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Hay que tener una capacidad de malabarismo mental admirable para llamar «media casa» a un refugio que incluye un jardín de 837,37 metros cuadrados. Óscar López, el hombre que pilota la Transformación Digital y la Función Pública, nos ha intentado vender su propiedad en Riaza como si fuera un estudio compartido en el barrio de Usera, cuando en realidad hablamos de una joya incrustada en el Torreón, un palacete que respira abolengo y que supera los 1.000 metros de superficie total. Lo irónico no es solo el tamaño —que para el ciudadano medio es el espacio de tres o cuatro parcelas de huerto urbano— sino el pedigrí del inmueble. La casa fue el feudo del doctor Antonio García Tapia, una eminencia de la otorrinolaringología que no solo fundó un hospital-dispensario el 8 de septiembre de 1935, sino que se llevó muy bien con el bando nacional, luciendo con orgullo la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio y la Gran Cruz del Mérito Naval, ambas en 1945. López, que en 2025 se dedicó a lanzar dardos contra Feijóo y Abascal usando placas del Instituto Nacional de la Vivienda para evocar el fantasma del franquismo, parece haber olvidado que su propio descanso veraniego ocurre en el antiguo palacio de un capitán del ejército de Franco. La operación inmobiliaria se cerró el 16 de junio de 2020, en plena pandemia, mientras el ministro presidía Paradores. Compró al 50% con su pareja una superficie construida de 174,30 metros cuadrados y una plaza de garaje romboidal de 12,50 metros. Todo un ejercicio de humildad socialista: criticar la estética del régimen mientras se disfruta de la piscina comunitaria de un palacete diseñado para la élite de la dictadura. Es la nueva arquitectura del progreso: borrar el pasado en Twitter, pero mantener las escrituras en el Registro de la Propiedad.
Hay una magia muy particular en la política: la capacidad de olvidar lo que hiciste ayer para exigir hoy que otros paguen la fiesta. Los independentistas de Més, ahora cómodamente instalados en la oposición, han decidido que el Ayuntamiento de Palma, bajo el mando de Jaime Martínez, debe jugar al Monopoly con dinero real. Su última ocurrencia es exigir que el consistorio les encuentre un piso a los okupas antes de que el juez les dé la patada. Una generosidad conmovedora, especialmente si recordamos que durante la legislatura pasada, cuando Neus Truyol llevaba la concejalía de Urbanismo y Vivienda, el balance de construcción de pisos sociales fue un redondo y brillante cero. Nada. Ni un ladrillo. Es el clásico movimiento de quien pide que no se cierre el grifo mientras él mismo se encargó de que no hubiera tuberías. Mientras el ciudadano medio ve cómo el alquiler en Palma se convierte en un deporte de riesgo para la cuenta corriente, Més propone un modelo donde no se cuestione si alguien 'merece' la ayuda. Básicamente, quieren que el derecho a ocupar sea el derecho a mudarse a un piso público pagado por todos. El contraste es delicioso: en 2023 hubo casi mil desalojos mientras ellos gobernaban y el silencio fue sepulcral; ahora que el Ayuntamiento quiere derribar los edificios ruinosos junto a la antigua prisión, la vulnerabilidad se ha vuelto una bandera sagrada. La moción, que se debatirá el próximo 29 de octubre, es un ejercicio de gimnasia mental. Piden incrementar 'masivamente' el parque público, ignorando que ellos tuvieron la llave del presupuesto y prefirieron el modo ahorro. Quieren proteger al okupa frente a la especulación, pero olvidan que el propietario del piso, ese que paga el IBI y ve cómo su casa se convierte en un hotel gratuito, también es parte del paisaje urbano. Una gestión basada en la utopía para los demás y el olvido para los propios.
El derecho es, a veces, como una persiana veneciana: depende de cómo la muevas que entre luz o te quedes a oscuras. Ahora mismo, el Defensor del Pueblo, Gabilondo, ha decidido jugar al abogado de los nietos, lanzando un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional para anular los autos del Tribunal Supremo que frenaron la inscripción en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA). El objetivo es claro: que los nacionalizados por la ley de Memoria Democrática puedan votar el 29 de noviembre. Suena noble, casi poético. Pero aquí es donde entra la letra pequeña, esa que suele ser el sablazo final en cualquier contrato de alquiler. Hay juristas que miran este movimiento con el mismo escepticismo con el que uno mira una oferta de 'todo incluido' sospechosamente barata. El argumento es un martillazo lógico: ¿cómo vas a defender los derechos de ciudadanos españoles si precisamente el problema es que aún no tienen la nacionalidad reconocida de forma definitiva? Es como intentar entrar en un club VIP con una invitación que el portero ya ha tachado. Para colmo, sacan a relucir el artículo 13.1 de la Constitución. Según esta lectura, el Defensor del Pueblo no tiene gasolina para proteger a extranjeros que ni siquiera pisan suelo español. Básicamente, sugieren que Gabilondo está intentando abrir una puerta que no le corresponde, defendiendo a personas que, legalmente, están en un limbo administrativo. Mientras el Defensor habla de vulnerar el derecho a la participación política, la igualdad y la tutela judicial efectiva, los críticos sugieren que el recurso debería irse directo a la papelera de reciclaje. Al final, la ley de nietos se ha convertido en un partido de tenis jurídico donde la pelota es el voto y el juez es quien decide si el jugador siquiera ha pagado la cuota del club.
Hay una forma muy elegante de decir 'me voy con la conciencia tranquila' mientras te aseguras de que la cuenta corriente no sufra el impacto. Montse Mínguez, la exportavoz del PSOE que ha decidido hacer un acto de magia y desaparecer de la escena pública, lo hace justo cuando el ruido sobre los 30 pisos alquilados por su marido, Sergi Vélez, se volvía ensordecedor. Es la clásica maniobra de desligarse de Ferraz para no manchar el mantel de las generales, pero sin soltar el tenedor. Aquí viene la parte donde la aritmética institucional se vuelve fascinante. Mientras el ciudadano medio ve cómo el alquiler de un zulo se come la mitad de su sueldo, Mínguez se prepara para recoger una indemnización de 23.568,93 euros. No es un premio a la resistencia, sino la recompensa por siete años de servicio en la Cámara Baja, donde cada año trabajado se traduce en un mes de sueldo íntegro. Con un salario base de 3.366,99 euros mensuales, la cuenta sale sola. Es el 'bonus' por dimitir en el momento justo. La normativa, un regalo heredado de la era de José Luis Rodríguez Zapatero con retoques en 2011, permite que el tope llegue hasta los 80.000 euros si aguantas 24 años en el sillón. Una suerte de plan de pensiones para la clase política que hace que cualquier fondo de inversión parezca un juego de niños. Mientras Rebeca Torró toma el relevo en la portavocía, casi cien excongresistas, como el popular Jaime Ignacio del Burgo —que sigue cobrando 3.900 euros desde 2008—, nos recuerdan que en el Congreso, el cese de la actividad es, paradójicamente, el inicio de una renta muy cómoda.
Hay una diferencia abismal entre el maquillaje de las series médicas de hace veinte años y lo que nos vomita en pantalla 'The Pitt'. Antes, simular una herida era básicamente jugar con plastilina y pegamento en barra; James Lipshaw, de Harvard, recuerda que en el 96 practicaban inyecciones en naranjas porque 'se parecía a la piel'. Una broma pesada. Hoy, la cosa es ingeniería aeroespacial aplicada a las tripas. Para que veamos un pulmón rotando en un pecho abierto o una bandera estadounidense atravesando un tórax, Myriam Arougheti y su equipo no tiran de intuición, sino de un proceso industrial. Primero, el Dr. Joe Sachs manda la 'lista de la compra' de traumas; luego, clonan al actor mediante escaneos 3D para que la prótesis encaje como un guante. No hay margen de error: si un hueso queda mal puesto, el Dr. Joe fulmina la pieza porque 'el paciente estaría muerto'. El truco está en el silicone 'deadened'. Han mezclado silicona con plastificantes para que no rebote como una pelota de goma, sino que flote y se mueva como la grasa humana. A esto le suman tecnología de drones —sí, la misma de los quadcopters— para manejar animatrónicos diminutos. Así es como logran que un bebé salga del canal de parto sin que un técnico tenga que estar lubricando un muelle oxidado detrás de las cámaras. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, Warner Bros. Discovery suelta el presupuesto sin pestañear, permitiendo que Autonomous F/X y Jason Collins reinventen la rueda en cada episodio. Es un despliegue de lujo técnico donde la ciencia y el arte se dan la mano para que el espectador sienta que está en urgencias, pero con la comodidad de su sofá.
Mientras nosotros peleamos por el último aguacate en oferta o intentamos que el Wi-Fi no se corte en mitad de una videollamada, en el patio trasero de Júpiter se monta un espectáculo de esos que solo los privilegiados con un telescopio y cero ganas de dormir pueden apreciar. El 14 de octubre de 2026, a las 5:35 A.M. CDT, Io decidió que Callisto estorbaba en el paisaje y decidió pasarle por delante, tapándola por completo en un evento de ocultación que duró, básicamente, lo que tardas en calentar la cafetera: de 5:39 A.M. a 5:44 A.M. CDT. Para los que viven en la Costa Este, la experiencia fue casi un ejercicio de masoquismo visual debido al crepúsculo brillante, obligándolos a jugar al escondite con el sol para no fundirse las retinas. Mientras tanto, el gigante gaseoso se lucía a 36° de altura en el este, brillando con una magnitud de –1.9, haciendo que cualquier farola de barrio pareciera un triste fósforo apagado. El reparto estaba completo: Ganymede haciendo el solitario al oeste, Europa pegada al planeta y el duelo final entre Io y Callisto. Pero no todo es para los 'estirados' de la astrofotografía. Para el ciudadano de a pie, que no tiene un observatorio en el jardín, la Luna se paseó a 0.4° al sur de Antares el 13 de octubre a las 5 P.M. EDT. Un encuentro casual, sin necesidad de gadgets caros, justo al lado de Tau Scorpii. En resumen: el universo sigue haciendo sus malabares con esferas de roca y gas mientras nosotros seguimos contando los minutos para que llegue el viernes, ignorando que a millones de kilómetros, Io acaba de hacerle un 'ghosting' astronómico a Callisto.
Hay un placer casi erótico en ver cómo los gigantes tecnológicos, esos que nos cobran hasta por respirar en la nube, reciben un bofetón de realidad. Primero fue Adobe y su Creative Cloud, ese agujero negro financiero que nos obliga a pagar suscripciones infinitas por herramientas que ya conocíamos. Entonces apareció ArtCraft. Michael Caffrey y su equipo, usando la IA de Anthropic (Claude), decidieron que ya bastaba de 'estafas' institucionales y lanzaron una versión open source de Photoshop, Lightroom y Premiere. Fue como encontrar el mando de la tele que habías perdido, pero que ahora además funciona mejor y es gratis. Pero Brandon Thomas, el cerebro detrás del desarrollo, no se quedó tranquilo con el sector creativo. Ha decidido ir a por el jefe final: Microsoft Office. Mediante ingeniería inversa, ha parido GridCraft, DeckCraft y WordCraft. Sí, clones exactos de Excel, PowerPoint y Word que no te piden permiso para abrirse ni te obligan a bailar el tango con una conexión a internet constante. Mientras Microsoft te pide un sablazo anual que oscila entre los 19,99 y los 199,99 dólares, ArtCraft te los regala. Es el equivalente digital a que alguien te instale el aire acondicionado en casa gratis porque el dueño del edificio te cobra la luz a precio de oro. Claro que no todo es filantropía; la startup vende créditos opcionales de IA para imágenes y vídeos impulsados por Google Nano Banana Pro. Es un modelo de negocio honesto: el software es libre, pero si quieres los 'trucos' de IA, pagas. Para Caffrey, esto es 'karma cósmico'. Durante décadas, las corporaciones han usado el código abierto para construir sus imperios; ahora que la IA permite replicar sus herramientas en un abrir y cerrar de ojos, el código abierto ha decidido morder la mano que lo ignoró. Probablemente ya tengan la bandeja de entrada llena de cartas de abogados, pero el daño ya está hecho.
Hay gente que gasta el presupuesto de una vida en un coche que se deprecia al salir del concesionario, y luego están los especuladores de huesos, que están dispuestos a soltar 9 millones de dólares por un montón de calcio con nombre de vecina. Les presento a Jodi. No es la vecina del quinto, sino un Nanotyrannus lancensis, un bicho que mide unos 19,6 pies y pesa unas 1,500 libras. Durante 80 años, los expertos se pelearon en los pasillos como niños pequeños, discutiendo si Jodi era simplemente un T. rex que no había terminado de crecer o una especie distinta. Al final, tras analizar 150 diferencias morfológicas, decidieron que no era un adolescente rebelde, sino un adulto de una especie propia. La ironía es deliciosa: el 'rebranding' científico le quita el glamour del T. rex, pero Sotheby’s sabe que el mercado del lujo no entiende de taxonomía, sino de exclusividad. Cassandra Hatton, la jefa de ciencia de la casa, dice que esto cambia nuestra comprensión del Cretácico. Claro que sí, sobre todo si esa comprensión tiene un precio de salida entre 6 y 8 millones de dólares el próximo 27 de octubre en Nueva York. Jodi, encontrada en 2019 por la ranchera Jodi Pierson en la formación Hell Creek de Montana, está completa al 55%. Tiene 35 dientes y cuatro garras, aunque para que luzca en el salón de algún magnate, han tenido que rellenar los huecos con impresiones 3D y esculturas. Es el equivalente paleontológico a comprar un coche clásico destrozado y ponerle piezas de plástico para que brille. Si Gus, otro T. rex, pasó de una estimación de 30 millones a venderse por 50, quien sabe qué locura de cheque firmará algún millonario por Jodi. Al final, el Cretácico es ahora un catálogo de Sotheby's.
Hay una regla no escrita en el universo: si el jefe quiere que el cielo sea verde, los empleados empiezan a comprar pintura. En la NASA, el 'jefe' es Donald Trump y su última ocurrencia es que la Inteligencia Artificial (AI) ya no existe; ahora se llama 'Super Inteligencia' (SI). Así de simple. No es que hayan descubierto un chip cuántico que siente amor o que el rover Perseverance haya empezado a escribir poesía metafísica en Marte. La tecnología es la misma, pero el envoltorio ahora tiene un nombre más pomposo porque así lo dicta la orden ejecutiva del 29 de septiembre. Jared Isaacman, el administrador de la NASA y miembro del club de los multimillonarios tecnológicos, ha liderado esta carrera por el diccionario. Mientras nosotros peleamos con el precio del aceite, Isaacman y su equipo están en una misión crítica: borrar la palabra 'AI' de cada rincón de la agencia. Es un despliegue de ingeniería lingüística en cuatro fases que termina el 23 de diciembre. Imagínense el caos: cambiar URLs, títulos de cargos (como el de Kevin Murphy) y hasta la infraestructura digital. De hecho, algunos técnicos advierten que esto es un 'cambio disruptivo' que podría romper integraciones de software. Básicamente, están arriesgando que el sistema colapse solo para que el nombre suene más 'épico'. Dentro de la agencia, el ambiente es de surrealismo puro. Algunos empleados comparan el término 'AI' con Voldemort: el nombre que no debe ser pronunciado. La hipocresía es deliciosa: el gobierno mantiene la definición técnica de IA, pero prohíbe el nombre. Es como cambiar el nombre de la cerveza por 'elixir de cebada superior' pero seguir vendiendo el mismo líquido. Al final, la ciencia se queda en el banquillo mientras el marketing político toma el mando del cohete.
Hay historias que nacen de la inspiración divina y otras que surgen de una lista de ideas anotadas en un cuaderno desde la infancia, como si fueran la lista de la compra de un loco. Matt Dinniman hizo lo segundo y acabó creando un monstruo: 'Dungeon Crawler Carl'. La premisa es sencilla y cruel: un hombre y la gata insufrible de su ex, Princess Donut, intentando que no los conviertan en sashimi intergaláctico en un programa de televisión para alienígenas. Es básicamente el 'Running Man' pero con más gatos y un presupuesto de efectos especiales que haría llorar a cualquier ayuntamiento. El éxito no es una casualidad, aunque Dinniman lo venda con modestia. Vender 14 millones de copias no es 'dar en el clavo', es haber montado un imperio mientras el resto seguimos peleándonos con el PDF de la declaración de la renta. La clave es el sentimiento de impotencia: un sistema diseñado para aplastarte mientras el mundo mira y come palomitas. Muy actual, muy real, muy nosotros. Ahora, el negocio escala. Peacock ha decidido que es momento de pasar el libro a la pantalla, poniendo al mando a Seth MacFarlane (Fuzzy Door) y a los veteranos Eric Heisserer y Chris Yost. El autor, que ahora juega a ser co-productor ejecutivo, confiesa que el reto es mantener el tono. Porque pasar de un libro que es como un 'Mariokart mortal' —según describe Dinniman sobre el octavo volumen, 'A Parade of Horribles', lanzado en mayo de 2026— a una serie de streaming sin que parezca un anuncio de cereales, tiene su miga. Con ocho libros ya en la calle y dos más en el horno, el banquete está servido. Solo falta ver si la adaptación tiene la misma mala leche que el papel.
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Rosa Muñoz