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Parece que el destino está escrito en el ADN, y no solo para nosotros, sino también para las piedras gigantes que flotan en el vacío. Un equipo liderado por el Instituto Nacional de Astrofísica (INAF) se ha puesto a hacer el árbol genealógico de la Vía Láctea, analizando 300 de los sistemas multiplanetarios mejor comprendidos de los más de 1.000 descubiertos hasta ahora. El resultado es un bofetón de realidad cósmica: hay dos 'familias' y, dependiendo de en cuál nazcas, tu futuro es una piscina tranquila o un juego de billar violento. Por un lado, tenemos a los 'pesos pesados'. Sistemas masivos, con una masa total entre 2 y 10 veces la de nuestro sistema solar. Orbitan estrellas más grandes que el Sol pero con menos 'metales' (que para los astrónomos es cualquier cosa que no sea hidrógeno o helio). Aquí la vida es un caos; nacen demasiado grandes, se pelean por el espacio y terminan en colisiones brutales o expulsiones orbitales. Es como intentar meter a diez personas obesas en un coche compacto: alguien va a acabar saliendo por la ventanilla. Luego están los 'guisantes en una vaina'. Sistemas compactos, modestos, con planetas de tamaños similares que orbitan estrellas como la nuestra, pero mucho más pegados que Mercurio al Sol. Aquí hay orden, estabilidad y poca pelea. Diego Turrini y Camilla Danielski, de la Universidad de Valencia, dejan claro que no es un espejismo tecnológico. La naturaleza de la estrella madre es el 'sablazo' inicial que decide si el sistema será un refugio habitable o una zona de guerra gravitatoria. El estudio, publicado el 13 de octubre en Nature Astronomy, nos dice que buscar vida es, básicamente, buscar familias que no se hayan dedicado a dinamitarse entre sí desde el primer día.
Durante décadas, el protocolo ante un golpe en la cabeza era el 'reposo absoluto': encerrar al chaval en una habitación oscura, prohibirle las pantallas y esperar a que el cerebro dejara de sonar como una campana de iglesia. Un plan brillante si lo que buscamos es que el adolescente se deprema y pierda el hilo de las clases de matemáticas. Pero resulta que la ciencia, en un giro inesperado, ha descubierto que el cerebro no se cura mirando el techo, sino moviendo los pies. Un estudio publicado en JAMA Pediatrics acaba de dinamitar la idea del sofá. Sara Chrisman y su equipo de Seattle Children's cogieron a 210 chavales de entre 11 y 18 años que llevaban una media de 73 días arrastrando síntomas. El experimento fue sencillo: mientras unos hacían estiramientos (lo habitual, casi un trámite), otros se pusieron un fitness tracker y empezaron a sudar. El objetivo era alcanzar las 120 pulsaciones por minuto, subiendo luego a 150, guiados por videollamadas semanales. Básicamente, pasaron de la inactividad total a caminar rápido o darle a la bici estática sin tener que pegarse el viaje hasta la clínica. Los resultados son un sopapo a la prudencia excesiva. El grupo del ejercicio aeróbico no solo recuperó la calidad de vida más rápido, sino que bajó sus síntomas en el cuestionario en unos 3 puntos más que los del grupo de estiramientos. Es la diferencia entre seguir sintiéndose como si tuviera un martillo neumático en la sien o volver a ser un humano funcional. Eso sí, hay un truco: el reloj biológico manda. Si entras en el programa antes de los 90 días del golpe, el beneficio es evidente; si te pasas de ese trimestre, el ejercicio ya no hace milagros y hace falta artillería pesada para el sueño y el ánimo. Al final, la moraleja es clara: el cerebro se cura haciendo, no esperando a que el tiempo lo borre todo.
Tus ojos son el peor secreto de estado. Mientras crees que tu silencio es una fortaleza inexpugnable, la ciencia acaba de instalar una cámara de seguridad en tu iris. Investigadores de la Universidad de Tsukuba, en Honshu, han descubierto que nuestras pupilas no solo reaccionan a la luz o a ese flechazo inesperado, sino que actúan como un monitor de actividad cerebral que delata si estás hablando solo o en silencio. El experimento fue tan sencillo que parece un juego de patio: pidieron a voluntarios contar números. Algunos lo hicieron en voz alta y otros en el sótano de su mente. El resultado, publicado en la revista iScience, es un golpe de realidad. Cuando hablamos, la pupila se dilata sin preguntar. Pero cuando el discurso es interno, la cosa se vuelve errática. Si cuentas secuencialmente en silencio (1, 2, 3...), tu pupila se contrae, como quien cierra la persiana para ahorrar energía. Si cuentas en intervalos (1, 3, 5...), se dilata. Y si cuentas objetos (un perro, dos perros...), el ojo se queda neutro, como un funcionario un lunes por la mañana. La conclusión es lapidaria: el habla interna no es simplemente 'hablar sin ruido'. Es un proceso con un nivel de excitación cerebral mucho más bajo. Para el ciudadano medio, esto es una anécdota; para la ciencia, es una mina de oro. Imagina el potencial para evaluar el desarrollo lingüístico en bebés que aún no saben decir 'mamá' pero cuyos ojos ya están procesando el mundo. Básicamente, hemos pasado de intentar adivinar qué piensa un niño a leer su disco duro biológico a través de un simple cambio de milímetros en el ojo. El silencio, señores, ha dejado de ser privado.
Parece magia, pero es pura obsesión científica. Imaginen que limpian el polvo de un mueble viejo y, de repente, descubren quién vivió en la casa hace miles de años. Pues bien, un equipo de la Universidad de Viena ha hecho exactamente eso, pero con esteroides y en la Cueva El Mirón, en Cantabria. No hubo huesos, ni dientes, ni el típico esqueleto que hace que los turistas se santigüen; solo un puñado de sedimentos que pesaba menos que unos pocos granos de arroz. Para que se hagan una idea del nivel de 'picaje', tuvieron que secuenciar la muestra 100 veces y filtrar más de mil millones de fragmentos de ADN para encontrar una aguja genética en un pajar de polvo. El resultado, publicado en Science Advances, es un retrato de hace 22.000 años, en pleno frío glacial de la última edad de hielo. El ADN nuclear —que es el que cuenta la historia completa y no solo la versión materna— revela que quienes se refugiaban allí tenían piel oscura, pelo oscuro y ojos oscuros. Básicamente, un grupo de ascendencia occidental donde los hombres eran mayoría. Pere Gelabert y su equipo compararon estos datos con una mujer de Francia de hace 31.000 años y un diente del norte de España de hace 25.000, descubriendo que, aunque antes había un 'intercambio' genético entre el este y el oeste de Europa, para cuando llegaron los de El Mirón, la cosa ya estaba más segregada. Esta técnica, el sedaDNA, es el nuevo 'hack' de la arqueología. Ya se había probado en Georgia en 2021 con una mujer de hace 25.000 años y hasta en paredes de cuevas en Argentina. Ahora, el registro fósil, que siempre ha sido tan tacaño como un administrador de consorcio, deja de ser la única fuente. Ya no hace falta que alguien haya tenido la suerte de fosilizarse para que sepamos que estuvo allí; basta con que haya soltado una escama de piel o un pelo mientras se calentaba junto al fuego.
Sam Altman ha decidido que la cortesía académica es un lujo que OpenAI no puede permitirse. Mientras el resto de los mortales peleamos con el cajero automático para que no nos cobre comisión, el CEO de OpenAI ha soltado un 'volcado' de cientos de soluciones matemáticas generadas por IA que han dejado a los expertos con una crisis existencial y un dolor de cabeza crónico. El detonante fue el problema de Navier-Stokes: OpenAI lanzó 10.000 agentes de IA trabajando 88 horas seguidas para resolverlo, gastándose unos 10 millones de dólares en el proceso. Es el equivalente tecnológico a comprarse el edificio entero para ganar una partida de monopoli; no es ingenio, es fuerza bruta computacional. La jugada ha sido maestra en su cinismo. Un matemático acusó a la compañía de hacer 'piggy backing' sobre su investigación no publicada, recibiendo a cambio una amenaza velada sobre su carrera. Pero a Altman, en su reciente paso por el podcast Cheeky Pint, le importa poco el protocolo. Con una empatía que parece redactada por un bot, admitió que 'dejaron que se moviese fuera de control durante una semana', pero justificó el caos alegando que la humanidad merece el conocimiento fundamental. El problema es que OpenAI ha soltado cientos de pruebas matemáticas que son, en lenguaje llano, incomprensibles. Han dejado un montón de 'basura matemática' en el regazo de los académicos, quienes tardarán años en descifrar si hay algo real allí o si es solo un espejismo caro. Mientras tanto, la empresa ya ha cobrado el cheque de relaciones públicas, vendiendo su tecnología como revolucionaria sin que nadie haya revisado el trabajo. Es la nueva era del saber: primero lanzas el ruido y luego dejas que los demás limpien el desastre.
Hay algo profundamente conmovedor en la estupidez humana cuando se hace con convicción. Imagina conducir por la paz absoluta de un parque en Forest Grove, Oregón, y de repente toparte con un poste de barbero de 22 metros (73 pies) que se alza hacia el cielo con la arrogancia de quien cree que es el dueño del vecindario. No es arquitectura, no es arte vanguardista; es el resultado de que un grupo de cantantes de barbería en los años 70 decidiera que el récord de Texas era, sencillamente, insuficiente. Es la esencia pura del 'pique' vecinal llevado al absurdo. Mientras nosotros nos peleamos por quien ha dejado la bolsa de basura fuera de horario, estos tipos decidieron invertir tiempo y materiales en una estructura colosal solo para decir: 'Nosotros podemos hacerlo más grande'. Es como comprarse un televisor de 100 pulgadas solo porque el vecino tiene uno de 80, pero multiplicado por la escala de un monumento público. Las bandas rojas, blancas y azules siguen ahí, cortando el horizonte con una nitidez que roza lo ridículo. En una era donde cada atracción turística está diseñada por un comité de marketing para ser 'instagrameable' y rentable, este poste es un oasis de sinceridad. Es un monumento a la terquedad, a la armonía comunitaria y a esa maravillosa capacidad de gastar recursos en algo que no sirve para absolutamente nada más que para alimentar el ego de un pueblo. Un desvío necesario para recordar que, a veces, la única meta válida en la vida es ganarle a Texas en una competición de postes decorativos.
En el derecho, como en la vida, hay que tener cuidado con quién se hace el amigo, y más si es para pedir un favor al juez. Un grupo de nacionalizados decidió jugar al póker con el Tribunal Supremo para levantar las cautelares que les impedían votar, pero cometieron el error de novato: entregaron sus papeles en bandeja de plata. Ahora, Vox ha cogido esos expedientes y los ha usado como un manual de instrucciones para ampliar el bloqueo. Es el clásico caso de querer abrir la puerta de casa y acabar dándole la llave al vecino que te cae mal. La jugada es quirúrgica. Vox ha detectado que hay hijos que se pusieron el pasaporte antes que los padres. Por ejemplo, Martha Alexandra Cabrera Martínez firmó el 27 de agosto de 2024, pero su padre no fue inscrito hasta febrero de 2025. O el caso de Franco Nogueira Cabrera, que optó el 28 de agosto mientras su madre esperaba hasta octubre de 2025. Es como intentar cobrar un cheque antes de que el banco haya aprobado el préstamo del avalista. Una ingeniería administrativa que, según Vox, es fruto de las circulares de Sofía Puente. Para rematar el cuadro, los datos son un sablazo a la realidad: de 145.580 registros con el campo «Exilio_Acreditado», solo 901 tienen el 'sí'. El 99,38% está en el limbo, sin prueba del exilio. Iustitia Europa, por su parte, no se anda con rodeos y pide que los 189.678 inscritos del Anexo III pasen por el mismo escáner de seguridad que el primer eslabón. Mientras despachos como ILOCAD o Gowper Abogados intentaban salvar los muebles, han terminado de construir la valla que ahora los encierra. El ponente Antonio Narváez tiene ahora la pelota en su tejado: decidir si el bloqueo es general o si se hace un cribado selectivo antes del 20 de noviembre.
Apple ha decidido salir del armario de los plegables con el iPhone Duo, pero parece que han olvidado que el cristal, por muy caro que sea, no es plastilina. Mientras que Samsung ya llevaba haciendo malabarismos con el Galaxy Fold desde 2019, Cupertino prefirió esperar siete años para entrar en el juego, probablemente para asegurarse de que el precio fuera un auténtico sablazo: 1.999 dólares. Un precio que, para muchos, ahora mismo sabe a ceniza y cristal roto. La paradoja es deliciosa. El dispositivo presume de una pantalla interior de 7,6 pulgadas y una certificación IP68 contra el polvo y el agua, pero en la práctica, el iPhone Duo tiene la resistencia de un castillo de naipes en medio de un vendaval. Usuarios de Reddit y redes sociales están reportando que el dispositivo se raja literalmente por la mitad a las pocas horas de uso. Líneas blancas horizontales que convierten un objeto de lujo en un rompecabezas mal pegado. Uno de los afectados lo resumió con una elegancia brutal: "más grietas que un fontanero". La respuesta de Apple es el manual estándar de la hipocresía corporativa. En un comunicado, celebran que la respuesta ha sido "increíblemente positiva" mientras admiten, casi en letra pequeña, que hay un problema en un "pequeño número de unidades". Claro, porque cuando pagas dos mil pavos por un teléfono, que se rompa antes de que termine el primer día no es un fallo, es una experiencia 'premium'. Entre el polvo que se cuela en la bisagra y un mecanismo que parece diseñado para romperse en un punto crítico, el iPhone Duo es el recordatorio de que la fiebre de la IA y los precios inflados no pueden ocultar una ingeniería que, esta vez, ha pecado de precipitada.
Hacer cemento es, básicamente, cocinar el planeta. Para obtener esa pasta gris que sostiene nuestras ciudades, hace falta una cantidad de energía que haría temblar a cualquier contador y una emisión de CO2 que convierte la atmósfera en un horno. Pero en la ETH Zurich han decidido que ya basta de jugar con fuego y han recurrido a un empleado mucho más barato y eficiente: la bacteria Sporosarcina pasteurii. Sí, han puesto a trabajar a un microbio para que pegue granos de arena, transformando lo que antes era material para castillos de playa en estructuras arquitectónicas. Bajo la batuta de Karen Antorveza Paez, el equipo ha montado dos estrategias que parecen sacadas de una película de ciencia ficción, pero con presupuesto de laboratorio. La primera es una especie de 'bio-tinta' para impresión 3D. Imaginen que preparan una masa de arena, agua y bacterias; la imprimen y luego la sumergen en un baño de urea y cloruro de calcio durante tres días. Es como hacer un bizcocho, pero en lugar de horno, usan bacterias que crean carbonato de calcio. Dos días más de secado a temperatura ambiente y ¡tachán!, tenemos una pieza sólida en cinco días. La segunda vía es más 'industrial': un brazo robótico que rocía la mezcla capa por capa. Este sistema ha estado funcionando solo durante seis meses, demostrando que el robot no necesita vacaciones ni sindicato. Sin embargo, no todo es color de rosa. El proceso deja un residuo de amonio que es, básicamente, veneno puro, un 'regalito' tóxico que deben solucionar antes de que esto salga del laboratorio. Además, aunque sirve para sustituir el mortero, todavía no tiene la fuerza bruta del hormigón. Por ahora, no podemos construir rascacielos con bacterias, pero el camino está trazado.
Gastarse miles de millones de dólares enviando robots como Curiosity y Perseverance a Marte es el equivalente espacial a intentar montar un puzzle de diez mil piezas mientras alguien te apaga la luz. Mucho despliegue, mucha antena y mucha foto en alta definición, pero al final, la respuesta más jugosa nos ha llegado por correo certificado, cortesía de un impacto violento que lanzó una piedra al espacio para que unos nómadas en el Sáhara Occidental la recogieran como quien encuentra un billete de cinco euros en un pantalón viejo. Hablamos de Teghaza 001 (Teg 001), un trozo de roca de casi 800 gramos que hace que el resto de meteoritos marcianos parezcan recién salidos del horno. Mientras la mayoría de las muestras son 'jóvenes' y aburridas, Teg 001 tiene unos 4.100 millones de años. Es una reliquia del periodo Pre-Noachiano, una época en la que Marte no era el desierto helado y hostil de hoy, sino un lugar que, según Carl Agee de la Universidad de Nuevo México, se parecía mucho más a la Tierra. Yang Liu, del Jet Propulsion Laboratory de Caltech, ha tenido que jugar al detective con cristales de circón y isótopos de Uranio y Plomo para confirmar la edad. El resultado es un sablazo a la narrativa del Marte seco: la roca presenta óxido de manganeso y alteraciones por fluidos (isótopos de Oxígeno-18) que gritan que allí hubo agua corriendo, volcanes activos y, posiblemente, un escudo magnético que protegía la superficie de la radiación. Es como encontrar una factura de agua en una casa que lleva millones de años abandonada; no es una prueba definitiva de que alguien viva allí ahora, pero confirma que en su día hubo grifos abiertos y, quizás, alguien bañándose en un océano global mientras nosotros ni siquiera éramos un proyecto de evolución.
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Rosa Muñoz