Crítica:
La noticia es un despliegue de absurdo burocrático. El artículo acierta al exponer la tensión interna, aunque le falta profundizar en el coste económico real de cambiar toda una infraestructura digital por un capricho semántico.
La noticia es un despliegue de absurdo burocrático. El artículo acierta al exponer la tensión interna, aunque le falta profundizar en el coste económico real de cambiar toda una infraestructura digital por un capricho semántico.
Hay una ironía deliciosa en el aire del campo estadounidense. Mientras el votante rural conservador solía ser el muro inexpugnable de los Republicanos, ha aparecido un nuevo vecino ruidoso y voraz: los centros de datos de la IA. Resulta que vivir a menos de una milla de estas moles de silicio es el mejor lubricante para el voto demócrata. Según YouGov y The Economist, el apoyo al ticket azul entre estos vecinos saltó del 54% al 61% entre mayo y octubre. Básicamente, el ruido y el consumo energético de la IA están haciendo más por los Demócratas que cualquier discurso sobre salud pública. El contraste es casi cómico. Donald Trump se ha pasado la campaña abrazando a los multimillonarios tecnológicos y vendiendo la IA como el nuevo elixir del progreso. Pero para el campesino que ve cómo su entorno se transforma en un servidor gigante, esa retórica suena a cuento chino. El resultado es que la intención de voto demócrata a nivel nacional subió del 53% al 55%, impulsada en parte por este despecho rural. Sin embargo, aquí llega el giro de guion digno de Hollywood. Los estrategas demócratas, en lugar de salir a recoger estos votos con entusiasmo, han sugerido a sus candidatos que no presionen demasiado a la industria de la IA. ¿La razón? El dinero. El lobby tecnológico está soltando decenas de millones de dólares, convirtiéndose en la fuente de financiación de campañas más gorda de la historia de EE. UU. Como bien dice Nick Owens, el activista que no se traga el cuento, ambos partidos están complicados en el mismo juego. Al final, el votante rural no es que se haya vuelto progresista de repente; es que está harto de que su patio trasero sea la batería de una IA que ni siquiera sabe usar.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la cuenta corriente para que el presupuesto de la compra no parezca un atraco a mano armada, en Aragón han decidido que la prioridad absoluta es repartir plomo. El Gobierno de Aragón ha puesto sobre la mesa la compra de 70.000 cartuchos para combatir a un enemigo que, aunque orejudo y simpático en los cuentos, es una auténtica picadora de carne para el campo. La jugada es sencilla: el dinero público fluye hacia la Federación Aragonesa de Caza (FARCAZA) para que los cazadores federados sigan con su rutina anual de abatir un millón de conejos. Porque sí, un millón. Es una escala de producción industrial, pero en sentido inverso. La urgencia es casi cinematográfica: los cartuchos deben estar en manos de los destinatarios antes del 25 de noviembre de 2026, o el dinero se esfuma. No es un experimento nuevo; en 2023 ya regalaron 40.000 cartuchos biodegradables, como quien intenta limpiar la conciencia mientras aprieta el gatillo. El Departamento de Medio Ambiente y Turismo justifica este despliegue basándose en un agujero financiero de 50 millones de euros en pérdidas agrícolas y unas 50.000 hectáreas arrasadas. La lista de municipios afectados se ha engordado con 11 nuevos nombres, incluyendo Ainzón, Alagón o Trasmoz, donde el conejo de monte manda más que el alcalde. Lo más irónico es que, según el CITA, el problema es que hemos soltado conejos para repoblar cotos y hemos puesto regadíos por doquier, creando básicamente un hotel de cinco estrellas con buffet libre para la plaga. Ahora, para solucionar el desastre que nosotros mismos diseñamos, el consejero Manuel Blasco y el PSOE se ponen de acuerdo en que la única salida es el calibre 12. Una solución quirúrgica, si por quirúrgica entendemos disparar a todo lo que se mueva en el matorral.
Hay quien se aprieta el cinturón para llegar al viernes y hay quien gestiona el presupuesto nacional como si fuera una tarjeta de crédito sin límite en un casino de Rabat. Desde que Pedro Sánchez aterrizó en Moncloa en 2018, la relación con Marruecos ha pasado de ser un baile diplomático a una transferencia bancaria constante. Hablamos de más de 1.260 millones de euros que han volado hacia el régimen de Mohamed VI bajo el paraguas de la 'cooperación'. Para que el ciudadano medio lo entienda: mientras discutimos el precio del aceite, el Ejecutivo ha soltado 200 millones entre 2019 y 2023, con un pico de 57 millones en 2022, justo cuando el ruido del caso Pegasus empezaba a molestar en los pasillos del poder. Pero claro, el dinero no se da gratis; se paga el 'servicio de portería'. El Gobierno ha transferido más de 134 millones para equipamiento contra la inmigración irregular, sumando otros 30 millones en 2021 y otros 30 en 2022 tras el caos en la frontera de Ceuta. Es la lógica del chantaje institucional: pagamos para que no pasen, y si pasan, pagamos para que los gestionen. Y esto es solo el aperitivo, porque ya se vislumbran unos 45.000 millones de euros hasta 2050 para infraestructuras, un banquete donde las empresas españolas tendrán su silla reservada. Para no parecer obsesionados con Rabat, el Gobierno reparte migajas y promesas por el resto del continente. Elma Saiz ha firmado acuerdos con Mauritania, Senegal y Gambia por 500 millones, mientras que Sudáfrica se lleva créditos de 2.000 millones en renovables. Desde Mozambique con sus 5 millones contra la corrupción hasta Argelia, que se ha quedado sin postre tras el giro estratégico del PSOE sobre el Sáhara Occidental, la factura es global. En resumen: una política exterior que se escribe con cheques y se firma con la esperanza de que el vecino no abra la puerta.
El Gobierno ha aplicado la técnica del 'caballo de Troya' con una maestría digna de un escapista. Mientras el país miraba el escaparate del Real Decreto-ley 29/2026 —bautizado con el sentimentalismo del 'decreto Maricarmen' para dar una imagen de corazón blando—, Pedro Sánchez y Óscar López han colado una cláusula que es, básicamente, una puerta trasera para echar a la gente. El truco está en la letra pequeña del artículo 12: Casa 47, la empresa pública de vivienda, puede gestionar los inmuebles del Fondo Especial de MUFACE. Hasta aquí, todo parece un plan de alquileres asequibles para el ciudadano de a pie. Pero cuidado, que aquí viene el sablazo. En el artículo 2, donde se supone que se protege al vulnerable hasta el 31 de diciembre de 2030 para que no lo echen a la calle, han dejado un hueco del tamaño de un rascacielos. Han excluido de las suspensiones de desahucios a los entes públicos que gestionan vivienda social. O sea, que si Casa 47 decide que ya no te quiere en el piso, tu condición de 'vulnerable' sirve para muy poco porque el gestor es el propio Estado. Es como si el Ayuntamiento te regalara una manta para el frío pero te prohibiera usarla dentro de sus edificios. Mientras tanto, en el Plan Estratégico Muface Avanza2 (2026-2028), la consigna es limpiar el balance. Quieren liquidar 204 inmuebles, incluyendo 86 viviendas concentradas en Madrid, para engrosar la hucha de las pensiones. Para ello, han llamado a Segipsa para que tasen y vendan. En resumen: el Gobierno usa la bandera de la protección social para mover las fichas de un tablero inmobiliario donde el inquilino es el único que no sabe si mañana despertará con una orden de desahucio firmada por el mismo ministerio que dice defenderlo.
Hay quien dice que la diplomacia es el arte de decir 'buenos días' mientras te revisan los bolsillos. El PSOE ha decidido llevar este arte a Bruselas con una enmienda a la Ley de Aceleración Industrial que es, básicamente, un pase VIP para que Marruecos acceda a ayudas europeas como si fuera un vecino de comunidad con cuota al día. Doce diputados socialistas, entre ellos figuras como Nicolás González Casares, Leire Pajín y Juan Fernando López Aguilar, han firmado una propuesta para conceder el 'trato más favorable' a terceros países con acuerdos comerciales. En cristiano: quieren que un componente industrial fabricado en el reino alauí sea visto con el mismo cariño que uno hecho en Albacete a la hora de repartir el dinero público. Mientras el ciudadano medio ve cómo la cesta de la compra se convierte en un deporte de riesgo, en el Parlamento Europeo se debate si equiparar la industria marroquí a la de la UE, el Reino Unido o la Asociación Europea de Libre Comercio. El PP, que no se ha tragado el cuento, advierte que esto es saltarse la fila sin pasar por la evaluación de reciprocidad. Es una ingeniería financiera curiosa: por un lado, tenemos el recuerdo fresco de los 80.000 inmigrantes que cruzaron la frontera entre el 30 y 31 de julio, una avalancha que Pedro Sánchez calificó en La Sexta como una gestión 'inteligente' por parte de Rabat. Por otro, el PSOE intenta que Marruecos se siente a la mesa de los beneficios industriales. La paradoja es deliciosa. Mientras las embarcaciones marroquíes hacían incursiones en aguas españolas, en Bruselas se redactaban artículos para 'preservar las cadenas de valor estratégicas'. Al final, parece que la estrategia consiste en abrir el grifo de las ayudas mientras el vecino decide cuándo y cómo abrir la frontera. Una generosidad que, curiosamente, nunca se aplica con la misma flexibilidad hacia el bolsillo del contribuyente español.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con el ticket del supermercado para que no le salga el presupuesto en rojo, en el Ministerio de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes se manejan los números con la soltura de quien juega con dinero ajeno. Félix Bolaños ha decidido que la web de La Moncloa y los papeles de la Secretaría de Estado de Comunicación necesitan un barniz de plurinacionalidad que cuesta, exactamente, 347.243,86 euros (IVA incluido). Sí, han leído bien. Casi 350.000 euros para que los contenidos digitales hablen catalán, euskera, gallego y valenciano. El despliegue de ingeniería financiera, formalizado el 9 de octubre en el BOE, es una joya del optimismo presupuestario. Roberto Martínez Orío, el subdirector general de Gestión Económica, ha firmado un contrato con la empresa Linguaserve Internacionalización de Servicios S.A. que tiene una estructura curiosa: el gasto real empieza con un 'aperitivo' de 57.873,98 euros para el primer año (2026) y luego se lanza el plato fuerte en 2027 con un sablazo de 289.369,88 euros. Lo más fascinante es el contrato de confidencialidad. La empresa debe guardar un silencio sepulcral sobre los datos que maneje, como si traducir una página web institucional fuera una operación de inteligencia del MI6 y no un trámite administrativo pagado con el IVA del contribuyente (esos 60.265,46 euros que se van directos al fisco). Al final, la Administración se reserva el derecho de no pagar si el resultado no es 'satisfactorio'. Una cláusula muy humana: yo te encargo el trabajo, te prometo el dinero, pero si no me gusta el tono del adjetivo en gallego, puede que te quedes con las ganas. Así se gestiona el lenguaje del poder: caro, lento y con el bolsillo del vecino abierto de par en par.
Hay gente que gestiona su agenda con Google Calendar y hay políticos que planifican la entrega de ciudades ajenas como quien elige el momento exacto para lanzar una oferta de Black Friday. Nabila Mounib, diputada del Partido Socialista Unificado, ha salido al ruedo con una soltura pasmosa para decir que Marruecos ya sabe cuándo abrir el debate para 'recuperar' Ceuta, Melilla y las islas Chafarinas. Eso sí, con 'inteligencia', porque aunque quieran el terreno, no están para guerras destructivas; básicamente, quieren el coche pero sin pagar el seguro ni romper el parabrisas. La chispa de esta última rabieta ha sido la visita de Felipe VI y la reina Letizia a las ciudades autónomas, un viaje que la Alianza Izquierda (esa mezcla de Federación Democrática Izquierda y el Partido Socialista Unificado) ha calificado de 'paso provocador'. Para ellos, que el Rey pise suelo español en Ceuta y Melilla es como si un vecino entrara en tu jardín a podar las plantas: una 'falsa legitimidad' de una supuesta ocupación. La hipocresía alcanza niveles estratosféricos cuando condicionan la cooperación con la Unión Europea y España al reconocimiento de sus pretensiones, usando la diplomacia como quien chantajea al tendero para que le baje el precio del pan. Para cerrar el círculo del surrealismo, Mounib no se queda en la geografía y se lanza al terreno de las teorías conspirativas. En agosto, ya apuntaba con el dedo a George Soros, sugiriendo que el multimillonario estadounidense pulsa botones invisibles para provocar disturbios y usar a los 'oprimidos'. Todo esto envuelto en el viejo sueño del 'Gran Marruecos', ese mapa aspiracional que no se conforma con el Sáhara Occidental, sino que quiere engullir Canarias, Mauritania y trozos de Malí. Un banquete territorial donde España, según ellos, es solo el plato principal esperando el momento adecuado para ser servido.
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