Crítica:
El texto original es un ejercicio de indignación evidente que confunde la agenda institucional con el deseo personal. Le sobra adjetivación y le falta analizar si el viaje es un acto de Estado o un capricho electoral.
El texto original es un ejercicio de indignación evidente que confunde la agenda institucional con el deseo personal. Le sobra adjetivación y le falta analizar si el viaje es un acto de Estado o un capricho electoral.
En el tablero político, hay quienes juegan al parchís y hay quienes, como el PNV y EH Bildu, juegan a cobrar el alquiler antes de que el dueño se dé cuenta de que la casa es suya. Este viernes 17 de julio de 2026, los socios de Pedro Sánchez han decidido que ya no basta con los apoyos parlamentarios; ahora quieren que se les reconozca oficialmente como la «nación vasca». Es la clásica táctica del 'combo': aprovechar que el Gobierno depende de sus votos para pedir un nuevo estatus jurídico y político que, en lenguaje de calle, es como pedir que te cambien el contrato de alquiler por una escritura de propiedad mientras el casero tiene las manos atadas. La jugada llega con una precisión quirúrgica, aprovechando el 150 aniversario de la abolición de los Fueros y los 50 años del Movimiento de Alcaldes de Bergara. El domingo, en Bergara, Aitor Esteban y Arnaldo Otegi compartirán escenario para recordar que el autogobierno actual se les queda pequeño, como un traje de niño en un cuerpo de adulto. Otegi, que ya el pasado mayo le soltó a Sánchez que la prioridad es una «España plurinacional», ahora propone un «programa de mínimos» para las generales de 2027. Lo fascinante es la coreografía: mientras el ciudadano medio lucha con la inflación y el precio del aceite, el PNV y Bildu negocian la arquitectura del Estado como quien regatea el precio de un coche usado. No piden una mejora en los servicios, piden un «fondo de poder político». Básicamente, quieren que la llave de la casa esté en su bolsillo, mientras Sánchez sonríe y asiente para que no se le caiga el tablero antes de tiempo.
Hay quienes juegan al póker con la ley y otros que, desde la comodidad de un despacho ministerial, sugieren que el otro apueste todas sus fichas. Óscar Puente, el ministro de Transportes, ha decidido estrenar el viernes 17 de julio de 2026 con un despliegue de valentía ajena digno de un manual de supervivencia política. En las pantallas de RNE, Puente ha lanzado un consejo al aire que suena más a desafío que a asesoría jurídica: que Carles Puigdemont, el líder de Junts, deje de mirar el mapa desde Bruselas y se plante en España hoy mismo. El argumento es sencillo: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), bajo la batuta de Koen Lenaerts, ha dado el visto bueno a la Ley de Amnistía. Según la Corte Europea, perdonar delitos para 'reducir tensiones' es música para sus oídos. Sin embargo, aquí es donde la realidad choca con la retórica del ministro. Mientras Puente dice que 'hay que plantarles cara' y que Puigdemont 'lo tiene a huevo', olvida mencionar que la orden de detención del Tribunal Supremo sigue tan vigente como la factura de la luz en agosto. Puente propone un juego de riesgo: que el ex president se deje detener y llevar a prisión para 'ponerse colorado'. Es una estrategia brillante, siempre y cuando el que se pone las esposas no seas tú. Para que el camino esté despejado, no basta el beneplácito europeo; hace falta que el Tribunal Constitucional, presidido por Cándido Conde-Pumpido, y el Supremo firmen el pase de salida. Mientras tanto, el Gobierno nos pide coherencia mientras mantiene la obligación legal de arrestar al hombre que el ministro invita a volver. Una gimnasia mental que haría palidecer a cualquier atleta olímpico.
En los pasillos de la Administración General del Estado se ha instalado un clima que recuerda más a una película de espías de serie B que a una oficina pública. Resulta fascinante: los jefes, esos arquitectos del 'bien común', han descubierto que el correo electrónico es un peligroso testigo y han optado por la táctica del 'susurro al oído'. Órdenes verbales para no dejar rastro. El objetivo es tan antiguo como el hambre: que si la cosa explota, el funcionario de abajo sea el que reciba el impacto mientras el alto cargo se lava las manos con jabón neutro. La situación es tan insólita que los cuerpos superiores han pasado de discutir el café de la máquina a debatir sobre seguros de responsabilidad civil en sus asambleas anuales. Imagínate la escena: profesionales que deberían preocuparse por la eficiencia del Estado ahora actúan como si estuvieran en una zona de guerra, guardando diez versiones de un mismo texto y grabando conversaciones para evitar que el de arriba diga: 'yo no te he pedido que cambiaras eso'. Es la burocracia convertida en modo supervivencia, donde la trazabilidad es el único escudo contra un posible agujero judicial que te arruine la vida en tres o cuatro años. El pánico es real. Desde abogados del Estado hasta Interventores, el miedo es que el 'modus operandi' del Gobierno los salpique. Se habla de informes de subvenciones que desaparecen o de cartas a la Comisión Europea que nunca salen del cajón porque el político decidió que era mejor el silencio. Organizaciones como Fedeca ya recomiendan cubrirse las espaldas. Al final, estamos operando con una lógica que algunos ya comparan con la Camorra italiana: el que firma es el que tiene el problema, y el que manda, simplemente sugiere en voz baja mientras mira hacia otro lado.
Hay quien dice que en el Estado se gestionan expedientes; en la calle sabemos que se gestionan miedos. El caso es sencillo: la UCO, esa unidad de élite que se supone que es el perro guardián de la legalidad, acabó convertida en el patio de recreo de una purga política. Todo empezó por un descuido, un 'copia y pega' accidental en un documento técnico sobre los correos de David Sánchez. El error fue incluir una dirección de email oficial de Moncloa perteneciente a Begoña Gómez. Para cualquiera, un desliz administrativo; para el Ministerio del Interior, una declaración de guerra. Fernando Grande-Marlaska no pidió una aclaración, pidió una cabeza. El DAO Manuel Llamas bajó la orden con un tono que haría temblar a cualquier funcionario: 'rodarán cabezas'. Imaginen la escena: agentes analizando delitos económicos, acostumbrados a lidiar con tiburones financieros, sintiendo de repente el aliento del poder en la nuca por un simple índice de correos. Mientras el ciudadano medio pelea con la factura de la luz, en los despachos de la Benemérita se montaba una caza de brujas para castigar a quien, por acción o conocimiento, hubiera dejado escapar ese dato. La ironía es deliciosa. Se buscaba al 'filtrador' con una intensidad insólita, ignorando que el error ya estaba admitido. Al final, el castigo fue una amonestación ridícula para un analista que cometió un error humano. Pero el daño ya estaba hecho. Entre 2024 y 2025, la cúpula abrió tres expedientes disciplinarios que terminaron en nada, pero que sirvieron para dejar claro quién manda. La Fiscalía Anticorrupción lo ha dicho sin adornos: no era depurar responsabilidades, era intimidación pura y dura. Un mensaje directo a los investigadores de los casos Koldo o hidrocarburos: 'Cuidado con dónde miráis, que el cuello es frágil'.
Hay una forma muy elegante de decir que te han quitado las llaves de casa mientras dormías: se llama 'cambio técnico'. El Gobierno, en un alarde de discreción digno de un agente secreto, ha deslizado una modificación en el párrafo dos del artículo 66 de un documento de 1.178 páginas. Para el ciudadano medio, leer eso es como revisar la letra pequeña de un contrato de telefonía; nadie lo hace hasta que llega el sablazo. El pasado 1 de abril, en una reunión del COREPER en Bruselas, España decidió que ya no quería 'ordenar' la terminación del tratado con el Reino Unido, sino simplemente 'solicitarla'. Traduzcamos esto al idioma de la calle: hemos pasado de tener un botón nuclear para dinamitar el acuerdo si las cosas se ponían feas, a tener que rellenar un formulario y esperar a que la burocracia de la UE decida si le apetece hacernos caso. Es como pasar de ser el dueño del local a ser el cliente que sugiere que cierren la persiana. Lo más fascinante es la coreografía política. Mientras Pedro Sánchez se hacía la foto en La Línea demoliendo la Verja junto a Fabian Picardo —vendiendo la imagen del 'último muro de Europa'—, en los despachos se había firmado la renuncia a que el texto pasara por las Cortes. Así, sin debate ni voto, el compromiso de Mariano Rajoy de mantener 'la última palabra' ha terminado en el triturador de papeles. El resultado es un esquema donde Reino Unido mantiene la soberanía y España se queda gestionando el flujo de personas, aceptando que el tabaco y el alcohol sigan disfrutando de un IVA del 15% frente al 21% europeo. Un negocio redondo para la Roca y una 'operativa diaria' para nosotros.
Parece que en los consulados se han tomado lo de 'reparación histórica' como un 'todo incluido'. La Ley de Memoria Democrática, cariñosamente llamada la ley de nietos, ha pasado de ser un acto de justicia a una especie de campaña de marketing agresivo. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, en Paraguay y Caracas el cónsul se ha puesto la capa de animador y ha empezado a invitar a bisnietos y tataranietos a sumarse al club, como si estuvieran repartiendo cupones de descuento en el supermercado. El problema es que el sindicato CSIF, los que realmente pican piedra en las oficinas, han dicho 'basta'. Han aterrizado un escrito en la Junta Electoral Central porque se niegan a ser el escudo humano de una posible ingeniería electoral. El punto crítico es una instrucción del 25 de octubre de 2022 que, básicamente, presume que cualquiera que se largara de España entre el 18 de julio de 1936 y el 31 de diciembre de 1955 era un exiliado político. Es un salto de fe administrativo: si te fuiste en esa ventana temporal, el Ministerio de Justicia te pone la alfombra roja sin pedirte que pruebes que te perseguían por tus ideas o tu orientación sexual. Alberto Núñez Feijóo ya habla de una 'fábrica de españoles' y el PP huele que esto puede mover cientos de miles de votos en el exterior. CSIF no pide cerrar la persiana, sino que se deje de presunciones y se exijan pruebas. Quieren que la Oficina del Censo Electoral limpie la lista y que los ayuntamientos no den de alta a cualquiera que tenga un abuelo que emigró por hambre o trabajo, no por política. Al final, los funcionarios temen que, cuando llegue la hora de rendir cuentas, la responsabilidad disciplinaria no se la lleven los que firmaron la instrucción, sino el que puso el sello en el mostrador.
En la calle Guzmán el Bueno, el aire se puede cortar con un cuchillo. La cúpula de la Guardia Civil ha descubierto el arte del escapismo: la directora y el DAO, Manuel Llamas, han convertido sus despachos en museos vacíos. Desde que el juez Pedraz les puso el sello de imputados el pasado 2 de julio por prevaricación y obstrucción a la justicia en el 'caso Leire', los mandos más altos del Instituto Armado juegan al escondite institucional. Es la clásica maniobra de quien tiene la conciencia inquieta o el abogado susurrándole al oído que no diga nada. Mientras el ciudadano medio no puede faltar a un lunes de oficina sin que el jefe le monte un numerito, estos dos se escudan en una agenda de repente 'hiperactiva'. Han empezado a aparecer en cursos de especialización donde jamás habían puesto un pie, como quien intenta limpiar su historial buscando puntos extra en el colegio. El colmo del surrealismo llegó con la visita a León a la cibercomandancia y el despliegue para recibir al homólogo saudí, Abdulaziz Bin Saud Bin Naif Bin Abdulaziz, junto a Fernando Grande-Marlaska. La paradoja es deliciosa y amarga: la UCO, que es la joya de la corona de la investigación, podría terminar investigando a sus propios jefes. Todo por presuntamente ayudar a Leire Díez, la 'fontanera' del PSOE, a poner palos en las ruedas de quienes investigaban al entorno del presidente del Gobierno. Mientras tanto, el respaldo de Moncloa es un blindaje a prueba de bombas que permite que sigan cobrando el sueldo y ostentando el mando, aunque el mando ahora mismo esté en algún lugar fuera de Madrid, preparando la defensa para su declaración este jueves en la Audiencia Nacional.
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