La diplomacia europea ha dejado de ser un baile de salón para convertirse en una pelea de patio de colegio. El juego es sencillo: Giorgia Meloni decide que España está 'fuera de juego' en el Espacio Schengen por el lío de Ceuta, y Fernando Grande-Marlaska responde devolviéndole el golpe con la misma moneda.
Así, desde las 00:00 horas del 8 de agosto y hasta el 7 de septiembre, España ha reinstaurado controles fronterizos en las conexiones aéreas y marítimas con Italia. Es el equivalente político a cerrar la puerta de casa con llave porque el vecino ha dicho que tu jardín está sucio.
Marlaska, con la pluma afilada, ha enviado la notificación a la plana mayor de Bruselas: Henna Virkkunen, Magnus Brunner, Roberta Metsola y Thérèse Blanchet.
El argumento es el de siempre: la 'presión migratoria' en el Mediterráneo central y el miedo a que las redes de delincuencia transfronteriza usen Italia como puente. Para darle un barniz de legalidad, el ministro ha sacado el Reglamento (UE) 2016/399 del 9 de marzo de 2016, invocando los artículos 25 y siguientes del Código de Fronteras Schengen.
Básicamente, ha buscado la letra pequeña del contrato para justificar que ahora nos pongamos a mirar pasaportes.
Lo más curioso es la puesta en escena. El Ministerio presume de controles 'a puerta de avión', evitando que el pasajero tenga que dar vueltas por el aeropuerto como si estuviera en una cola de Hacienda.
Los agentes actúan de forma 'aleatoria', centrándose en ciudadanos de terceros países, mientras que los europeos pasan como si nada. Todo ocurre 'de manera discreta', porque en la alta política, como en las malas cuentas bancarias, lo importante no es que no se haga, sino que no se note demasiado mientras se ejecuta el sablazo diplomático.
Crítica:
La noticia es un ejercicio de relaciones públicas gubernamentales que oculta la tensión real tras un lenguaje administrativo aséptico. Falta analizar el impacto real en el flujo de pasajeros para saber si es una medida efectiva o puro teatro político.
Comentarios