Los fondos de inversión se comen un campo que necesita incorporar 40.000 jóvenes en cuatro años

Fondos buitre: el campo ya no es nuestro

economia Una ilustración conceptual y satírica. Un campo de cultivo español tradicional siendo succionado por una aspiradora gigante hecha de billetes y gráficos bursátiles dorados. Al fondo, un pueblo rural vacío y gris, mientras que la aspiradora es operada por manos con trajes ejecutivos impecables. Estilo editorial, colores contrastados entre el verde natural y el dorado metálico corporativo.

El campo español se ha convertido en el nuevo tablero de Monopoly para los peces gordos de la City de Londres y Wisconsin. Mientras el ciudadano medio pelea con el precio del aceite, hay más de 900 fondos de inversión jugando al Tetris con nuestras hectáreas, moviendo una cartera que supera los 100.000 millones de euros.

Es una aritmética cruel: el 6,6% de las grandes empresas agrarias ya se han quedado con el 42% del valor de la producción. Básicamente, unos pocos llevanse el pastel mientras el resto se pelea por las migajas. La bomba de relojería tiene fecha de caducidad: octubre de 2030. Para entonces, unos 43.000 agricultores y ganaderos —el 17% del RETA— colgarán las botas.

Es el relevo generacional que se ha quedado en el camino porque entrar al sector hoy es como intentar comprar un piso en el centro de Madrid con el sueldo de un becario. COAG advierte que necesitamos entre 8.000 y 10.000 jóvenes incorporándose anualmente en los próximos cuatro años para evitar que el colectivo profesional se desplome hasta los 200.000 afiliados.

Pero claro, ¿quién puede competir contra un fondo buitre que no sabe distinguir un olivo de un pino pero sabe leer un Excel? En las zonas más castigadas, los alquileres de la tierra se han triplicado y el precio de compra se ha duplicado. Es la 'uberización' del campo: mucha eficiencia en el balance de resultados, pero pueblos que parecen decorados de película de zombis, sin niños en las escuelas y sin vida en las plazas.

Andrés Góngora lo ha dejado claro: el futuro de la agricultura existe, lo que está muriendo es el modelo social. Al final, la tierra produce, pero el beneficio vuela directo a una cuenta en el extranjero, dejando atrás un desierto humano.

Crítica:

El texto es un grito de auxilio necesario, aunque peca de no detallar qué medidas concretas propone el Gobierno para frenar la especulación. Es un análisis brillante del síntoma, pero deja en el aire la cura.

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