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Resulta casi insultante que hoy nos sintamos 'innovadores' con un ChatGPT que alucina datos mientras que, en 1990, la BBC ya nos servía el menú completo en bandeja de plata. En el programa Hyperland, Douglas Adams —el cerebro detrás de Guía del Autoestopista Galáctico— se enfrentaba a un agente digital interpretado por Tom Baker. No era un bot con voz de sintetizador barato, sino un 'agente de software' con acceso instantáneo a cada dato, película o estadística del planeta. Básicamente, Baker era el Siri definitivo antes de que existieran los smartphones, pero con más carisma y menos ganas de decir 'no he entendido la pregunta'. En aquel entonces, hablar de hipertexto o multimedia era como hablar de viajes intergalácticos para el ciudadano medio; hoy, esas palabras huelen a naftalina, pero en los 90 eran el Santo Grial de la tecnología. Mientras nosotros hoy peleamos con suscripciones mensuales que nos desangran la cuenta bancaria, Hyperland ya dibujaba un mundo donde la información fluía por enlaces, rompiendo la pasividad de la televisión. Lo más irónico es el contraste: Baker se ofrecía a hacer los trabajos más menudos y serviles, una promesa de eficiencia que Silicon Valley nos vendió como utopía y que terminó convirtiéndose en el pan de cada día. Adams, con esa mezcla de optimismo californiano y escepticismo británico, ya sospechaba que este camino tenía truco. El programa nació justo después del primer 'invierno de la IA', cuando los sistemas expertos prometieron curar el cáncer y terminaron siendo calculadoras glorificadas. Ver Hyperland hoy no es nostalgia; es darnos cuenta de que el futuro ya llegó hace tres décadas y que nosotros solo hemos tardado treinta años en aprender a usar el mando a distancia.
Apple ha vuelto a jugar al juego de 'vender humo con palabras brillantes' mientras el hardware se desmorona. El nuevo iPhone Duo, ese capricho de más de 2.000 dólares que debería ser la joya de la corona, está llegando a las manos de los usuarios con una tendencia preocupante: las pantallas internas se agrietan casi al ritmo que uno saca el dispositivo de la caja. ¿La causa? Una bisagra que, según Johny Srouji, jefe de hardware de la compañía, fue optimizada mediante 'algoritmos de IA'. Traduzcamos el lenguaje corporativo al cristiano: Srouji presumió de usar escaneos láser confocales y fotopolímeros impresos en 3D para eliminar 'ondulaciones residuales'. Suena a ciencia ficción, pero en la calle se traduce como un diseño que no aguanta el trote. Mientras nosotros peleamos con la inflación para pagar la factura de la luz, Apple gasta millones en marketing para llamar 'IA' a lo que probablemente sea un software de diseño industrial que lleva años existiendo. Es el clásico truco de usar la palabra de moda para que los inversores babeen, aunque el resultado sea un teléfono que se rompe solo. El veredicto técnico de iFixit, de la mano de Shahram Mokhtari, es lapidario: la barra de soporte central no se retrae lo suficiente, empujando la pantalla flexible hasta que esta dice 'basta' y estalla. Apple ya ha admitido que hay un 'problema' el pasado lunes y ha empezado a sustituir unidades. Al final, resulta que la 'inteligencia artificial' no fue capaz de prever que, si aprietas un cristal flexible contra una pieza de metal que no se mueve, el cristal se rompe. Una lección de física de primaria que costó 2.000 dólares y un despliegue de arrogancia tecnológica.
Mirar al cielo hoy es como intentar leer la letra pequeña de un contrato mientras alguien te alumbra con un foco industrial en la cara. Tenemos una Luna gibbosa menguante al 95% que, básicamente, ha decidido monopolizar el protagonismo, borrando del mapa cualquier cosa que no brille como un diamante de alquiler. Pero hay grietas en este monopolio lumínico. Para los que no se rinden, el plato fuerte es la Cascada de Kemble. Imaginen una fila de casi dos docenas de estrellas, una especie de hilera de hormigas cósmicas que se extiende unos 2,5 grados hacia el noroeste, terminando en el cúmulo abierto NGC 1502. Este último, con una magnitud 6 y unos 8 minutos de arco de ancho, es la 'espuma' de la cascada. Para verlo, no basta con el optimismo; hace falta un telescopio o unos prismáticos, porque intentar cazarlo a ojo es como buscar una moneda de céntimo en un parking oscuro. La fiesta sigue el 28 de octubre a las 6 A.M. EDT, cuando la Luna pasará a 5 grados al norte de Urano. El gigante de hielo tiene una magnitud de 5.6, lo que técnicamente significa que podrías verlo sin ayuda, pero con la Luna al lado, es como intentar escuchar un susurro en medio de un concierto de heavy metal. Si logran ubicar el triángulo formado por la Luna, Urano y las Pléyades (M45) en Tauro, habrán ganado la partida. Y para cerrar el menú, tenemos a Aldebarán, la estrella magnitud 0.9 que hace de ojo del toro. Una gigante roja que brilla 400 veces más que nuestro Sol y está a unos 67 años luz. Es el faro del cielo, aunque su temperatura sea más fría que el café de una oficina un lunes por la mañana, lo que le da ese tono anaranjado que contrasta con Marte.
El Hirshhorn Museum ha decidido que su jardín ya no puede ser ese descampado hostil de 1974 donde, según cuenta Marina Isgro, solo sobrevivía un árbol solitario y el optimismo del brutalismo. Tras cuatro años de obras y un inicio formal en 2022, el espacio de 1.3 acres reabre este sábado 31 de octubre, transformándose en un refugio que no solo busca la meditación, sino que se permite el lujo de jugar con el visitante. El arquitecto Hiroshi Sugimoto, que ya había retocado el lobby en 2018, ha diseñado una entrada donde los espejos de acero inoxidable distorsionan la realidad según la altura: un guiño para que los niños se sientan protagonistas y los adultos recuerden que el arte también es jugar a ser deforme. Pero el verdadero 'sablazo' visual es la obra Eight de Elmgreen & Dragset. Imaginen una piscina vertical de acero inoxidable de 28 pies de altura y 55.000 libras de peso. Para meter este 'monstruo' en el jardín, hicieron falta una grúa de 300 toneladas y un viaje transoceánico, porque aparentemente, para representar la 'comunidad', hace falta desplazar toneladas de metal desde Berlín. Mientras tanto, en el lado este, el bronce clásico mantiene el tipo. Tenemos el King and Queen de Henry Moore (1952-1953), que es básicamente el 'American Gothic' británico, y los Burgueses de Calais de Rodin, instalados ahora a ras de suelo, tal como el artista quería antes de que la burocracia del siglo XIX los subiera a un pedestal para que no molestaran. El jardín cierra el círculo con el toque contemporáneo de Yoshitomo Nara y sus niños 'tiernos pero inquietantes', y el regreso del Wish Tree de Yoko Ono. Un árbol donde cuelgas tus deseos para que luego el personal del museo los recoja y los mande a Islandia. Una logística envidiable para gestionar la esperanza pública.
Hay algo profundamente poético en el hecho de que India decidiera jugar en la liga de los grandes el 21 de octubre de 2008. Mientras el resto del mundo se peleaba por migajas en la Tierra, la ISRO lanzó el Chandrayaan-1 desde el Centro Espacial Satish Dhawan. No era un paseo turístico; era una declaración de intenciones disparada por un cohete PSLV-XL a las 6:22 a.m. hora local. La misión era un combo: un orbitador y un impactador. Este último, el Moon Impact Probe, hizo honor a su nombre y se estampó contra la superficie lunar el 14 de noviembre, después de que la nave entrara en órbita el 8 de noviembre. El resto del equipo se quedó dando vueltas, recolectando datos como quien llena la cesta del súper antes de que cierren la tienda. Llevaban 11 instrumentos a bordo; cinco eran marca de la casa (ISRO) y los otros eran 'préstamos' de NASA, la Agencia Espacial Europea y socios de Alemania, Suecia, Bulgaria y Reino Unido. El gran sablazo científico llegó en septiembre de 2009: el instrumento M3 de EE. UU. detectó agua helada en los polos. Básicamente, India encontró el grifo abierto en un desierto cósmico. Pero, como ocurre con cualquier electrodoméstico barato que se sobrecalienta, la fiesta terminó abruptamente en agosto de 2009. Un fallo eléctrico mandó la sonda al silencio radiofónico, cortando la misión 14 meses antes de lo previsto. ¿Un fracaso? Ni hablar. La ISRO se encogió de hombros alegando que el 95% de los objetivos estaban cumplidos. Desde entonces, India ha pasado del 'estamos probando' al 'somos los jefes', superando el tropezón del Vikram en la misión Chandrayaan-2 de 2019 y clavando el aterrizaje con Chandrayaan-3 en 2023. Ahora miran al 2028 con el Chandrayaan-4, porque traer muestras de la Luna es el nuevo estándar de éxito.
Hay promesas que son como esos cheques en blanco que firma un político antes de las elecciones: suenan gloriosas, pero nadie sabe quién va a pagar la fiesta. John F. Kennedy soltó la bomba cinco meses antes de octubre de 1961: Estados Unidos pondría un hombre en la Luna. Mientras el ciudadano medio contaba los céntimos para el café, la NASA se puso manos a la obra para que el presidente no quedara como un mentiroso. El resultado fue el Saturn I, un monstruo de 460 toneladas que despegó el 27 de octubre de 1961 desde Cabo Cañaveral. No fue un invento nacido de la nada; fue más bien un ejercicio de reciclaje industrial a escala épica. Wernher von Braun y su equipo, que trabajaban en esto desde 1957, aplicaron la técnica del 'aprovechamiento de sobras': reutilizaron hardware de los misiles Redstone, el cohete Jupiter y el Thor. Básicamente, montaron un Ferrari usando piezas de tractores y camiones para que el presupuesto no se disparara al infinito. La ingeniería era bruta y efectiva. Ocho motores H-1, un núcleo de oxígeno líquido y cuatro tanques de queroseno que, juntos, generaban 1,3 millones de libras de empuje. Una fuerza capaz de mandar a cualquiera a paseo, o en este caso, elevar la estructura a 137 kilómetros de altura. Tras pasar por el Centro de Vuelo Espacial George C. Marshall en Huntsville, Alabama, y ser ensamblado en el Complejo de Lanzamiento 34, el Saturn I demostró que la ambición política podía traducirse en metal y fuego. Al final, la familia Saturn alcanzó un récord envidiable: 32 lanzamientos con una tasa de éxito del 100%. Un milagro de precisión en una era donde hacer una llamada intermolecular era una odisea.
Cuando el AVE y un convoy de Iryo se dieron un beso fatal en Urda (Toledo) el pasado 28 de octubre, dejando un saldo desgarrador de 69 víctimas mortales, la realidad no fue lo suficientemente rápida para algunos. Antes de que Adif terminara de digerir el 'alcance entre dos trenes', en X ya se había cocinado un menú de conspiraciones con sabor a geopolítica. Mientras las familias esperaban respuestas, un ejército de cuentas anónimas decidió que el culpable no era un fallo técnico, sino un sabotaje israelí. Una jugada maestra de manual: cuando el barco se hunde, busca un villano extranjero para que nadie mire el timón. La ingeniería del rumor fue quirúrgica. Cuentas con 800 seguidores lograban 3.000 retuits, una eficiencia que haría palidecer a cualquier campaña de marketing. El relato saltó incluso a TVE, donde José Miguel Villarroya y Marc Biarnés soltaron sus dudas sobre los sistemas de seguridad y los beneficios ocultos. Para Carlos Elías, catedrático de la Carlos III, esto es simple: poner un villano es como escribir una novela barata; vuelas. Se agarraron a la caída del sistema LZB como quien se agarra a un ticket del súper para demostrar que le han timado en la caja. Los datos de Miguel del Fresno son el frío baño de realidad: 214.000 publicaciones y 100.000 autores en 48 horas, con X como el sistema nervioso de esta histeria. Lo más curioso es el rastro de 'semibots' defendiendo al Gobierno, una táctica ya vista con Mazón y la Dana. Al final, la tragedia se convirtió en una pelea de barro donde la derecha sacaba el recuerdo de Adamuz y la izquierda el de la Dana. Óscar Puente se convirtió en el blanco predilecto de unos, mientras otros preferían culpar a Netanyahu. En España, hasta el duelo se disputa en un hilo de X.
Vender un contrato indefinido hoy en día es como comprar un coche 'seminuevo' que se te queda parado en el garaje a los seis meses porque no arranca. La reforma de Yolanda Díaz nos vendió el sueño de la estabilidad, pero los datos de Fedea revelan que hemos pasado de tener pocos contratos fijos a tener muchos contratos que duran lo que un caramelo en la puerta de un colegio. La temporalidad en el sector privado ha bajado del 25% de finales de 2019 al 12,3%, una cifra que en el PowerPoint ministerial luce como un trofeo, pero que en la calle es puro maquillaje. La trampa está en la supervivencia. Antes de la norma, el 52,5% de los fijos aguantaban el primer año; ahora, esa cifra cae al 48%. Básicamente, hemos disfrazado empleos precarios de 'indefinidos' para que la estadística no escupa la verdad. Peor aún: la rotación de estos contratos se ha duplicado, pasando del 0,3% al 0,6%, impulsada sobre todo por los fijos discontinuos, que ahora tienen una tasa de baja superior a la de los temporales. Es la ingeniería financiera del empleo: cambiar la etiqueta del producto sin mejorar la calidad del contenido. Mientras tanto, el Ministerio de Trabajo juega al escondite con la evaluación oficial. El informe previsto para enero de 2025 se movió a enero de 2026 y, a día de hoy, sigue guardado en un cajón hace ocho meses. Mientras el Gobierno calla, la realidad grita: los despidos en periodo de prueba se han multiplicado por 5 y los contratos de más de seis meses han caído un 44%. Al final, la estabilidad es un concepto elástico que solo sirve para que el diálogo social no tenga que admitir que el mercado laboral sigue siendo una ruleta rusa.
Hay una diferencia abismal entre gestionar la nacionalidad de un país y organizar una verbena de pueblo sin presupuesto. El caso es que, en el Ministerio de Justicia, parece que la segunda opción fue la elegida. María del Mar López Álvarez, ex subdirectora general de Nacionalidad y Estado Civil, se ha presentado ante la Audiencia Nacional el pasado miércoles para intentar explicar lo inexplicable. El escenario: el caso de las 'cloacas del PSOE' y la nacionalidad 'express' concedida a Nervis Villalobos, ex viceministro de Venezuela. La trama es digna de una comedia de enredos burocráticos. Resulta que el juez Santiago Pedraz ya ha imputado a Villalobos por sospechas de haber falseado papeles. Mientras el ciudadano medio pelea tres meses para renovar el DNI, Villalobos surfeó una instrucción firmada por Sofía Puente, ex directora general de Seguridad Jurídica y Fe Pública, que convirtió la 'ley de nietos' en un buffet libre de nacionalidades para no exiliados. Lo más delirante llegó en el interrogatorio de la Fiscalía Anticorrupción. A López Álvarez le preguntaron si el pasaporte del abuelo era obligatorio. Primero dijo que sí, luego dudó si en algún consulado se pasaría por alto y terminó admitiendo que lo que realmente hacía falta era el certificado de nacimiento. Es el equivalente administrativo a pedirte el carnet de conducir para comprar el pan y, cuando te quejas, decirte que en realidad bastaba con una foto de tu perro. Esta improvisación, que huele a presión política según los apuntes de Leire Díez, ha dejado un rastro de irregularidades tan evidente que el Tribunal Supremo ha tenido que suspender cautelarmente el voto de quienes aprovecharon este 'agujero legal'. Al final, la ley de nietos terminó siendo una ley de 'quien tenga el contacto adecuado'.
En este país, la ley es como un queso gruyère: cuantas más agujeros tenga, más fácil es que alguien meta la mano. Mientras el trabajador medio hace malabarismos con la hipoteca y mira la cesta de la compra como quien mira una película de terror, hay ingenierías sociales que convierten el Ingreso Mínimo Vital (IMV) en un sueldo de directivo junior sin mover un dedo. La receta es sencilla, casi artesanal: no te cases y juega al escondite con el padrón. El esquema, desgranado por Manuel Llamas, es una joya de la picardía administrativa. Imaginen a una pareja con cuatro hijos. Si fueran honestos y se empadronaran juntos, el Estado les daría 1.613,92 euros al mes en 2026. Pero, ¿para qué conformarse con el menú del día cuando puedes pedir el banquete completo? El truco consiste en dividir la familia en dos núcleos ficticios. La madre se empadrona en una dirección con tres niños y se embolsa unos 1.600 euros; el padre se apunta en otra dirección con el hijo restante y suma otros 1.100 euros. El resultado es un 'estirón' financiero que eleva la cifra a 2.670,30 euros mensuales en 2026. Lo más delirante es que el sistema no solo es ciego, sino que premia la mentira. Para 2027, con una subida proyectada del 14% para alcanzar el 75% del umbral de pobreza del INE (unos 836 euros para una persona sola), este montaje escalaría hasta los 3.043 euros al mes. Estamos hablando de cobrar un 65% más solo por mentir sobre dónde duermen los niños. Mientras tanto, la familia de Vitoria, que ya percibía 2.454 euros mensuales más ayudas del Banco de Alimentos, nos recuerda que el IMV ha dejado de ser un colchón para los vulnerables para convertirse, en algunos casos, en una renta vitalicia para los más espabilados.
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Rosa Muñoz