España ha logrado una hazaña digna de un premio a la ironía: producir tanta energía limpia que el sistema eléctrico ha decidido que lo mejor es tirarla a la basura. No es que no haya quien la compre, es que el cableado es como intentar vaciar una piscina olímpica con una pajita.
En junio de 2026, la Energía Renovable No Integrable (ERNI) alcanzó los 712,6 GWh, un sablazo del 63% comparado con los 436,5 GWh de junio de 2025. Básicamente, uno de cada diez megavatios hora que ya estaban vendidos y listos para entrar en el sistema acabó en el limbo porque Red Eléctrica entró en modo pánico operativo.
El detonante tiene nombre y fecha: el apagón del 28 de abril.
Desde entonces, la gestión se ha vuelto tan conservadora que parece que operan la red con miedo a que se rompa si alguien respira fuerte. Mientras los parques fotovoltaicos brotan como setas después de la lluvia, las redes de transporte y el almacenamiento avanzan a paso de tortuga con artritis.
Es la paradoja del rico con la nevera llena pero sin electricidad para encenderla: seguimos dependiendo del exterior en un 68% en 2024, pero desperdiciamos lo nuestro por pura incapacidad técnica.
Para los inversores, esto es un baño de realidad. El precio capturado de la fotovoltaica en junio rondó los 29 euros, con un factor de apuntamiento de 0,43; es decir, venden a precio de saldo mientras la red les cierra la puerta en la cara.
Hemos pasado de la obsesión por plantar placas a descubrir que, si no tienes dónde meter el flujo, tienes un parque de espejos muy caro que no sirve para nada más que para decorar el campo.
Crítica:
El texto original es una joya de la autocomplacencia técnica que disfraza de 'desafío operativo' una negligencia brutal en la planificación de infraestructuras. No menciona quién es el responsable político de que la red sea un cuello de botella.
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