Crítica:
La pieza es un festín de revelaciones, aunque se apoya peligrosamente en testimonios 'reservados'. El enfoque es brillante al conectar el proxenetismo con la inteligencia estatal, aunque deja el vacío de pruebas documentales actuales.
La pieza es un festín de revelaciones, aunque se apoya peligrosamente en testimonios 'reservados'. El enfoque es brillante al conectar el proxenetismo con la inteligencia estatal, aunque deja el vacío de pruebas documentales actuales.
El Gobierno de Pedro Sánchez nos vendió un paquete de regularizaciones como quien te ofrece un menú degustación de 500.000 personas: algo manejable, controlado y digerible. Pero, al abrir la cuenta, el sablazo es monumental. La realidad es que 1,17 millones de inmigrantes han solicitado el trámite, convirtiendo la estimación inicial en una broma de mal gusto. Lo más delirante es que 400.000 de estos beneficiarios ni siquiera pisaban suelo español con la frecuencia exigida; se han colado desde otros países europeos aprovechando que aquí la puerta está abierta de par en par, como quien encuentra un parking gratuito en pleno centro de Madrid. Pero aquí viene el plato fuerte: la reagrupación familiar. Según el informe 'Recuperando el control de Bruselas', publicado en enero por el Colegio Mathias Corvinus, el Instituto de Investigación sobre Migraciones y el Instituto Ordo Iuris, esta figura es la vía rápida para la inmigración masiva. La aritmética es sencilla y cruel: por cada dos que llegan, uno viene 'de regalo' por la familia. Si aplicamos esta regla a los 1,2 millones de regularizados, estamos hablando de 600.000 personas adicionales aterrizando en el país. Alejandro Macarrón, de CEU-CEFAS, lo deja claro: si la media europea se cumple, el número subirá, especialmente si el idioma hispano actúa como imán. Al final, la suma de todas las 'sorpresas' nos deja en 1,8 millones de personas. Es una ingeniería financiera del capital humano donde el beneficio real no es para quienes ya vivían aquí (unos 800.000), sino para un millón de personas que ni residían en España. Hemos pasado de una regularización a una alfombra roja global financiada con la ingenuidad del ciudadano.
Hay amistades que se forjan entre copas de rebujito y que acaban costando millones al contribuyente. María Jesús Montero, la mujer que se autodefinía como la más poderosa de la democracia, montó en Madrid un traslado exprés de su equipo de confianza de la Junta de Andalucía, una especie de 'club de veteranos' donde la lealtad pesaba más que el currículum. El epicentro de este ecosistema es la caseta 'Los Mimogas' de la Feria de Abril, donde se cocinaban decisiones que luego aterrizaban en el BOE. El caso emblemático es Vicente Fernández, el 'hombre para todo' de Montero. Pasó de ser su mano derecha en Andalucía a presidir la SEPI entre 2018 y 2019. Pero el cuento terminó mal: la UCO lo ha vinculado al 'caso Leire' por presunto cohecho y blanqueo. Se dice que, incluso después de dimitir en octubre de 2019, Fernández seguía moviendo los hilos en la sombra, presuntamente cobrando comisiones por rescatar a empresas como Tubos Reunidos, un sablazo de 112,8 millones de euros que dejó a muchos con la boca abierta. Montero, que primero lo blindó, acabó con el clásico 'me arrepiento de haber confiado'. La cadena de favores no termina ahí. Belén Gualda, otra rescatada de la Junta, acabó imputada por el juez Santiago Pedraz el pasado 29 de junio por el mismo rescate siderúrgico. Mientras tanto, Carlos Moreno, exdirector de gabinete, voló por los aires el 1 de abril tras saltar que Víctor de Aldama le habría soltado 25.000 euros para 'aceitar' aplazamientos fiscales. Y para cerrar el círculo, tenemos a Jesús Huerta en la SELAE, cobrando un sueldo de 252.474 euros anuales en 2025, una cifra que hace que la lista de la compra de cualquier mortal parezca un chiste, mientras los loteros llevan 20 años congelados. Una ingeniería de placements donde el mérito es, simplemente, haber compartido caseta.
Hay que tener valor para subir a la tribuna del Congreso y confesar que el cerebro se ha quedado en modo avión. La diputada canaria del PSOE, Alicia Álvarez, decidió que buscar argumentos propios para defender la senda de estabilidad era un esfuerzo demasiado costoso en calorías y prefirió delegar su capacidad cognitiva en un algoritmo. El jueves pasado, en un despliegue de honestidad brutal o de una desfachatez digna de premio, Álvarez admitió haber consultado a la inteligencia artificial para convencer al PP de votar a favor de los objetivos de estabilidad. Mientras el ciudadano medio se pelea con la factura de la luz o intenta que el presupuesto familiar no sea una obra de ficción, la diputada presumía de que la IA le había dado la hoja de ruta: decía que el PP debía votar sí porque era el trámite previo para los Presupuestos, beneficiaba a las comunidades autónomas y calmaba los nervios de Bruselas. El giro final fue la guinda al pastel del surrealismo parlamentario: Álvarez sentenció que era "muy triste que haya más inteligencia detrás de un ordenador que en esta parte del hemiciclo". La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo. La diputada utilizó una herramienta ajena para llamar ignorantes a la oposición, olvidando que el acto de 'copiar y pegar' la lógica de un bot no es precisamente un ejercicio de brillantez intelectual. Al final, la realidad se impuso al código: el PP, Vox, Junts y UPN pasaron del 'consejo digital' y derrotaron la senda de estabilidad por segunda vez y de forma definitiva. El algoritmo falló, pero la comedia fue absoluta.
Gestionar la frontera sur española parece, últimamente, como intentar tapar un colador con un trozo de queso suizo. El informe 'Demografía de Canarias, Ceuta y Melilla: la porosa frontera sur de España', orquestado por Joaquín Leguina y Alejandro Macarrón de CEU Cefas, nos pone los números sobre la mesa y el resultado es un frío jarro de agua. En tres décadas, más de 350.000 personas han cruzado la raya sin invitación. Es una cifra que asusta, pero más asusta la distribución del botín demográfico. Canarias ha sido la puerta giratoria: 270.218 llegadas por mar desde 1994. Lo curioso es que el grifo se ha abierto a niveles industriales bajo el mando de Pedro Sánchez, con 142.539 personas aterrizando entre 2021 y 2025. Mientras tanto, Ceuta y Melilla, esos dos trozos de tierra que Rabat mira con el hambre de quien ve un jamón en el escaparate, han sumado entre 85.000 y 100.000 entradas. Aquí la cosa no es solo de tránsito, es de sustitución. El informe es tajante: el sustrato marroquí-musulmán ya no es un detalle folclórico, es el motor demográfico. En Ceuta, el 81,1% de los nombres más comunes entre 2020 y 2024 son árabes; en Melilla, esa cifra supera el 90%. Es una transformación silenciosa mientras el Estado mira hacia otro lado. El contraste es brutal: Canarias se vacía y podría perder el 60% de su población este siglo, mientras que Ceuta y Melilla presumen de las edades medias más bajas de España (39,26 y 37,66 años). No es una migración, es un cambio de piel coordinado con las 'ambiciones expansivas' de Marruecos, que juega al ajedrez mientras nosotros seguimos pensando que esto es una partida de parchís.
Hay que tener valor. O mucha desfachatez. Morrissey, el eterno incomprendido del pop británico, ha decidido que el mejor preludio para sus conciertos del 25 de julio en Barcelona y el 29 de julio en Madrid es enviarle un 'recadito' a Pedro Sánchez. No es una postal de felicitación, sino una exigencia formal para prohibir las corridas de toros, argumentando que esta tradición empaña la imagen de España. Básicamente, el cantante quiere que el presidente limpie el patio antes de que él ponga un pie en la alfombra roja. El despliegue es digno de un manual de marketing: el músico, con el respaldo de PETA, lanza su ofensiva epistolar justo cuando el tablero político está caliente. El 15 de julio, 52 diputados volvieron a registrar en el Congreso la iniciativa 'No Es Mi Cultura'. Es el eterno retorno legislativo; un intento de quitarle el disfraz de 'patrimonio cultural' a la tauromaquia que ya ha chocado contra el muro de la abstención del PSOE. Mientras el ciudadano medio pelea con la inflación y el precio del aceite, en el Congreso se juegan el destino del toro con una proposición de ley que el año pasado movilizó a más de 715.000 firmas. Morrissey no es nuevo en esto. Ya le escribió al Papa y tiene hasta una canción, 'The Bullfighter Dies', dedicada a la causa. Pero pedirle a Sánchez que 'utilice su influencia' para acabar con la 'barbarie' justo antes de cobrar sus honorarios por llenar estadios suena a una jugada de relaciones públicas muy fina. Es el clásico movimiento de: 'Te critico el salón, pero acepto la invitación a cenar'.
Hay regalos que no caben en una tarjeta de agradecimiento ni en la conciencia de un funcionario. Mientras el ciudadano medio se pelea con el precio del aceite, en la calle de Ferraz se guardaban tesoros que hacen palidecer cualquier hucha de ahorros. La Fiscalía Anticorrupción ha decidido que el primer vistazo a las joyas de José Luis Rodríguez Zapatero no fue suficiente. ¿El motivo? Un informe de la joyería Ansorena ya tasaba el botín en 1,3 millones de euros, una cifra que, para el Ministerio Público, podría ser solo la punta del iceberg de un valor de mercado mucho más jugoso. Todo empezó el 19 de mayo, cuando la Policía Judicial entró en el despacho del exlíder socialista por orden del juez José Luis Calama. Desde entonces, el juego se ha vuelto lento. Zapatero, en su comparecencia del 18 de junio ante el Juzgado Central de Instrucción Número 4 por el caso Plus Ultra, decidió jugar al silencio. Pidió un plazo de entre siete y diez días para traer los papeles que probarían que todo era legal, pero ha pasado más de un mes y el silencio es el único documento que ha presentado. La narrativa oficial es casi conmovedora: según contó en Televisión Española al periodista Javier Ruiz, las piezas fueron un 'regalo de cortesía' y 'personal'. Eso sí, el donante es un fantasma; no hay nombre, no hay fecha, solo un vago 'hace muchos años'. El juez Calama no ha comprado el cuento y ya ha imputado al exmandatario por delitos fiscales y de contrabando. Ahora la Fiscalía quiere saber exactamente cuándo se montaron esas joyas, buscando el rastro de una generosidad anónima que huele a ingeniería financiera de alta gama.
En el Congreso, las rebajas no llegan a la cesta de la compra, sino al reglamento. Este jueves, mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación, los arquitectos del poder han decidido que entrar en el club VIP de los grupos parlamentarios ahora es más barato. A petición de ERC, Junts, BNG, Compromís y Podemos, y con el visto bueno del PSOE, se ha aprobado bajar el listón. La regla de los 15 diputados sigue ahí, como el precio oficial de un menú que nadie pide. El truco está en la vía alternativa: ahora solo hace falta el 10% de los votos en las circunscripciones y un 3% nacional. Antes, el peaje era del 15% y 5%. Un recorte quirúrgico que, en lenguaje de calle, es como si el portero de la discoteca decidiera dejar pasar a quien tenga la camiseta del equipo adecuado, aunque no tenga la entrada completa. Inés Granollers de ERC lo pinta como un acto de generosidad democrática para que 'todas las voces' suenen. Jon Iñarritu, de EH Bildu, dice que es para evitar que el PP use el reglamento a su antojo. Por su parte, Alberto Ibáñez de Compromís sostiene que es una compensación al bipartidismo. María Adrio, del PSOE, lo resume como una lucha contra la 'rigidez'. Pero el otro lado del mostrador no compra la narrativa. Pedro Navarro del PP lo define como un 'pago político' con el mismo comprador y vendedor de siempre. No es filantropía; es acceso a la maquinaria: despachos, asesores y subvenciones. Carlos Flores Juberías, de Vox, ha soltado la frase del día: 'las rebajas suceden a final de temporada'. Para él y Alberto Catalán de UPN, esto no es pluralidad, es el PSOE aceptando que es rehén de sus socios mientras prepara el cierre de la legislatura.
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