Crítica:
La noticia es un catálogo de anécdotas procesales que oculta la falta de avances reales en el fondo del caso. Prioriza el 'show' del choque de egos sobre el análisis jurídico de la presunta malversación.
La noticia es un catálogo de anécdotas procesales que oculta la falta de avances reales en el fondo del caso. Prioriza el 'show' del choque de egos sobre el análisis jurídico de la presunta malversación.
El Gobierno ha decidido que el contrato laboral ya no sea solo un papel donde firmas tu destino, sino un billete de vuelta garantizado. Yolanda Díaz, en una rueda de prensa en La Moncloa este martes, ha anunciado la transposición de una directiva europea sobre condiciones laborales transparentes y previsibles. La jugada es sencilla: ahora las empresas deberán incluir cláusulas de repatriación. Básicamente, hay que dejar por escrito quién paga el viaje de vuelta al país de origen cuando se acabe la relación laboral. El Ministerio de Trabajo juega al gato y al ratón con la semántica. Dicen que la ley solo exige 'especificar' quién sufraga el gasto, pero acto seguido sueltan la bomba: «lo normal» es que lo pague el empresario. Es como cuando te dicen que el menú es flexible, pero el precio es innegociable. Para el empresario, esto no es un detalle administrativo; es un sablazo extra en la factura operativa. Imaginen a quien contrata personal para la recogida de la fresa en un país africano: ahora, además de la gestión del trabajador, debe provisionar el billete de avión de regreso como si fuera un seguro de coche obligatorio. Pero la generosidad burocrática no acaba ahí. El Gobierno también obliga a traducir los contratos al idioma de origen del inmigrante. Porque claro, no queremos que haya malentendidos, aunque el malentendido real sea el coste de contratar traductores jurados para cada contrato estacional. Esta norma, que también protege al español que trabaja fuera, se presenta como una garantía de transparencia. En realidad, es trasladar la responsabilidad social al balance de resultados de la empresa, asegurando que nadie se quede 'tirado' en el país ajeno mientras el Estado se lava las manos con una directiva europea.
En el tablero político, hay jugadas que parecen sacadas de un manual de magia barata. El Gobierno intentó hacer aparecer en el censo electoral a 382.930 personas mediante la 'Ley de Nietos', una maniobra de ingeniería demográfica que, vista con frialdad, es como intentar inflar el saldo de la cuenta corriente justo antes de que el banco revise los extractos. El Tribunal Supremo ha puesto el freno de mano, suspendiendo estas altas en el CERA tras los recursos de Vox e Iustitia Europa. La jugada era maestra: una instrucción firmada en octubre de 2022 por Sofía Puente —casualmente hermana del ministro de Transportes— permitía presumir que cualquiera que saliera de España entre 1936 y 1955 era un exiliado. No hacía falta probar la persecución, bastaba con haber cruzado la frontera. Un 'vale todo' administrativo que convirtió el censo en un coladero. Para que nos entendamos: el PSOE se quedó a 339.119 votos del PP en las generales del 23 de julio de 2023. Sumar esos 382.930 nuevos votantes habría sido como encontrar un billete de 50 euros en el bolsillo de un pantalón viejo justo cuando no tienes para el alquiler; un alivio matemático que habría alterado el tablero. Ahora, el Supremo exige papeles. Se acabó el 'porque yo lo digo'. Solo pasarán los que acrediten el exilio real, sin presunciones creativas. Mientras el CERA pasaba de 2.333.056 electores en 2023 a 2.715.986 en junio de 2026, la Abogacía del Estado decía que no sabía de dónde venían las altas. Curioso que el Estado sea incapaz de llevar la cuenta de quién entra en su casa, pero muy eficiente a la hora de abrir la puerta. El margen entre bloques fue de 424.084 papeletas; una diferencia que ahora vuelve a ser un muro infranqueable para quienes confiaban en la aritmética del exilio presumido.
En el tablero del Consejo de Ministros, las prioridades se gestionan con una gimnasia mental digna de circo. Mientras el ciudadano medio mira el alquiler como quien mira una película de terror, el Gobierno ha decidido soltar 40,41 millones de euros para vivienda y suelo mediante subvenciones directas. Parece mucho, hasta que haces la cuenta de la vieja y recuerdas que hace unas semanas se volatilizaron más de 270 millones en cooperación internacional. Es como intentar tapar una inundación en el salón con un trapo húmedo mientras regamos el jardín del vecino con una manguera industrial. Pero el verdadero espectáculo ocurre en Ceuta. Allí, la gestión se mide en colchones y carpas, como si estuviéramos montando un festival de música mediocre. El 'plan de choque' se ha tragado 309 millones de euros, una cifra que hace que cualquier presupuesto doméstico implosione. El despliegue es casi militar: 5.200 patrullas de vigilancia, 2.000 literas y 45.000 vacunas de procedencia misteriosa. Todo esto mientras el Ministerio de Juventud admite que las ayudas para los 2.004 niños atendidos son, básicamente, una promesa electoral: 'están previstas'. Para rematar la faena, la ingeniería financiera se extiende al ocio cultural con 1,2 millones de euros repartidos entre el Teatro Cervantes de Málaga, el Festival de Cine de San Sebastián y la Spain Film Commission. Es la clásica receta: 우선idad al postureo internacional y al cine de autor, mientras en Alcobendas se queman 309.209 euros solo en seguridad para el Centro de Acogida de Protección Internacional. Al final, el balance es sencillo: 4.516 retornos voluntarios y 278 expulsiones, pero una factura pública que no deja de crecer mientras el acceso a un techo propio sigue siendo un deporte de riesgo para los de casa.
En la televisión pública, el 'servicio público' se ha convertido en un concepto elástico, casi un chiste de mal gusto. La última genialidad consiste en sentar a Pedro Sánchez en el plató de 'Mañaneros 360', un programa que, para evitar las molestias de los controles deontológicos, se disfraza de 'infoentretenimiento'. Es el truco del almendruco: si lo llamas magacín, te ahorras el rigor periodístico y puedes externalizar la producción a La Cometa, mientras los profesionales de casa miran desde la barrera cómo se saltan el artículo 35 del Mandato Marco, que exige un 100% de producción interna para lo institucional. Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca, RTVE se gasta millones en productoras externas para programas como 'Malas Lenguas' o 'Directo al grano'. El resultado es un currículum envidiable de condenas judiciales por bulos y noticias falsas. Es como contratar a un fontanero externo que te rompe la tubería y luego cobrarle la reparación al vecino. El Consejo de Informativos (CdI) y el sindicato USO ya han soltado el látigo, calificando la entrevista al presidente como un hecho de 'gravedad extrema'. No es una cuestión de quién pregunta, sino de quién firma el cheque y quién controla la verdad. La indignación es tan real que el 93,5% de los trabajadores consultados creen que este modelo está dinamitando la credibilidad de la corporación. La respuesta no ha sido un correo electrónico educado, sino la convocatoria de paros generales por parte de la CGT para el próximo lunes 14 de septiembre. En Torrespaña y Prado del Rey ya se huele el incendio; la asamblea de este miércoles es solo el fósforo que falta para que la externalización pase de ser un 'modelo de gestión' a un problema de orden público.
Hacer malabares con el presupuesto público es un arte, pero lo de la Moncloa en Ceuta ya es una obra de surrealismo puro. El Ministerio de Sanidad nos vendió un paquete 'Premium' de 100 profesionales para paliar una crisis sanitaria que ya cumple 40 días. Pero, al abrir la caja, la sorpresa es mayúscula: en el servicio de Urgencias, donde la presión es tan alta que los médicos terminan llorando, solo ha aterrizado un único facultativo. Un solo médico. Es como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua mientras el secretario de Estado, Javier Padilla, presume en 'Al Rojo Vivo' de que la plantilla se ha ampliado 'en uno o dos médicos por turno'. La ingeniería contable es fascinante. Nos hablan de 100 contratos, pero en la calle saben que eso es maquillaje: son contratos encadenados para la misma gente, principalmente personal de limpieza, enfermeros y TCAE. Mientras tanto, el músculo financiero del Ministerio, esos 122 millones de euros que Padilla mencionó en sus reuniones, parece haberse evaporado en el camino o haberse quedado atrapado en algún despacho de Madrid. Con esa cantidad, que haría palidecer a cualquier familia media al mirar la hipoteca, solo han sido capaces de poner una firma más en el libro de Urgencias. La hipocresía alcanza su cénit con Mónica García, quien insiste en que no hay colapso, solo una situación 'tensionada'. Llamar 'crisis humanitaria' a un colapso sanitario es un juego de palabras digno de un diccionario de eufemismos políticos. El resultado es una desmoralización total: tres bajas médicas por estrés y un servicio que sobrevive con cinco profesionales por turno, lidiando no solo con neumonías y sarampión, sino con un repunte de intoxicaciones por cocaína y metanfetaminas entre menores. Mientras el Gobierno juega al Monopoly con la salud pública, Médicos Unidos por sus Derechos (MUD) ha conseguido 27 voluntarios en 48 horas. El mensaje es claro: la voluntad no cuesta 122 millones, pero la inacción política sale muy cara.
El Tribunal Supremo acaba de darle un zarpazo monumental a la ingeniería electoral del Gobierno. Resulta que Sofía Puente decidió que la 'Ley de Memoria Democrática' no era solo para reparar el daño a los exiliados, sino que cualquier descendiente de alguien que hubiera hecho las maletas entre el 18 de julio de 1936 y el 31 de diciembre de 1955 podía collinear para el pasaporte y el voto. Básicamente, convirtieron una medida de reparación histórica en un buffet libre de nacionalidades. El resultado fue un inflado del Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) que parece una cuenta bancaria en paraíso fiscal: pasamos de 2.328.260 electores en 2023 a unos delirantes 2.736.522 el 1 de julio de 2026. Estamos hablando de 408.262 nuevos votantes que aparecieron por arte de magia, la mayor subida de la historia. Para que nos entendamos, es como si en una comunidad de vecinos de repente aparecieran cuatrocientos mil inquilinos nuevos que no pagan comunidad pero quieren decidir el color de la fachada. La anomalía es tan bestia que en 162 municipios el CERA ya pesa más que el censo residente (75.182 contra 56.171), y en 558 pueblos el voto exterior ya es el 50% del total. Iustitia Europa y Vox, que no se quisieron perder la fiesta, llevaron el asunto al Supremo, que ha decidido suspender los efectos de esta 'argucia'. Ahora, salvo que el consulado certifique un exilio real y documentado —algo que el Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior admite que ocurre en 'muy poca gente'—, esos cientos de miles de nuevos españoles se quedan fuera de las urnas. Mientras Félix Bolaños se pone la mano en el pecho hablando de 'enorme trascendencia' y derechos vulnerados, el Tribunal aplica el 'periculum in mora'. En cristiano: que si no actúan ya, el daño es irreparable. El Gobierno quería jugar al Monopoly con el censo, pero el Supremo les ha recogido el tablero.
Hay que tener el valor, o la cara dura, de convertir la seguridad nacional en un mercadillo de barrio. Mientras el ciudadano medio se pelea con la letra pequeña de la hipoteca, un colaborador de la Policía Nacional decidió que el paradero de un espía era el activo perfecto para hacer un 'golpe de suerte'. No hubo banderas, ni ideales, ni patriotismo de manual; solo la fría calculadora de quien ve una oportunidad de negocio donde otros ven un delito. La escena parece sacada de una serie de bajo presupuesto: marzo, el hotel Eurobuilding de Madrid,lejos del ruido pero cerca del poder. Allí, este confidente del Ministerio del Interior de Fernando Grande-Marlaska se sentó a negociar la cabeza de Mehdi Hijaouy. ¿El precio del soplo? Entre dos y tres millones de euros. Un sablazo considerable que convierte la información clasificada en una simple transacción comercial, como quien vende un coche usado en una web de anuncios. Hijaouy no es un cualquiera; fue la mano derecha de Yassine Mansouri y jefe del «Service Action» de la DGED. El hombre que guarda los secretos sucios de Mohamed VI y, según se dice, el material sustraído del teléfono de Pedro Sánchez mediante el spyware Pegasus. El colaborador policial no solo sabía que existía, sino que le dio a los marroquíes el mapa exacto: un piso en Mejorada del Campo y una finca en Cáceres. La ironía es deliciosa y amarga: el tipo que debería haber avisado a sus superiores prefirió intentar cobrar la comisión. Al final, Hijaouy, que ya había pasado por la Audiencia Nacional en septiembre de 2024 antes de saltar el teléfono y convertirse en prófugo, resultó ser la moneda de cambio en un juego de espejos donde la lealtad tiene un precio fijo y el espionaje es el deporte nacional.
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