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Mirar al cielo suele ser gratis, pero la naturaleza siempre encuentra la forma de cobrarnos una comisión. Esta noche, entre el 21 y el 22 de octubre, tenemos cita con las Orionidas, esos restos del Cometa Halley que deciden suicidarse contra nuestra atmósfera para dejarnos un espectáculo visual. El plan suena idílico: NASA nos promete entre 10 y 20 estrellas fugaces por hora. Un número decente, casi como los minutos que aguantamos en una cola del supermercado antes de perder la paciencia. Pero claro, aquí llega la letra pequeña. La Luna, que está en fase gibosa creciente y a solo cuatro días de estar llena, se ha puesto en plan 'protagonista'. Su brillo va a actuar como esa luz molesta de un vecino que no te deja dormir, camuflando los meteoros más tenues y arruinando el festín para los menos optimistas. Es la ironía cósmica: tenemos los escombros de un cometa que no volverá al sistema solar interior hasta 2061, pero una roca blanca nos tapa la vista. Para los que quieran jugar a los exploradores, el truco está en esperar a las horas previas al amanecer del 22 de octubre. Solo entonces, cuando la Luna se retire y el radiante cerca de la estrella Betelgeuse esté en lo más alto, podremos ver los trazos más largos. Eso sí, nada de mirar fijamente al punto de origen; hay que mirar unos 45-90 grados desviados para evitar el efecto de escorzo. Básicamente, es como intentar ver un accidente de tráfico: si miras el choque directo, no ves la magnitud del desastre; hay que mirar la trayectoria. El consejo final es el de siempre: huyan de las luces de la ciudad, que contaminan más que una fábrica de carbón, y denle a sus ojos 30 minutos para adaptarse. Un plan romántico que requiere logística de expedición militar.
Parece que la ciencia ha llegado a ese punto donde, si no encuentras la solución en un libro de texto, te pones a mirar cómo funciona el sistema digestivo. Investigadores de la Binghamton University han decidido que el diseño plano de las baterías es tan eficiente como intentar meter la compra de todo el mes en una bolsa de plástico pequeña. Para solucionar este 'embotellamiento' eléctrico, han copiado las vellosidades del intestino delgado: esos deditos biológicos que absorben nutrientes sin despeinarse. El problema de las celdas de combustible microbianas (MFC) era que los electrodos planos son como un autobús lleno a las ocho de la mañana; no cabe un alma más y los desechos se acumulan. El profesor Seokheun Choi y su equipo diseñaron unos pilares de hidrogel flexible, mezclando alcohol polivinílico, el polímero PEDOT y óxido de grafeno reducido. En este 'hotel de lujo' para bacterias, instalaron esporas de Bacillus subtilis que, al despertar con nutrientes, empiezan a soltar electrones como quien suelta monedas en una hucha. Los números son claros, aunque para el ciudadano medio resulten insignificantes. Mientras que un diseño plano genera unos miserables 8.04 µW/cm³, esta arquitectura intestinal alcanza los 66.45 µW/cm³. Sí, han multiplicado la potencia por 8.3, pero no se emocionen: hablamos de microvatios. No van a cargar tu iPhone, pero podrían alimentar sensores en tuberías de aguas residuales, donde las bacterias cenan materia orgánica y, a cambio, mantienen encendido un sensor sin que nadie tenga que ir a cambiar la pila al alcantarillado. El dispositivo mantuvo 0.75 voltios durante 14 horas. Es, básicamente, convertir el flujo de residuos en una central eléctrica microscópica.
Ya no es solo que la IA nos quite el puesto en la oficina redactando correos aburridos; ahora también nos gana en el patio de recreo. En Abu Dhabi, un quadcopter llamado MonoRace, nacido en el Micro Air Vehicle Lab de la Universidad Tecnológica de Delft, ha hecho que varios campeones mundiales de drones FPV se sientan como principiantes. Mientras nosotros necesitamos gafas especiales y un estómago de acero para no vomitar viendo imágenes a 100 mph, MonoRace se limitó a procesar 500 comandos por segundo sin despeinarse ni un solo cable. Lo irónico es que, mientras las empresas se gastan presupuestos faraónicos en sensores que parecen sacados de la NASA, el equipo de Delft, con Christophe De Wagter a la cabeza, decidió jugar al minimalismo. No quisieron un ordenador superpotente que pesara como un ladrillo, sino extraer inteligencia de recursos limitados. El resultado es un aparato que no necesita GPS ni mapas detallados; usa una sola cámara y una unidad de medición inercial (IMU) para no estrellarse contra la primera pared que encuentre. No es la primera vez que una máquina gana, pero sí la primera vez que lo hace en una competición internacional real en noviembre de 2025, y no en el entorno esterilizado de un laboratorio como hizo la Universidad de Zúrich en 2022 con su modelo Swift. MonoRace no fue entrenado para una pista específica, sino que aprendió a base de errores en simulaciones, una especie de 'curro' digital que le permitió alcanzar los 62 mph y dejar atrás a tres ex campeones mundiales. Robin Ferede y Stavrow Bahnam han demostrado que la IA ya sabe moverse en el mundo físico sin barrerlo todo a su paso, aunque todavía nos queden los consuelos de que los robots corredores siguen explotando en llamas ocasionalmente.
Hay quienes ven el mundo como un tablero de Monopoly y otros, como Joe Lonsdale, lo ven como un zoológico privado con fines lucrativos. El cofundador de Palantir ha decidido que el camino hacia la inmortalidad humana pasa por montar una fábrica de primates. A través de su firma 8VC, Lonsdale ha soltado 20 millones de dólares en Safer Human Medicine, una startup que no vende software ni algoritmos, sino seres vivos: planean criar unos 30.000 macacos para que sirvan de 'cobayas' a la nueva ola de biotecnológicas que aprovechan el vacío regulatorio de la administración Trump. Mientras el ciudadano medio cuenta los céntimos para pagar la luz, Lonsdale juega a Dios con el presupuesto de un pequeño país. La narrativa es la clásica del villano de película que cree ser el héroe: Lonsdale define su plan como 'pro-humano'. En un podcast de mayo, lanzó la pregunta retórica definitiva: ¿Preferirías salvar a tu hermano o al mono? Una dicotomía conveniente que simplifica la ética a un menú de restaurante. Pero el verdadero 'perfume' de la operación llega con Jim Harkness, fundador de Safer Human Medicine. Harkness no es un novato en el arte de ignorar las reglas; como antiguo COO de Envigo, vivió el espectáculo de ver cómo el gobierno obligaba a entregar más de 4.000 beagles tras violar leyes de bienestar animal y agua limpia, un desliz que costó a la matriz, Inotiv Inc., una multa de 35 millones de dólares. Ahora, Harkness quiere plantar su bandera en el condado de Decatur, Georgia, asegurando que lo 'inmoral' es no experimentar. En resumen: el fin justifica los medios, siempre y cuando el fin incluya una rentabilidad obscena y el medio sea un primate que no puede firmar un contrato de trabajo.
Hay que tener el tupé muy bien puesto para decir que es 'terrible' que tú seas el dueño de la memoria de tu propio ordenador. Sam Altman, el CEO de OpenAI, se ha pasado el juego del cinismo en el podcast 'Cheeky Pint' de John Collison. Mientras nosotros peleamos con la inflación y vemos que comprar 32GB de DDR5 es ahora un deporte de riesgo que roza los 450 dólares, Altman sugiere que tener RAM en casa es una 'ineficiencia global'. Traducido al cristiano: quiere que dejemos de comprar hardware para que OpenAI pueda acaparar el suministro mundial y alquilárnoslo por minutos. El argumento es casi tierno: dice que es un desperdicio que tu memoria esté ahí parada, usada solo un 5% del tiempo, cuando podría estar sudando en un centro de datos de OpenAI. Es la lógica del casero que quiere quitarte la cocina de casa para cocinarte él las lentejas y cobrarte el servicio de catering. Lo que Altman llama 'asignación global' es, en realidad, una estrategia de consolidación para alimentar una infraestructura que planea absorber 750.000 millones de dólares hasta 2030. La paradoja es deliciosa. OpenAI dispara los precios de los componentes al demandar cantidades industriales de DRAM para sus servidores, encareciendo tu smartphone y tu PC, para luego decirte que, como es tan caro, mejor no compres nada y pagues una suscripción mensual para que su nube piense por ti. No es optimización de recursos; es un intento de convertir el hardware personal en un recuerdo vintage. Básicamente, quiere que el botón de 'encender' de tu ordenador sea, en realidad, un botón de 'pagar a Sam'.
Hay obras que son un proyecto y hay otras que son una herencia familiar mal gestionada. La Sagrada Família es lo segundo, pero con presupuesto de lujo. Llevamos 144 años intentando descifrar qué tenía en la cabeza Antoni Gaudí, un genio que en 1926 decidió cerrar su contrato con la vida tras un encuentro accidental con un tranvía, dejándonos los planos como quien deja un mueble de IKEA sin instrucciones y con piezas sobrantes. Hoy, el templo es la mina de oro de la 'clase GoPro'. Mientras el ciudadano medio lucha por que el fontanero no le cobre el desplazamiento, el templo absorbe un flujo constante de 1.500 turistas por hora, transformando la fe en un modelo de negocio de alta rotación. Fred Mills, el creador de The B1M, se pasea por la nave central sintiendo que toca el cielo, mientras que en el sótano se libran batallas de maquetas para intentar que la visión de Gaudí no se quede en un dibujo bonito. La tecnología moderna ha hecho lo que el cemento y la buena voluntad no pudieron en un siglo: acelerar el ritmo. El pasado febrero se celebró el remate de la torre central, un hito que suena a gloria pero que esconde la letra pequeña. Para terminar los interiores, techos y la fachada principal, calculan que hace falta otra década. Claro, eso si los vecinos y el ayuntamiento de Barcelona dejan de pelearse por el espacio, porque en esta ciudad, poner un ladrillo es más complejo que negociar un tratado de paz. Al final, la Sagrada Família es la paradoja perfecta: un edificio que se termina en nuestra era, pero que no pertenece a ninguna de nuestras lógicas modernas.
En Ciudad de México han decidido que, para recordar a los muertos, hace falta un monumento que se vea desde el espacio o, al menos, que deje sordos a los vecinos del Zócalo. Han erigido una Catrina de casi 110 pies de altura, un rascacielos de acero y fibra de vidrio de unas 11 plantas que hace que la versión de Puerto Vallarta de 2023, con sus 92,3 pies, parezca una figura de salón. Para montar este despliegue de egocentrismo artístico hicieron falta 140 personas; básicamente, un equipo capaz de levantar un bloque de pisos en tiempo récord, pero dedicado a una calavera con aires de grandeza. El detalle es exquisito: un vestido púrpura de más de 88 pies y un ejército de 70.000 flores de cempasúchil traídas desde Xochimilco para que los espíritus no se pierdan en el tráfico de la capital. Es la paradoja perfecta. Mientras los historiadores se pelean en los pasillos sobre si el Día de los Muertos es una herencia indígena pura o un lavado de cara de las tradiciones españolas para vender orgullo cultural, el gobierno prefiere apostar por el récord Guinness. Lo más irónico es que la figura original de José Guadalupe Posada, 'La Calavera Catrina', nació como una bofetada a las mujeres de la alta sociedad que pretendían ser europeas olvidando sus raíces. Ahora, esa crítica social se ha convertido en un imán turístico masivo, rescatado por Diego Rivera entre 1946 y 1947, y terminado en una escultura efímera que desaparecerá el 2 de noviembre. Al final, la Catrina es como el sueldo a final de mes: llega con mucha pompa, impresiona un par de días y luego se esfuma sin dejar rastro.
Hay una ironía deliciosa en ver cómo el futuro del cine acaba de chocar contra un muro de hormigón llamado 'gusto humano'. Bona Film Group decidió jugar a ser Dios con la tecnología y lanzó 'Sanxingdui: Future Past', la primera película totalmente generada por IA en China. El resultado es un desastre financiero que hace que cualquier presupuesto doméstico parezca una fortuna: 181.000 dólares recaudados desde el 23 de octubre. Para que nos entendamos, con más de 10.000 pantallas programadas para el estreno, la película ha ganado menos de 20 dólares por cine. Es como montar un banquete para diez mil personas y que solo tres se atrevan a probar la sopa. Jiang Defu, el CEO de BFG, ahora se pone la medalla del 'pionero' y dice que no es fácil ser el primero en ser probado por la audiencia. Claro que no lo es, especialmente cuando has quemado 1,5 millones de dólares en un proyecto donde 100 personas trabajaron durante dos años para que una máquina imitara voces y rostros. Mientras tanto, la realidad le ha dado un bofetón con 'Niu Lai', una película animada hecha por una madre y un hijo con un presupuesto de 200 dólares —literalmente el precio de una cena decente y un par de caprichos—. Esa obra, con sus errores y su animación cutre, ha recaudado casi 10 millones de dólares. El público ha hablado: prefieren la sinceridad de un dibujo mal hecho que la perfección plástica y vacía de un algoritmo. Mientras en Estados Unidos ya llaman a estas producciones 'slop' (comida para cerdos), en China han demostrado que el hype tecnológico no llena butacas. El marketing puede prometer revoluciones, pero el corazón humano no compra píxeles sin alma.
Mumbai es una ciudad que no duerme, pero que tiene la costumbre de olvidar sus cicatrices bajo capas de smog y hormigón. En Cumballa Hill, hay un arco de piedra caliza que se resiste a ser un simple estorbo para el tráfico. No es un adorno romántico para selfies de Instagram; es, en realidad, el eco de una época donde la arquitectura servía para decirte: 'Hasta aquí llegas tú y a partir de aquí empieza el infierno'. Este arco, levantado a principios del siglo XX, funcionaba como la frontera invisible —y muy real— del B. D. Petit Parsee General Hospital. Mientras hoy nos peleamos por el precio del alquiler o el ticket del supermercado, en aquel entonces la moneda de cambio era la supervivencia. El hospital, cuya piedra fundacional fue colocada en 1907 por Sir George Clarke, el Gobernador de Mumbai de aquel entonces, no era un centro de bienestar, sino el búnker contra la peste bubónica. El arco no estaba ahí para dar la bienvenida, sino para aislar. Era el muro que separaba a los enfermos de la ciudad, una especie de 'cordón sanitario' tallado en piedra. Lo más irónico son esos soportes ornamentales en forma de caballo que adornan las columnas. Mientras la medicina de 1907 luchaba contra la plaga, alguien decidió que unos caballos artísticos ayudarían a 'ahuyentar las malas energías'. Es el equivalente antiguo a poner un amuleto en el espejo retrovisor para evitar que el coche se averíe: una mezcla de desesperación y fe decorativa. Hoy, el arco es un resto de patrimonio, una reliquia de una identidad urbana que prefería el lujo de la piedra caliza incluso para marcar el límite de una tragedia sanitaria.
En un mundo donde mirar al cielo es un lujo reservado para quienes no tienen que pelearse con el precio del alquiler, nos venden la oportunidad de ver a Vesta. Sí, el cuarto asteroide descubierto en la historia, que el 12 de octubre a las 2 A.M. EDT decidió ponerse en oposición. Para los que no hablamos 'astronómico', esto significa que el espacio ha alineado los planetas para que Vesta sea el protagonista de la noche, visible incluso si vives en una ciudad donde la contaminación lumínica es tan espesa que podrías cortarla con un cuchillo. Con una magnitud de 6.5, Vesta no es precisamente un foco de estadio, pero es un 'catch' fácil si sabes dónde mirar. Se esconde en el norte de Cetus la Ballena, a unos 4.9° al norte de Theta Ceti (magnitud 3.6). Para orientarse, basta con usar Theta y Eta Ceti (magnitud 3.5) como si fueran señales de tráfico en una carretera oscura. La cita ideal es después de las 10 P.M., cuando el astro sube a 30° sobre el horizonte sudeste. Es el plan perfecto para quienes quieren sentirse pequeños sin gastar un euro en entradas de cine. Pero el cielo no se queda en un solo plato. El 14 de octubre, entre las 5:39 A.M. y las 5:44 A.M. CDT, Io decide jugar al escondite y pasar por delante de Callisto. Un evento de ocultación que ocurre mientras Júpiter, brillando con una magnitud de -1.9, domina el este a 36° de altura, justo al lado de Regulus en Leo. Mientras Ganymede y Europa miran desde los costados, Io y Callisto se fusionan visualmente. Es una coreografía cósmica gratuita que ocurre mientras el resto de nosotros ponemos la cafetera para sobrevivir a otra jornada laboral.
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Rosa Muñoz