Crítica:
La noticia expone una fractura institucional grave, pero omite los datos exactos de cuántas personas se regularizarían. Es un duelo de narrativas donde el Gobierno ignora la inteligencia técnica por conveniencia política.
La noticia expone una fractura institucional grave, pero omite los datos exactos de cuántas personas se regularizarían. Es un duelo de narrativas donde el Gobierno ignora la inteligencia técnica por conveniencia política.
Hay un truco muy viejo en la administración: cuando el dato quema, se borra la página. La Fiscalía General del Estado ha publicado su memoria anual y, casualmente, ha decidido jugar al escondite con los resultados de las pruebas de edad de los menas. Es una jugada maestra de ingeniería administrativa. Nos dicen que en 2025 se abrieron 7.999 expedientes para determinar si quien dice ser un niño es, en realidad, un adulto con barba y DNI invisible. Un récord absoluto. Pero, ¿cuántos resultaron ser mayores? Silencio administrativo. El año pasado el susto fue monumental: solo el 58,58% de los analizados eran realmente menores. Es decir, casi la mitad de los que consumían recursos del sistema de protección eran adultos jugando al juego de la eterna juventud. Ahora, la Fiscalía se escuda en que tiene 3.904 expedientes pendientes por 'falta de medios'. Es como si el cajero del supermercado te dijera que no puede darte el ticket porque se ha quedado sin papel, pero que te cobren la compra igual. Mientras tanto, Ceuta y Canarias están en modo 'contingencia', una palabra elegante para decir que el sistema ha colapsado. El ministro Ángel Víctor Torres hablaba el 7 de septiembre de unos 2.000 menores identificados, aunque hay cientos más flotando en el limbo de la filiación. Para colmo, las repatriaciones son un chiste: ocho en 2024. Ocho. Básicamente, el camino de vuelta a Marruecos está cerrado por obras diplomáticas. Entre radiografías de muñecas y TACs esternoclaviculares, la Fiscalía prefiere que no sepamos cuántos adultos están durmiendo en centros de menores, porque admitirlo sería aceptar que el sistema de protección es, en ocasiones, una guardería para mayores de edad financiada con el dinero de todos.
Hay una forma muy elegante de decir 'metida de pata' y luego está lo que ha hecho Moncloa. En un despliegue de generosidad informativa que roza lo surrealista, el Gobierno ha desclasificado informes sobre Ceuta, pero no se han quedado en el 'qué', sino que han regalado el 'cómo'. Han expuesto al Regimiento de Guerra Electrónica N.º 32 (REW32), una unidad que opera desde Sevilla y Algeciras, básicamente diciéndole al vecino que sí, que tenemos el oído pegado a su pared. La jugada fue torpe. El 30 de julio, mientras el mundo miraba la Fiesta del Trono marroquí, el REW32 ya había detectado un evento «masivo» mediante inteligencia de señales (Sigint). No estaban leyendo tweets (Osint), estaban escuchando radios. El informe, enviado al Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (Cifas), tenía dos páginas: una con las conclusiones y otra técnica, el 'manual de instrucciones' de la escucha. Moncloa, en un alarde de transparencia mal entendida, publicó ambas. Es como si para avisar de que alguien va a entrar en tu casa, el Gobierno publicara la marca del micrófono oculto y el nombre del técnico que lo instaló. El malestar en el cuartel es total. El coronel jefe de la unidad es un nombre tan secreto que ni el teléfono de la oficina tiene etiqueta, y ahora Marruecos tiene el recibo oficial de que sus comunicaciones terrestres y marítimas son un libro abierto para nosotros. Al final, el búho de oro del escudo del REW32, que simboliza la victoria sobre las traiciones, se ha encontrado con que la traición más efectiva no ha venido de fuera, sino de la propia administración. Ahora que el vecino sabe que lo escuchamos, lo más probable es que cambie la cerradura o se ponga a susurrar, dejándonos con un silencio de radio muy caro y una unidad expuesta en bandeja de plata.
Hay quien dice que el tiempo lo cura todo, pero en el despacho del juez José Luis Calama el reloj corre con una precisión quirúrgica que no admite 'olvidos' diplomáticos. José Luis Rodríguez Zapatero, nuestro exmandatario reconvertido en ermitaño de alquiler en Las Rozas, se ha topado con un muro de hormigón en el Golfo. Resulta que el señor Zapatero prometió en junio entregar los certificados de origen de unas joyas intervenidas en un plazo de diez días. Tres meses después, el plazo ha caducado más que un yogur dejado al sol y los papeles siguen siendo un fantasma. La jugada es tan vieja como el hilo negro: tras intentar hacer gestiones 'amistosas' en Arabia Saudí, Emiratos y Qatar —probablemente con el mismo tono con el que uno pide un favor para saltarse una cola—, el resultado ha sido un silencio sepulcral. Ahora, en un giro de guion digno de Oscar, Zapatero pide que sea el juez quien haga el trabajo sucio mediante comisiones rogatorias, centrando el tiro exclusivamente en Qatar. Es la clásica maniobra de quien, al ver que no puede pagar la cuenta con el carné de socio, pide que el banco gestione la deuda. Mientras tanto, la solidaridad de partido funciona como un seguro a todo riesgo. Pedro Sánchez, que no quiere que el ruido de las joyas le ensucie la campaña, mantiene el teléfono encendido para su mentor, aplicando la técnica de 'creerle al amigo' que ya probó con Víctor de Aldama. Por otro lado, la lealtad en el mundo de los negocios es mucho más volátil. Julio Martínez Martínez, el empresario alicantino que sirvió de arquitectura financiera para una consultora donde Zapatero se lucraría, ha aplicado la ley del hielo. El testaferro ha pasado de ser el confidente a ser un desconocido que no coge el teléfono, dejando al ex presidente solo con sus joyas y sus recuerdos en Las Rozas.
La palabra de un ministro tiene la misma caducidad que un yogur olvidado en el maletero durante agosto. En enero de 2020, Fernando Grande-Marlaska lanzó una promesa blindada: «ningún Guardia Civil va a salir de Navarra». Un mantra que el Gobierno ha repetido hasta 2025, mientras, por debajo de la mesa, se cocinaba un menú degustación de precariedades. Ahora, la realidad ha aterrizado con la sutileza de un choque frontal. La transferencia de competencias de Tráfico a Navarra, efectiva desde abril de 2025, ha dejado a más de 150 agentes en un limbo administrativo que parece diseñado por un experto en sadismo burocrático. La Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) ha soltado la bomba: la notificación oficial ya está aquí y el camino es un callejón sin salida. Los agentes tienen un mes para elegir entre el exilio o una 'pasarela' hacia la Policía Foral que es, en realidad, un salto al vacío. Aceptar la integración significa aceptar un sablazo en la nómina con salarios congelados, olvidarse del derecho a una vivienda y ver cómo el coeficiente de reducción para la jubilación se evapora como el agua en el desierto. Es el clásico trato de 'firma aquí y olvida tus derechos'. Para rematar la jugada, los agentes en reserva son obligados a volver al servicio activo, como si el tiempo no pasara o la edad fuera un detalle irrelevante. Lo más cínico es que, una vez que crucen el puente hacia la Policía Foral, la puerta de regreso a la Guardia Civil se cierra con candado y cadena. Una ingeniería financiera y laboral que convierte la estabilidad del funcionario en un juego de azar donde el Estado siempre gana y el agente paga la factura.
Hay quien dice que la diplomacia es el arte de decir 'buenos días' mientras te roban la cartera, pero lo de Moncloa ya es nivel maestro de la prestidigitación. Resulta que el Gobierno decidió jugar al escondite con la justicia, 'secuestrando' imágenes satelitales que son el equivalente a pillar al culpable con el botín en la mano. No eran cuatro coches perdidos en el desierto; eran convoyes de alquiler, alineaditos como si fueran el desfile de una boda, moviendo a 72.000 personas los pasados 30 y 31 de julio hacia Ceuta. Un despliegue así no se organiza con un grupo de WhatsApp y buena voluntad; requiere la logística de un Estado, concretamente la del Reino alauí, que según el CNIF, no solo 'fomentó' el flujo, sino que lo dirigió con precisión de relojero. Mientras el ciudadano medio se pelea con la administración por una cita previa, el Ejecutivo se tomó la libertad de romper la cadena de mando policial para que la juez María Tardón no viera lo que el satélite ya había gritado: que aquello era una 'guerra híbrida'. El ministro Marlaska, en lugar de dar explicaciones sobre por qué ocultar pruebas determinantes en Castillejos, prefirió lanzar invectivas y escribir al CGPJ, convirtiendo una investigación judicial en una pelea de patio de colegio. La juez Tardón, que no se deja torear, ya ha visto que esto no fue un 'suceso espontáneo' ni una movida de mafias, sino un intento de atentar contra la integridad territorial de España. Al final, el Gobierno intentó tapar el sol con un dedo, pero el satélite tiene una memoria que no entiende de razones de Estado ni de conveniencias partidistas.
Gestionar una crisis nacional parece que, para el Gobierno de Pedro Sánchez, es como intentar montar un mueble de IKEA sin instrucciones y con ganas de irse a dormir la siesta. Mientras el Ejecutivo se dedica a señalar al PP por 'poner palos en las ruedas', la realidad es que en Bruselas se miran las manos. Resulta fascinante que, habiendo una ayuda de 114 millones de euros sobre la mesa —una cifra que haría temblar cualquier cuenta corriente doméstica—, el Ministerio del Interior haya sido incapaz de rellenar los papeles a tiempo. Bruselas tuvo que bloquear el dinero por pura falta de concreción. Básicamente, es como si te ofrecieran pagar el alquiler y tú no supieras dar el número de cuenta. El ritmo ha sido, digamos, 'meditativo'. Tardaron un mes en pedir el apoyo de Frontex, cuando la UE estaba ya con el teléfono en la mano desde el primer día. Fernando Grande-Marlaska y el comisario Magnus Brunner hablan de 'importantes avances', ese lenguaje diplomático que en la calle significa 'estamos dando vueltas al asunto'. Un mes y medio después de la invasión, el dinero sigue en el limbo. Lo más surrealista es el juego de las sillas institucionales. Tenemos a Teresa Ribera, vicepresidenta de la Comisión de von der Leyen, jugando al escondite mientras Ceuta arde. Y mientras José Manuel Albares contraprograma las visitas del presidente Juan Jesús Vivas para que el foco no se desvíe, el rey Felipe VI sigue esperando el 'visto bueno' del Ejecutivo para pisar la ciudad. En resumen: mucha pompa en los anuncios, pero a la hora de ejecutar, parece que el Gobierno prefiere que la ayuda europea llegue por correo ordinario y en días laborables.
Hay una regla no escrita en los pasillos del poder: la coherencia es un lujo que las instituciones no suelen permitirse. La Universidad de Granada (UGR) se encuentra ahora en ese incómodo precipicio. Mientras el campus de Ceuta se prepara para abrir el 22 de septiembre con un 'kit de supervivencia' —vigilancia, control de accesos y apoyo psicológico para 1.755 personas—, los profesores destinados allí han decidido que ya basta de hacer como que no pasa nada. No piden solo seguridad; piden que el rector Pedro Mercado limpie el armario de los trofeos y retire el Doctor Honoris Causa a Mohamed VI, concedido el 7 de septiembre de 2000. La jugada es maestra porque utiliza el espejo de la hipocresía institucional. En mayo de 2024, la UGR se puso la capa de valiente y suspendió por unanimidad la cooperación con Israel tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. Aquella decisión, que terminó en un dolor de cabeza judicial con el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, es ahora el arma de los docentes: si hubo 'cancelación' para unos, ¿por qué el silencio cómplice con el soberano alauí ante la crisis en Ceuta? El contraste es casi cómico si no fuera trágico. Mientras la UGR presume de que su impacto en el PIB ceutí es del 3,35 % —una cifra que suena a orgullo corporativo en un folleto de marketing—, los profesores exigen que la institución deje de jugar a la diplomacia de salón y diga, sin miedo a que se le caiga el café, que Ceuta y Melilla son España. Salvador del Barrio, el vicerrector, ha tenido que escuchar que el Honoris Causa de hace 26 años ya no es un puente cultural, sino un anacronismo que huele a naftalina y a conveniencia política.
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