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Hay lugares que se niegan a jubilarse. El Templo Champa de Phu Loc, en An Nhon Bac, es exactamente eso: un superviviente testarudo que mira desde lo alto mientras el mundo abajo se vuelve plano y previsible. Imaginen una torre de ladrillo de unos 15 metros de altura que lleva aguantando el chaparrón desde el siglo XII. No es un rascacielos de cristal con aire acondicionado, sino una pieza de mampostería cuadrada que sobrevive a base de pura inercia histórica y pilastras verticales. Lo más curioso es que los eruditos franceses, con esa manía de ponerle nombres elegantes a todo lo que encontraban, lo bautizaron como Tour d'Or o 'Torre Dorada'. No es que estuviera recubierta de lingotes —ojalá el presupuesto público de hoy fuera tan eficiente—, sino que el sol, en ciertos ángulos, le da un brillo ámbar que engaña al ojo. Es el equivalente arquitectónico a ponerle un filtro de Instagram a una ruina medieval para que parezca lujosa. Mientras la mayoría de los restos del reino de Champa han sido devorados por el hormigón de las ciudades modernas, como quien se come un bocadillo en un descanso, Phu Loc se ha quedado sola en su cima. Tiene puertas falsas y motivos de punta de lanza que nos recuerdan que, hace ochocientos años, alguien decidió que ese monte era el sitio ideal para sentirse poderoso. Hoy, el templo ofrece vistas panorámicas de campos agrícolas y un silencio que incomoda, recordándonos que los imperios caen, pero los ladrillos bien puestos, si nadie los tira para hacer un parking, se quedan ahí para burlarse de nuestra prisa cotidiana.
En un mundo donde los gurús de Silicon Valley nos venden IAs que prometen resolver el hambre mundial o conducirnos al trabajo mientras dormimos, aparece T-Kuhn para recordarnos que la ingeniería también puede ser un capricho glorioso. Ha creado el Hexa-Bouncer, una bestia de metal con seis brazos que tiene la ambición intelectual de una piedra: su única misión en la vida es que una pelota de ping-pong no toque el suelo. Es el equivalente tecnológico a comprarse un Ferrari para ir a comprar el pan a la esquina. El despliegue es ridículo. Para evitar que una bola de plástico se rinda ante la gravedad, Kuhn ha montado un despliegue que haría temblar a la NASA. El robot nació en un entorno simulado y cobró vida mediante una fresadora CNC. Lleva un par de cámaras separadas 120 grados que vigilan la pelota como si fuera el botín de un casino, enviando datos vía USB a un ordenador que calcula ángulos y tiempos en milisegundos. Todo este despliegue de potencia computacional y mecánica solo para que la pelota siga flotando mientras el brazo hace círculos y bobineos. No es un debutante. Antes de este despliegue, ya nos había dejado el Octo-Bouncer, una versión con placa plana de cuatro lados. Kuhn lo admite sin pudor: son máquinas 'inútiles pero ligeramente interesantes'. Mientras el resto del planeta se pelea por optimizar la productividad o reducir costes en la factura de la luz, él prefiere 'abrirse camino a machetazos por la jungla' del diseño. Es la apoteosis del sobre-diseño: gastar horas de ingeniería y materiales costosos en un juguete que no sirve para absolutamente nada, excepto para demostrar que, si tienes el tiempo y las herramientas, puedes construir el monumento más sofisticado a la ociosidad.
Siempre nos vendieron la idea de que el espacio exterior era un congelador gigante, una especie de almacén de hielos donde todo nació en frío. Pero resulta que el Sistema Solar, en sus primeros pasos, tenía más pinta de horno industrial que de nevera. Según un estudio publicado en Nature Astronomy, los primeros bloques de construcción de nuestro vecindario espacial no eran cubitos de hielo, sino 'fuego' puro en forma de cóndrulos: pequeñas cuentas de roca fundida por un calor infernal. Para que nos entendamos, mientras nosotros peleamos por el precio del gas en la factura, el universo primitivo estaba jugando a la selección natural con materiales. Damanveer Grewal, de la Universidad de Yale, y su equipo analizaron meteoritos de hierro como el Tamentit, que son básicamente los 'recibos' geológicos de los primeros planetesimales. Los datos son demoledores: los primeros cuerpos del sistema solar exterior estaban compuestos entre un 83% y un 92% de cóndrulos. El hielo y el polvo orgánico, que luego se volvieron los protagonistas a partir de los 4 millones de años, al principio eran apenas un extra, como el perejil en un plato de carne. La ciencia lo llama 'clasificación aerodinámica', pero en lenguaje de calle es simple: los cóndrulos eran más compactos y fuertes, así que se pegaban entre sí más fácilmente que el polvo helado. Básicamente, el universo hizo un casting y el hielo no pasó la primera ronda. Lo más irónico es que gran parte de esta evidencia se borró porque esos primeros cuerpos se derritieron por su propio calor interno, intentando ocultar que, al principio, el espacio exterior era un auténtico infierno selectivo.
El National Park Service (NPS) ha decidido que su misión institucional este octubre no es solo proteger el ecosistema, sino convertir tu cocina en un taller de artesanía vegetal. Han lanzado el 'Pumpkin Carving Challenge', un despliegue de nueve plantillas para tallar calabazas que intentan romantizar el hecho de que la naturaleza, en realidad, quiere aniquilarnos. Hay de todo para el gusto: desde 'The Batty One', que recuerda que los murciélagos no solo salen en las pelis de Drácula sino que usan los parques como hoteles migratorios, hasta 'The Web Designer', que rinde homenaje a esas arañas que nos regalan una ducha de hilos invisibles en la cara justo cuando creemos que estamos solos. Pero la joya de la corona es 'The Close Encounter'. El NPS, con un sarcasmo que ya quisieran algunos políticos, nos recuerda que acercarse demasiado a un bisonte de 900 kilos (2,000 libras) es la forma más rápida de viajar a otra dimensión mediante un vuelo no programado. Un recordatorio muy oportuno tras el incidente de julio en Yellowstone, donde un turista descubrió que los animales salvajes no son peluches de IKEA. Para los que prefieren algo más 'estético', tenemos 'The Autumn Leaves', 'The Full Moon' (con lobos patrullando seis parques nacionales) y 'The Camper'. Y claro, no puede faltar 'The Fat Bear', porque la obsesión por los osos gordos es el nuevo deporte nacional. Mientras nosotros peleamos con la factura de la luz, el NPS nos sugiere usar vapes para hacer humo o algas para crear 'kelp-o’-lanterns'. Una estrategia de marketing brillante: envolver la seguridad forestal en una calabaza para que no olvidemos usar el hashtag #FindYourPark mientras intentamos no cortar nuestro propio dedo con el cuchillo.
La naturaleza tiene una forma muy cínica de decirnos que nos estamos pasando de la raya. En Madagascar, el Pteropus rufus —ese zorro volador que parece escapado de una novela de fantasía con su metro y medio de envergadura— ha decidido, o mejor dicho, ha sido forzado a hacerse pequeño. No es una dieta milagro ni una tendencia minimalista; es pura selección artificial basada en el hambre y el mercado. Según el Journal of Mammalogy, publicado el 29 de octubre, los cráneos de estos ejemplares son hoy un 6% más pequeños que antes de los años 80. Para que nos entendamos: estamos hablando de una reducción de 3.6 milímetros en la longitud del cráneo. Parece una cifra insignificante, como el descuadre de un ticket del supermercado, pero en biología es un grito de auxilio. Emily Cornelius Ruhs y Steven Goodman, analizando 121 especímenes en nueve museos, se dieron cuenta de que los murciélagos que capturan hoy parecen 'miniaturas' comparados con los que el Field Museum de Chicago guardaba en sus estanterías desde hace 150 años. ¿La razón? La ingeniería financiera del hambre. Hasta los 80, cazar era cosa de familia; luego llegó la comercialización, los mercados y los restaurantes. Los cazadores, buscando el 'máximo rendimiento por inversión', se cebaron con los ejemplares más grandes porque dan más carne. Básicamente, hemos liquidado a los 'pesos pesados' y hemos dejado que los pequeños sobrevivan. El resultado es un desastre: una población que en los 2000 rondaba los 300.000 ejemplares y que hoy ha caído dos tercios. Emma Stone, de la Universidad de Bath, lo advierte claro: forzar una evolución en décadas que normalmente tarda milenios es dejar al animal desnudo frente al cambio climático y las enfermedades. Estamos rediseñando la fauna a base de hambre y descuido.
Hay una sensación muy particular cuando te das cuenta de que llegaste tarde a la fiesta y, para colmo, el anfitrión ya ha apagado las luces. Eso fue exactamente lo que sintió la Unión Soviética el 20 de octubre de 1970. Mientras Estados Unidos ya se paseaba por la Luna con el Apollo 11 y el Apollo 12 en 1969, y hasta se había marcado un rescate épico con el Apollo 13 en abril de 1970, los soviéticos lanzaban el Zond 8. Era el último cartucho de un programa que pretendía poner botas rusas en el polvo lunar, pero que terminó siendo el equivalente espacial a intentar arreglar una gotera con un chicle usado. El Zond 8 fue, técnicamente, un éxito. Voló sin tripulación —porque mandar cosmonautas en una nave que daba fallos técnicos era como jugar a la ruleta rusa con un tambor lleno— y se acercó a unos 1.120 kilómetros de la superficie lunar. Capturó unas fotos del amanecer terrestre el 24 de octubre que eran preciosas, sí, pero eran básicamente el 'yo también puedo' de quien llega segundo. La ironía alcanzó su punto máximo en el regreso. El sistema de guiado decidió tomarse unas vacaciones y un sensor de actitud solar falló, obligando a la nave a hacer una entrada en la atmósfera mucho más empinada y corta de lo previsto. Al final, el 27 de octubre de 1970, la cápsula cayó en el Océano Índico, marcando el acta de defunción de sus ambiciones lunares. Pasaron de querer conquistar la Luna a conformarse con montar habitaciones en el espacio con las estaciones Salyut y la Mir. Y para cerrar el círculo de la mala suerte, intentaron volver en 2023 con la Luna 25, que terminó estrellándose por un fallo en el controlador del motor. Prometen volver en 2027, pero a estas alturas, el optimismo ruso parece más una sugerencia que una realidad.
Hay gente que no sabe ir al monte sin llevarse el código postal entero en el coche. Para esos 'aventureros' que sufren si el suelo no es plano o si el baño no tiene agua caliente, llega MyGlamper. Gene Corbett ha decidido que cargar una caja pesada en el techo del coche es cosa de antiguos y ha movido el problema al enganche del remolque. Básicamente, es un castillo inflable que se cuelga detrás del coche como si fuera un accesorio de moda, evitando que el vehículo se balancee como un barco en tormenta por el peso superior. La oferta es variada, según cuánto quieras presumir en el bosque. Tienes la MyGlamper Lite, para seis personas, que se monta en unos seis minutos y cuesta AU$18,990. Si te sientes generoso con el espacio o tienes una familia numerosa, están la Plus (AU$24,990) y la Pro (AU$29,990), que albergan hasta 12 personas. La Pro no es una tienda, es un hotel cinco estrellas portátil: cocina, baño con ducha de agua caliente recirculante, inodoro de compostaje y una batería de 100-Ah con carga solar. Todo esto comprimido en una caja de 140 x 120 cm y un grosor de 35 cm que pesa unos 110 kg. El contraste es casi cómico. Mientras que una tienda inflable decente como la Zempire Delta Force V2 te sale por AU$5,600, MyGlamper te pide casi 30,000 dólares por la comodidad de no cargar maletas individuales. Es el clásico 'sablazo' por el packaging: te venden la idea de que un solo clic en el enganche sustituye a organizar el maletero. Al final, es una ingeniería financiera del ocio: pagas una fortuna para sentir que vas a la naturaleza, pero sin que la naturaleza te toque ni un pelo.
Imaginen que el mundo es una oficina donde el jefe, la naturaleza, decide apagar el aire acondicionado y cerrar las persianas sin avisar. Eso fue básicamente el Monte Tambora en 1815. Mientras en Indonesia el volcán decidía 'estallar' y llevarse por delante a 71.000 personas, el resto del planeta recibió la factura meses después. No llegó un recibo, llegó el 'año sin verano' de 1816. De repente, Nueva Inglaterra veía morir su maíz, China perdía el arroz y en Irlanda las patatas decidieron no crecer. Cuando el pan sube de precio más rápido que la inflación de un supermercado en crisis, la gente deja de ser paciente: empezaron los disturbios y el tifus hizo el resto. Clive Oppenheimer y su equipo de Cambridge han analizado 38 erupciones masivas entre el año 1 y el 1900, y la conclusión es que los volcanes son como un martillazo al clima. En promedio, cada gran estallido bajó la temperatura global unos 0,5 grados Celsius. Parece una tontería, como si bajaras el termostato un pelín, pero para la agricultura es la diferencia entre cenar o pasar hambre. De hecho, de 17 hambrunas graves en Europa entre 1300 y 1800, 11 fueron el resultado directo de estos 'estornudos' geológicos. Lo más cínico es que la supervivencia no dependía del volcán, sino de quién mandaba. Heli Huhtamaa descubrió que en Ostrobothnia, Finlandia, los campesinos sobrevivieron mejor a la helada de 1695 que a otras anteriores porque la Corona les bajó los impuestos. No fue caridad, fue pura ingeniería financiera: el Rey no quería que sus vacas pagadoras murieran. Al final, desde la Peste Negra —conectada a anillos azules en los árboles de 1345— hasta la cristianización de Islandia tras la erupción del Eldgjá en el 939, la historia humana ha sido, a menudo, un simple efecto secundario de que una montaña decidiera vomitar azufre.
La publicidad ha pasado de buscar la belleza a jugar a la ruleta rusa con el asco. Desde aquel papiro de Tebas hace 5.000 años que buscaba a un esclavo fugado llamado Shem, el marketing era honesto: querías algo, lo comprabas. Pero hoy, en la era del 'scroll' infinito y la atención que dura lo que un suspiro, los trajeados de Madison Avenue han descubierto que el odio vende más que el amor. Así nace Liberty Biberty, una bola de pelo amarillo de Liberty Mutual que es, básicamente, un accidente estético con patas. El resultado es delirante. No es solo que el muñeco sea feo; es que ha provocado una histeria colectiva que haría palidecer a cualquier gurú del marketing. Tenemos a John Oliver declarando una especie de guerra santa en 'Last Week Tonight' y a algún valiente —o suicida— tatuándose al personaje siendo triturado como carne de hamburguesa. La cumbre del surrealismo llegó el 25 de octubre en Boston, donde decenas de personas se plantaron frente a la sede de la aseguradora. El líder, Connor Harvey, un YouTuber de 19 años con 665.000 vistas en su espalda, comparó la protesta con el Motín del Té de Boston. Algunos carteles llegaban a decir que un peluche amarillo es 'fascismo'. Traduzcamos esto al lenguaje de la calle: estamos tan solos y tan desesperados por sentir que pertenecemos a algo, que preferimos odiar a un muñeco hecho por el taller de Jim Henson que esforzarnos en montar un club de lectura o ir a un comedor social. Es la 'comunidad del odio'. Mientras el mundo se cae a pedazos, nos peleamos por si una bola de pelo es el pico de la 'enshittification'. Al final, Liberty Mutual se ríe mientras cuenta los clics gratuitos, porque en el mercado de la atención, que te escupan en la cara es, a veces, la mejor campaña de marketing.
Hay gente que paga miles de euros por un hotel con vistas al mar y hay otros, como la doctora Michaela Musilova, que deciden mudarse a 7 metros de profundidad en el Jules’ Undersea Lab de Florida para jugar a que están en Marte. La misión SEA STAR es, básicamente, el simulador de vuelo más húmedo de la historia. Musilova, que ya lleva 40 misiones análogas al hombro, nos cuenta que cambiar el vacío del espacio por el agua salada tiene un truco: si el equipo falla, no puedes simplemente 'abrir la ventana' para tomar aire. Es el equivalente a que se te apague el móvil en mitad de un bosque sin GPS, pero con la presión del océano intentando aplastarte los pulmones. La diferencia técnica es un chiste comparativo. Mientras que un traje espacial real pesa unos 141 kilos —más que un frigorífico americano lleno de comida—, los trajes análogos terrestres apenas rozan los 14 kilos. Pero en el fondo del mar, el peso es lo de menos; lo que importa es la 'saturación', ese estado donde tus tejidos absorben gas inerte como una esponja absorbe agua, dejándote encadenado al fondo durante cinco días. Para darle realismo al asunto, Musilova y su equipo usaron guantes y linternas, transformando la destreza humana en la de alguien que intenta pelar una naranja con guantes de cocina. Entre la visibilidad nula y el riesgo de decompression sickness, la misión se convirtió en un ejercicio de paranoia controlada. Al final, resulta que para sentirse como un astronauta no hace falta gastar miles de millones en cohetes que explotan en la plataforma de lanzamiento; basta con encerrarse en un tubo de metal bajo el agua, rezar para que no haya fugas y fingir que los percebes son rocas lunares.
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Rosa Muñoz