Crítica:
La noticia es interesante, pero se echa en falta una explicación más clara de la importancia de este hallazgo para la comprensión de la evolución estelar. El título, aunque llamativo, podría ser más preciso.
La noticia es interesante, pero se echa en falta una explicación más clara de la importancia de este hallazgo para la comprensión de la evolución estelar. El título, aunque llamativo, podría ser más preciso.
Sam Altman, el gurú de OpenAI, parece tener una brújula moral averiada o, simplemente, una cuenta bancaria con un apetito insaciable. Su última ocurrencia, World (antes Worldcoin), una empresa que escanea tu iris para demostrar que eres 'humano' (sí, como en 'Minority Report'), se ha aliado con Jared Leto, un actor con un historial de acusaciones de abuso sexual que harían sonrojar al mismísimo Lucifer. La ironía, señores, es un plato que se sirve frío. La idea, aparentemente, es combatir a los especuladores de entradas para conciertos. El plan maestro: un 'Humans Only Concert' donde los fans de Thirty Seconds to Mars (ojo, no Bruno Mars, ahí hubo un lapsus confusus de proporciones épicas) escanean sus ojos a cambio de una oferta 2x1. Cerca de 1,000 'humanos verificados' cayeron en la trampa, mientras que, según Tools for Humanity (otra creación de Altman), repelieron a más de 100,000 bots. Un triunfo, ¿no? El problema es que entregar tus datos biométricos a una empresa con un historial cuestionable (alegaciones de fraude, explotación en países empobrecidos, prohibiciones en varios países) no suena precisamente a ganga. Y la elección de Leto como embajador, con nueve acusaciones de conducta inapropiada en su contra, es como poner a un pirómano a cargo de la seguridad contra incendios. Para rematar la faena, Altman también ha sido acusado de mala conducta sexual. En resumen, un cóctel molotov de dudosa ética y oportunismo descarado. ¿La solución para un problema de especulación? Crear uno mucho, pero mucho peor. Todo esto, mientras el precio de un café sigue subiendo y la lista de la compra parece una declaración de guerra.
El universo de la NASA, a veces, parece más telenovela que ciencia ficción. El exadministrador Jim Bridenstine, piloto de la Marina, congresista y director de museo (un currículum digno de un anuncio de superhéroe), se sienta a recordar tiempos mejores. ¿Mejores para quién? Para una NASA que, según él, necesitaba un buen sacudón. Y vaya que lo sacudió, especialmente cuando le tocó lidiar con el sablazo de un sector crítico que cuestionaba su nombramiento. En paralelo, mientras Bridenstine evoca sus glorias pasadas, SpaceX decide hacer pública su Oferta Pública Inicial (OPI), una jugada que podría redefinir la industria espacial. Imaginen la lista de la compra: un cohete a 149,99 dólares (con descuento si usas el código IN-COLLECTSPACE, cortesía de collectSPACE.com). Un capricho para el coleccionista, pero un símbolo del creciente interés comercial en el espacio. Pero la cosa no acaba ahí. La NASA defiende su tripulación totalmente masculina para la misión Artemis 3, argumentando que no hay nada que leer entre líneas. ¿En serio? La comunidad científica, comprensiblemente, no se lo cree. Y mientras tanto, científicos proponen rociar químicos en el campo magnético terrestre para protegernos de las tormentas solares. Una solución digna de una película de ciencia ficción barata, pero con un coste que probablemente no aparecerá en la factura del ciudadano de a pie. Quantum Space, por su parte, se prepara para salir a bolsa, y la U.S. Space Force le ha otorgado un contrato Andromeda IDIQ. Todo un negocio, vaya. Rod Pyle y Tariq Malik, los anfitriones de 'This Week In Space', intentan desentrañar este laberinto de noticias espaciales cada viernes. ¿Lograrán mantenernos informados sin que nos dé un ataque de ansiedad existencial?
Un estrella, de esas que pesan tanto que nuestro sol parecería una mota de polvo, decidió desaparecer sin dejar rastro. No una simple implosión, no un agujero negro elegante, sino una evaporación cósmica. La cosa pasó a 1.300 millones de años luz, en una galaxia enana donde, evidentemente, no tienen problemas de gentrificación. Los astrónomos, que andan con la vista clavada en el cielo como quien busca las llaves en el sofá, detectaron la explosión, bautizada como SN 2023vbw, en 2023. Lo curioso es que, en lugar de un fogonazo y un silencio, la luz subió poco a poco durante 190 días, como un recibo de la luz en verano, y luego se apagó. Para que una estrella se desintegre así, tiene que ser de las gordas, de las que pesan entre 170 y 350 veces lo que pesa nuestro sol. Imaginen el sablazo. Al parecer, el núcleo de estas bestias se calienta tanto que empieza a lanzar rayos gamma, que luego chocan con las capas externas y se convierten en electrones y positrones, dejando al núcleo sin soporte. Si además la estrella es 'pobre' en metales pesados (sí, las estrellas también tienen su clase social), la cosa se va de las manos y explota en una serie de explosiones termonucleares que la hacen pedazos. El misterio es que, si estas estrellas se autodestruyen así, ¿dónde están los agujeros negros supermasivos que deberían dejar? Algunos creen que estas 'supernovas de inestabilidad por pares' podrían explicar la falta de agujeros negros en un cierto rango de masa. En resumen, una estrella se esfumó, dejando a los astrónomos rascándose la cabeza y a nosotros preguntándonos si el universo está gastando más de lo que ingresa.
La idílica comunidad del código abierto, esa red de voluntarios que mantiene a flote el internet que conocemos, está al borde del colapso. No por falta de código, precisamente. Sino por un tsunami de 'basura' generada por inteligencia artificial. En 2025, GitHub recibió 1 billón de nuevas líneas de código; este año, estiman 14.000 millones. Un aumento del 1300% que ahoga a los mantenedores, esos 'tipos aleatorios de Nebraska' que llevan décadas sosteniendo la infraestructura digital a base de café y paciencia. Chad Whitacre, jefe del equipo de código abierto de Sentry (valorada en miles de millones), abandonó su puesto y abrazó una vida 'neoamish' porque, según él, “la IA fue la gota que colmó el vaso”. La ironía es que GitHub, propiedad de Microsoft, lanzó su propio modelo de IA, Copilot, para... generar aún más código. La situación es tan grave que algunos proyectos están bloqueando a nuevos colaboradores para frenar la avalancha de contribuciones 'drive-by', a menudo impulsadas por jóvenes programadores ávidos por engrosar su currículum. La 'basura' de la IA parece funcionar a simple vista, pero esconde fallos que requieren una revisión exhaustiva, una tarea que consume tiempo y energía. Mike McQuaid, de Homebrew (20 millones de usuarios), ha optado por la solución drástica: banear a los infractores y borrar el código basura. La pregunta es: ¿quién vigila a los vigilantes, y quién pagará la factura de esta revolución artificial?
El amor a la antigua usanza, ese que te dejaba en números rojos emocionales y económicos, parece estar en extinción. Un estudio monumental, con más de 61.000 participantes de 81 países – más gente que en un mitin político – revela que el individualismo rampante está enfriando los corazones. No es que ya no nos enamoremos, sino que lo hacemos con el termostato bajito. La doctora Jaroslava Varella Valentova, ajena al estudio pero con un ojo clínico, apunta que obsesionarse con una sola persona puede ser un lastre para la productividad. ¿Quién necesita un romance cuando hay facturas que pagar? La cosa va más allá de una simple cuestión de prioridades. Julie Aitken Schermer, de la Western University, sospecha que las nuevas generaciones son más narcisistas que sus antecesores, algo que no es precisamente una novedad bajo el sol. La globalización y las redes sociales, claro, son los chivos expiatorios habituales. Pero Marta Kowal, de la Universidad de Wrocław, y su equipo han encontrado una correlación directa: a mayor individualismo, menor intensidad en el amor. El estudio, presentado en un congreso en Edimburgo (donde seguro había más tweed que pasión), midió la intensidad del amor en una escala del 1 al 5 y el individualismo en una escala del 1 al 7. Los resultados son claros: la gente que se preocupa más por sí misma siente menos “deep emotional bond”, como dirían los anglosajones. Thomas Curran, de la London School of Economics, lo explica sin rodeos: si estás demasiado preocupado por tu imagen y tus logros, te cuesta ser vulnerable. Y sin vulnerabilidad, el amor intenso es como un café sin cafeína. La solución, según Schermer, podría estar en la terapia grupal, en recordar que somos parte de algo más grande. Kowal, por su parte, planea seguir investigando el tema con 2.000 parejas en Polonia durante un año. Un año entero observando cómo el individualismo afecta a la felicidad conyugal. Parece una inversión con buena rentabilidad.
Japón nos ha mandado un Transformer al espacio. Sí, un Transformer de verdad, aunque del tamaño de una pelota de tenis. Mientras nosotros peleamos por un hueco en el parking, la Agencia de Exploración Aeroespacial Japonesa (JAXA) y Sony han diseñado un robot esférico llamado SORA-Q (espacio + esfera, por si acaso) que se transforma para rodar por la luna. ¿La misión? Allanar el camino para robots lunares autónomos más pequeños. SORA-Q viajó a bordo del SLIM, la primera misión japonesa en aterrizar suavemente en la luna en enero de 2024, junto a otro robot, LEV-1, una especie de saltamontes lunar. La cosa es que este robot no es cosa de ingenieros aeroespaciales al uso; Takara-TOMY, los reyes de los juguetes (sí, los de los Transformers con Hasbro) pusieron su granito de arena, usando su experiencia para que SORA-Q se desplegara como si saliera de una caricatura. El robot se estiró, desplegó ruedas y una cámara, y se puso a explorar cerca del cráter Shioli, dentro del cráter Cyrillus (98 kilómetros de diámetro, para que te hagas una idea), en Mare Nectaris. La comunicación se cortó después de 100 minutos, probablemente porque LEV-1, el saltamontes, se quedó sin pilas o se rompió al dar sus saltitos, impidiendo que SORA-Q enviara sus datos. El equipo de Daichi Hirano, responsable del proyecto, argumenta que la clave está en la autonomía y el tamaño: mejor dos robots pequeños que uno grande y caro. Una inversión, en definitiva, para explorar rincones inaccesibles.
La búsqueda de un 'sí' rotundo en la prueba de embarazo, esa odisea moderna que puede costar un riñón (literalmente, hasta 30.000 dólares en EE.UU.) y un quebradero de cabeza emocional, está a punto de cambiar. Científicos en Viena y Texas, armados con células madre y una buena dosis de ingenio, han logrado crear 'blastoides': embriones de laboratorio que imitan a los reales, pero sin el drama del esperma y el óvulo. ¿El objetivo? Desentrañar por qué tantas gestaciones fracasan, una estadística que ronda el 60% en las transferencias de IVF. En el laberinto de la fertilidad, donde cada ciclo es un 'sablazo' emocional y económico, estas réplicas celulares permiten observar el momento crucial de la implantación, algo antes imposible. Hasta ahora, los investigadores se conformaban con 'instantáneas' de embriones extraídos en intervenciones o abortos. Ahora, pueden 'pinchar' y 'perturbar' estos modelos en una placa de Petri, como dice Peter Rugg-Gunn de Cambridge. El equipo de Nicolas Rivron ha conseguido que estos blastoides se implanten en modelos artificiales del endometrio con un éxito del 80%. Jun Wu, en Texas, ha descubierto que el tejido de mujeres con historial de fallos de IVF reduce la tasa de implantación al 20%. Y, lo que es más prometedor, han identificado fármacos que podrían aumentar las tasas de éxito hasta en un 60%. Empresas como Simbryo Technologies ya ofrecen pruebas predictivas para evaluar la viabilidad de la transferencia, mientras que dawn-bio busca optimizar las condiciones de crecimiento embrionario. La meta, ambiciosa, de Peter Greiner es alcanzar una tasa de 'bebé sano' del 100%. Pero la ciencia avanza a pasos agigantados, descubriendo 'botones de pausa' en el desarrollo embrionario y genes clave para la implantación. Un territorio éticamente inexplorado, donde algunos científicos, como Jacob Hanna, sueñan con cultivar embriones hasta las 70 días para obtener óvulos para mujeres infértiles. Una frontera que, según Emma Cave de Durham University, exige una regulación cuidadosa para evitar caer en la 'ectogénesis' completa, un escenario aún lejano pero inquietante.
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