Crítica:
La noticia baila demasiado alrededor de la duda musical para no profundizar en la trama de nepotismo de la Diputación. Es un ejercicio de distraer con la anécdota del pianista cubano mientras el núcleo es el presunto fraude laboral.
La noticia baila demasiado alrededor de la duda musical para no profundizar en la trama de nepotismo de la Diputación. Es un ejercicio de distraer con la anécdota del pianista cubano mientras el núcleo es el presunto fraude laboral.
TVE ha decidido que este domingo 12 de julio no es día de sofá y manta, sino de hacer un 'estirón' ideológico. Mientras el ciudadano medio intenta que el presupuesto del súper no parezca un atraco a mano armada, la televisión pública ha montado un maratón de cinco películas sobre la Guerra Civil, adelantándose al aniversario del 17 de julio. No es un ciclo de cine, es un despliegue de artillería narrativa. La jornada arranca a las 15:50 con 'El maestro que prometió el mar', donde Enric Auquer da vida a Antoni Beinages, el profesor republicano que terminó mal en Bañuelos de Bureba. A las 17:25 llega 'La vaquilla', la joya de Berlanga con Landa y Sacristán, que es básicamente la prueba de que el humor es la única forma de digerir que nos matamos entre vecinos. Para equilibrar el menú, a las 19:25 sueltan 'La mula', con Mario Casas y Mario Valverde, donde el bando nacional tiene su espacio, aunque sea en un plato pequeño. El plato fuerte llega tras el Telediario de las 21:00 con el estreno de '¿Es el enemigo?', una cinta sobre Miguel Gila que aprovecha su 25º aniversario luctuoso para recordarnos que el humor nace del trauma. Y para cerrar la persiana, 'Gernika. The Movie' de Koldo Serra nos lleva al bombardeo de 1937 con María Valverde. Entre 'La Hora de la 1', 'Mañaneros 360' y 'Informe Semanal', TVE ha decidido que el domingo es el día perfecto para recordarnos que, aunque pasen 90 años, el mando a distancia sigue siendo la trinchera favorita de los gestores culturales de turno.
En la televisión pública, donde el aire se corta con cuchillo, José Pablo López ha decidido que la diplomacia es para los débiles. El presidente de RTVE ha sacado la 'motosierra' —esa herramienta que tanto asusta a Vox en sus pesadillas parlamentarias— para podar el Consejo de Informativos de RNE. El método es tan sutil como un golpe de sartén: ha abierto expedientes disciplinarios contra siete de los nueve miembros del Consejo. ¿El pecado? Emitir dos informes sobre el programa '24 Horas' que no le sentaron bien a la cúpula. Es como si en tu trabajo te pusieran una sanción administrativa por decir que el café de la oficina sabe a calcetín. Lo más delirante es que la Comisión de Acoso Psicológico, el órgano que precisamente debe filtrar estas cosas, ya dijo que las acusaciones eran mentira. Pero a López parece no importarle que la auditoría interna haya dado un 'no' rotundo; prefiere tirar la casa por la ventana y seguir adelante con el castigo. CCOO recuerda que no veíamos un despliegue de artillería así desde 2013, cuando Leopoldo González-Echenique manejaba los hilos bajo el Gobierno del PP. La historia se repite, solo cambia el color de la corbata. El asunto ha escalado tanto que hasta UGT, que suele ser el escudo humano de la dirección, ha tenido que admitir que esto es 'extremo y peligroso'. Incluso Reporteros sin Fronteras ha asomado la cabeza para decir que expedientar a quienes velan por la independencia es, básicamente, una locura. Mientras tanto, la dirección de RTVE se escuda en un comunicado diciendo que 'nadie goza de impunidad', como si estuviéramos en un juicio de la Haya y no en una oficina de Prado del Rey donde Roberto Lakidain ya ha empezado a pedir dimisiones por querer hacer una encuesta sobre programas como 'Mañaneros' o 'Malas Lenguas'. En resumen: si criticas el menú, te expulsan del comedor.
El Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido jugar al 'está prohibido mirar' con una maestría digna de un mago de feria. Mientras el ciudadano medio tiene que justificar hasta el último céntimo en una declaración de la renta, el Ejecutivo ha decidido que los informes de la Policía Nacional sobre la regularización de inmigrantes son, de repente, 'documentos de inteligencia'. Básicamente, han puesto un candado de acero a la información para evitar que los parlamentarios de Vox —concretamente Alcaraz, Asarta, Gil Lázaro y García— sepan qué riesgos conlleva meter en el sistema a medio millón de personas. Para blindar el secreto, la administración ha sacado del baúl unos acuerdos del Consejo de Ministros de 1986 y 1994, y se ha apoyado en la Ley de Secretos Oficiales de 1968. Es como si para justificar que no te dejan entrar en un local usaran un decreto de la época de Franco: effectiveness pura. El Gobierno afirma que cualquier nota técnica de la Comisaría General de Extranjería y Fronteras, la UCRI o el CENIF es material clasificado. Así, de簡単. La paradoja es deliciosa. Por un lado, la ministra Elma Saiz presume de un éxito administrativo con 1.174.978 solicitudes registradas, superando con creces los 500.000 previstos inicialmente. Por otro, el Ejecutivo niega que existan avisos sobre los riesgos para el espacio Schengen, pero se niega a entregar los papeles que lo demuestren porque son 'secretos'. Para el ciudadano, regularizarse es cuestión de presentar un padrón o un billete de autobús; para el Gobierno, la transparencia es un lujo que no pueden permitirse cuando hay que explicar el impacto de un proceso que podría sumar 300.000 personas más vía arraigo. Menudo malabarismo contable y político.
Fernando Grande-Marlaska juega al Tetris con la seguridad ciudadana, pero las piezas no encajan. El Ministro del Interior presume de tener una plantilla récord de 75.000 policías, un dato que suena muy bien en un PowerPoint, pero que en la calle huele a humo. La realidad es que casi el 50% de esos agentes están atrapados en el purgatorio de las oficinas, rellenando papeles y gestionando expedientes mientras la violencia callejera se dispara un 72% bajo el mandato de Pedro Sánchez. Es el colmo del surrealismo: tenemos a profesionales formados para neutralizar amenazas convirtiéndolos en mecanógrafos de lujo. Mientras el Director de la Policía, Francisco Pardo, insiste en que España es un referente de seguridad, los datos cuentan otra historia. El año pasado se registraron 31.481 infracciones penales por riñas y lesiones, superando el máximo de la última década. En Madrid, la cosa es peor: un incremento del 12,22% en delitos de desórdenes públicos. Para combatir un machete en la mano hace falta un equipo de cuatro a seis agentes, pero el Ministerio prefiere que esos agentes estén emitiendo tarjetas de identidad. De hecho, la regularización masiva de un millón de personas va a devorar 31.250 jornadas laborales solo en trámites de DNI. Es como contratar a un cirujano para que organice la agenda de la clínica mientras el paciente se desangra en la sala de espera. La calle clama por 6.000 agentes más en radiopatrulla, pero la ingeniería financiera de Interior prefiere ahorrar en funcionarios civiles y usar al policía como el 'comodín' administrativo más barato del Estado. Con 121.000 delitos de atentado contra fuerzas de seguridad durante este Gobierno, el 'récord de plantilla' de Marlaska no es más que un maquillaje contable para ocultar un fracaso de gestión donde la burocracia ha ganado la partida a la seguridad.
Hay coincidencias que no son casualidad, sino guiones de comedia negra. Ainhoa Sánchez Gómez acaba de graduarse en Psicología y Neurociencia por la Universidad de Bristol, un centro donde el aire huele a élite y el currículum se pule con actividades sofisticadas. En su perfil académico, la joven se define como aficionada al «diseño y elaboración de joyas». Un detalle tierno, casi artesanal, si no fuera porque en el despacho de José Luis Rodríguez Zapatero en la calle Ferraz la UCO encontró una colección de joyas valoradas en más de 1,3 millones de euros. Mientras unos hacen bisutería por hobby, otros acumulan millones en piezas que disparan investigaciones por contrabando y fraude fiscal. Es la diferencia entre el 'manualidades' de la hija y la 'ingeniería financiera' del abuelo político. La escena del regreso a España el viernes fue un despliegue de contrastes digno de una película de espías barata. El clan Sánchez Castejón, junto a siete escoltas y un asesor de Moncloa, aterrizó en el aeropuerto de Bristol para subir a un EasyJet. Para que Begoña Gómez pudiera asistir al acto, el juez tuvo que devolverle el pasaporte, ese documento que suele ser un accesorio común pero que ella tiene restringido por cuatro presuntos delitos. Mientras la Audiencia de Madrid decide el lunes si la sienta en el banquillo, la familia disfrutó de la logística de castas: Pedro, Begoña y el asesor aislados en una sala VIP, mientras el resto de la tropa esperaba en la sala común. Al final, todos vuelven a casa, pero no todos regresan con la conciencia tan ligera como el equipaje de mano de un vuelo low-cost.
Cuando el lujo se convierte en un lastre, el arte de la gimnasia mental alcanza cotas olímpicas. José Luis Rodríguez Zapatero, el arquitecto del 'Buen Gobierno', se encuentra ahora en el incómodo proceso de explicar cómo 103 piezas de joyería terminaron en un cofre en la oficina secreta del PSOE en Ferraz. La tasación de Ansorena le ha soltado un golpe de realidad: 1,3 millones de euros. Para alguien acostumbrado a los despachos, esa cifra es un problema; para el ciudadano de a pie, es el precio de un barrio entero o una hipoteca pagada diez veces. Ante el silencio sepulcral de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Marruecos —que no envían los papeles mágicos que validen el origen de los regalos—, el ex presidente ha activado el 'Plan B'. ¿La estrategia? Buscar un perito propio que diga que las joyas valen menos. Es la clásica maniobra de quien intenta regatear el precio de un coche usado después de que el mecánico le haya dicho que el motor está fundido. Si el valor baja, el problema legal se encoge. La narrativa ha mutado más veces que el clima en primavera: primero no recordaba quién se las dio, luego eran viajes oficiales y ahora son 'tradiciones' de reyes saudíes entregadas en su domicilio a nombre de su esposa. El detalle es exquisito: Zapatero se enfrenta al espejo de su propio código ético del 3 de marzo de 2005, aquel que prohibía regalos fuera de la cortesía habitual. Si las joyas llegaron mientras mandaba, tenemos un agujero contable con Patrimonio Nacional; si llegaron después, el fisco tiene hambre. Mientras tanto, el calendario se estira hasta septiembre, esperando que el tiempo borre el brillo de los diamantes y la memoria de los jueces.
París se derrite. No es una metáfora poética, es un horno urbano que ya se ha cobrado más de 2.000 muertes adicionales en una sola semana y ha dejado el campo francés como un cementerio de millones de pollos. Mientras el ciudadano de a pie intenta no evaporarse, el alcalde Emmanuel Grégoire se pone la capa de salvador del planeta y suelta la perla en RTL: el aire acondicionado individual es un 'flagelo' porque, al enfriar tu salón, calientas la casa del vecino. Una lógica de patio de colegio aplicada a la urbanística. La norma es clara: prohibido colgar cajas de metal en las fachadas. El Plan Local d'Urbanisme es la ley, y si vives en uno de los 45.000 edificios protegidos de Francia o en el centro de Lyon —donde la Unesco vigila que no muevas ni un ladrillo—, te toca sudar la gota gorda por el bien del patrimonio. El 36% de los franceses, según OpinionWay para France Energie, ni siquiera lo instala por pura ecología. Otros, simplemente, no pueden permitirse el sablazo de la instalación o el permiso administrativo. Pero aquí llega el giro irónico. Mientras Grégoire admite en Le Monde que ya ha comprado equipos para algunas escuelas, la realidad golpea en el Ayuntamiento del Distrito 19. Google Maps no miente: allí, en la fachada donde el ciudadano tiene prohibido poner hasta un timbre, lucen orgullosos los bloques de aire acondicionado. Es el clásico 'haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago'. Mientras la burocracia vuelve locos a los residentes, los despachos oficiales se mantienen a 21 grados, blindados por una letra pequeña invisible que parece exonerar a la administración del calor y de la coherencia.
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