Crítica:
La noticia es un ejercicio de cronología evidente, pero falla al no cuestionar si este 'vacío' es una negligencia o una estrategia deliberada. Demasiado respetuosa con el calendario y poco incisiva con la responsabilidad administrativa.
La noticia es un ejercicio de cronología evidente, pero falla al no cuestionar si este 'vacío' es una negligencia o una estrategia deliberada. Demasiado respetuosa con el calendario y poco incisiva con la responsabilidad administrativa.
Hay una regla no escrita en los pasillos del poder: cuando el Gobierno tiene que elegir entre salvar el pellejo en las urnas o pelear por el pan de alguien más, el pan siempre queda en segundo plano. Pedro Sánchez ha dejado el campo español en una situación que, en lenguaje de calle, sería como dejar la persiana abierta en plena tormenta y marcharse de vacaciones. Mientras Bruselas diseña el presupuesto para 2028-2034 y la nueva Política Agraria Común (PAC), España se prepara para el 29 de noviembre, fecha de las elecciones generales. Un timing exquisito. El calendario es una broma de mal gusto. Los líderes de la UE se reúnen el 15 y 16 de octubre para el marco financiero, y los ministros de Agricultura se sientan el 26 y 27 de octubre. ¿El problema? Que justo cuando llega el 23 de noviembre, con los ministros europeos decidiendo cuánto dinero caerá en los bolsillos de los agricultores, aquí estaremos nosotros discutiendo eslóganes electorales. Es como intentar negociar la hipoteca del siglo mientras tu casa se está incendiando y tú estás ocupado eligiendo el color de las cortinas del salón. Unión de Uniones, con Luis Cortés a la cabeza, ha soltado la alerta: el calendario agrario no se pausa por un decreto electoral. El vacío de poder es el mayor miedo. Para diciembre, con reuniones los días 14 y 15 y un Consejo Europeo del 15 al 18, es muy probable que España siga en ese limbo incómodo de 'estamos formando Gobierno'. Mientras tanto, el agricultor sigue esperando que baje el gasóleo y que Bruselas no nos tome por el camino más corto aprovechando que en Madrid nadie tiene tiempo de mirar el mapa europeo.
Hacer magia con el dinero público es el deporte nacional, pero Pedro Sánchez acaba de elevarlo a categoría de arte. Mientras el ciudadano medio mira la cuenta corriente con el mismo pavor que quien abre un sobre de Hacienda, el Gobierno ha habilitado una línea de financiación de 10.000 millones de euros a través del Instituto de Crédito Oficial (ICO). ¿Para qué? Para resucitar, con un truco de prestidigitación legislativa, unos decretos que el Congreso acababa de mandar al cementerio el viernes pasado. La jugada es sencilla: como el Pleno derogó las normas, el Ejecutivo ha redactado un texto 'nuevo' —que es básicamente el mismo perro con distinto collar— para colarlo en la Diputación Permanente. El plato fuerte son préstamos de hasta 50.000 euros a interés cero para la primera vivienda. Suena idílico, casi como un regalo de Navidad adelantado, pero es la herramienta perfecta para que el PNV no le cierre la puerta en la cara. A esto le suman otros 400 millones para proveedores de vivienda social, un parche más en un sistema que gotea por todas partes. Entre teleprónter y poses de candidato, Sánchez compareció en la Moncloa para recordarnos que 'ni tira la toalla ni deja tirada a la gente', aunque curiosamente haya disuelto las Cortes sin aprobar unos Presupuestos en toda la legislatura. Es la paradoja del 'Gobierno de la gente': prometer que no habrá ni un desahucio más mientras se juega el tablero electoral para el 29 de noviembre. Mientras tanto, la norma de los alquileres indefinidos, esa que Sumar quería para quedar bien con el Sindicato de Inquilinas, ha durado menos que un caramelo en la puerta de un colegio: día y medio de vigencia antes de evaporarse. Una gestión basada en el 'abracadabra' donde los datos duros sirven para maquillar la improvisación.
Heredar el gobierno el 29 de noviembre será como recibir las llaves de un piso que parece un palacio, pero que tiene las tuberías reventadas y una hipoteca que asusta. El agujero de las pensiones en 2025 ha alcanzado los 63.716 millones de euros, un 3,8 % del PIB que, con la inflación haciendo de las suyas, promete engordar en 2026 y 2027. Básicamente, el sistema es un colador: las cotizaciones solo cubren tres de cada cuatro euros. El resto, unos 61.342 millones en 2025, sale de los Presupuestos Generales del Estado, lo que en lenguaje de calle significa que estamos parcheando el barco con chicle mientras el agua nos llega al cuello. Pedro Sánchez presume de una salud extraordinaria del sistema, pero los números no saben de marketing. Mientras él decía que el Fondo de Reserva tenía 5.000 millones al llegar al poder (cuando eran cerca de 8.000), la realidad es que hemos pasado de un patrimonio neto positivo de 54.000 millones en 2011 a un saldo negativo de más de 121.000 millones hoy. La hucha, que en aquel entonces guardaba 66.000 millones, se ha quedado en poco más de 10.000. Es como si hubiéramos vaciado la cuenta de ahorros para pagar el alquiler del mes. La arquitectura de José Luis Escrivá, el actual gobernador del Banco de España, fue el detonante. Al eliminar el factor de sostenibilidad y atar las pensiones al IPC, convirtió el sistema en un globo que se infla con cada crisis energética. Para compensar, inventaron el Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI), que Diego Sánchez de la Cruz, del Instituto Juan de Mariana, define con precisión quirúrgica: un impuesto disfrazado que encarece el trabajo sin dar derechos futuros. El resultado es un gasto público consolidado de 725.006 millones en 2024 y una deuda histórica de 1,763 billones de euros. Un festín de cifras récord que, al final, paga el que cotiza.
Hay que tener una arquitectura mental fascinante para gestionar la realidad. Mientras el Hospital Universitario de Ceuta se convertía en un campo de batalla sanitario, el Ministerio de Exteriores de José Manuel Albares decidió que el momento ideal para hacer generosidad era el 8 de septiembre. ¿El gesto? Inyectar 402.978 euros —el 97,2% del coste total de un proyecto— a la sanidad del norte de Marruecos. Es como intentar arreglar la gotera del vecino con el presupuesto que necesitas para que no se te caiga el techo del salón. El proyecto, bautizado con el lenguaje corporativo de siempre como «Empoderar la salud», se centrará en poner placas solares, oxígeno y formación para comadronas en el Distrito Sanitario de Ouazzane y la casa de maternidad Dar Al Oumouma de Zoumi. Todo gestionado por la cooperativa barcelonesa Azimut 360 SCCL y la ONG ADL-Al Maghrib. Una ingeniería financiera impecable: el dinero sale de Madrid, pasa por Barcelona y termina en Ouazzane, mientras en Ceuta los médicos intentaban sobrevivir al caos. Porque el contraste es, sencillamente, obsceno. Entre el 30 de julio y el 30 de agosto de 2026, las Urgencias de Ceuta vieron cómo el número de pacientes no inscritos en la Seguridad Social pasaba de 315 en 2025 a 5.423. Un incremento del 1.621%. Para que nos entendamos: es como si en tu casa solían venir tres visitas al mes y, de repente, se te instalan cinco mil en el pasillo. El 30 de julio, el hospital registró 384 asistencias en un día donde la media es de 170. El 67% de esos pacientes no estaban en el sistema español. Mientras el Gobierno firmaba cheques para que en Marruecos hubiera luz las 24 horas, en Ceuta la luz se agotaba intentando atender una invasión que el Ministerio de Exteriores parece haber decidido financiar indirectamente.
Hay que tener un despliegue de gimnasia mental digno de Cirque du Soleil para mirar una huelga general y concluir que el objetivo no es quien lleva las llaves del despacho, sino quien está sentado en el banquillo de la oposición. María Jesús Montero, la estratega del PSOE andaluz, ha decidido que la realidad es opcional. En una rueda de prensa desde Sevilla, ha soltado la perla de que estamos ante una «situación inédita»: una huelga convocada por UGT y CC.OO. que, según ella, no va contra el Gobierno, sino contra la derecha. Es como si te subieran el alquiler un 20% y la inmobiliaria te dijera que el problema es que el vecino de enfrente no votó a su candidato. Mientras el ciudadano de a pie hace malabares con la cuenta corriente para que no le den el portazo en la cara, Montero prefiere jugar al tenis político. El problema es que Pepe Álvarez, el secretario general de UGT, no ha comprado el ticket para este espectáculo. Álvarez fue tajante en la Cadena SER: el adelanto electoral no ha sido el motor de la huelga. Traducido al cristiano: el paro se mantenía aunque Pedro Sánchez no hubiera disuelto las Cortes. Es decir, que la factura del enfado llega directamente a Moncloa, donde gobiernan desde junio de 2018, y no a los despachos de la oposición. La paradoja es deliciosa. Montero admite que los trabajadores sufren desahucios y que los hijos de 30 años siguen viviendo en el cuarto de invitados porque alquilar un piso es hoy un deporte de riesgo. Pero, en lugar de mirar el espejo, prefiere señalar el Congreso de los Diputados. Para la exvicepresidenta, la huelga es un «rechazo a la negativa a aprobar» los decretos de vivienda. En resumen: el Gobierno es la víctima que intenta ayudar, y los sindicatos son, sin saberlo, sus mejores aliados contra la derecha. Un giro de guion que ni en Netflix.
Vender que el paro ha caído es muy fácil cuando te permites cambiar las reglas del juego a mitad de la partida. El Gobierno presume de una reducción de 755.000 parados entre diciembre de 2019 y diciembre de 2025, una cifra que suena a gloria bendita en cualquier rueda de prensa. Pero, como ocurre con las letras pequeñas de los contratos de telefonía, el truco está en lo que no se cuenta. El Instituto Juan de Mariana ha pasado el escáner a los datos del SEPE y el resultado es un baño de realidad: el 78% de esa supuesta victoria es puro maquillaje contable. La jugada maestra consiste en los 'demandantes con relación laboral', principalmente fijos discontinuos. Son personas que, aunque están en casa esperando que alguien les llame para trabajar, técnicamente mantienen un contrato. Es como decir que no tienes hambre porque tienes una reserva de comida en el congelador que solo puedes abrir una vez al año. Este colectivo ha pasado de 301.000 personas a finales de 2019 a 893.000 al cierre de 2025, llegando incluso a los 919.000 en enero de 2026. Básicamente, se han triplicado. Si aplicamos la metodología del 'paro efectivo', que no se deja engañar por los malabarismos administrativos, la caída real del desempleo se desploma de los 755.000 a unos modestos 163.000. Una diferencia de 592.000 personas que han pasado de ser 'parados' a ser 'demandantes invisibles'. No es que no se haya creado empleo —la EPA confirma que llegamos a 22,78 millones de ocupados en el segundo trimestre de 2026—, es que el Gobierno ha confundido el éxito laboral con una brillante ingeniería estadística. Han pasado la escoba por debajo de la alfombra y ahora nos piden que aplaudamos la limpieza del salón.
España ha logrado entrar en el 'Top 4' del mundo desarrollado con más inflación, un podio que nadie quería y que solo nos precede Turquía, Hungría e Islandia. Mientras el ciudadano medio ve cómo el carrito de la compra se convierte en un artículo de lujo, la OCDE nos sitúa en agosto con un 4,6%, saltando desde el 3,9% de julio. Y si pensabas que ya habíamos tocado techo, el INE adelanta que en septiembre el IPC armonizado ha trepado hasta el 5%. Básicamente, nuestro dinero se derrite más rápido que un helado en agosto. La OCDE ha subido su previsión anual para España al 3,6%, lo que en lenguaje llano significa que el Estado gastará más en intereses de deuda y pensiones, mientras el BCE sigue apretando la tuerca de los tipos de interés, dinamitando las hipotecas de miles de familias. En medio de este incendio, la oposición pide deflactar el IRPF para quienes ganan menos de 40.000 euros anuales. Alberto Núñez Feijóo calcula que esto supondría un alivio de 400 euros al año por familia. Un detalle menor si consideramos que las arcas públicas están hinchadas, superando los 250.000 millones en recaudación gracias a que la inflación hace que paguemos más impuestos sin ganar un euro más. El coste de este alivio sería de 12.000 millones de euros. Una cifra que el Gobierno mira con recelo, pero que curiosamente no le ha importado soltar cuando este martes anunció 10.000 millones para créditos sin interés de hasta 50.000 euros para la primera vivienda. El argumento oficial para no tocar el IRPF es que también beneficiaría a las grandes fortunas en sus primeros 40.000 euros. Una lógica brillante: preferimos que el trabajador medio siga asfixiado antes que permitir que el millonario se ahorre unas migajas.
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