Crítica:
El texto original es demasiado optimista con el vínculo entre el plástico y el feminismo. Ignora convenientemente que el 'ahorro de tiempo' del plástico solo sirvió para añadir más tareas domésticas a la lista de las amas de casa.
El texto original es demasiado optimista con el vínculo entre el plástico y el feminismo. Ignora convenientemente que el 'ahorro de tiempo' del plástico solo sirvió para añadir más tareas domésticas a la lista de las amas de casa.
En España hemos convertido la conducción en un juego de 'el suelo es lava', donde el conductor solo frena cuando ve la caja metálica del radar y vuelve a pisar el acelerador como si estuviera en un circuito de Fórmula 1 nada más pasarla. Gregorio Serrano, quien pilotó la DGT entre noviembre de 2016 y junio de 2018 antes de que la moción de censura de Sánchez mandara a Rajoy a casa, ha soltado la bomba en una entrevista con Legalcar: los radares de punto son, básicamente, adornos caros. El problema es que el sistema es tan predecible como el final de una película romántica. Con las listas públicas y los navegadores avisando al milímetro, el radar fijo es como ese profesor que avisa exactamente qué pregunta cae en el examen; nadie estudia, solo memorizan la respuesta. Serrano propone cambiar el chip y apostar por los radares de tramo. La lógica es sencilla: no importa que frenes delante de la cámara si el tiempo que tardas en llegar a la siguiente delata que has ido volando. Es el equivalente a que el jefe no te mire la hora de entrada, sino que cuente cuántas horas reales has estado trabajando en la oficina. Estos sistemas, que miden la velocidad media en distancias de entre 2 y 10 kilómetros, buscan que dejemos de jugar al freno y acelerón. Sin embargo, hasta aquí la ingeniería del conductor español ha sido brillante: muchos simplemente buscan una salida intermedia para evitar el cierre del tramo, convirtiendo la seguridad vial en una partida de ajedrez donde el premio es no pagar el sablazo de la multa. Al final, mientras la DGT experimenta con drones y etiquetas medioambientales, seguimos atrapados en un ciclo de velocidad donde el radar es el enemigo y no la seguridad.
Hay días en los que uno siente que el mundo es un lugar hostil, pero luego aparece un mapache en Barnstable, Massachusetts, que decide que una rejilla de drenaje es el lugar ideal para intentar un aterrizaje forzoso con la cabeza. El animal, apodado cariñosamente 'panda de la basura', terminó convertido en un accesorio arquitectónico urbano hasta que la comunidad decidió que el espectáculo había durado suficiente. Lo fascinante no es el accidente, sino la despliegue de logística. Para sacar a un bicho de un trozo de hierro, hizo falta una movilización que haría palidecer a cualquier comité de crisis gubernamental. El Bourne Department of Natural Resources, el Fire/Rescue & Emergency Services, el Police Department y el Department of Public Works se coordinaron como si estuvieran desactivando una bomba nuclear en lugar de rescatar a un curioso nocturno. El Cape Wildlife Center, que ya estaba hasta arriba con otras tres emergencias, recibió al paciente en un paquete completo: mapache y rejilla incluidos, porque aparentemente no sabían dónde terminaba el animal y empezaba el mobiliario urbano. La parte gloriosa llega con la 'tecnología de vanguardia'. Olviden los láseres o la nanotecnología; el equipo médico recurrió a la ingeniería de cocina: aceite de canola y bolsas de plástico. Diez minutos de lubricación intensiva y el mapache quedó libre, aunque sedado y con una resaca de fluidos rehidratantes y antiinflamatorios. Al final, el sujeto salió indemne, moviendo el cuello y las extremidades con una normalidad que raya en la insolencia. Ahora descansa en un recinto exterior, probablemente reflexionando sobre por qué las rejillas de drenaje no son, en efecto, puertas a un buffet libre de comida rápida.
La naturaleza tiene una terquedad que envidiaría cualquier burócrata. Las tortugas marinas, como la Chelonia mydas, operan bajo un contrato de fidelidad ciega: vuelven a la misma playa a poner huevos aunque el camino ahora sea un parking o una autopista. Es la definición de 'ir a ciegas'. En el sur de Boston, Priya Patel, Directora Médica de Wildlife del New England Wildlife Centers, se pasa la primavera y el verano atendiendo llamadas de gente que entra en pánico porque una tortuga ha decidido que el asfalto es el lugar ideal para un paseo romántico. El drama es recurrente. Las madres tortuga se cuelan en jardines privados con la misma discreción con la que un cobrador del fracaso evita que lo vean. La mayoría de los humanos, perdidos en su propia burbuja, no distinguen un nido de un montón de tierra mal removida. Aquí es donde entra la ironía: nos preocupamos por el animal solo cuando ya hemos invadido su espacio. Patel sugiere un protocolo moderno: antes de tocar nada, saca el móvil. Una foto o un vídeo valen más que mil intentos torpes de 'rescate' ciudadano. Si la especie está en peligro, entra en juego la maquinaria de conservación, con grupos como Mass Audubon marcando nidos con banderas, como si fueran parcelas de un urbanismo marino. Y cuando la situación se pone fea y la madre llega herida, los veterinarios aplican una ingeniería biológica implacable: inducen la puesta químicamente para que la madre se cure mientras los huevos se incuban artificialmente. Es, básicamente, externalizar la maternidad para salvar el activo principal. Al final, la lección es sencilla: si ves una tortuga, no juegues a ser héroe de National Geographic; llama a un profesional y mantén la distancia.
Hay gente que nace con el don de caer bien hasta al que odia el sol, y luego está Mark Zuckerberg. La reciente partida de Dolly Parton ha dejado al descubierto una verdad estadística demoledora: mientras la reina del country era el pegamento social que unía a un Estados Unidos fracturado, el CEO de Meta es el único punto de acuerdo entre demócratas y republicanos, y ese acuerdo es que no lo soporta nadie. Los datos del UMass Lowell Center for Public Opinion son un baño de realidad. Dolly Parton nadaba en el cariño general con un 78% de favorabilidad entre demócratas y un 73% entre republicanos. Era el abrazo cálido que todos querían. Zuckerberg, en cambio, es el frío servidor de datos que nadie quiere reiniciar. Su popularidad es un chiste: un 8% entre demócratas y un 13% entre republicanos. Para que se entienda el nivel de rechazo, hay más republicanos que sientan simpatía por Barack Obama (14%) que por el dueño de Facebook. Es un logro casi artístico ser menos querido que Obama en el bando rojo. El problema es que Mark no tiene el carisma de un Musk ni la bondad de una Parton; tiene el aura de un algoritmo mal programado. Mientras Meta se hunde en escándalos que parecen sacados de una distopía —desde la cosecha de datos de Cambridge Analytica hasta el pago a neonazis para generar contenido—, Zuckerberg sigue quemando miles de millones en una IA que nadie ha pedido, tratando a sus empleados como ganado en un corral digital. Al final, los datos lo sitúan en un pedestal de soledad muy selecto: solo Vladimir Putin, con sus ridículos 2% y 6% de favorabilidad, es capaz de competir en el concurso de quién es el hombre más odiado del planeta. Zuckerberg no es un líder, es el villano de una película que nadie quiere ver.
Viajar por España se ha convertido en una especie de rally extremo donde el premio no es un trofeo, sino llegar vivo a casa. Mientras el discurso oficial nos vende una infraestructura de vanguardia, la realidad es que nuestras carreteras parecen el escenario de una película post-apocalíptica. El último estudio de la Asociación Española de Carreteras de julio de 2025 es un jarro de agua fría: de los 160.000 kilómetros de red nacional, unos 54.000 están en estado lamentable o deficiente. Es decir, un tercio del asfalto es, básicamente, una trampa para ratones con ruedas. Lo más delirante es que 34.000 kilómetros necesitan una intervención urgente para que conducir no sea un deporte de riesgo. Según el informe, no estábamos tan mal desde los años 80; hemos tardado cuatro décadas en volver a la era de los baches prehistóricos. Un guardia civil de tráfico, que ve el desastre cada día, confiesa en petit comité que este año el mantenimiento ha desaparecido. Si antes había operarios parcheando socavones, ahora hay un silencio sepulcral. Es como si el presupuesto para el asfalto se hubiera esfumado en una gestión creativa de fondos. La hipocresía alcanza su pico cuando vemos que el Estado posee solo el 50% de las vías, pero por ellas circula el 70% del tráfico. El resultado es una lotería rusa: o te tragas un bache que te deja la suspensión en el arcén, o das un volantazo para esquivarlo y acabas saludando al conductor del carril contrario. Para rematar, las barredoras han pasado a ser leyendas urbanas; la vegetación crece tanto que ya no solo tapa las señales, sino que ha provocado incendios, como el de San Martín de Valdeiglesias. Básicamente, estamos pagando peajes y tributos para conducir por senderos que darían envidia a un camino de cabras.
El sistema penitenciario en Ceuta se ha convertido en una puerta giratoria con un mecanismo de seguridad que parece diseñado por un optimista ingenuo. La trama es sencilla: si te pillan cometiendo un delito con una pena de entre uno y cinco años, el juez te ofrece un trato que es, básicamente, un 'vale por una salida gratis'. Firmas que no volverás a España en cinco años y, ¡zas!, pasas de la celda al autobús hacia Marruecos. El problema es que, para muchos, esa prohibición tiene la misma validez que un ticket de parking caducado. Según Juan Iglesias, portavoz de CSIF, la técnica es tan rudimentaria como efectiva: se cambian el nombre, aprovechan el caos de los pasos migratorios y vuelven a entrar como si fueran turistas en primera visita. Lo vimos recientemente con la emboscada a militares en Benzú. De doce condenados a dos años por atentado contra la autoridad, once se libraron de la cárcel mediante la expulsión. Una ingeniería jurídica que, en la práctica, es un chiste. Mientras el ciudadano medio se juega la vida por un error en la declaración de la renta, aquí basta con un alias nuevo para resetear el contador de la ley. Mientras tanto, el Centro Penitenciario de Ceuta agoniza. La masificación es tal que la reeducación y reinserción social son conceptos utópicos, casi mitológicos. El sindicato CSIF ha tenido que escribir a la SGIP porque la plantilla está al borde del colapso físico y mental. Piden un límite de 280 internos para no acabar en un caos absoluto, sugiriendo traslados a la península. En resumen: prisiones llenas, fronteras colador y un ordenamiento jurídico que permite que el delincuente juegue al 'cambio de piel' mientras el Estado paga la factura del desorden.
En el puerto de Naos, en Arrecife, la gestión de la crisis migratoria ha alcanzado un nivel de surrealismo que ni el mejor guionista de comedia negra se atrevería a escribir. Imaginen la escena: por un lado, el pescado fresco, ese producto que requiere una higiene quirúrgica para no acabar en una intoxicación colectiva; por el otro, un despliegue de emergencia con carpas, contenedores de basura y aseos portátiles. La distancia entre el filete de pescado y el sanitario químico es de apenas un metro. Un metro. Prácticamente, el menú del día se prepara con el aroma del despliegue logístico de fondo. La Cruz Roja ha montado su campamento para atender a los 245 inmigrantes que llegaron hace una semana en una patera, y lo ha hecho con una precisión geométrica envidiable: justo encima de la zona de descarga. Mientras los pescadores intentan salvar lo que queda de su negocio —con pérdidas que ya alcanzan los 300 kilos de pescado al día—, se encuentran con que su espacio de trabajo ahora comparte código postal con contenedores de residuos y carpas de asistencia. Es la gestión del 'todo vale' aplicada al urbanismo portuario. La hipocresía es deliciosa. Se habla de protocolos, de derechos y de asistencia humanitaria, pero se olvida el protocolo básico de salubridad alimentaria. No es una cuestión de ideología, es una cuestión de bacterias. Los trabajadores del sector pesquero no piden imposibles, solo que no mezclen el pescado fresco con los aseos portátiles. Pero claro, en la urgencia de blindar la gestión migratoria, parece que el sentido común ha sido el primer pasajero en saltar por la borda.
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