La gestión de la crisis en Ceuta parece un mal guion de thriller donde los protagonistas no se hablan entre sí. Mientras el ciudadano de a pie intenta entender cómo terminó con 80.000 personas cruzando la frontera el pasado 30 de julio, el Ministerio de Defensa suelta la bomba: hubo un plan coordinado para dejar la ciudad a oscuras.
No hablamos de un simple fallo en el transformador del barrio, sino de una campaña de sabotaje eléctrico diseñada para convertir el caos en un apagón total, aprovechando que la ciudad ya estaba al límite.
El Estado Mayor de la Defensa ha diseccionado el desastre en tres actos.
El primero empezó el 8 de julio de 2026, cuando una sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones a Marruecos sirvió de gasolina para que las mafias de tráfico humano encendieran las redes sociales. En la segunda fase, el 30 de julio, los vídeos de los primeros infiltrados funcionaron como un imán, arrastrando a miles bajo proclamas de soberanía.
Y luego llegó el tercer acto: el intento de ciberataques y sabotajes contra la red eléctrica, justo cuando se empezaba a gestionar el retorno de los inmigrantes.
Pero lo más fascinante no es el plan del enemigo, sino la pelea en el patio del colegio del Gobierno. Margarita Robles, en el Congreso, defiende a muerte que el CNI y el CIFAS hicieron su trabajo y pasaron la información.
Mientras tanto, Fernando Grande-Marlaska, desde Moncloa, insiste en que no hubo alertas específicas. Es la clásica danza política: uno dice que avisó y el otro dice que no oyó nada, mientras el país se pregunta cómo es posible que una amenaza a la Seguridad Nacional sea motivo de un 'teléfono escacharrado' entre ministros.
Crítica:
La noticia es un festín de contradicciones ministeriales que deja el vacío informativo sobre la eficacia real de la inteligencia. El texto se pierde en la disputa Robles-Marlaska sin profundizar en quién permitió que el plan del apagón llegara tan lejos.
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