas del Sarchal ha florecido un ecosistema paralelo. Un incendio accidental —de esos que no avisan— obligó a los bomberos a bajar al agujero y, ¡sorpresa!, se encontraron con un campamento ilegal para decenas de personas. No era un refugio improvisado de fin de semana; el sitio tenía hasta letrinas artesanales, colchones y montañas de basura que harían llorar a cualquier inspector de sanidad. Es la ciudad invisible, la que no sale en los folletos turísticos. Pero el Sarchal es solo la punta del iceberg. La Policía Nacional ha tenido que jugar al escondite en las barriadas del Príncipe y Loma Colmenar para desmantelar dos 'pisos patera'. Treinta personas hacinadas, incluyendo tres menores, viviendo sin luz ni agua, como si el siglo XXI fuera un concepto opcional. El dato que realmente dinamita la tranquilidad de la ciudad es la cifra que maneja la policía: unos 10.000 invisibles. Diez mil personas repartidas entre garajes, casas abandonadas y locales, esperando que la mafia les cobre el billete a Algeciras o Málaga, o que el Gobierno decida que es hora de mover el tablero. Lo más curioso es la logística. Mientras el Estado finge que no existen, hay un flujo constante de familiares que entran en Ceuta cargados de comida, móviles y efectivo. Es una economía sumergida que mantiene vivo el sueño del salto a la península. Estos miles de personas, que ya colapsaron el traslado de la Playa del Trampolín y el nuevo centro de acogida del puerto, prefieren la insalubridad de un sótano antes que el riesgo de que un sello en el pasaporte los devuelva a Marruecos. La normalidad en diciembre parece, ahora mismo, un chiste de mal gusto.
Hay una gimnasia mental que ya quisiera cualquier atleta olímpico. Pedro Sánchez, en la sede de la Representación Permanente de España ante Naciones Unidas, ha decidido que es el momento ideal para jugar al diccionario. Cuando un periodista se atreve a mencionar que a Begoña Gómez se le abre un juicio oral por tráfico de influencias y malversación, el presidente activa el modo 'corrector de estilo'. «Begoña Gómez, no mi mujer, sino Begoña Gómez», sentenció. El matiz es, según él, fundamental. Es como si alguien te pillara con la mano en la masa y tú insistieras en que no eres 'el ladrón', sino 'el individuo que sostiene la masa'. Una pirueta semántica digna de un manual de supervivencia política. El problema es que intentar separar el cargo de la almohada es, a estas alturas, como querer quitarle el azúcar al café una vez que ya lo has bebido: imposible y ridículo. La hipocresía tiene un aroma penetrante. Mientras Sánchez insiste en el nombre propio para blindar la identidad, el Gobierno se comporta como un equipo de seguridad privada. El pasado martes, Elma Saiz utilizó la mesa del Consejo de Ministros —el altar sagrado de la gestión pública— para defender a Begoña Gómez a título individual. Es el clásico movimiento de 'yo no la conozco en el trabajo', pero 'ponemos toda la maquinaria del Estado a su servicio'. Lo más irónico es que el corazón del delito de tráfico de influencias late precisamente en ese vínculo. No se acusa a la ciudadana Gómez por sus méritos académicos, sino por ser la mujer del jefe. Intentar borrar el parentesco en una rueda de prensa es como intentar tapar el sol con un colador mientras el juicio oral ya está llamando a la puerta.
Hay quienes gestionan su agenda con Google Calendar y otros, como José Luis Rodríguez Zapatero, que manejan los tiempos judiciales con la soltura de quien cree que el reloj es una sugerencia. El expresidente prometió al juez del caso Plus Ultra resolver el misterio de su 'ajuar' en diez días máximo. Spoiler: no ocurrió. Se tomó su tiempo, probablemente mientras recordaba el brillo de aquellos rubíes, esmeraldas y zafiros que aparecieron en su despacho como quien encuentra un ticket del súper en el bolsillo de un abrigo viejo. La jugada es maestra en su descaro. El 16 de junio, justo un día antes de comparecer ante la justicia, Zapatero redactó una carta a la Corte Real de Arabia Saudí. No fue una nota formal; fue un ejercicio de lisonja casi poética donde 'ruega' que confirmen que tres juegos de joyería fueron un regalo personal del Rey Abdullah Bin Abdulaziz Al-Saud en junio de 2007. Es el equivalente político a pedirle a un exnovio que testifique que el collar de diamantes no es robado, pero con el protocolo de una monarquía absoluta de por medio. Para darle sabor, recordó la Conferencia Mundial sobre el Diálogo Interreligioso de julio de 2008, envolviendo la petición en una nube de 'respeto mutuo' y 'alta consideración'. Cuando el silencio saudí se prolongó, el 12 de agosto volvió a escribir, esta vez avisando que pediría una comisión rogatoria. Básicamente, le dijo a Riad: 'si no me hacéis el favor por las buenas, llamaré al juez para que os pregunte oficialmente'. Una ingeniería financiera de la memoria donde el lujo se justifica con la diplomacia y los plazos judiciales se tratan como si fueran una recomendación de lectura.
En el tablero político, hay una técnica muy depurada que consiste en inflar los globos antes de la foto y dejarlos desinflar en cuanto el flash deja de brillar. Fernando Grande-Marlaska ha intentado vendernos que la frontera de Ceuta es un búnker impenetrable con más de trescientos agentes antidisturbios, pero Laura García, portavoz de JUPOL, ha decidido hacer la auditoría de la calle. Y el resultado es un chiste de mal gusto. Resulta que la aritmética del Ministerio del Interior es creativa. Nos hablan de refuerzos, pero la realidad es que solo hay unos doscientos cuarenta componentes de la UIP y cuarenta y dos agentes de la UPR llegados de la península. El truco del almendruco consiste en solapar el relevo de las unidades el día 23: hacen que los que se van y los que llegan coincidan un momento para que la foto salga llena, como quien pone tres platos en la mesa para que parezca que hay banquete cuando en realidad solo hay un filete para compartir. Pero hay más. Esos agentes no son un ejército infinito; se dividen en tres turnos y hay que descontar a los que están durmiendo tras una guardia nocturna. Al final, si ocurre una invasión, la suma de Policía Nacional y Guardia Civil no llegaría ni a los seiscientos efectivos simultáneos. Es como intentar tapar una piscina con un colador. Para rematar la función, tenemos a tres mil quinientos militares mirando el paisaje. Están allí, sí, pero sin estado de emergencia no son agentes de la autoridad. Básicamente, son vigilantes de lujo que no pueden intervenir, generando una frustración que se huele desde Madrid. Mientras tanto, en Benzú esperan cuatrocientas personas de origen subsahariano, piezas de un juego geopolítico donde Marruecos mueve los hilos y Estados Unidos parece haber olvidado que España también vive en este lado del Estrecho.
El Estado ha decidido que tu hucha personal es el mejor lugar para parchear la suya. A partir del 1 de enero de 2027, el BOE oficializa que el Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI) subirá al 1%, un eufemismo burocrático para decir que te van a morder un trozo más de la nómina. La jugada es sencilla: el Real Decreto-ley 2/2023 diseñó una escalera de descuentos que empezó en el 0,6% en 2023 y que no piensa dejar de subir, alcanzando el 1,20% en 2029. Es como una suscripción mensual obligatoria a un servicio que quizás no disfrutes, pero que el Gobierno ha decidido cobrarte para que la generación del baby boom no se quede sin el cheque mensual. Para que no te pierdas en la aritmética del despacho, miremos los números. En 2026, con un 0,90%, alguien con una base de 2.500 euros veía cómo le volaban 3,75 euros al mes (45 euros al año). Parece calderilla, pero es el principio del fin. En 2027, el trabajador pasará a asumir el 0,17% mientras la empresa pone el 0,83%. Los autónomos, como siempre en el banquillo, se comen el 1% entero sin anestesia. La hipocresía es deliciosa: mientras el Ejecutivo presume de haber recaudado 9.400 millones con el MEI y espera otros 2.500 millones para 2026, el ciudadano medio siente que su sueldo es un queso suizo. Nos venden 'equidad' mientras intentan tapar un agujero negro financiero provocado por una natalidad en coma y una esperanza de vida que, irónicamente, hace que el sistema de la Seguridad Social sea una bomba de relojería. Básicamente, estamos pagando el alquiler de una fiesta a la que probablemente no nos inviten.
En Talayuela, el AVE ya avanza desde Talavera de la Reina, pero el sentido común parece haber cogido el tren en dirección contraria. Durante veinte años, el pueblo ha gestionado la convivencia con una naturalidad envidiable, integrando a una población donde una cuarta parte nació en Marruecos desde aquel boom de temporeros del tabaco de 1991. Sin embargo, la política de despacho ha decidido que aprender el idioma de tus raíces es, ahora sí, una 'injerencia extranjera'. El Programa de Enseñanza de Lengua Árabe y Cultura Marroquí (PLACM), vigente desde 1985 y pagado íntegramente por la Fundación Hassan II —es decir, coste cero para el contribuyente, que ya tiene bastante con la lista de la compra—, ha sido sacrificado en el altar del pacto entre PP y Vox para la investidura de María Guardiola. El resultado es un vacío pedagógico en el CEIP Gonzalo Encabo y el CEIP Juan Güell, donde más de 200 alumnos se han quedado sin sus docentes. Lo más surrealista es el baile burocrático: los colegios, el Ayuntamiento y la Consejería intentaron un 'apaño' de última hora para salvar 17 horas de mediación y mover las 8 horas de lengua a aulas municipales. Un parche típico de quien intenta arreglar una tubería rota con celo. Pero el Ministerio de Educación, en un giro de ironía administrativa, ha tumbado la maniobra alegando que el convenio bilateral exige que todo ocurra dentro del centro. El Ministerio admite que esto dificulta la integración social, pero prefiere la pureza del reglamento al bienestar de los chavales. Mientras tanto, Madrid mantiene programas similares para búlgaros, rumanos o kazajos. Parece que el 'adoctrinamiento' solo es peligroso cuando el profesor viene del Magreb. Como bien dice Luis Alfonso Corrales, director del Gonzalo Encabo, donde el 60% del alumnado es marroquí: nos han dejado sin nada.
Gestionar un país es, al parecer, como organizar una cena familiar: lo importante no es que haya comida, sino que nadie se pelee por el mando de la tele. Pedro Sánchez ha decidido que marzo es zona prohibida para las elecciones generales. Mientras los alcaldes y líderes regionales le soplan al oído que adelanten el calendario antes de las municipales de mayo, en Moncloa han activado el radar de 'eventos incómodos'. El pánico no es una crisis económica ni el hecho de que Begoña Gómez tenga que sentarse en el banquillo. No. El verdadero terror es Gianni Infantino. El jefe de la FIFA se juega la reelección el 18 de marzo en Rabat y podría soltar la bomba: que la final del Mundial 2030 se juegue en Casablanca y no en el Bernabéu o el Camp Nou. Para el Gobierno, que una noticia así caiga en plena campaña sería como que te llegue el sablazo de la factura de la luz el día de tu cumpleaños: un golpe emocional que no saben cómo gestionar. Así, mientras la Constitución marca el final del mandato para el 23 de julio y la Loreg obligaría a convocar comicios el 22 de agosto como fecha límite, el Ejecutivo juega al Tetris con el calendario. Ignoran la presión de los Presupuestos y prefieren agotar la legislatura para evitar que el estadio Hassan II, ese monstruo de 115.000 asientos, se convierta en el monumento a su derrota diplomática. Mientras Milagros Tolón sigue vendiendo optimismo sobre la sede española, en los pasillos se sabe que Marruecos tiene los votos atados gracias a la ingeniería de Youssef Amrani y Fouzi Lekjaa. Al final, la política española se ha vuelto un partido de fútbol donde el miedo a un gol en contra de la FIFA pesa más que cualquier crisis migratoria en Ceuta.
Hay un arte casi místico en la capacidad del Gobierno español para intentar arreglar el jardín y acabar quemando la casa. Pedro Sánchez ha decidido jugar al arquitecto con los centros de datos, lanzando un proyecto de Real Decreto que, en lenguaje llano, es un cartel de 'prohibido el paso' para la inversión tecnológica. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación en la compra del sábado, el Ejecutivo diseña un laberinto normativo que hace que poner un servidor en España sea más complicado que conseguir una cita en Hacienda un lunes por la mañana. Bruselas, que suele ser el profesor paciente, ha perdido la calma. Sin soltar el nombre del presidente para no montar un escándalo en el patio del colegio, la Comisión Europea ha lanzado una consulta pública el 23 de septiembre de 2026 que es un dardo directo al corazón de Moncloa. El mensaje es claro: basta de 'enfoques nacionales divergentes'. Básicamente, Europa le está diciendo a España que deje de inventar la rueda y que no debilite la competitividad de la UE con ocurrencias unilaterales. El contraste es para echarse a reír. Mientras el esquema europeo de sostenibilidad es razonable, el Gobierno español quiere imponer una 'adicionalidad' y una correlación horaria con la renovable que parecen sacadas de una novela de ciencia ficción burocrática. El sablazo definitivo llega con los plazos: Bruselas acepta instalaciones de hasta 10 años de antigüedad; Sánchez, en un alarde de rigor casi quirúrgico, quiere recortar ese margen a ridículos 18 meses. Es como pedir que el coche sea nuevo de fábrica para dejarte aparcar en la calle. Al final, el resultado es previsible: una fragmentación legislativa que espanta el capital y deja a España como el alumno rebelde que, por querer ser el más ecológico de la clase, se queda solo en el recreo.
Hay quien dice que la política es el arte de lo posible, pero Lorena Suárez parece haber confundido la gestión electoral con una sesión de espiritismo. La entonces secretaria general del PSOE en Argentina no se quedó en la superficie; decidió que el censo electoral era más una sugerencia que una norma. Mientras el ciudadano medio se pelea con la administración para renovar un carnet que caducó hace dos lunes, Suárez lanzaba un mensaje clarísimo en julio de 2023: el pasaporte vencido sirve perfectamente para votar. Un detalle técnico que, en manos de alguien con menos escrúpulos, suena a invitación abierta al caos. Pero el verdadero 'toque maestro' llega con el audio filtrado por OKDIARIO. Aquí la ingeniería financiera se transforma en ingeniería funeraria. Suárez, con la naturalidad de quien pide que le pasen la sal, instó a un militante a conseguir fotocopias de pasaportes familiares, incluyendo explícitamente el de una tía que ya había pasado a mejor vida. «Yo me arreglo», sentenció. Traducción para los que vivimos en el mundo real: 'No me importa que esté en el cementerio, si tengo el papel, el voto cuenta'. El contraste es delicioso y nauseabundo a la vez. Por un lado, la lucha épica y romántica de la ciudadanía residente en el exterior por eliminar el voto rogado; por otro, la oportunidad de oro que dejó la Junta Electoral Central el 30 de marzo de 2023. Al no exigir que el documento esté en vigor, la JEC abrió una puerta que Suárez quiso convertir en un autopista para el fraude. El escándalo estalló cuando su propia mano derecha, Gustavo López, decidió que el juego había llegado demasiado lejos y alertó al Consejo de Residentes Españoles (CRE). Al final, resulta que para ganar elecciones en Argentina, el PSOE no solo necesitaba militantes, sino también una buena conexión con el más allá.
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Rosa Muñoz