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Parece que el control fronterizo en Ceuta tiene la porosidad de un colador viejo. Mientras el ciudadano medio se juega el cuello con la declaración de la renta o espera tres meses para una cita médica, un ciudadano marroquí con condena en firme por adoctrinamiento terrorista decidió que las órdenes de prohibición de entrada eran, básicamente, sugerencias opcionales. El sujeto, que ya tenía el sello de 'no deseado' en el pasaporte tras sus andanzas entre 2022 y 2023, se coló en la entrada masiva de finales de julio. Lo más fascinante no es que haya entrado, sino que se tomó su tiempo. Se instaló en un domicilio particular, probablemente disfrutando de la tranquilidad de quien sabe que el sistema es un laberinto de papeles. Estuvo cómodamente instalado hasta que, esta semana, la Guardia Civil decidió hacer su trabajo en la zona portuaria. El despliegue fue cinematográfico: un control rutinario, el sujeto subiéndose a una motocicleta y el momento en que la documentación revela que el caballero tenía prohibido pisar España. La reacción fue inmediata: expulsión exprés a Marruecos. Pero el ruido ya estaba hecho. Ahora, casi un mes después de aquel caos de los días 30 y 31 de julio, España ha tenido que levantar la mano y pedir ayuda a la Comisión Europea. Resulta que para clasificar y tramitar los expedientes de los que aún quedan en situación irregular, necesitamos que Frontex, Europol y la Agencia de la Unión Europea para el Asilo (EUAA) vengan a decirnos cómo se hace. Es la eterna historia: el incendio llega primero y los bomberos europeos vienen a revisar el manual de instrucciones mientras el humo sigue saliendo por las ventanas.
El Gobierno ha descubierto que gestionar una crisis es como intentar tapar un agujero en la piscina con chicle: tarde o temprano, el agua te llega al cuello. Tras un mes de vacaciones y una ausencia que en Ceuta se sintió como un abandono total, el Ejecutivo ha decidido que la mejor forma de limpiar el tablero es jugar la carta del 'culpable externo'. Fernando Grande-Marlaska y José Manuel Albares han desempolvado el diccionario de la indignación para lanzar dardos contra la 'ultraderecha', la 'internacional reaccionaria' y hasta Elon Musk. Es la clásica maniobra de distracción: cuando no sabes dónde dejaste las llaves de la gestión, culpas al vecino de que te las haya robado. La estrategia ha sido un festival de volantazos. Primero intentaron echarle el muerto a Juan Jesús Vivas, luego se pelearon con Italia y, al ver que nada cuajaba, han decidido que el estallido social y las agresiones a militares son culpa de los 'influencers ultraconservadores'. Mientras tanto, Marruecos disfruta de un silencio sepulcral; ocho ministros han pasado por el Congreso y ninguno se ha atrevido a decir ni 'mu' contra Rabat, tratando al país alauita con una delicadeza que ya quisiera cualquier pareja en su primera cita, a pesar de que la soberanía de la ciudad autónoma esté en el centro del tablero. Ahora, Pedro Sánchez regresa de sus vacaciones para dar la cara el lunes 31 de agosto en la cadena SER. Llega tarde, llega improvisando y llega activando el Consejo de Seguridad Nacional y cambios en la ley de asilo justo cuando el incendio ya ha quemado el jardín. Al final, entre tanta 'desinformación' y 'odio', lo único real es la sensación de los ceutíes, que ven cómo el Estado llega al rescate solo cuando ya no queda nada que rescatar.
Hay una forma muy elegante de decir que alguien quiere tapar el sol con un dedo: se llama Real Decreto 681/2026. Mientras en Ceuta la realidad es un incendio forestal, Pedro Sánchez ha decidido llegar un mes tarde —específicamente el 25 de agosto— con un extintor que, en lugar de agua, dispara silencio. El decreto no es una herramienta de seguridad, es un manual de relaciones públicas para evitar que la verdad se escape por las costuras. Lo más fascinante es el Artículo 10. Mientras el ciudadano de a pie lucha por entender por qué su factura de la luz sube sin aviso, el Gobierno ha decidido que la Guardia Civil y la Policía Nacional ya no pueden hablar por sí mismas. Ahora, toda la comunicación pasa por un Gabinete de Coordinación Informativa dependiente de la Secretaría de Estado de Comunicación. En cristiano: Moncloa tiene el mando a distancia de la verdad. Si el agente de calle ve que la frontera es un coladero, que se lo guarde; si lo cuenta, el castigo puede ser tan real como el cese de la responsable de comunicación del Departamento de Seguridad Nacional (DSN), que cometió el 'pecado' de confirmar la entrada de invasores marroquíes los días 30 y 31 de julio. El contraste es obsceno. El decreto ignora el colapso sanitario y las denuncias por violación, prefiriendo usar eufemismos como 'presión inédita'. No hay presupuesto extra ni estatus de agente de la autoridad para los militares, porque gastar dinero en seguridad es caro, pero controlar el relato es gratis. El Artículo 7 activa una 'Célula de Coordinación' que suena a película de espías, pero que en realidad sirve para que nada llegue a los medios sin el sello de aprobación de la Portavocía. Es la gestión de la crisis convertida en gestión del maquillaje.
España es el primer productor mundial de aceite de oliva, pero parece que en el tablero del dinero somos el eterno segundo. Mientras el ciudadano medio mira el precio del aceite en el súper como quien mira una película de terror, Deoleo se ha convertido en la joya de la corona que cualquiera quiere llevarse en la maleta. La trama es un clásico: fondos buitre como CVC y Alchemy, que no saben distinguir un olivar de un campo de golf, tienen la llave del negocio y deben decidir antes de septiembre quién paga más por el juguete. La puja es un despliegue de músculo financiero donde el patriotismo sale caro. Por un lado, tenemos a Dcoop con una oferta de 470 millones de euros y a Acesur rozando la cifra con 460 millones. Pero entonces llega la italiana Coricelli, a través de Farmers Elite Global, y suelta un sablazo de 500 millones de euros sobre la mesa, exigiendo además exclusividad. Es como si estuviéramos jugando una partida de póker donde el premio es nuestra soberanía alimentaria y el rival tiene el bolsillo más hondo. El sector, ahora que el agua les llega al cuello, pide a gritos que el Gobierno intervenga. Argumentan que perder Deoleo es regalar el valor añadido y el control del mercado. Dcoop juega la carta de la autenticidad y la lucha contra el fraude, prometiendo que el beneficio irá directo al agricultor y no a una cuenta en el extranjero. Muy noble, sí, pero en el mundo de los fondos de inversión, la nobleza no paga los dividendos. Si el Gobierno no mueve ficha, el liderazgo español pasará de ser una realidad productiva a ser un simple recuerdo en una etiqueta de botella fabricada en Italia.
El Gobierno ha decidido que el papeleo es un estorbo cuando hay votos en juego. En lugar de esperar a que el ciudadano vaya a la oficina, han montado un 'consulado móvil' que recorrerá Buenos Aires a partir de octubre. Es, básicamente, un servicio de entrega a domicilio, pero en lugar de pizzas, reparten pasaportes y derechos de sufragio. Mientras que cualquier mortal que intente pedir una cita previa en la Seguridad Social siente que está jugando a la ruleta rusa con su salud, el Consulado General de Buenos Aires se pone las pilas para gestionar 645.000 peticiones, parte de un despliegue masivo de 2,6 millones de solicitudes globales. La Ley de Memoria Democrática, o 'Ley de Nietos' para los que no usan lenguaje jurídico, se ha convertido en una especie de buffet libre de nacionalidades. Resulta fascinante que se admitan 'expedientes incompletos' y que se nacionalice a descendientes de personas que emigraron 54 años antes de la Guerra Civil. Sí, han llegado a incluir emigrantes del siglo XIX. Es una interpretación de la ley tan elástica que hace que el yoga parezca rígido. Todo bajo la batuta de Sofía Puente, quien desde la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública decidió que el concepto de 'exilio' era demasiado estrecho y que cualquier maleta hecha por razones económicas contaba como persecución política. El senador César Mogo, el comisario del PSOE en el Exterior, presume en el programa 'Mañanas Picantes' de que los residentes en Argentina serán pronto la tercera o cuarta provincia española. Un desliz geográfico adorable, pero una estrategia electoral brillante. No es filantropía ni reparación histórica; es ingeniería electoral pura y dura. Están fabricando una provincia virtual en el Atlántico para blindar el tablero interno, transformando el árbol genealógico en una herramienta de campaña.
En el puerto de Naos, en Arrecife, la gestión de la crisis migratoria ha alcanzado un nivel de surrealismo que ni el mejor guionista de comedia negra se atrevería a escribir. Imaginen la escena: por un lado, el pescado fresco, ese producto que requiere una higiene quirúrgica para no acabar en una intoxicación colectiva; por el otro, un despliegue de emergencia con carpas, contenedores de basura y aseos portátiles. La distancia entre el filete de pescado y el sanitario químico es de apenas un metro. Un metro. Prácticamente, el menú del día se prepara con el aroma del despliegue logístico de fondo. La Cruz Roja ha montado su campamento para atender a los 245 inmigrantes que llegaron hace una semana en una patera, y lo ha hecho con una precisión geométrica envidiable: justo encima de la zona de descarga. Mientras los pescadores intentan salvar lo que queda de su negocio —con pérdidas que ya alcanzan los 300 kilos de pescado al día—, se encuentran con que su espacio de trabajo ahora comparte código postal con contenedores de residuos y carpas de asistencia. Es la gestión del 'todo vale' aplicada al urbanismo portuario. La hipocresía es deliciosa. Se habla de protocolos, de derechos y de asistencia humanitaria, pero se olvida el protocolo básico de salubridad alimentaria. No es una cuestión de ideología, es una cuestión de bacterias. Los trabajadores del sector pesquero no piden imposibles, solo que no mezclen el pescado fresco con los aseos portátiles. Pero claro, en la urgencia de blindar la gestión migratoria, parece que el sentido común ha sido el primer pasajero en saltar por la borda.
El Gobierno juega al Monopoly con el dinero público, pero en Ceuta la partida se ha quedado sin alquiler. Resulta fascinante observar cómo el Ejecutivo maneja el Fondo de Contingencia: una hucha donde meten la mano con una soltura envidiable cuando les conviene, pero que se vuelve invisible cuando el tejido empresarial de Ceuta pide auxilio. Mientras los autónomos de la ciudad autónoma cuentan los céntimos para sobrevivir a una crisis que el propio Gobierno define como 'extraordinaria', en el despacho de Hacienda descansan unos 825 millones de euros. Sí, han leído bien. Casi mil millones que miran al techo mientras el Ejecutivo promete 'movilizar recursos' con la misma vaguedad con la que un político promete bajar los impuestos antes de las elecciones. La hipocresía tiene cifras exactas. Para la DANA en la Comunidad Valenciana, el grifo se abrió sin pestañear: 791,8 millones en junio y otros 85,5 millones en julio para el campo. Incluso para temas migratorios, el 17 de marzo soltaron 286,7 millones como quien deja una propina en un bar. Pero cuando llega el turno de Ceuta, Carlos Cuerpo y compañía nos venden una 'ampliación extraordinaria' del Plan Integral de Desarrollo Socioeconómico, que traducido al idioma de la calle significa: 'estamos en ello, pero no hay un solo euro sobre la mesa'. Lo más delirante es que estamos navegando con los Presupuestos de 2023 prorrogados, un coherence-check que la AIReF ya ha dinamitado al advertir que el Fondo de Contingencia se usa para tapar agujeros recurrentes. El 16 de junio, por ejemplo, se 'colaron' 503,5 millones para gastos sociales que deberían estar en el presupuesto normal. En resumen: hay dinero para el maquillaje contable y para las urgencias que hacen ruido, pero para las empresas de Ceuta solo hay promesas y un silencio administrativo que hiela la sangre.
Lamine Yamal es el ejemplo perfecto de que el talento no entiende de calendarios, pero la biología sí. Mientras el mundo lo coronaba como el nuevo mesías del FC Barcelona, el chaval estaba librando una batalla invisible contra su propia columna vertebral. Debutó el 29 de abril de 2023 con 15 años, básicamente un niño con botas, y en un abrir y cerrar de ojos se pegó un estirón de 10 centímetros en un solo año. Para el ciudadano medio, crecer es comprar pantalones nuevos; para un atleta de élite, es como si te cambiaran el chasis del coche a mitad de una carrera de Fórmula 1 sin avisar al mecánico. Deco, el director deportivo, lo soltó con la naturalidad de quien comenta el tiempo, pero el dato es un bombazo. Según la ciencia, superar los 7,2 centímetros anuales ya te mete en la zona de riesgo de lesiones. Lamine no solo superó el límite, lo dinamitó. El doctor Eduard Alentorn, que lo trató por una fractura de muñeca —una lesión 'de patio de colegio' que confirma que sus huesos eran aún plastilina—, asegura que es normal, pero el riesgo es real. El drama aquí no es la altura, sino la coordinación. El fútbol de Lamine es pura cirugía: amagos, frenadas y cambios de ritmo que dejan al defensa buscando el camino a casa. Cuando el cuerpo crece a esa velocidad, el cerebro tiene que volver a aprender dónde están los pies. Es como intentar escribir una carta mientras alguien te mueve la mesa. El reto ahora es ganar músculo sin volverse un armario rígido. Si el FC Barcelona no gestiona este 'pico de velocidad de crecimiento' (PHV), estaremos viendo un Ferrari con los frenos de una bicicleta.
Hay una magia muy particular en la justicia exprés: esa capacidad de convertir un atentado contra militares en un billete de ida sin retorno. El pasado jueves, en la zona de Benzú, una patrulla del Grupo de Regulares descubrió que lanzar piedras a un vehículo oficial es una forma eficiente de conseguir que el Estado te pague el traslado a casa. El resultado: cuatro militares heridos de diversa consideración y doce detenidos que, hasta que llegó el juez, probablemente no tenían ni para el café. El viernes, el Juzgado de lo Penal de Ceuta ejecutó el truco final. Once de los implicados, con una agilidad mental envidiable, aceptaron un acuerdo con la Fiscalía: dos años de prisión sustituidos por la expulsión inmediata y una prohibición de volver a pisar España durante cinco años. Básicamente, han cambiado la celda por el aeropuerto. Es el 'pack ahorro' judicial: reconoces que estuviste ahí, evitas el juicio y te ahorras el menú de la cárcel a cambio de un exilio forzoso. Una transacción financiera donde el coste lo pagan los heridos y el beneficio es la limpieza rápida del expediente. Pero en toda coreografía hay alguien que rompe el paso. El duodécimo detenido decidió que el guion de la Fiscalía no encajaba con su agenda. Mientras sus compañeros firmaban la salida, él sostuvo que estaba durmiendo la siesta en el momento del ataque. Un argumento tan sólido que el juez, lejos de darle una manta y una almohada, ha decidido mantenerlo en prisión provisional. Así queda el tablero: once en el camino de vuelta a Marruecos y uno solo, el 'dormilón', esperando la fecha de un juicio que probablemente no sea tan rápido como el vuelo de sus colegas.
Marlaska ha aterrizado en el Congreso con la calculadora en la mano y una narrativa que, según quien la mire, es un plan maestro o un ejercicio de gimnasia mental. La estrella del día es un nuevo Centro de Atención Temporal de Extranjeros (CATE) permanente para 800 personas. Suena muy ordenado en el papel, pero mientras el CETI actual —diseñado para 512 almas— ya vive el drama de albergar a más de 800, el Gobierno nos vende una solución que no tiene ni fecha de entrega ni un trozo de tierra asignado. Es como prometer un piso nuevo cuando el alquiler actual ya tiene goteras y el salón está lleno de gente durmiendo en el suelo. Para montar este despliegue, el ministro ha pedido 35,6 millones de euros a la Unión Europea. Básicamente, el 90% del sablazo (32 millones) lo paga Bruselas a través del Instrumento de Apoyo Financiero a la Gestión de Fronteras. Pero ojo, que el dinero no es solo para camas. El menú incluye drones, embarcaciones ligeras y 'dispositivos remotos de actuación subacuática', que en lenguaje de calle significa que quieren que la frontera sea un búnker tecnológico. Todo esto mientras se alargan los espigones de El Tarajal y Benzú para que el muro sea, si cabe, más muro. Lo más fascinante es la guerra de las cifras. Marlaska dice que quedan 5.000 inmigrantes en la ciudad (1.500 menores) de los 72.000 que llegaron. Pero el PP y Vox, apoyándose en que la Cruz Roja reparte 9.300 raciones diarias, sugieren que hay unos 20.000. Es la eterna danza de los números: para el Gobierno es una gestión controlada; para la calle, un agujero que no deja de crecer. Todo esto envuelto en un despliegue de 1.600 agentes y una inversión previa desde 2018 de 34,4 millones, sin olvidar los 66,6 millones previstos para nuevas jefaturas policiales. Mucho hormigón y mucha vigilancia, pero poca claridad sobre cuánta gente hay realmente pisando el asfalto de Ceuta.
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Adolfo Sáez