Alemania ningunea a Sánchez y pactan salvar el motor de combustión

Sánchez fuera: el pacto que salva el motor

politica Una ilustración conceptual y satírica. Un gran tablero de ajedrez donde dos figuras elegantes representan a Alemania y Francia moviendo piezas de motores de combustión antiguos y brillantes, mientras una figura solitaria y pequeña, representando a España, observa desde fuera del tablero con un cargador eléctrico en la mano, ignorada. Estilo editorial de revista, colores contrastados, atmósfera de despacho diplomático frío.

Hay una forma muy elegante de decirte que no eres invitado a la fiesta: no avisarte de que la fiesta existe. Mientras Pedro Sánchez se imaginaba liderando la vanguardia verde, Emmanuel Macron y Friedrich Merz se han reunido el pasado viernes para cocinar un pacto que mantiene vivo el motor de combustión más allá de 2035.

Básicamente, han dejado al Gobierno español en el banquillo, como si España no fuera el segundo fabricante de coches de Europa ni tuviera la capacidad de matricular más de un millón de vehículos. Es el equivalente político a que tus socios monten un grupo de WhatsApp para decidir el menú y a ti te enteres por una foto en Instagram. La paradoja es deliciosa.

España es la única potencia automovilística que sigue insistiendo en que el 1 de enero de 2035 y el 1 de enero de 2050 sean fechas límite para enterrar el petróleo. Teresa Ribera, desde la Comisión Europea, y el propio Sánchez —que hasta le escribió una carta a Ursula von der Leyen para pedir el veto total— han jugado a ser los guardianes del planeta.

Pero en Bruselas, las cartas de cortesía tienen el mismo valor que un ticket de parking caducado. La Comisión ha preferido escuchar el rugido de los motores alemanes, permitiendo una producción limitada que respete un margen del 10% de las emisiones de CO2 de 2021. Ahora, Francia y Alemania, con el guiño de Giorgia Meloni, han sacado la artillería pesada.

Proponen una 'flexibilidad' que permite que los híbridos enchufables y los motores internos sigan facturando, maquillando el asunto con 'créditos verdes' y acero europeo. Todo esto ocurre mientras los fabricantes chinos aterrizan en Europa como quien llega a un buffet libre, aprovechando que la industria europea está al borde de la quiebra técnica.

Al final, la ecología es un lujo que Berlín y París han decidido que no pueden permitirse si quieren evitar el cierre de sus fábricas.

Crítica:

El texto original es un despliegue de indignación nacionalista que olvida analizar si la postura española era realista o un suicidio industrial. Mucho ruido sobre el 'ninguneo' y poca profundidad sobre la viabilidad técnica del 2035.

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