Estupor en la sanidad penitenciaria de Marlaska: 3.000 presos con trastornos graves y ningún psiquiatra con...

Cárceles sin psiquiatras: el parche de Marlaska

politica Una ilustración conceptual y satírica. Un pasillo de prisión oscuro y frío donde, en lugar de un médico, hay una pantalla de ordenador antigua sobre una mesa oxidada mostrando una videollamada pixelada. Al fondo, una puerta de celda entreabierta y un estetoscopio roto tirado en el suelo. Estilo editorial, colores desaturados, atmósfera opresiva y crítica.

Gestionar la sanidad en las cárceles de Fernando Grande-Marlaska se ha convertido en el arte de poner tiritas en una fractura expuesta. Mientras el ciudadano de a pie hace malabares con la cita previa, en las prisiones el sistema ha decidido que la salud mental es un lujo opcional.

Tenemos a unos 3.000 internos con trastornos graves viviendo en un limbo asistencial, porque los psiquiatras de plantilla han hecho un truco de magia y han desaparecido de la mayoría de los centros. La Administración juega al despiste con una ley de 2003 que obligaba a integrar la sanidad penitenciaria en el Sistema Nacional de Salud en 18 meses.

Han pasado 23 años. Dos décadas ignorando el calendario, como quien deja que la factura de la luz se acumule esperando un milagro. El resultado es un desierto profesional: José Joaquín Antón, presidente de la Sociedad Española de Sanidad Penitenciaria, suelta la cifra que debería hacer saltar todas las alarmas: hay oposiciones donde salen 80 plazas y se presentan siete valientes.

Siete. Es como intentar llenar un estadio con una familia numerosa. ¿Quién quiere entrar ahí? Ganar menos que en el ambulatorio de barrio, cero carrera profesional y el romanticismo de ejercer la psiquiatría por videollamada. Sí, la telemedicina es el parche estrella para cubrir urgencias donde no hay ni un médico que pisara el suelo.

Solo se salvan Cataluña y el País Vasco, que ya transferieron el servicio, y los hospitales de Alicante y Sevilla, que custodian a 500 internos con medidas de seguridad. El resto es una lotería: en Albolote, Granada, un psiquiatra del Servicio Andaluz de Salud asoma la cabeza una vez por semana.

El resto del tiempo, el sistema sobrevive a base de parches y esperanza ciega.

Crítica:

El texto es un catálogo de negligencias estructurales que deja claro que la ley es un papel mojado desde 2003. No profundiza en el coste económico de los 'parches' privados, pero el contraste entre plazas ofertadas y aspirantes es demoledor.

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