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Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite o intentamos que la hipoteca no nos coma vivos, allá arriba el cosmos organiza sus propias fiestas VIP sin invitarnos. Este 30 de octubre de 2026, Marte ha decidido que ya ha tenido suficiente de Cáncer y se prepara para mudarse a Leo. Es como ese vecino que cambia de barrio buscando más prestigio; mañana ya estará instalado en la constelación del León, compartiendo piso con Júpiter. Para los que no hablen 'estrellés', la escena es sencilla: unos 90 minutos antes de que el sol nos obligue a madrugar a las 7:27 A.M., si miras al sureste a unos 60° de altura, verás a Marte (con una magnitud de 0.8) haciendo las maletas. Apenas 6° a su derecha está Júpiter, que con su magnitud de –2.0 brilla tanto que deja a Sirio, la estrella más brillante del cielo (–1.4), como si fuera una bombilla fundida de pasillo. En este despliegue de egos celestes, Regulus, la estrella de magnitud 1.4 que hace de corazón del León, cierra el círculo. Juntos forman una línea que corta el cielo antes del amanecer, mientras Procyon y Sirio miran desde la distancia, como invitados que llegaron tarde a la gala. Todo esto ocurre bajo una Luna gibosa menguante al 69%, que ilumina la noche con la sutileza de un foco de estadio. Alison Klesman, la doctora detrás de estos datos, nos recuerda que mientras nosotros contamos céntimos, el universo sigue moviendo sus piezas con una precisión que ya quisieran los horarios de Renfe.
El cometa Halley es el típico invitado que no aparece en las fiestas pero se encarga de dejar la casa hecha un desastre. No lo veremos en persona hasta 2061 —porque tiene una agenda de orbitar el Sol cada 76 años que envidiaría cualquier funcionario—, pero nos ha dejado el salón lleno de migas cósmicas. Esas 'migas' son las Orionidas, un despliegue de meteoros que desde principios de octubre y hasta el 7 Moreover de noviembre deciden que la atmósfera terrestre es el lugar ideal para incinerarse en un espectáculo de rayas brillantes y bolas de fuego. El pico de intensidad cae este miércoles por la noche y madrugada del jueves. Claro que, como ocurre en la vida, el placer viene con letra pequeña: una Luna gibosa creciente al 77% de su capacidad lumínica se ha propuesto hacer de foco disruptor, robando el protagonismo al evento. Es como intentar ver una vela encendida mientras alguien te apunta a la cara con un reflector de estadio. NASA, con la prudencia de quien no quiere que le reclamen el dinero del ticket, recomienda esperar a que la Luna se ponga, aproximadamente a las 3:30 AM EST, para disfrutar del show. Si tienes la suerte de escapar de la contaminación lumínica de la ciudad —esa nube de neón que nos hace olvidar que el universo existe— y miras hacia el sureste, cerca de Betelgeuse en la constelación de Orión, podrías pillar hasta 20 trazos por hora. No hace falta gastarse la nómina en telescopios ni equipo sofisticado; basta con salir al frío, cruzar los dedos para que el clima no nos juegue una mala pasada y aceptar que somos el blanco de los desechos de una roca que nos ignora desde 1986.
Hay niveles de delirio y luego está el nivel 'centibillonario'. Mientras el ciudadano medio lucha por entender por qué la factura de la luz sube aunque apague hasta la cafetera, Elon Musk ha decidido que su nueva tendencia de moda es la 'psicosis por IA'. No lo dice con tristeza, sino con el orgullo de quien presume un coche nuevo en el evento X Takeover del pasado sábado. Según el propio Musk, ha sufrido episodios de psicosis por IA o SI (Superinteligencia, ese nuevo nombre que Donald Trump ha impuesto por decreto ejecutivo como si cambiarle el nombre a un perro rabioso lo hiciera mascota de salón) unas seis veces durante este año. Para los que no hablan 'idioma Silicon Valley', la psicosis por IA es ese agujero negro mental donde los chatbots alimentan tus delirios hasta que la realidad parece un concepto opcional. Algunos expertos lo ven como una espiral peligrosa que termina en tragedia; Musk y su círculo, como su ex pareja Claire “Grimes” Boucher, lo ven como un deporte extremo. Grimes, en un tuit de diciembre, llegó a decir que tener la mente derretida por un modelo de IA es 'más divertido' que no tenerla. Es la romantización del cortocircuito cerebral. El contraste es delicioso: Musk, el hombre que vende a Grok como la llave de los secretos del universo, admite que su propia arquitectura mental está haciendo chispas. Entre delirios y 'awesome-core' —su término para defender la música generativa que suena a sintetizador roto—, el magnate parece haber bebido el Kool-Aid de su propia creación. Al final, que el dueño de la infraestructura digital del mundo admita que ha perdido el contacto con la realidad no es una señal de alarma, es el manual de instrucciones de la industria.
Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite o intentamos que la tarjeta no rebote a final de mes, el universo ha decidido soltarnos otra piedra en el zapato. El Observatorio Vera C. Rubin, ese gigante instalado en Cerro Pachón, Chile, acaba de pescar un objeto llamado 2026 ED138. No es una roca cualquiera; es un candidato a planeta enano que hace que Plutón parezca el vecino ruidoso que vive más cerca. Matthew Holman, astrofísico del Center for Astrophysics | Harvard & Smithsonian, lo pilló el 13 de octubre mientras pasaba datos por un programa de búsqueda. Su reacción fue la de cualquiera de nosotros al ver un cargo extraño en el banco: incredulidad absoluta. Pensó que el código había alucinado, pero Mario Jurić, el jefe de sistema solar de la Universidad de Washington, rebuscó en el archivo y encontró que el objeto ya se dejaba ver desde el 4 de marzo de 2026. De hecho, el bicho llevaba ahí desde 2016, escondido en las fotos del Telescopio Victor M. Blanco, pero nadie le había prestado atención. El 2026 ED138 orbita a unas 46 unidades astronómicas del Sol, dejando a Plutón (con sus 40 UA) como un principiante. Con un diámetro estimado entre 600 y 1.500 kilómetros, es básicamente un iceberg gigante y brillante flotando en la oscuridad. Si la Unión Astronómica Internacional (IAU) le da el sello de aprobación, será el sexto planeta enano, sumándose al club de los 'degradados' como Ceres, Eris, Haumea y Makemake. Todo esto gracias a una cámara de 3.200 megapíxeles que barre el cielo austral cada pocas noches, recordándonos que, mientras nosotros no encontramos las llaves de casa, ellos encuentran mundos enteros en el patio trasero del sistema solar.
Resulta fascinante que, después de gastar presupuestos que harían palidecer a cualquier ministerio de obras públicas, los astrónomos hayan decidido que quizá no tenían ni idea de cómo terminó la 'Edad Oscura Cósmica'. Es el clásico escenario de 'me he equivocado de calle', pero a escala galáctica. Mientras nosotros peleamos con el cajero automático porque nos cobra tres euros de comisión, los expertos del cosmos se dan cuenta de que sus teorías sobre el amanecer del universo podrían ser, básicamente, un borrador mal redactado. El nuevo estudio sugiere que las respuestas que dábamos por sentadas sobre el final de esa era de tinieblas eran, en el mejor de los casos, optimistas. Es como comprar un coche usado porque el vendedor te juró que el motor estaba impecable, para descubrir a los diez kilómetros que el ruido que hace no es el aire acondicionado, sino que el motor se está desintegrando. La ciencia, en su infinita humildad, nos dice que el guion del inicio de todo podría necesitar una reescritura total. Lo irónico es que el análisis llega mientras seguimos intentando entender por qué el WiFi no llega al baño. Tenemos telescopios que miran el pasado remoto, pero seguimos fallando en lo básico. La 'Edad Oscura Cósmica' no era solo un periodo sin luz, era la zona de confort de los teóricos; ahora que el nuevo estudio pone en duda el final de ese periodo, la comunidad científica se encuentra en la posición de quien descubre que ha estado leyendo el manual de instrucciones al revés durante décadas. Menudo agujero de conocimiento, y no precisamente uno negro.
El fútbol americano es ese deporte donde chocar el casco es el pan de cada día, pero la factura llega cuando el estadio se apaga. Mientras nosotros nos preocupamos por si el precio del aceite sube un euro, los exjugadores de la NFL están pagando el precio más caro: su propia lucidez. Un nuevo estudio publicado en JAMA Network Open el 28 de octubre suelta un bombazo que hace temblar los despachos de la liga. Resulta que tres de cada cuatro jugadores profesionales fallecidos entre 2008 y 2023 probablemente padecieron CTE, esa enfermedad degenerativa que convierte el cerebro en un colador de recuerdos y estabilidad emocional. Yorghos Tripodis, el bioestadístico de la Universidad de Boston que ha hecho los números, no se ha andado con rodeos. Analizaron a 2,362 exjugadores (con un promedio de cinco años en la liga) y, tras limpiar el sesgo de que solo donan el cerebro los que ya estaban 'mal', la cifra es aterradora: un 74.5% de probabilidad de tener CTE. Para que nos entendamos, es como si en una cena de diez amigos, ocho terminaran con la cuenta pagada por el cerebro. En el resto de la población, este porcentaje es inferior al 1%. Es decir, el riesgo no es una anécdota, es el modelo de negocio. La NFL, fiel a su estilo de relaciones públicas, dice que 'se esfuerza por hacer el juego más seguro', una frase que suena a cuando el banco te dice que 'está revisando tu comisión' mientras te la sigue cobrando. La hipocresía es total: la liga no admitió el vínculo entre el deporte y la enfermedad hasta 2016, once años después del primer diagnóstico en 2005. Mientras tanto, expertos como Julie Stamm sugieren prohibir los placajes en los entrenamientos para evitar que los niños empiecen a hipotecar su salud mental antes de terminar la secundaria. El CTE es prevenible, pero parece que para la NFL, la prevención es un gasto y el espectáculo es la inversión.
Hay una nueva moda en X, antes Twitter, que hace que el voyerismo digital parezca un juego de niños. Unos genios del 'engagement' han decidido que la ropa es un accesorio opcional para los famosos, utilizando la IA para desvestir a celebridades masculinas y venderlo como primicia. Es la ingeniería del click: coges una foto real de paparazzi y, con un par de clics, conviertes a un actor en un modelo de gimnasio con esteroides digitales. No es arte, es un asalto a la privacidad disfrazado de 'contenido viral'. La cuenta UKViewTime ha hecho de esto su deporte nacional. El caso de Callum Turner, marido de Dua Lipa, es la definición de lo absurdo: mientras la cantante pasea por Nueva York envuelta en abrigos que aguantarían un invierno en Siberia, Turner aparece al lado, torso desnudo y músculos artificialmente inflados, como si hubiera olvidado la camisa en el hotel. En la realidad, el actor iba vestido; en la fantasía de la IA, es un anuncio de suplementos proteicos. Pero la obsesión no tiene límites. Cuentas como BiTheWay han hecho lo mismo con Noah Schnapp y Sheridan Townsley, borrando sus chaquetas para que el algoritmo escupa likes. Incluso se toman la molestia de respetar los tatuajes de Harry Styles para que el engaño sea más digerible. Y claro, no podía faltar el linaje Jolie-Pitt: desde el joven Knox hasta el propio Brad Pitt, a quien le cambiaron un elegante traje amarillo por una camiseta interior blanca y unos bíceps que parecen inflados con un compresor de aire. Es el nuevo mercado del morbo: menos periodismo y más Photoshop con esteroides para alimentar el hambre de clics de una audiencia que ya no sabe distinguir un tejido real de un píxel manipulado.
Empezamos en 1895 con el Flip Flap Railway en Nueva York, donde la 'seguridad' consistía en un cinturón mediocre y una fuerza de gravedad de 7.5g (algunos dicen 12g). Básicamente, pagabas por que te retorcieran el cuello mientras los espectadores disfrutaban del espectáculo. Un safari de lesiones vertebrales que cerró en 1902. Saltamos al presente y el guion es el mismo, pero con más presupuesto y mejores abogados. Six Flags y S&S Global están ahora en el ojo del huracán. Tres demandas por lesiones cerebrales 'catastróficas' en la X2 de Magic Mountain obligaron a cerrar la atracción el 29 de septiembre, después de que CNN destapara una lista de hospitalizaciones y muertes. Lo irónico es que Six Flags insiste en que la máquina 'pasaba todas las pruebas'. Es como decir que el coche frenaba perfecto mientras el pasajero salía volando por el parabrisas. Y no termina ahí: el 24 de octubre admitieron que pondrían cinturones en Goliath y otras coasters tras la muerte de un hombre que, sencillamente, se cayó del asiento en Six Flags Over Georgia. El problema es que en EE. UU. no hay ley federal; cada estado hace lo que quiere. Nos guiamos por el comité ASTM F24, que desde 1982 dejó que la industria entrara en una 'carrera armamentista' de hacer todo más alto, rápido y largo. La X2, lanzada en 2002, catapultaba a la gente a 60 metros a 122 km/h con asientos que giraban solos. La ciencia nos dice que el límite de 6g es insuficiente. Expertos como David Eager o Jurnan Schilder advierten sobre el 'jerk' (el tirón brusco) y la vibración. Esos micro-golpes, que la normativa ignora por durar menos de 200 milisegundos, son los que te dejan el cerebro como un huevo revuelto. Mientras políticos como André Carson o Ed Markey intentan meter orden con leyes federales, la industria prefiere el 'autoregularse', que en lenguaje cristiano significa: 'esperemos a que alguien más se caiga antes de apretar el tornillo'.
Imagínate estar tranquilamente revisando que el maíz no se te queme en el campo y, de repente, encontrarte con un regalo sorpresa de 3,3 metros de diámetro cayendo del cielo. Sin envoltorio, sin tarjeta y con el sello de calidad de la República Popular China. El 14 de octubre de 2026, a las 15:30, la Oficina del Sheriff del condado de Stevens, en Minnesota, recibió la llamada que cualquier granjero teme: había chatarra espacial en Scott Township. No era un dron extraviado ni un meteorito romántico, sino un trozo contundente de un cohete Zhuque-2E. Para los que no hablen 'ingeniería aeroespacial', esto es básicamente como si tu vecino dejara caer un mueble de IKEA desde un décimo piso justo sobre tu jardín. El cohete, fabricado por LandSpace y lanzado desde el desierto de Gobi para desplegar diez satélites, decidió que Minnesota era el lugar ideal para jubilarse. Mientras nosotros peleamos por el precio del combustible en la gasolinera, LandSpace lanza 'caballos de batalla' al espacio que, al volver, se convierten en proyectiles metálicos que ignoran las fronteras y el sentido común. La hipocresía es deliciosa: mientras China intenta montar una constelación de conectividad para darle guerra al Starlink de SpaceX, el coste colateral es que el cielo se ha convertido en un vertedero orbitante. Ya tuvimos el precedente en 2024, cuando un componente de la NASA atravesó el techo de una casa en Florida mientras una familia dormía. Hasta ahora, nadie ha muerto aplastado por un tornillo orbital, pero con la ambición comercial actual, es solo cuestión de tiempo antes de que el 'correo espacial' nos llegue directamente al salón. El Sheriff ahora coordina con agencias federales para limpiar el desastre, porque mover un trozo de metal chino de un maizal no es precisamente una tarea de bricolaje de fin de semana.
Hay gente que no ahorra para la jubilación porque el mercado inmobiliario es un delirio o porque el sueldo no llega al día 15. Pero Nate Soares, presidente del Machine Intelligence Research Institute (MIRI), ha llevado el optimismo financiero a un nivel metafísico: ha dejado de meter dinero en su cuenta de jubilación porque está convencido de que la IA nos borrará del mapa en menos de diez años. Para Soares, la probabilidad de extinción humana supera el 50%. Básicamente, considera que ahorrar para los 65 es como comprar un seguro de vida para un hombre que ya está en la guillotina. El gurú presume de tener un 401(k) de sus tiempos en Google, pero lleva una década sin aportar ni un céntimo. Mientras el resto de los mortales peleamos con la inflación y el precio del aceite, Soares juega a la ruleta rusa existencial. Lo irónico es que este 'profeta del desastre' y su jefe, Eliezer Yudkowsky, han convertido el pánico en una moneda de cambio muy rentable. Sus historias apocalípticas no solo sirven para asustar a los ingenuos, sino que les han abierto las puertas de los despachos políticos, contratos de libros y podcasts de lujo como 'The Most Interesting Thing in AI' de The Atlantic. Claro que la IA ya es peligrosa, pero no hace falta una superinteligencia para hacer daño; ya sabemos que sirve para estafar ancianos o acosar niños. Pero centrarse en el 'Armagedón digital' es el truco perfecto para ignorar que el incendio ya está en la cocina. Al final, la lógica es sencilla: si la IA nos fulmina, el saldo bancario será el menor de nuestros problemas; y si no lo hace, Nate Soares se encontrará en la vejez con el bolsillo vacío y una anécdota muy curiosa que contar en el asilo.
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Rosa Muñoz