Vivir junto a un centro de datos es, básicamente, como tener un motor de Boeing 747 instalado en el jardín, pero sin el lujo de irse de vacaciones. En Southaven, Mississippi, el ruido es tan insoportable que Elizabeth Rose describe despertarse a las 2 o 3 de la madrugada con un chirrido constante que te pone los nervios de punta.
Mientras nosotros peleamos por unos céntimos en el ticket del supermercado, Elon Musk ha decidido que la solución a la paz vecinal no es bajar el volumen, sino comprar el silencio. Literalmente.
La estrategia es tan sutil como un martillazo: xAI ha enviado a sus agentes inmobiliarios a hacer el 'puerta a puerta' ofreciendo comprar casas, pero con una letra pequeña que es una joya de la ingeniería legal: firmas la venta y prometes no demandar por el ruido infernal de sus turbinas de gas.
El objetivo es ambicioso, quieren limpiar 418 viviendas del mapa para que no haya nadie que se queje. De momento, 18 propietarios ya han mordido el anzuelo y han entregado las llaves para escapar de lo que Rose ya llama 'Elonville'.
Lo más surrealista es el contraste. Mientras los vecinos pierden el sueño, el propio Musk se ha instalado en un remolque Airstream en la zona de Memphis para supervisar la obra, como si estuviera acampando en un festival pero gestionando un imperio de ruido.
Tres centros de datos han brotado en Southaven y Memphis en solo dos años, convirtiendo la zona en un experimento de contaminación acústica justo antes de unas elecciones intermedias donde el rechazo a la IA ya pone nerviosos hasta a tipos como Sam Altman. Al final, Musk intenta aplicar la misma lógica que en sus empresas: si el producto hace ruido y molesta, compra al cliente para que deje de gritar.
Crítica:
El texto original es un catálogo de quejas vecinales que olvida mencionar si las turbinas cumplen la normativa local. Se apoya demasiado en la figura odiada de Musk para vender la noticia en lugar de analizar la laguna legal del contrato de compraventa.
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