Crítica:
La noticia es un ejercicio de narrativa gubernamental que confunde la seguridad con el despecho diplomático. El contraste entre la inacción en Ceuta y el rigor en los aeropuertos es la verdadera noticia que el texto solo roza.
La noticia es un ejercicio de narrativa gubernamental que confunde la seguridad con el despecho diplomático. El contraste entre la inacción en Ceuta y el rigor en los aeropuertos es la verdadera noticia que el texto solo roza.
Hay quienes cambian los muebles de casa al mudarse; Abelardo de la Espriella ha preferido cambiar el mapa del mundo apenas terminó de ajustarse la banda presidencial. Mientras el eco de los 21 cañonazos de salva aún retumbaba en la Escuela Militar de Cadetes José María Córdova, el nuevo Gobierno colombiano decidió que la soberanía del Sáhara Occidental ahora es, oficialmente, marroquí. Un giro de timón tan brusco que ha dejado a la línea de Gustavo Petro en el retrovisor antes siquiera de que el nuevo presidente terminara de descorchar el champán de su investidura. La jugada ha sido ejecutada con la precisión de quien liquida una cuenta pendiente. El vicepresidente José Manuel Restrepo y el canciller Omar Bula se sentaron con el ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos para 'revitalizar' la relación. Traducido al lenguaje de la calle: han decidido hacerle un favor diplomático a Rabat para empezar la administración con el pie derecho en el club de los pragmáticos. Es el primer movimiento de un tablero donde la ideología ha sido sustituida por la 'perspectiva de largo plazo', esa frase elegante que en política suele significar 'nos conviene más este socio que el anterior'. El escenario del juramento, la Arena USC de la Universidad Santiago de Cali, ya anticipaba que De la Espriella no venía a seguir el manual de Bogotá. Tras derrotar en junio al senador Iván Cepeda, el abogado conservador llega al Palacio de Nariño con un plan de choque que parece una auditoría agresiva: quiere recortar el aparato estatal hasta un 40% —un sablazo presupuestario que haría palidecer a cualquier administrador de consorcio— y relanzar el petróleo y el gas. En este nuevo orden, el reconocimiento a Marruecos es solo el primer trámite de una agenda que prioriza los negocios y la mano dura sobre los romanticismos diplomáticos del pasado.
Hay una diferencia abismal entre gestionar una crisis y gestionar el catering de una fiesta. Mientras Ceuta se convertía en un escenario dantesco el pasado jueves 30 de julio, con 72.000 personas cruzando el agua —incluyendo un millar de menores— y un saldo oficial de 82 muertos que la AMDH eleva a 141, en Madrid el ambiente era mucho más relajado. En la mansión de Puerta de Hierro de la embajadora Karima Benyaich, se celebraba la Fiesta del Trono del Rey Mohamed VI con manjares típicos y la música de Sanaa Maraati. Una velada de gala donde el lujo contrastaba con el barro y la desesperación de la frontera. El Partido Popular, liderado por Núñez Feijóo, decidió que no era el momento de brindar y declinó la invitación. El Gobierno, en cambio, aplicó la técnica del 'estoy pero no estoy'. Aunque Fernando Grande-Marlaska y Elma Saiz se echaron atrás, Luis Planas —exembajador en Marruecos y experto en mantener los puentes intactos— se sentó en primera fila para escuchar que la invasión era una situación 'no querida' por el Reino Alauí. La hipocresía es el plato fuerte. Pedro Sánchez, antes de marcharse a Lanzarote a descansar del estrés, ensalzó la 'colaboración' marroquí, mientras que en la calle los policías y guardias civiles denuncian una pasividad criminal. Sánchez ha preferido echarle la culpa al Supremo y a una sentencia que 'corrió como la pólvora', transformando una falla de seguridad nacional en un problema jurídico. Mientras tanto, el presidente ceutí Juan Jesús Vivas advierte que quedan entre 8.000 y 11.000 inmigrantes sin repatriar, una cifra que el Gobierno intenta maquillar bajándola a 2.000. Al final, la única cabeza que ha rodado es la de la jefa de prensa de Seguridad Nacional. Una limpieza contable para que el banquete no dejara mal sabor de boca.
Hay días en los que gestionar el Estado es secundario frente a la gestión del Photoshop. Mientras el país intenta digerir la crisis de Ceuta, La Moncloa ha decidido regalarnos un enigma digno de un episodio de 'Cuéntame': la desaparición selectiva de las extremidades inferiores de Pedro Sánchez. La escena ocurre en La Mareta, Lanzarote, donde el presidente aparece en una videoconferencia con sus ministros, pero con un encuadre que haría llorar a cualquier estudiante de primer año de fotografía. El resultado es una imagen donde el mandatario parece flotar sobre la silla, como si el presupuesto del Estado hubiera servido para comprarle un kit de levitación invisible. Los detectives de Twitter, que tienen más tiempo libre que el Gobierno para hacer presupuestos, han detectado que una pata de la silla es sospechosamente más larga que las demás. Pero el verdadero 'sablazo' a la lógica llega al comparar la foto con la de la crisis de Afganistán de 2021. En aquella ocasión, la mesa de cristal dejaba ver una estructura metálica triangular; ahora, la barra central ha decidido jugar al escondite. Es el eterno retorno de la estética Moncloa. Ya tuvimos el trauma colectivo de las alpargatas en 2021, ese 'look' de domingo de playa mezclado con americana que nos recordó que, para algunos, el protocolo es como la declaración de la renta: algo que se puede ignorar si tienes el poder suficiente. Aunque un vídeo posterior confirme que Sánchez lleva pantalón largo, el misterio del calzado permanece intacto. Al final, nos queda la duda de si es un error óptico o si el equipo de comunicación ha intentado borrar el rastro de unas chanclas demasiado informales para la gravedad de los hechos.
Mientras el ciudadano medio negocia con su jefe hasta el último minuto de su convenio para no morir en el intento, en la cúspide del poder europeo el concepto de 'vacaciones' parece haber sido redactado por un agente de viajes con presupuesto infinito. La comparativa es, sencillamente, un ejercicio de sadismo administrativo. En la base de la pirámide del descanso, tenemos a los 'sacrificados': Luís Montenegro en Portugal y Kyriakos Mitsotakis en Grecia, que se conforman con siete días. Siete. Básicamente, un fin de semana largo con esteroides. Donald Tusk y Giorgia Meloni suben la apuesta a diez días, mientras que Friedrich Merz se permite una semana y media entre Baviera y su casa, probablemente revisando el correo electrónico cada cinco minutos para no sentir que el mundo se cae a pedazos. Luego entramos en la zona de confort. Péter Magyar y Micheál Martin, junto a los jefes de Bélgica, Malta, Eslovaquia, Luxemburgo y la República Checa, se toman las dos semanas reglamentarias. Emmanuel Macron, fiel a su estilo de 'emperador moderno', estira el chicle hasta medio mes en el Fuerte de Brégançon. Pero es en el Norte donde la desconexión se vuelve deporte nacional: Mette Frederiksen dispara a tres semanas, y Ulf Kristersson y Petteri Orpo rozan el mes entero, confirmando que en Escandinavia el sol de verano es sagrado, aunque sea invisible. Sin embargo, la medalla de oro en la disciplina del 'no molestar' se la lleva Pedro Sánchez. Con un despliegue de generosidad hacia su propio calendario, el presidente español ha firmado su récord personal en La Moncloa: 25 días de desconexión. Del 1 al 25 de agosto, repartiendo su tiempo entre el aire puro de Las Marismillas en Doñana y la brisa de La Mareta en Lanzarote. Mientras el resto de Europa hace maletas a contrarreloj, Sánchez ha montado un campamento de verano que deja cualquier contrato de oficina en ridículo.
Hay una disciplina casi religiosa en el arte de saber cuándo callar, pero Félix Bolaños parece haber olvidado el manual. Mientras Ceuta se prepara para el asalto del próximo 15 de agosto y la tensión migratoria vibra en el aire, el ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes decidió que el mundo necesitaba saber que él estaba 'recargando pilas'. Y no lo hizo con un comunicado sobrio, sino con un posado en Mojácar que bien podría ser la portada de un catálogo de ropa deportiva para jubilados precoces: rocas, gafas de sol, pantalón corto y una mirada perdida en el horizonte que sugiere una profundidad reflexiva inexistente. Para el ciudadano de a pie, que lucha contra la inflación y ve que el presupuesto familiar es un juego de suma cero, ver a un cargo público presumir de descanso con la canción 'Light' de John Pattern y Jonah Kest de banda sonora resulta, cuanto menos, un sablazo a la sensibilidad común. Mientras los funcionarios de Justicia llevan dos años en un limbo administrativo, sin sueldo y sin destino, esperando que alguien mueva un papel el 1 de septiembre, el ministro se dedica a la ingeniería del ocio en Almería. La red, que no perdona ni el mal gusto ni la mala gestión, ha transformado su Instagram en un juzgado sumario. Desde quienes le recuerdan que los cargos conllevan cargas hasta quienes le sugieren que su capacidad de descanso es inversamente proporcional a su eficacia laboral. Bolaños ha intentado vender una imagen de serenidad pre-estacional, pero ha terminado exponiendo la brecha insalvable entre el despacho climatizado y la realidad de una frontera que no entiende de vacaciones ni de filtros de redes sociales.
En el tablero del poder, hay jugadas que parecen diseñadas por un becario con ganas de provocar. La última genialidad del Ministerio del Interior consiste en levantar el telón de acero frente a Italia, restableciendo controles en vuelos y ferris. Fernando Grande-Marlaska ha enviado la notificación a la alta aristocracia europea —desde Henna Virkkunen y Magnus Brunner hasta Roberta Metsola y Thérèse Blanchet— justificando el movimiento como un 'monitoreo' de la presión en el Mediterráneo central y el baile de las mafias del tráfico irregular. Muy profesional todo. Pero claro, en el Madrid de Isabel Díaz Ayuso no se perdonan estos deslizamientos. La presidenta madrileña ha salido al ruedo digital para exponer una paradoja que huele a quemado. Mientras el Gobierno le cierra la puerta al 'país hermano' que invierte y aporta, Ayuso pone la cifra sobre la mesa: más de 70.000 personas entrando ilegalmente solo por Ceuta. Es el clásico contraste de la vida: es como si en tu casa prohibieras entrar al vecino que te presta la escalera, pero dejaras la puerta principal abierta de par en par para quien no ha llamado al timbre. La ironía de Ayuso es un bisturí. Califica de 'inteligente' el enfrentamiento con Italia y tilda de 'espectacular' el gesto de dar la espalda a Occidente. Al final, el ciudadano medio ve cómo se gestionan las fronteras con la misma coherencia con la que algunos gestionan su cuenta corriente: priorizando el ruido político sobre la lógica operativa. Mientras el Ministerio se pierde en comunicados oficiales sobre la dinámica de Schengen, la calle entiende que estamos jugando al Tetris con la seguridad nacional, y que las piezas no encajan ni a tiros.
Parece que el Espacio Schengen se ha convertido en el patio de recreo de dos presidentes que han decidido jugar al 'yo más', olvidando que los ciudadanos no somos fichas de dominó. Todo empezó con el 1 de agosto, cuando Italia decidió que la libre circulación con España era un lujo prescindible y suspendió el régimen. Madrid, que no se queda atrás en el arte del desplante, respondió activando sus propios controles a medianoche del 8 de agosto. Un movimiento coordinado con la precisión de un choque de trenes. La prensa italiana se ha puesto el traje de gala para el espectáculo. Mientras el Corriere della Sera y Il Sole 24 Ore hablan de un 'enfrentamiento total', Europa Today y Missionline prefieren el melodrama de la 'guerra de los pasaportes' y la 'guerra de frontera'. Es fascinante ver cómo el Giornale di Sicilia resume la situación como un 'Schengen hecho pedazos'. Básicamente, han cogido un acuerdo europeo y lo han usado como servilleta en una cena donde Meloni y Sánchez se disputan quién tiene la razón sobre la crisis de Ceuta. La cosa tiene miga: La Repubblica sugiere que Madrid pidió levantar las restricciones tres días antes, tachándolas de 'absurdas', pero Roma se plantó. Se puso el 15 de agosto como fecha límite para analizar si los rumores de Marruecos eran una amenaza real o solo ruido de redes sociales. Al final, como apunta La Stampa con su irónica 'corrida España-Italia', ninguno quiere dar el brazo a torcer. Meloni ha convertido la seguridad fronteriza en su religión política y Sánchez no puede parecerse a un felpudo. Mientras tanto, el turista que quiere ir a Baleares o Canarias descubre que viajar ahora es como intentar pasar el control de seguridad de un aeropuerto en Navidad: lento, irritante y totalmente innecesario.
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