Crítica:
El texto original es una oda al ahorro energético disfrazada de avance tecnológico. Convierte la precariedad del aire acondicionado en las oficinas en una 'oportunidad de eficiencia' mediante el uso de gadgets ridículos.
El texto original es una oda al ahorro energético disfrazada de avance tecnológico. Convierte la precariedad del aire acondicionado en las oficinas en una 'oportunidad de eficiencia' mediante el uso de gadgets ridículos.
Roku ha decidido que el catálogo de canales gratuitos no era lo suficientemente surrealista y ha abierto la puerta a 'Fairground AI'. No es televisión, es una cinta transportadora de 'slop' digital que funciona 24 horas al día, siete días a la semana. Imaginen que el mando a distancia se convierte en el botón de encendido de una máquina de tortura conceptual donde lo único que interrumpe el flujo de imágenes deformes son anuncios que, por supuesto, también han sido escupidos por una IA. Es el equivalente televisivo a comprar comida precocinada que sabe a cartón, pero gratis. El contenido es una oda al valle inquietante. Hemos visto dramas medievales donde las leyes de la física han decidido tomarse unas vacaciones, haciendo que los personajes floten como si estuvieran en la Luna. Los diálogos tienen el ritmo espasmódico de un videojuego barato de 2005; nadie parpadea, nadie respira, solo existen. En una escena, un guardia dispara un arma que es un híbrido monstruoso entre ballesta y rifle, y la flecha, en un despliegue de ingenio técnico, viaja hacia atrás. Ni siquiera Christopher Nolan en su peor día se atrevió a semejante aberración. Colin Petrie-Norris Fairground, el artífice de este experimento, prometió a Variety que veríamos cosas 'preciosas' y alejadas de la basura de redes sociales. La realidad es un pulpo cósmico destrozando naves espaciales mientras una ninja huye de alienígenas grotescos. Para montar este circo, Petrie-Norris reclutó a figuras como Kelly Boesch, Kavan the Kid’s Phantom X Studio, Ryan Phillips, Wonder Studios y Massive Studios. Si no conoces estos nombres, felicidades: tu salud mental sigue intacta. Es la democratización del arte para quienes no saben escribir, no entienden el ritmo y jamás han visto una expresión facial humana.
Mark Zuckerberg ha descubierto que tirar billetes al aire no hace que la inteligencia artificial aparezca por arte de magia. En la última llamada de resultados del segundo trimestre, el CEO de Meta decidió que, si el incendio no se apagaba, lo mejor era echarle más gasolina: subió el gasto de capital de 125.000 millones a al menos 130.000 millones de dólares. Es como intentar arreglar una gotera en el salón comprando una piscina olímpica; un despliegue de generosidad financiera que los inversores han premiado con un desplome del 11% de las acciones en solo cinco días. Zuckerberg nos vende la moto diciendo que este gasto 'acelera el negocio principal', pero la realidad es que el flujo de caja libre ha caído a su nivel más bajo en cinco años. Mientras que los ingresos subieron un 28% respecto al año pasado, el dinero se esfuma en un agujero negro tecnológico. Su flamante 'Superintelligence Lab' se describe internamente como un 'gulag que aplasta el alma', un lugar donde la moral está por los suelos y los resultados son invisibles. El proyecto Muse Spark es la joya de la corona que nunca llega; una fecha de entrega que se mueve más que un político en campaña. La versión 1.1, lanzada el 11 de julio, pasó desapercibida y fue devorada viva por OpenAI, Anthropic y Google. Para rematar, lanzaron Muse Image, que tiene toda la pinta de ser ese regalo de última hora que compras en la gasolinera porque olvidaste el cumpleaños de tu pareja. Esto huele a déjà vu. Es el mismo patrón del metaverso: gastar miles de millones en un mundo de dibujos animados donde nadie quiere trabajar. Ahora, mientras las redes de Meta se convierten en un vertedero de 'slop' y clickbait, Mark sueña con agentes de IA que trabajen 24/7. Una visión romántica, sí, pero que en la calle se traduce como: 'estoy quemando el presupuesto y no sé cómo monetizarlo'.
Hay quien dice que el que se quema con leche sopla hasta la sopa, pero en el mundo corporativo hay quienes se queman con un incendio forestal y deciden abrir una fábrica de cerillas. The Arena Group, la empresa que en 2023 convirtió Sports Illustrated y The Street en un carnaval de autores fantasma y fotos de perfil generadas por IA gracias al 'estímulo' de AdVon Commerce, ha decidido que su pecado no era el error, sino la falta de ambición. Ahora se han puesto el disfraz de Paradium.AI. El movimiento es tan previsible como un lunes por la mañana. Mientras sus acciones se hunden y los lectores huyen como si hubieran visto un fantasma, el CEO Paul Edmondson ha lanzado un memo donde nos vende que esto no es un simple cambio de nombre, sino un 'compromiso con el futuro'. Para darle barniz de seriedad, han absorbido a InfoSentience para 'escalar la generación de contenido' y han soltado el Cutter Studio, una plataforma para producir artículos y vídeos a la velocidad de la luz y con la profundidad de un charco. Es la vieja técnica del maquillaje digital: cuando el negocio tradicional agoniza, le añades '.AI' al nombre y esperas que los inversores olviden que hace unos meses publicaban mentiras en Men’s Journal. Es el mismo camino triste que tomó BuzzFeed: pivotar hacia la inteligencia artificial cuando la caja registradora dejó de sonar. Edmondson jura y perjura que no habrá despidos y que las personas siguen en el núcleo del negocio. Traducción: no te vamos a echar hoy, pero ahora tienes que competir con un algoritmo que no duerme, no cobra y no tiene ética. En lugar de limpiar la casa tras el desastre de las licencias perdidas de Sports Illustrated, han decidido que la solución es inundar la red con más contenido automatizado. El futuro del periodismo, según ellos, es una fábrica de salchichas digitales.
Mark Zuckerberg ha perfeccionado el arte de la sonrisa institucional mientras, bajo la mesa, el negocio sigue girando con la frialdad de una hoja de Excel. En California, el teatro se ha trasladado a los juzgados, donde los fiscales estatales intentan que Meta deje de jugar al despiste sobre la crisis de salud mental infantil. Arturo Béjar, exingeniero de seguridad de la casa, ha soltado la bomba: en Meta impera la política del 'no preguntes, no cuentes'. Básicamente, si no miras el desastre, el desastre no existe. Béjar, que tenía la tarea de susurrarle las verdades incómodas al oído del CEO, asegura que Zuckerberg sabía perfectamente que sus algoritmos servían contenido violento y depredador a menores. Pero claro, solucionar esto requeriría tocar el botón de 'ingresos', y en Menlo Park eso es pecado mortal. Mientras Zuckerberg se vende como el protector de la infancia, la realidad es que la seguridad es el envoltorio brillante de un producto que prioriza el beneficio neto sobre la estabilidad psíquica de un niño. La cosa no es nueva. Sarah Wynn-Williams, exdirectora de políticas públicas, ya había destapado que desde 2017 Meta buscaba expandir la publicidad segmentada para menores. Lo más cínico es el manual de instrucciones: rastrear 'momentos de vulnerabilidad psicológica'. Imagina que una empresa anote que te sientes 'inútil' o 'insignificante' solo para venderte una crema facial justo después de que borres una selfie por inseguridad. Es como si el tendero del barrio te viera llorar y te ofreciera un pañuelo, pero solo si le pagas el triple por él. Una ingeniería financiera del trauma convertida en modelo de negocio.
DJI ha vuelto a jugar al gato y al ratón con el mercado, y esta vez los estadounidenses se han quedado mirando desde la barrera. El nuevo DJI Lito X1 llega como ese coche de gama media que, por un descuido del fabricante, monta motor de Ferrari. Hablamos de un bicho de 249 g —justo en el límite para no tener que pelearse con la burocracia regulatoria— que presume de un sensor CMOS de 1/1.3 pulgadas y 48MP. Básicamente, es como comprarse un coche urbano y descubrir que tiene visión nocturna y radar militar. La joya de la corona es su sistema de sensores omnidireccionales de 5-lux y el LiDAR frontal. Para el usuario medio, esto significa que el dron no se suicidará contra el primer árbol que encuentre, una función que hasta ahora estaba reservada para los juguetes de lujo. En cuanto a la pasta, el DJI Lito X1 Fly More Combo con el mando RC 2 se queda en £599. Es un sablazo aceptable si consideramos que incluye una pantalla FHD de 5.5 pulgadas, evitando que tengas que andar haciendo malabarismos con el móvil y el mando como si estuvieras montando un puzzle en medio de la calle. Eso sí, no todo es gloria. DJI nos vende que la batería dura 36 minutos, pero en la vida real —donde el viento sopla y la gravedad existe— el dron pide volver a casa a los 24 minutos. Si quieres más tiempo, existen las baterías 'Plus', pero cuidado: pesan más de 250 g y ahí es donde el ahorro en papeleo se convierte en un dolor de cabeza legal. Con video en 4K a 100 FPS y un perfil D-Log M que normalmente solo verías en equipos que cuestan el triple, el Lito X1 es una bofetada de realidad para la competencia, aunque los yanquis sigan esperando que el paquete cruce el Atlántico.
Resulta fascinante cómo la vanguardia tecnológica tiene la misma seguridad que una puerta de cristal en un barrio conflictivo. Anthropic, la mente detrás de Claude, nos ha regalado un espectáculo de transparencia no solicitada: miles de chats privados, desde informes médicos detallados hasta nombres y teléfonos de niños de primaria, están flotando en Google como si fueran folletos publicitarios. Todo gracias al botón de 'compartir', esa pequeña trampa que te dice que el enlace es público, pero olvida mencionarte que 'público' en el lenguaje de Silicon Valley significa 'indexable por cualquier buscador del planeta'. Es el clásico truco del contrato en letra pequeña. Mientras tú crees que estás enviando un documento interno a un colega —como quien pasa un papelito debajo del pupitre—, en realidad estás pegando el documento en la plaza del pueblo con un megáfono. Lo más delirante es la respuesta de Anthropic: dicen que el sistema 'funciona según lo previsto'. Claro, porque según su manual de instrucciones, que tus secretos corporativos y datos clínicos sean buscables en Google es una funcionalidad, no un agujero de seguridad del tamaño de un estadio. No es la primera vez que ocurre; Forbes ya los pilló en el mismo baile el año pasado, y OpenAI con ChatGPT o xAI con Grok han hecho el mismo numerito. Es una danza hipócrita donde nos venden la 'privacidad' como bandera, pero la implementan como quien cierra la puerta con un hilo dental. Al final, la lección es sencilla: si no quieres que tu vida íntima sea el resultado número uno de una búsqueda en Google, deja de confiar en el botón de compartir y vuelve al rudimentario, pero seguro, copiar y pegar en un documento cifrado. La IA es brillante, pero su sentido común es, cuanto menos, cuestionable.
Mientras tú rezas para que el router de casa no se cuelgue durante una videollamada, la NASA ha decidido que sus astronautas no pueden permitirse el lujo de un 'buffering' en el espacio. Para la misión Artemis III, programada para la segunda mitad de 2027, la agencia ha recurrido a SpaceX para instalar un par de terminales láser de Starlink mini en el exterior de la cápsula Orion. Básicamente, le han puesto un repetidor de alta gama a la nave para que el streaming en 4K desde la órbita llegue a Houston sin que se pixelen las caras. Es el clásico movimiento de quien no sabe montar su propia red y termina contratando el paquete premium del vecino. SpaceX ya tiene desplegados más de 10.000 satélites en órbita baja (LEO) y unos 25.000 láseres funcionando, una infraestructura que hace que cualquier despliegue de fibra óptica en un pueblo remoto parezca un proyecto de primaria. Ya lo probaron en la misión Fram2 de 2025, enviando al primer humano a órbita polar, así que la tecnología está más que curtida. La jugada es maestra: Artemis III servirá de ensayo para que Orion se acople con el Starship y el Blue Moon de Blue Origin. Todo esto para calentar motores antes de Artemis IV en 2028, donde el Starship llevará finalmente a alguien a pisar el polvo lunar. Es fascinante el contraste: invertimos miles de millones en láseres espaciales para transmitir vídeo en alta definición, mientras que en la Tierra seguimos peleándonos con el servicio técnico porque el WiFi no llega al pasillo. La NASA ya no quiere radiofrecuencias antiguas; quiere la experiencia completa de Netflix, pero con vistas a la Luna.
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