Crítica:
La noticia es unilateral. Se echa en falta la voz de la Seguridad Social explicando con más detalle la necesidad de la subida y las medidas compensatorias. El título, aunque efectivo, podría considerarse sensacionalista.
La noticia es unilateral. Se echa en falta la voz de la Seguridad Social explicando con más detalle la necesidad de la subida y las medidas compensatorias. El título, aunque efectivo, podría considerarse sensacionalista.
La Seguridad Social, con la gracia de un elefante en una cacharrería, ha decidido que 500.000 autónomos societarios y colaboradores paguen la cuenta. Prometieron que las cuotas no subirían, pero las promesas, como las rebajas de enero, suelen ser más relucientes en el escaparate que en el bolsillo. El batacazo: un incremento del 42% en la base mínima de cotización, pasando de 1.000 a 1.424,40 euros mensuales. ¿El impacto? Un sablazo de 135 euros al mes, o 1.600 euros anuales, directo a la billetera de quienes ya están exprimiendo las nueces. La Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA), liderada por Lorenzo Amor, lleva meses gritando al desierto, advirtiendo que esta medida afectará especialmente a mujeres que ayudan en negocios familiares del entorno rural, donde la palabra “margen” suena a lujo. Mientras tanto, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef) sonríe: la subida inyectará 1.550 millones de euros a las arcas públicas, una décima del PIB. ¡Qué alivio para las pensiones! La ironía es que la reforma de cotización por ingresos reales de 2022 preveía una evaluación con los agentes sociales que nunca llegó a buen término. Junts, con una enmienda en el Congreso, intenta poner freno al desastre, pero la Administración, con el apetito de un león hambriento, parece decidida a mantener el plan. La moraleja: cuando ves al político prometer, agarra la cartera. Y prepárate para el sablazo. Porque, al final, siempre somos los mismos los que pagamos la fiesta.
El oro sube, los diamantes bajan, y a alguien le sale el cálculo. Mientras tú y yo miramos los precios en el supermercado con lupa, el ajuar del expresidente Zapatero se ha revalorizado en 1,3 millones de euros, según Ansorena y el Instituto Gemológico Español. ¡Un detallito! Oro blanco, diamantes, zafiros… un catálogo de lujos que, casualmente, se ha apreciado justo después de que su gobierno vendiera las reservas del Banco de España a precio de saldo. En 2007, España se deshizo de 4,3 millones de onzas de oro, argumentando que “ya no era rentable”. ¡Vaya ironía! Hoy, esas onzas valdrían casi seis veces más, un pelotazo que podría haber llenado las arcas públicas. La plata, por cierto, ha pegado un salto del 150%. Los diamantes, en cambio, están en crisis por la gema sintética, pero las esmeraldas y los zafiros, más exclusivos, se han disparado. Mientras tanto, un 21% de los españoles guarda joyas como inversión, y un 64% ni siquiera sabe cuánto valen. Las ventas de joyería en España rozan los 2.100 millones de euros, un negocio que no entiende de crisis. ¿Casualidad? Que cada uno saque sus conclusiones. El valor sentimental, según las encuestas, es lo de menos.
Ben McKenzie, el chico de 'The O.C.' que estudió economía (¿quién lo diría?), ha destapado la caja de Pandora de las criptomonedas con un documental que se llama, con una honestidad brutal, 'Everyone Is Lying To You for Money'. Mientras el ciudadano de a pie intenta pagar el súper, figuras como Matt Damon, en un anuncio del Super Bowl de 2021, nos vendían la moto de que 'la fortuna favorece a los audaces' con un guiño a crypto.com. McKenzie, en cambio, se quedó en shock. El documental rastrea el ascenso de las criptos desde la crisis de 2008, un caldo de cultivo para la desconfianza, hasta convertirse en un 'negocio' donde, según McKenzie, el engaño es la norma. Se despacha a gusto con los 'gurús' de las cripto-bolsas, entrevistando a tipos como Alexander Mashinsky (ex-CEO de Celsius, ahora conociendo las paredes de una celda) y Sam Bankman-Fried (el rey caído de FTX, un nombre que ahora suena a epitafio). No se salva nadie, ni siquiera los actores de Hollywood que se apuntaron al carro sin entender ni papa. Mckenzie no solo denuncia la estafa, sino la narrativa. Esas 'stablecoins' que no son tan estables, la 'descentralización' que es una falacia. En resumen, 'líneas de código' disfrazadas de futuro financiero. Y el silencio de Matt Damon, tras la premier del documental, es tan elocuente como sus palabras en aquel anuncio. El documental llega a las salas, como un aviso: no hay nada nuevo bajo el sol, solo viejas estafas con un disfraz digital.
El brindis al sol del Gobierno con la bajada del paro sabe a rancio. Mientras Pedro Sánchez se pone la camiseta del 22 (¿del 22 a la calle, o del 22 a la cola del paro?), el Ingreso Mínimo Vital (IMV) ha inflado sus cifras como un globo sonda. En junio de 2020, el IMV era un experimento con 86.000 titulares. En mayo de 2026, ¡862.859! Un 903,32% más. ¿Y los beneficiarios? De 280.000 a 2,63 millones. Un 839,84% de aumento. O sea, que mientras el paro caía de 3,72 millones (mediados de 2020) a 2,7 millones (primer trimestre de 2026), el IMV se disparaba. ¿Dónde está la lógica? Quizás en el empleo precario, en esos trabajos que saben a poco y obligan a “trabajadores pobres” a tirar de subsidios. La factura del IMV ya ha ascendido a 20.831 millones de euros, con una nómina de mayo de 2026 de 500,1 millones, un récord que presagia más de lo mismo. La paradoja es que la izquierda, antes de gobernar, diagnosticaba con lupa este problema del empleo de baja calidad. Ahora, la lupa parece empañada. ¿Será que el IMV es un parche, una solución a medias que enmascara un problema estructural? Y mientras tanto, el ciudadano de a pie, con la lista de la compra cada vez más corta, se pregunta si la recuperación es para todos o solo para las estadísticas.
Mientras el fútbol se prepara para la fiesta del 2026, España se enfrenta a una resaca mucho más amarga. Pedro Sánchez ha dicho 'no' a un salvavidas lanzado por los acreedores internacionales de las renovables, un 'no' que suena a 'vamos a verlas venir' en plena vorágine de embargos. La cosa va seria: 700 millones de euros en sentencias firmes en Estados Unidos, más un rosario de laudos pendientes que convierten a España en el moroso VIP de la inversión internacional. El despacho King & Spalding, representando a inversores con más paciencia que un monje trapense, ofreció una tregua: suspender los embargos durante el Mundial a cambio de una fianza, un seguro de que el Estado no saldría corriendo con el balón. Pero Moncloa, con la testarudez de quien se niega a reconocer que se ha pasado de presupuesto, prefirió el pulso. El precedente belga, donde España tuvo que poner 250 millones en una cuenta bloqueada para calmar las aguas, quedó en anécdota. Ahora, los acreedores, en lugar de esperar un milagro, están ampliando el registro de sentencias en las ciudades que acogerán el Mundial, como quien prepara la lista de la compra antes de ir al supermercado. La estrategia es clara: facilitar la localización de activos, como buscar las llaves justo antes de salir de casa. Y no se trata de una amenaza vacía. El programa de notificaciones judiciales y rastreo de activos se ha puesto en modo turbo. Los recortes retroactivos a las renovables, la raíz del problema, han convertido a España en un caso de estudio de cómo no hacer las cosas. Un agujero contable de 700 millones y contando, mientras se alaban las virtudes de la transición ecológica. La ironía, en este caso, es tan fina como el hielo.
El Gobierno, con la vista puesta en el Mundial 2026, ha dicho 'no, gracias' a una oferta que podría haber evitado el desastre. O sea, 80 millones de euros para que la Selección no acabe con un embargo en cada ciudad que pise en EEUU. ¿El motivo? Que no quiere pagar una deuda de 700 millones a fondos de inversión por un recorte de primas a las renovables que empezó con Zapatero y continuó con Rajoy. Parece que preferían gastar en fuegos artificiales antes que asumir las consecuencias de decisiones pasadas. La cosa viene de lejos, de 2007, cuando Zapatero prometió el oro y el moro a las energías renovables con un 25% de primas. Luego llegó la crisis, y como quien corta el bacalao, las primas se esfumaron. Los inversores, lógicamente, no se lo tomaron bien y acudieron al Ciadi (un tribunal un tanto esotérico) y a los juzgados de medio mundo. Y casi siempre ganaron. Ahora, con Sánchez al mando, la estrategia es la de la ‘resistencia’. Argumentan que Bruselas no les deja pagar, pero los fondos no se tragan el cuento y han empezado a embargar bienes españoles. Y no cualquier bien, sino la participación de la Selección en el Mundial, que es como intentar vender un coche con la ITV caducada. La Abogacía del Estado, mientras tanto, parece jugar a las escondidas, sin dar una respuesta clara. Y mientras tanto, el avión del Rey está en el punto de mira… ¡el avión del Rey! ¿Será que hasta la Casa Real va a tener que tirar de tarjeta de crédito? La fianza propuesta, de 80 millones, es solo una pequeña parte de la deuda total, pero podría haber evitado un circo mediático monumental. Y la ironía es que España ya tuvo que constituir una fianza similar en Bélgica, demostrando que, al final, pagar algo siempre es mejor que enfrentarse a un embargo. El caso Watkins, uno de los siete juicios perdidos, es la punta del iceberg de una deuda que parece no tener fin. La Selección, mientras, entrena ajena a todo, pensando en levantar la copa… y no un embargo.
La noticia, disfrazada de plan a largo plazo, es un parche más grande que el agujero. Mientras el ciudadano de a pie esquiva cráteres dignos de la luna, el Gobierno pospone la reparación integral de las carreteras hasta 2027. Sí, has leído bien. Cuatro años más de ‘bailes’ sobre el asfalto roto. Y no nos vengamos arriba, que no es solo culpa de este gobierno. La crisis de 2007, esa que nos prometieron que era “puntual”, abrió la veda a un desmantelamiento silencioso. Las partidas de mantenimiento se recortaron hasta la extenuación, dejando la red nacional a su suerte. Hoy, con un déficit de más de 13.000 millones de euros, las carreteras se desmoronan literalmente. La Asociación Española de la Carretera ya gritó al mundo que nunca habían estado peor, pero parece que el aviso cayó en oídos sordos. Y mientras tanto, ¿qué hace el Ministerio de Transportes, liderado por Óscar Puente? Un plan de choque de 1.630 millones de euros, que suena a rescate, pero que se diluirá entre 2027 y 2031. Es decir, más de lo mismo: parches, microinversiones y promesas vacías. El 60% del tráfico rodado español soporta el peso de esos 25.000 kilómetros que dependen directamente del Estado, y la realidad es que están en estado crítico. El asfalto se hunde, los camiones crean roderas y los conductores circulan por el carril izquierdo para evitar el desastre. ¿La justificación oficial? “Priorizar y actuar donde el deterioro es mayor”. Traducido: poner tiritas a un paciente en coma. Y todo esto, mientras la seguridad vial se tambalea, dependiendo de coches en buen estado y conductores atentos… una ecuación imposible sobre un campo minado de baches.
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