Crítica:
La noticia es un despliegue de ironía judicial, pero brilla por la ausencia de detalles sobre el valor tasado de las joyas. Se centra en el 'ping-pong' procesal ignorando el origen real de los fondos.
La noticia es un despliegue de ironía judicial, pero brilla por la ausencia de detalles sobre el valor tasado de las joyas. Se centra en el 'ping-pong' procesal ignorando el origen real de los fondos.
Hay que reconocerle al PSOE un talento envidiable para el marketing financiero. Mientras el ciudadano medio mira la cuenta bancaria con el pánico de quien ve un coche accidentado, el partido ha lanzado una campaña de microcréditos para el 29-N que haría palidecer a cualquier gestor de fondos buitre. La oferta es tentadora: un interés del 3,75 % anual. Sí, han leído bien. En un mundo donde dejar los ahorros en el banco es básicamente hacer una donación involuntaria, los socialistas te proponen convertirte en su banquero personal. La jugada es maestra. Te piden el DNI, el número de cuenta y que jures por lo más sagrado que el dinero no viene de ninguna empresa que tenga contratos con el Estado. Una formalidad necesaria para evitar que el asunto huela demasiado a 'favor por favor'. Pero lo verdaderamente brillante es la ingeniería financiera detrás del tinglado. ¿De dónde sale el dinero para pagar ese 3,75 %, que ya supera a la mayoría de las cuentas remuneradas del mercado? Aquí entra en juego la 'economía circular' versión zapatero. En noviembre de 2019, cuando José Luis Ábalos y Santos Cerdán ponían cara a la campaña, el partido ya dejó claro que los intereses se pagarían cuando el Estado ingresara la subvención electoral. Traducido al lenguaje de la calle: el PSOE pide dinero prestado a sus simpatizantes, promete un interés generoso y luego usa el dinero de todos los contribuyentes para pagar los intereses de sus propios prestamistas. En 2019, la maquinaria funcionó a pleno rendimiento. Para las generales del 28 de abril, con un interés del 2 % frente a un IPC del 1,5 %, recaudaron 2.454.420 euros. Fue un éxito rotundo que superó cualquier crédito bancario. Siete meses después, subieron la apuesta al 2,5 % mientras el IPC se hundía al 0,4 %. Ahora, para el 29-N, vuelven a la carga. Es el ciclo perfecto: el Estado financia el partido, y el partido usa ese dinero para pagarle intereses a quien le prestó para hacer campaña contra el Estado.
Hay quien dice que las reglas del juego son para todos, pero en los despachos del Ministerio de Justicia parece que el reglamento es más bien una sugerencia editable. Sofía Puente, que en aquel entonces movía los hilos como alto cargo, se ha visto envuelta en un jardín jurídico considerable. La historia es sencilla: la Ley de Memoria Democrática de 2022 decía que, para recuperar la nacionalidad, había que demostrar que el abuelo o el padre huyó de España entre 1936 y 1955. Un requisito básico, como presentar el DNI para sacar el pasaporte. Pero entonces llega el 13 de junio de 2023 y Puente, en un oficio dirigido al Consulado General de España en Montreal, decide que acreditar la fecha de salida es un trámite prescindible. Básicamente, convirtió un muro de hormigón en una puerta giratoria. La Asociación Hazte Oír no ha pasado por alto este 'olvido' administrativo y ha ampliado por quinta vez la querella por prevaricación administrativa. La jueza María Inmaculada Lova, del Juzgado de Instrucción Número 35 de Madrid, ya ha admitido el trámite. Lo irónico es que Puente se contradijo en apenas siete meses y medio, firmando una instrucción y luego dinamitándola con un oficio. Este 'estilo libre' administrativo ha creado un precedente que otros consulados copiaron como quien copia un truco de cocina, facilitando la nacionalidad sin los papeles exigidos. Mientras tanto, el Tribunal Supremo mantiene en el congelador la contabilidad de más de 160.000 posibles votos para el 29 de noviembre, porque la propia Administración ha confesado que no tiene ni idea de quién entró por la puerta grande y quién por la ventana que dejó abierta Sofía Puente.
Hay regalos que pesan más que el oro, y el 'detalle' que José Luis Rodríguez Zapatero guarda en su despacho es, ahora mismo, un lastre judicial de los gordos. El exmandatario ha intentado venderle al Juzgado Central de Instrucción número 4 una historia digna de una novela de espías: dice que las joyas son un obsequio personal de la monarquía saudí, aceptado por pura 'deferencia'. El problema es que, cuando el juez José Luis Calama le pide el ticket de compra o una certificación, la respuesta es el silencio absoluto desde Riad. Zapatero, en un giro de guion sorprendente, pidió al juez que abriera una comisión rogatoria. Básicamente, quería que el Estado español hiciera el papeleo diplomático para preguntar en Arabia si es verdad que le regalaron las piedras. El juez Calama, que no nació ayer y tiene el olfato afrutado para detectar hipocresías, le ha cerrado el grifo. ¿Su argumento? Es una genialidad de la ironía judicial: si Zapatero tiene una relación tan estrecha y 'especial' con los jeques que estos le regalan joyas sin estuche ni factura, ¿por qué no coge un avión y va él mismo a recoger los papeles? El auto es lapidario. Calama le recuerda que no tiene la libertad de movimientos restringida; no hay brazalete ni prohibición de salida. Mientras el ciudadano medio se lo piensa dos veces para pagar el IVA de una cafetera, el expresidente pretende que la justicia construya 'ex novo' el soporte probatorio de una historia que no tiene ni una sola prueba objetiva. Es el clásico caso de querer que el juzgado haga el trabajo sucio de una coartada que, a día de hoy, tiene la solidez de un castillo de naipes en medio de un vendaval.
Hay una coreografía en Moncloa que ya quisiera cualquier director de escena de Broadway. El Gobierno ha decidido jugar al escondite con dos reales decretos-ley de vivienda que, tras ser tumbados en el Congreso, volvieron al Consejo de Ministros el pasado 6 de octubre. Pero no se equivoquen: aquí no hay olvidos, hay calendario. Mientras el ciudadano medio hace malabares para que el alquiler no se coma la mitad de su nómina, el Ejecutivo prefiere guardar los papeles en el cajón para soltarlos el 12 de noviembre. La jugada es tan transparente que asusta. El plan es esperar a que pase la huelga general del 11 de noviembre para, justo al día siguiente, lanzar el anuncio como quien suelta un confeti en el clímax de una fiesta. Es una estrategia de escaparate puro y duro. El 13 de noviembre arranca la campaña electoral y Pedro Sánchez quiere entrar en ella con la bandera de la vivienda bien desplegada, evitando que el ruido de los sindicatos le robe el protagonismo. Lo más curioso es el cuento chino de los plazos legales. Moncloa dice que quiere prolongar la vigencia de las medidas, pero esa excusa tiene menos sentido que comprar un paraguas cuando ya estás empapado. El PNV ya había dado el visto bueno al decreto vigente a principios de octubre, así que el camino estaba despejado. No es una cuestión de leyes, es una cuestión de marketing. Han convertido el BOE en un folleto publicitario y el Consejo de Ministros en un estudio de grabación para spots electorales. Al final, la vivienda no es una urgencia social, sino un activo financiero para comprar votos en la recta final.
Hay un arte casi místico en el silencio administrativo, esa capacidad de mirar un incendio y decidir que no es el momento de usar el extintor. En la Audiencia Nacional, la jueza María Tardón ha tenido que escuchar el relato de un teniente coronel de la Guardia Civil que, básicamente, describe una escena de surrealismo puro. El oficial advirtió sobre seis barcos marroquíes —dos interceptoras, dos patrulleras y dos lanchitas— merodeando la costa la noche antes del asalto del 30 y 31 de julio. Fue el aviso perfecto, el tipo de alerta que en cualquier casa normal te haría cerrar la puerta con doble cerrojo, pero el delegado del Gobierno en Ceuta decidió que las instrucciones eran un lujo innecesario. Cero órdenes. Vacío absoluto. Mientras tanto, en la frontera, la escena parecía coreografiada. Un jefe policial describió a agentes marroquíes, algunos uniformados y otros de paisano, haciendo de 'guías turísticos' para la avalancha humana, señalando el camino con la amabilidad de quien indica la salida de un cine. Al otro lado, los militares marroquíes practicaban el zen absoluto: brazos caídos. La joya de la corona es la puerta del vallado. Un inspector jefe de la Policía confirmó que había una entrada que «siempre está abierta», la cual fue utilizada como alfombra roja para los invasores. La respuesta oficial es digna de un manual de autoayuda: no la cerraron para evitar 'aplastamientos'. Es decir, prefirieron dejar la puerta abierta al caos antes que arriesgarse a un tapón. Mientras el responsable de Seguridad Ciudadana de Ceuta gritaba que no tenía medios y que el protocolo de la Policía Nacional era un fantasma, el Gobierno de Juan Jesús Vivas veía cómo la frontera se convertía en un colador por pura inacción coordinada.
En el Ministerio de Asuntos Exteriores han empezado a sonar las alarmas y, cuando el agua llega al cuello, algunos han decidido que es el momento perfecto para hacer las maletas. No es una coincidencia poética; es puro instinto de supervivencia. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación con una calculadora en la mano, en los despachos de José Manuel Albares se gestionan 'salidas estratégicas' justo cuando el Tribunal Supremo ha decidido dejar de hacer el paripé con la Ley de Nietos. Xavier Martí Martí, el hombre que estuvo al mando de Españoles en el Exterior y Asuntos Consulares mientras se cocinaba la instrucción de Sofía Puente (sí, la hermana del ministro Óscar Puente), ha hecho un movimiento maestro de 'desaparición'. El 29 de septiembre dejó de ser subsecretario para aterrizar el 30 en Filipinas. Un destino que, en el lenguaje diplomático, es como pasar de un ático en el Barrio de Salamanca a un cuarto interior sin ventana: ideal para pasar desapercibido si el viento político cambia de dirección y alguien empieza a preguntar por los expedientes. Pero la fiesta del éxodo no termina ahí. El BOE del 27 de octubre ha oficializado la salida de María Luisa Benítez-Donoso, jefa de gabinete de Diego Martínez Belío. A ella, a diferencia de Martí, le han dado el 'premio gordo': un destino de primer nivel como recompensa por haber estado en el núcleo duro del poder. Todo esto ocurre mientras el Supremo ha puesto el cronómetro: cinco días para entregar la lista nominal de las 163.020 personas nacionalizadas bajo la sospechosa instrucción de Sofía Puente. El plazo expira el 28 de octubre a las 15:00 horas, y la amenaza es clara: multas o responsabilidad penal. Albares, que no es tonto, se ha blindado el 22 de octubre enviando un telegrama 'imperativo' exigiendo un Excel que, según los propios funcionarios, es tan ágil como un tanque en un lodazal. El ministro ha pasado de la pasividad al pánico administrativo en tiempo récord para evitar que el zapato le apriete demasiado.
Hay una ironía deliciosa y cruel en el aire de Madrid. Mientras en la Puerta del Sol la acampada parece haber obtenido una especie de 'estatuto de intocabilidad' bendecido por el silencio administrativo, en el Ministerio del Interior la paciencia de Fernando Grande-Marlaska duró lo que tarda en enfriarse un café. El guion es de manual: 16 policías y guardias civiles se encierran el martes para pedir que se reconozca su labor como profesión de riesgo. Básicamente, piden que su jubilación no sea una carrera de obstáculos comparada con la de las policías locales o autonómicas. Un deseo razonable para quienes juegan su vida en cada turno. Pero el Gobierno sanchista, con la mirada puesta en la campaña electoral y el pánico a cualquier mancha en el escaparate, decidió que la diplomacia era demasiado lenta. La solución fue un despliegue de fuerza interna: cinco unidades de la UPR enviadas a desalojar a sus propios compañeros. No hubo mesa de diálogo, hubo filiaciones y amenazas de delitos de desobediencia. El resultado llegó a la 1:00 de la madrugada del miércoles: los agentes abandonaron la sede, no por convicción, sino para evitar que la situación degenerara en un forcejeo entre uniformes. Aina Calvo, secretaria de Estado de Seguridad, cerró el grifo de la negociación con una excusa que ya es un clásico del diccionario político: 'hay elecciones'. Traducido al lenguaje de la calle: 'ahora no me molestéis que estoy ocupado haciendo campaña'. Aarón Rivero, de JUPOL, lo ha resumido con una palabra: ignominia. Es el contraste perfecto entre el rigor quirúrgico para sacar a los suyos y la laxitud contemplativa frente a los ocupas del centro. Al final, la profesión de riesgo no es solo enfrentarse al crimen, sino intentar que tu propio jefe no te trate como a un intruso en tu casa.
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