Crítica:
La noticia se apoya peligrosamente en filtraciones de 'fuentes cercanas' sin aportar grabaciones. Es un festín de indiscreciones que prioriza el cotilleo de pasillo sobre la prueba documental.
La noticia se apoya peligrosamente en filtraciones de 'fuentes cercanas' sin aportar grabaciones. Es un festín de indiscreciones que prioriza el cotilleo de pasillo sobre la prueba documental.
Pedro Sánchez ha decidido combatir el incendio forestal de la vivienda con un vaso de agua tibia. El plan, bautizado irónicamente como el 'idealista público', consiste básicamente en montar una página web y ofrecer unas 800 viviendas. Para quien intente alquilar un zulo en Madrid o Barcelona, esa cifra es el equivalente a intentar pagar la hipoteca con monedas de un céntimo encontradas en el sofá: insignificante. Mientras el presidente sostiene que el mercado es un animal salvaje incapaz de autorregularse, sus propias políticas parecen haberle echado gasolina al fuego. Los números no mienten, aunque el Gobierno intente maquillarlos con propaganda. Desde el año 2001, cuando el déficit habitacional era de 176.000 viviendas, hemos escalado hasta un agujero de 800.000 inmuebles. Hacer las cuentas es sencillo: el plan de Sánchez cubre el 0,1% de la necesidad real. Es como anunciar que vas a solucionar el hambre en el mundo repartiendo ocho galletas en una plaza pública. El descalabro es estructural. Mientras el ritmo de construcción se ha quedado dormido en unas 100.000 viviendas anuales, la creación de nuevos hogares —impulsada en gran medida por la política migratoria— vuela por encima de las 250.000 unidades al año. Desde 2021, se han formado más de un millón de nuevos hogares que no tienen dónde aterrizar. El resultado es una tormenta perfecta: menos oferta, más demanda y un Ejecutivo que cree que una URL y unas cuantas llaves perdidas pueden frenar un colapso inmobiliario que ya tiene el agua al cuello.
Bienvenidos al deporte nacional: el 'tuitazo' como estrategia de Estado. Esta vez, el ring es el asfalto del Madring y los púgiles son José Luis Martínez-Almeida y Óscar Puente. El ministro, en un arranque de sinceridad digital el pasado domingo, calificó el Gran Premio de España en Madrid como un 'auténtico truño', comparándolo con un 'Mónaco 2 pero más rápido' y describiendo la carrera como un 'trenecito de coches'. Básicamente, Puente sugirió que el circuito tiene la misma emoción que hacer cola en el banco un lunes por la mañana. Almeida, que no deja pasar ni una mosca, respondió este lunes en el Club Siglo XXI con una elegancia que corta el aire. Para el alcalde, Puente 'sabe más de F1 que de trenes', un dardo que apunta directo a la gestión de los Cercanías. Mientras el ministro se preocupa por los adelantamientos en pista, los madrileños siguen esperando que su tren llegue en tiempo y hora, un lujo que hoy parece más difícil de conseguir que un parking gratis en el centro. La cosa se puso fea cuando Almeida sacó la artillería pesada: el accidente de Adamuz de enero con 46 muertos. El alcalde transformó la crítica deportiva en un reproche ético, sugiriendo que el Gobierno prefiere 'moverse en el lodo' de X que dar respuestas a las familias. Puente, lejos de recogerse, volvió a ironizar este lunes sobre las posibles reformas del circuito para facilitar adelantamientos, preguntando por qué tocarlo si 'los fachas' ya lo consideran el mejor del mundo. Al final, tenemos a un ministro que actúa como 'opinador' profesional y a un alcalde que ve conspiraciones electorales en cada tuit. Una pelea de egos donde el único que sale perdiendo es el ciudadano, que sigue atrapado en el verdadero 'trenecito' de la burocracia y los retrasos ferroviarios.
En el tablero del poder, hay quien juega al póker con el dinero público y espera que el Estado le pague la cuenta. El magistrado José María Macías ha soltado una ponencia que es como un jarro de agua fría para los optimistas del procés: el Tribunal Constitucional avala que el Supremo no les aplique la amnistía. ¿El motivo? El 'beneficio personal patrimonial'. Traducido al idioma de la calle: los líderes separatistas usaron la tarjeta del contribuyente para financiar el referéndum del 1 de octubre, evitando que el sablazo saliera de sus propios bolsillos. Es la diferencia entre pagar la cena con tu sueldo o usar la tarjeta de la empresa y decir que es un 'gasto operativo'. Jordi Turull, que lleva una inhabilitación de 12 años pesándole en la mochila, intentó vender que la interpretación del Supremo era un capricho. Alegó que no hubo enriquecimiento ni se afectó a la UE, invocando artículos de la Constitución como si fueran amuletos contra la mala suerte. Pero Macías no ha comprado la historia. Para el ponente, ahorrar dinero propio usando fondos ajenos es, en esencia, llenarse el bolsillo por omisión. La cita está marcada para el 22 de este mes, aunque el guion ya parece escrito. Mientras Macías defiende que no hay vulneración de derechos fundamentales, el ala izquierdista del TC, que tiene la mayoría aritmética, probablemente mande la ponencia a la trituradora. Cándido Conde-Pumpido ya ha insinuado que el resultado final, previsto para el 5 de octubre, será un pase libre para los condenados. Al final, la justicia parece funcionar como una suscripción premium: depende de quién tenga la mayoría en el Pleno para decidir si el 'ahorro' de fondos públicos es un delito o un simple descuido administrativo.
Hay una diferencia abismal entre decir que tienes la casa limpia y que, al abrir el armario, se caigan tres kilos de ropa sucia encima del invitado. Eso es exactamente lo que ha hecho la Oficina del Censo Electoral (OCE) con el informe CEG-02 remitido el 10 de julio a la Junta Electoral Central (JEC). Nos vendieron una 'trazabilidad completa', un término técnico que suena a reloj suizo, pero que en la práctica ha resultado ser un colador. Mientras el ciudadano medio tiene que justificar hasta el último céntimo en la declaración de la renta, la OCE decidió que detallar la provincia española de inscripción era un lujo prescindible. Un detalle menor, dirán algunos, si no fuera porque la provincia es la que decide quién se lleva el escaño y quién se queda mirando. El juego de trileros alcanzó su cenit al omitir la tabla acumulada entre el 1 de diciembre de 2022 y el 1 de junio de 2026, fragmentando los datos como quien intenta esconder una deuda grande en varios plazos pequeños para que no salte la alarma. Y para rematar el maquillaje, movieron el cronómetro: el informe dice empezar el 21/10/2022, pero los datos arrancan el 1 de diciembre, ignorando convenientemente el cierre de noviembre. Lo más delirante es la 'comprobación visual'. Básicamente, alguien mira un papel, dice 'vale' y lo anota, sin dejar rastro de quién es ese 'alguien' ni qué criterio usa. Una gestión tan opaca que el Tribunal Supremo ha tenido que intervenir con urgencia, obligando a separar los exiliados reales de los beneficiarios de la interpretación expansiva de la Instrucción de Sofía Puente del 25 de octubre de 2022. José Manuel Albares, el ministro, prefirió hacer un apagón informativo en sus resúmenes de prensa, pero el Supremo no acepta el modo avión: quiere datos, criterios homogéneos y que se deje de cuentos chinos con el CERA.
El pasado 14 de enero, Pedro Sánchez lanzó un caramelo que sabía a gloria: 17.000 fincas para jóvenes agricultores a través de la 'Plataforma Tierra'. El anuncio cayó como anillo al dedo mientras los tractores asediaban las capitales por el lío del Mercosur y los recortes de la PAC. Parecía la solución mágica para un sector donde solo el 9% de los trabajadores tiene menos de 41 años. Pero, como ocurre con muchas promesas electorales, al abrir el capó el motor estaba gripado. Resulta que el Ministerio de Agricultura sigue en silencio, sin el Real Decreto prometido, mientras que un estudio de Cocampo y su fundador, Regino Coca, ha puesto los puntos sobre las íes. La realidad es que el Fisco tiene unas 15.510 parcelas cedibles, pero el tamaño medio es un chiste: 0,416 hectáreas. Para que nos entendamos, es como prometer un piso para una familia y entregarles un trastero con humedad. Mientras que la finca agrícola media en España mide 30,46 ha, el 76,4% de estas 'joyas' gubernamentales no llega ni a una hectárea. Es agricultura de maceta, no de negocio. La ingeniería financiera es fascinante. El Plan de Ventas del Estado 2023-2030 no es más que el hijo moderno de una estrategia de Rajoy iniciada en 2012 para llenar las arcas públicas. Entre 2012 y 2024, el Estado ha soltado parcelas por una media de 2.558 y 2.741 euros, cifras que parecen calderilla comparadas con los 14.000 o 30.000 euros que cuesta una hectárea de regadío. Al final, Sánchez ha vendido como un plan de relevo generacional lo que en realidad es una liquidación de saldos de terrenos minúsculos, concentrados sobre todo en Castilla y León (3.320), Comunidad Valenciana (5.358) y Aragón (1.725).
Hay quien dice que el éxito es cuestión de esfuerzo, pero en los pasillos de la Audiencia Nacional parece que el éxito se mide en porcentajes. La historia es un clásico: una aerolínea con capital venezolano, Plus Ultra, al borde del abismo en plena pandemia, y un expresidente que, según los investigados, sabe exactamente qué hilos mover. No hablamos de una simple palmada en la espalda; hablamos de una presunta comisión de éxito del 1% sobre un rescate de 53 millones de euros gestionado a través de la SEPI. Para el ciudadano medio, 530.000 euros es una cifra astronómica, casi un sueño; para el 'Grupo Zapatero', según Roberto Roselli y Julio Martínez Sola, era simplemente el precio del trámite. Pero aquí viene el giro de guion que hace que la trama sea deliciosa. Resulta que el flujo de dinero no se detuvo en la primavera de 2021. Mientras nosotros peleábamos con la inflación en la compra del súper, la compañía siguió haciendo ingresos en las cuentas de Julio 'Julito' Martínez, el autodenominado «correveidile» de Zapatero. Si Martínez era el mensajero, la sospecha es que el jefe también quería su tajada de los negocios en Latinoamérica. Es la lógica del intermediario: si abres la puerta, quieres que te den una propina cada vez que alguien pase por ella. El cuadro se completa con un toque de glamour sospechoso: joyas por valor de 1,3 millones de euros aparecidas en un despacho, que la UDEF ha detectado y que no figuran en ninguna declaración a Hacienda. Mientras la defensa de Zapatero y su abogado Víctor Moreno Catena intentan blindar sus cuentas bancarias para evitar una «investigación prospectiva», el juez José Luis Calama y la fiscal Elena Lorente siguen el rastro de Análisis Relevante. Al final, lo que parece una consultoría global tiene más pinta de ser una ingeniería financiera para repartir el botín entre el expresidente y sus hijas.
Hay protocolos para todo: para pedir una cita en el médico, para pagar el IBI y, por supuesto, para cuando te hackean el móvil siendo la jefa de Exteriores. En abril de 2021, Arancha González Laya descubrió que su teléfono no era precisamente un búnker, sino una puerta abierta de par en par. Mientras el ciudadano medio se preocupa por si el banco le ha cobrado la comisión de mantenimiento, la entonces ministra gestionaba la crisis con Marruecos y el espinoso caso Gali con un dispositivo que probablemente enviaba sus secretos en tiempo real a quien quisiera escucharlos. La escena es digna de una comedia de enredos institucional. Laya, siguiendo el manual de instrucciones, se plantó en Palacio de la Moncloa para entregar el aparato infectado a Félix Bolaños. Un traspaso de testigo, o más bien, de malware. El problema es que este 'regalito' tecnológico llegó en el peor momento posible: en plena tensión diplomática con Rabat y con el Frente Polisario mirando desde la barrera. Es fascinante el contraste. Nos venden la seguridad nacional como un muro de hormigón, pero resulta que la llave de la casa estaba puesta por fuera. Que el personal del Ministerio confirmara la intrusión es el equivalente a que te digan que tienes una gotera justo cuando se ha inundado el salón. La entrega del móvil a Bolaños no fue un simple trámite administrativo, fue la confesión de que la alta cocina diplomática española se estaba cocinando con una ventana abierta y el viento soplando fuerte desde el Magreb. Al final, el protocolo se cumplió, pero la sensación de vulnerabilidad se quedó grabada en el disco duro de la historia reciente.
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