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Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite o intentamos que la lavadora no escupa calcetines, a millones de kilómetros hay un planeta que se está lijando la cara con una paciencia infinita. La sonda Mars Express, que lleva más de 20 años orbitando el Planeta Rojo sin pedir vacaciones ni aumento de sueldo, nos ha soltado una imagen de Amazonis Mensa que es, básicamente, el catálogo de un taller de reformas geológicas. En la foto vemos los 'yardangs', unas crestas que parecen arrugas en la piel de un gigante. Para que nos entendamos: el viento marciano actúa como una lijadora industrial o un chorro de arena cósmico que no conoce el descanso. Lo más curioso es que estas arrugas van en direcciones opuestas, porque Amazonis Mensa —esa montaña plana que se cree el centro del mundo— hace de cortavientos, desviando la arena como quien intenta esquivar un charco en una calle mal asfaltada. Pero el espectáculo no termina ahí. Hay cráteres redondos, esos agujeros que dejó el universo cuando Marte decidió jugar al tiro al blanco, que llevan rellenos de lava desde hace tres mil millones de años. Imagina el nivel de desidia: un agujero tan grande que tardó eones en quedar 'parcheado' con roca fundida. La ESA, el DLR y la FU Berlin nos venden esto como una ventana a las fuerzas erosivas, pero para el ciudadano de a pie es el recordatorio perfecto de que, aunque tu casa tenga humedades y la pintura se caiga a trozos, al menos no tienes un viento sónico intentando borrarte la fachada durante tres mil millones de años.
HBO Max ha decidido soltar un 'regalito' de Halloween que tiene más pinta de ser un parche para que no nos olvidemos de que la serie existe que de un evento canónico. Se trata de 'A Story of Derry', un episodio especial de 30 minutos que ha caído en el catálogo como quien deja una propina insuficiente en una terraza. Mientras nosotros peleamos con la inflación y el precio del aceite, la plataforma nos vende una precuela dirigida por Tazbah Chavez y escrita por Cherie Dimaline y Jasmyne Flournoy que retrocede el reloj hasta antes de que Pennywise decidiera que Derry era su buffet libre personal. La trama nos presenta a tres niños aventurándose en el Western Wood, donde se topan con un espíritu antiguo. Es el clásico movimiento de guion: cuando no sabes cómo llenar el hueco hasta la temporada dos, inventas un 'espíritu antiguo' y lo llamas contenido exclusivo. El episodio recupera la mitología de It: Chapter 2 sobre esa entidad transdimensional que aterrizó en la Tierra hace millones de años y que fue contenida por una daga fabricada por nativos americanos. Para darle cuerpo al asunto, vuelven Kimberly Guerrero como la joven Rose, Morningstar Angeline y Kiawentiio como las guerreras Sesqui y Necani, sumando además a Zahn McClarnon al reparto. En el fondo, este especial es como ese aperitivo que te sirven en el restaurante para que no te quejes de que el plato principal tarda una eternidad. Sirve para expandir la línea temporal de 1962 y prepararnos para un cambio de tono en la segunda temporada, donde parece que el elenco ignorará la existencia del payaso. HBO Max lo ha lanzado con una variante en ASL, demostrando que son inclusivos, pero que siguen manejando los tiempos de estreno con la sutileza de un martillo pilón.
Mirar al cielo es gratis, lo cual ya es un alivio en tiempos donde abrir la nevera parece un deporte de riesgo financiero. Noviembre nos regala un espectáculo planetario que hace que cualquier pantalla 4K parezca un televisor de tubo. Empezamos con Saturno, que se pasea por la constelación de Cetus con una luz amarillenta y sus anillos inclinados a 6,5 grados; básicamente, el presumido del barrio que luce sus joyas toda la noche. Luego tenemos el drama de Marte y Júpiter. Marte, con su magnitud +0.9, ha estado jugando al escondite con el sol durante más de un año, pero ahora vuelve para hacerle un 'bypass' a Júpiter el 16 de noviembre, pasando a solo 1,2 grados de él. Júpiter, que brilla 13 veces más que el planeta rojo, es el jefe de la zona, especialmente visible hacia las 3 a.m. en el sureste. Pero el verdadero 'influencer' es Venus. El 1 de noviembre sale 55 minutos antes que el sol, pero para final de mes ya se ha plantado 3,5 horas antes del amanecer con una magnitud de -4.9. Es tan brillante que, si tienes nieve, puedes ver su sombra, algo que ya quisieran los focos de un estadio. A su lado, Mercurio —que es más escurridizo que un político en campaña— emerge tras el 4 de noviembre y alcanza su máxima elongación de 20 grados el día 20. Como detalle para los que no tenemos un sextante en el bolsillo, el truco es simple: un puño cerrado con el brazo estirado equivale a unos 10 grados. Y ojo al calendario: el 1 de noviembre retrocedemos el reloj una hora por el horario de invierno. Tendremos un día de 25 horas; tiempo más que suficiente para darse cuenta de que, mientras nosotros contamos grados celestes, el cosmos sigue girando sin pedir permiso ni pagar impuestos.
Kawasaki ha decidido que el mercado de las 'adventure' necesita otra opción más, porque aparentemente ya no tenemos suficientes motos que prometen conquistar el mundo pero que terminan haciendo la cola del supermercado. Menos de un año después de resucitar la KLE500, nos lanzan la KLE650. No se engañen: no es una bestia para comer polvo en el Dakar, sino una 'flagship' pensada para que tu espalda no pida clemencia en viajes largos. Bajo el capó —o el depósito— lleva el motor de 649cc bicilíndrico paralelo que ya conocemos de la Ninja 650 y la Versys 650. Para que no parezca un simple 'copia y pega', le han metido un acelerador electrónico y han retocado la admisión y el escape. Buscan que el torque esté ahí, listo para responder, sin que tengas que llevar el motor al límite para moverte. Aunque Kawasaki juega al misterio con las cifras oficiales, el olfato nos dice que rondará los 67 hp y los 63.7 Nm de torque. En el chasis, tenemos un bastidor de acero con horquillas KYB de 210 mm delante y la suspensión Uni-Trak con 196 mm detrás. Rueda con una combinación 21/17 pulgadas y neumáticos Dunlop Trailmax Mixtour. Ahora viene el 'sablazo' estratégico: la versión estándar cuesta 8.799 dólares y te deja con una pantalla LCD de 5 pulgadas. Si quieres sentirte en el siglo XXI con pantalla TFT, USB-C y el Quick Shifter (KQS), tienes que saltar a la versión SE por 9.999 dólares. Es decir, 1.200 dólares más por no tener que usar el embrague como un cavernícola. Llega a EE. UU. en febrero de 2027, equipando control de crucero y el KTRC (Kawasaki Traction Control) con dos modos. Es una moto honesta: no pretende que seas un explorador de National Geographic, sino que llegues cómodo al hotel sin que la moto te intimide.
Roma es la definición perfecta de ese amigo que lo pierde todo en una mala racha y luego vuelve a aparecer en Instagram presumiendo de éxito. City 3D Time-lapse ha condensado la historia de la Ciudad Eterna en tres minutos, un tiempo que hoy en día no te da ni para elegir el menú del día en un restaurante turístico. Es fascinante y aterrador a la vez. El vídeo arranca con la leyenda de 753 a.C., cuando Rómulo decidió que la mejor forma de fundar una ciudad era eliminando a su hermano Remo. Un inicio familiar para cualquiera que haya intentado montar un negocio con primos. Luego vienen la República y el Imperio, esa etapa de gloria donde Roma se creía el centro del universo hasta que, al llegar el siglo VI d.C., la cosa empezó a torcerse. Los edificios desaparecen a un ritmo alarmante; es como si la ciudad hubiera decidido hacer una limpieza general de armario, pero sin guardar nada. Quinientos años de decadencia se esfuman en cinco segundos de vídeo. Un sablazo histórico que deja a los académicos peleándose por la fecha exacta de la caída mientras nosotros vemos cómo la ciudad se queda prácticamente para muerta. Pero Roma tiene más resistencia que una sartén de teflón. Tras la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco, la ciudad vuelve a expandirse. Para que nos hagamos una idea del ritmo, el arqueólogo Giovanni Piranesi dibujó sus famosas ruinas justo en el minuto 1:55 del clip. De ahí saltamos a la era industrial y a la globalización actual, donde el Coliseo sigue ahí, aunque ahora el paisaje no son túnicas, sino una marea de pantalones cortos de carga y turistas perdidos. En lo que dura una canción de Eurovisión, vemos que Roma no se construyó en un día, pero que sabe cómo reinventarse incluso cuando el presupuesto parecía haber llegado a cero.
Hay una ironía deliciosa en el destino del Neil Gehrels Swift Observatory. Diseñado para durar dos años, el aparato se ha negado a jubilarse durante 22, estirando el chicle de su vida útil como quien intenta que el saldo de la tarjeta transporte el último viaje del mes. Lanzado en 2004 para cazar ráfagas de rayos gamma —esas explosiones cósmicas que son el equivalente astronómico a un petardo en una biblioteca—, el Swift era el 'chico rápido' de la NASA. Mientras otros telescopios llegaban tarde a la fiesta, este giraba sobre sí mismo con una agilidad envidiable para captar la luz antes de que se desvaneciera. Pero el espacio no es un vacío gratis; tiene un peaje. Durante dos décadas, el telescopio ha ido chocando contra moléculas de la atmósfera, un desgaste invisible que es como conducir un coche viejo por una carretera llena de baches: tarde o temprano, el motor dice basta. La actividad solar reciente terminó de darle el empujón final. La NASA intentó un rescate en julio, un 'empujón' orbital que acabó en un fracaso técnico en agosto. Ahora, el Swift cae en picado, destinado a convertirse en una estrella fugaz de chatarra espacial en cuestión de días. Lo triste no es solo la pérdida del hardware, sino el vacío operativo. El Swift no solo clasificó ráfagas largas y cortas, sino que detectó el 'BOAT', la explosión más brillante de la historia. Se convirtió en el navaja suiza de la astronomía, colaborando en 2017 para rastrear neutrinos y ondas gravitacionales. Hoy, mientras el telescopio se prepara para su incineración final, la comunidad científica se queda con un agujero en el presupuesto de capacidades. Nos quedamos sin el único ojo capaz de reaccionar en tiempo real, dejándonos en una situación similar a quien pierde el móvil justo cuando empieza la mejor parte de la película.
Imagínate que el universo decide convertirte en un pepinillo gigante. No es una broma de mal gusto, es la especialidad de las turberas europeas. En agosto de 1984, unos cortadores de turba cerca de Wilmslow, al sur de Manchester, se toparon con el 'Hombre de Lindow'. El sujeto, un joven de 25 años con la barba recortada y las uñas impecables —como si acabara de salir de la peluquería—, llevaba casi 2,000 años durmiendo la siesta en el musgo. El problema es que no fue una siesta voluntaria: recibió varios golpes en la cabeza, un tajo en la garganta y una costilla rota. Un final cutre para alguien que terminó siendo una pieza de museo en Londres. ¿El truco? La química del pantano es básicamente un conservante industrial gratuito. El musgo Sphagnum absorbe agua como una esponja y expulsa el oxígeno, dejando a las bacterias y hongos sin aire para trabajar. A esto súmale una acidez tan bestia que el cuerpo se 'encurtido' en una salmuera natural. El sphagnan, un carbohidrato del musgo, se pega a la piel y la deja con un color marrón cuero, como si el tipo hubiera pasado demasiado tiempo tomando el sol en una playa de barro. Eso sí, la factura la pagan los huesos: el ácido les chupa el calcio y los deja blandos o desaparecidos, transformando el esqueleto en algo que en una radiografía parecería un dibujo abstracto. No es un caso aislado; hay al menos 2,000 cuerpos rescatados desde el Mesolítico hasta la Segunda Guerra Mundial. Mientras nosotros nos peleamos por el precio de la luz, estas turberas, que solo ocupan el 3% de la superficie terrestre, guardan el doble de carbono que todos los bosques del mundo juntos. Un almacén de carbono y de sacrificios rituales que nos recuerda que, hace dos milenios, la mejor forma de inmortalidad era que te dejaran tirado en un charco ácido.
Hay algo profundamente poético, o quizás sociopático, en ver a Sam Altman recostado en el reservado de un pub, bebiendo IPA y Guinness en el podcast 'Cheeky Pint' de John Collison, mientras reflexiona sobre el cementerio de carreras profesionales que su empresa está cavando. El CEO de OpenAI, el rostro amable del apocalipsis laboral, soltó la perla con la soltura de quien ya tiene el parachute dorado instalado: uno de sus modelos internos, aquel que se dedica a pulverizar problemas técnicos imposibles, se llamaba 'Hold My Beer' (Sujétame la cerveza). Un nombre que destila la arrogancia de un universitario en una fiesta, pero aplicado a una tecnología que acaba de dinamitar décadas de esfuerzo humano. La broma interna tiene un coste real. Recientemente, OpenAI publicó la solución al problema de Navier-Stokes, un hueso duro que los matemáticos llevaban décadas intentando roer. No contentos con eso, a principios de este mes soltaron la solución a otros 400 problemas matemáticos históricos. Para los expertos, esto no es progreso, es un 'sablazo' intelectual; algunos ya hablan de plagio. Es el equivalente tecnológico a que alguien llegue a una partida de ajedrez profesional, tire el tablero y diga que ya ha ganado todas las partidas posibles hasta el año 2026. Lo más fascinante es el baile de hipocresía. Altman confiesa que no podía dormir de la emoción, pero que sentía una 'melancolía' casi romántica por el fin de ciertas profesiones. Es la tristeza del arquitecto que quema la casa para construir un rascacielos: siente pena por las cenizas, pero le encanta la vista desde el ático. Collison, en un acto de validación mutua, lo llamó 'nostalgia', envolviendo la destrucción de ecosistemas laborales en un papel de regalo evolutivo. Al final, el mensaje es claro: vuestra estabilidad laboral es un precio razonable para que ellos puedan decir que han 'mejorado el mundo'.
La historia nos quiere vender que la música electrónica nació en un club oscuro de Berlín, pero la realidad es que empezó como un capricho de ingenieros y una fiebre comercial digna de una burbuja inmobiliaria. Todo empezó con Wendy Carlos y su 'Switched-On Bach' en 1968. Carlos no solo tocó Bach; básicamente le dio la llave del reino a la industria musical, que reaccionó como un niño en una tienda de caramelos. De repente, el mercado se inundó de versiones 'Switched-On' de todo lo imaginable: desde Rock hasta Santa Claus, transformando la vanguardia en un producto de catálogo para llenar salones con equipos de hi-fi recién comprados. El culpable fue Robert Moog y su sintetizador modular. Imaginen una centralita telefónica de los años 50, llena de cables y 'cajitas' que hacían una sola cosa, pero que permitían que un teclado de piano controlara el voltaje. Era el Ferrari de la época: caro, complejo y, hasta entonces, reservado para universidades o laboratorios corporativos donde se hacían experimentos que sonaban a cafetera rota. Mientras Moog dominaba la costa este, Don Buchla hacía lo suyo en la costa oeste, peleando por decidir cómo debía sonar el futuro. Luego llegaron los 'estafadores' del espacio, tipos como Les Baxter, Dick Hyman o Juan Garcia Esquivel, que montaron el 'space age pop'. Dick Hyman, por ejemplo, logró colar 'The Minotaur' en el puesto #38 del Hot 100 hace 57 años, una pieza de psicodelia de ocho minutos y medio que hoy suena a viaje astral sin retorno. Y no olvidemos a Gershon Kingsley, cuyo tema 'Popcorn' se convirtió en un hit mundial en 1972 gracias a Hot Butter. Fue el momento exacto en que el ruido electrónico dejó de ser un experimento científico para convertirse en el fondo musical de una fiesta de cóctel.
Hubo un tiempo en que intentar explicar qué era el manga en Estados Unidos era como intentar venderle hielo a un esquimal; nadie tenía ni idea. Frederik L. Schodt ya lo contaba en los 80 con su libro 'Manga! Manga!', cuando el formato era un exótico secreto japonés. Hoy, la realidad ha dado un giro de 180 grados. La Gen Z ha sustituido el fervor por el fútbol americano (que solo atrae al 25%) por el anime (con un 40% de adeptos), demostrando que leer de derecha a izquierda es ahora más natural para ellos que entender una factura de la luz. El Brooklyn Museum ha decidido subir el listón con 'Art of Manga', una exposición que no es el típico despliegue de posters brillantes, sino una disección del oficio del mangaka. Con 10 salas y más de 600 ilustraciones originales, la muestra nos recuerda que detrás de los dibujos hay sudor y tinta. Desde el absurdo de Fujio Akatsuka hasta la crudeza social de Tetsuya Chiba, la muestra expone que el cómic japonés no es solo para niños, sino una herramienta para hablar de guerra, paz y precariedad económica. Lo más jugoso es el acceso al 'backstage'. Hay piezas que nunca fueron diseñadas para el ojo público, como un autorretrato a lápiz y sin terminar de Jiro Taniguchi, o la icónica escena final de 'Ashita no Joe', donde el boxeador derrotado sonríe mientras el mundo se le cae encima. Para rematar, Hirohiko Araki ha plantado 12 pinturas a tamaño real de 'JoJo’s Bizarre Adventure' (un fenómeno que ya cumple casi 40 años) para que el visitante se sienta un extra en su surrealista universo. Todo esto mientras recordamos que Eiichiro Oda, con 'One Piece', creó en 2022 el libro más largo del mundo con 21.450 páginas. Un despliegue de obsesión que el museo mantiene vivo hasta el 31 de enero de 2027.
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Rosa Muñoz