Crítica:
La noticia es un catálogo de gastos superfluos disfrazado de necesidad técnica. El dato más escandaloso es la fidelidad ciega a una marca justificada por la 'falta de tiempo' para migrar sistemas.
La noticia es un catálogo de gastos superfluos disfrazado de necesidad técnica. El dato más escandaloso es la fidelidad ciega a una marca justificada por la 'falta de tiempo' para migrar sistemas.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la cuenta corriente para que el presupuesto de la compra no se le escape de las manos, en el Senado se maneja el dinero público como si fuera un monópolo infinito. La Mesa del Senado acaba de lanzar una licitación que nos deja helados: 1.150.999,44 euros para comprar 325 móviles y 325 tablets. Sí, han leído bien. Un millón cien mil euros para que los nuevos senadores de la XVI legislatura no se sientan desprotegidos tecnológicamente tras las elecciones del 29 de noviembre. La excusa es la de siempre: la 'urgencia'. Dicen que no hay tiempo material para cambiar de sistema operativo antes de la constitución de las Cortes el 23 de diciembre. Así que, para evitar el estrés de aprender a usar un Android, se quedan con iOS y iPadOS. El despliegue es faraónico. Los móviles, de 'última generación' y color oscuro, se llevan 609.021,97 euros. Exigen pantallas de 6,3 pulgadas, 512 GB de memoria y cargadores rápidos que recuperen el 50% de la batería en 15 minutos. Probablemente para que no se queden sin batería mientras ignoran las peticiones ciudadanas. Por si fuera poco, las tablets suman otros 541.977,47 euros. Pantallas de hasta 11 pulgadas y teclado incluido, porque escribir con los dedos en el aire es demasiado esfuerzo para la aristocracia parlamentaria. Y claro, el seguro contra accidentes está incluido, porque romper un juguete de lujo es un riesgo laboral. Si miramos el retrovisor, la XV legislatura costó 863.442,21 euros. La inflación no solo golpea al supermercado, también golpea la generosidad del erario público. Y mientras tanto, el Congreso no se queda atrás, licitando 550 móviles y 425 tablets por casi 1,6 millones. Una fiesta digital pagada con nuestros impuestos.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y mira la cesta de la compra como quien mira una película de terror, en el Senado se respira un aire de urgencia... pero de la urgencia tecnológica. La Mesa del Senado ha decidido que para la XVI legislatura no basta con la voluntad política; hace falta hardware de lujo. El plan: soltar 1.150.999,44 euros (IVA incluido) para que 325 senadores estrenen móvil y tablet a juego. Un despliegue de generosidad pública que deja el presupuesto doméstico de cualquiera como un chiste de mal gusto. La excusa es la 'tramitación urgente'. Dicen que no hay tiempo para cambiar de sistema operativo porque el 23 de diciembre se constituyen las Cortes y, claro, adaptar el antivirus a Android sería un drama griego. Así que, blindados por el ecosistema iOS y iPadOS, se han pedido 325 móviles de 'última generación' por 609.021,97 euros. Pantallas de 6,3 pulgadas, 512 GB de memoria (probablemente para guardar los PDFs que nadie lee) y carga rápida para recuperar el 50% de batería en 15 minutos. Porque claro, el ritmo de trabajo en el Senado es tan frenético que no pueden permitirse esperar media hora a que el móvil cargue. Para completar el kit de bienvenida, suman 325 tablets por otros 541.977,47 euros, todas en 'color oscuro', para mantener la sobriedad mientras se gasta el dinero de todos. No olvidemos que el Congreso ya ha hecho su propia fiesta con 1,6 millones para 550 móviles y 425 tablets. Si comparamos con la legislatura anterior, donde el Senado gastó 863.442,21 euros, vemos que la inflación en la Cámara Alta no es un problema, es una política de estado. Todo con garantía de cuatro años y seguro contra accidentes, porque romper un juguete de mil euros es un riesgo profesional que el contribuyente debe cubrir.
Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite de oliva o intentamos que la tarjeta no rebote el día 20, allá arriba, en el congelador cósmico, alguien ha encontrado un nuevo vecino. Se llama 2026 ED138, y no es una piedra cualquiera que flota por ahí; es un candidato a planeta enano. Para que nos entendamos: no es un asteroide insignificante, sino un cuerpo que, con un ancho de entre 600 y 1500 kilómetros, tiene la suficiente 'chicha' gravitatoria para haberse vuelto redondo, como una canica gigante perdida en el patio trasero del Sol. El hallazgo es obra de Matthew Holman, del Center for Astrophysics | Harvard & Smithsonian, quien el 13 de octubre se encontró con este bicho mientras pasaba datos por un código que diseñó con Kevin Napier. El objeto es un presumido: a pesar de estar a 46 unidades astronómicas del Sol (más lejos que Plutón, que ronda las 40 AU), brilla lo suficiente como para decir 'aquí estoy'. El Vera Rubin Observatory, ese monstruo asentado en el Cerro Pachón de Chile con un espejo de 8,4 metros, ha sido el chivato perfecto. Este telescopio, que empezó su Legacy Survey of Space and Time (LSST) en junio de este año, usa una cámara de 3,2 gigapíxeles para hacerle un 'time-lapse' al cielo, cazando desde materia oscura hasta los más de 11.000 asteroides que ya ha fichado. Lo más curioso es que el 2026 ED138 es un rebelde; tiene la órbita inclinada 25 grados, probablemente porque Neptuno le dio un empujón en el pasado. Y aunque Mario Jurić y Holman lo vieron 30 veces entre marzo y julio, resulta que la Dark Energy Camera ya lo había pillado en 2016. Ahora solo falta que el James Webb le eche un ojo en infrarrojo para confirmar si entra en el club VIP junto a Plutón, Ceres, Eris, Haumea y Makemake. Un club muy exclusivo, básicamente el 'quién es quién' de los mundos pequeños.
Alan Dean Foster, el hombre que ha escrito más novelizaciones que yo he tenido cenas decentes, vuelve a la carga. Con una trayectoria de 55 años que incluye haber sido el 'fantasma' detrás de la primera novela de Star Wars en 1976 y el arquitecto de guiones para Star Trek: The Motion Picture, Foster no es un novato; es el abuelo con trucos bajo la manga de la ciencia ficción. Su nueva apuesta, 'Lost on Paradise', que aterrizará el 20 de octubre de 2026 bajo el sello de Blackstone Publishing, nos vende la eterna fantasía del 'escape'. La trama es el pan de cada día en tiempos de crisis: una Tierra que es básicamente un vertedero glorificado donde Jonos y Liina sobreviven rebuscando en la basura de los ricos, como quien intenta encontrar un ticket válido en un cajón viejo. El sueño es 'Paradise', un mundo donde tres razas (Eiquan, Lusanata y humanos) conviven en una armonía que huele a folleto turístico engañoso. Para llegar allí, hace falta una pasta que Jonos y Liina no tienen, pero como en toda buena historia de desesperados, terminan huyendo tras un delito. Foster, que ha diseccionado el horror en Alien, The Thing y Terminator: Salvation, no nos va a regalar un final feliz de Disney. El autor admite que su 'Paraíso' es una trampa conceptual: es perfecto hasta que llegas y lo arruinas todo, comparándolo con la llegada de los europeos a Tahití, donde el 'intercambio cultural' fueron la viruela y las enfermedades venéreas. En resumen: el libro es una metáfora sobre la migración y la fragilidad de la utopía, escrita por alguien que sabe que, al final, el aire puro siempre tiene un precio que no podemos pagar.
Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite de oliva o intentamos que el Wi-Fi no se caiga en mitad de una videollamada, a 37 millones de años luz hay una fiesta de luces que no conoce la crisis. Se trata de la NGC 1827, una galaxia espiral que el Telescopio Espacial Hubble ha decidido fotografiar de perfil, como quien hace un 'spoiler' visual de lo que verías si tuvieras un coche con combustible infinito y mucha paciencia. La NGC 1827 no es una galaxia convencional; es lo que los expertos llaman una espiral 'intermedia'. En lenguaje llano: es la indecisa del cosmos, situada en ese limbo estructural entre las galaxias con barra y las que no la tienen. Desde nuestra perspectiva, no vemos el remolino clásico, sino un borde centelleante, una especie de encaje cósmico tejido con cintas de polvo marrón y estrellas azules que brillan más que cualquier anuncio de neón en Times Square. Hay una estrella en particular que se lleva todo el protagonismo con cuatro picos de difracción, un efecto técnico de la cámara ACS del Hubble que, traducido al mundo real, es como ese reflejo molesto pero elegante de una joya bajo el foco de una joyería. Pero no se equivoquen, esto no es solo una sesión de fotos para el Instagram intergaláctico. Esta imagen es parte de un censo masivo de 260 galaxias satélite. Hasta ahora, el Hubble ha localizado 111, moviéndose por el vacío como un inspector de Hacienda buscando activos ocultos. El objetivo es entender la dinámica de estas galaxias de baja masa y cómo se llevan con sus 'anfitrionas', similares a nuestra Vía Láctea. Ciencia pura, mientras nosotros seguimos intentando entender por qué el mando de la tele no funciona.
Vivimos en una era donde el algoritmo nos anestesia con vídeos de gatitos, pero de vez en cuando llega una imagen que te pega un bofetón de realidad en toda la cara. Federico Veronesi, un italiano con ojo para la tragedia, ha logrado lo impensable en el valle del río Huab, Namibia: capturar el duelo animal. No es una postal bonita de safari; es una madre elefante arrastrando el cuerpo de su cría, con la pata del pequeño encajada entre el colmillo y la trompa. Un golpe en el estómago que ha dejado en ridículo cualquier pretensión de superioridad humana sobre la cognición animal. Mientras nosotros discutimos si el vecino ha aparcado mal el coche, Kathy Moran, presidenta del jurado, describe la obra como un "golpe visceral". Veronesi no encontró la escena en un catálogo; tuvo que rastrear marcas de arrastre en el cauce seco de un río, como quien busca una aguja en un pajar de arena. El resultado es el premio máximo del Wildlife Photographer of the Year 2026, superando una montaña de 65.000 fotografías enviadas desde todos los rincones del globo. El Natural History Museum de Londres, que organiza este despliegue de talento, ha repartido trofeos en 20 categorías. Desde la crudeza de Francisco Negroni en Chile, exponiendo la hipocresía de la caza ilegal de pumas en Santa Cruz a pesar de la prohibición de 2025, hasta la macabra "merienda" de Alexis Tinker-Tsavalas, donde una mosca licúa a otra viva. Es un catálogo de la supervivencia donde el dolor de un elefante se convierte en el estándar de oro del arte. Las imágenes estarán expuestas hasta el 11 de julio de 2027, para que podamos recordar que, mientras nosotros pagamos impuestos y nos quejamos del wifi, la naturaleza sigue gestionando el luto con una dignidad que nos deja pequeños.
A las 4:43 A.M. del 15 de octubre de 1997, mientras la mayoría de los mortales en Florida luchaban contra la almohada, un cohete Titan IVB/Centaur decidió que era el momento perfecto para despertar a todo el vecindario. Con un empuje de 3,4 millones de libras (unos 1,5 millones de kilos), la misión Cassini-Huygens no solo convirtió la noche en día, sino que probablemente dejó una colección de alarmas de coches sonando en coro, como si el cielo mismo estuviera dando un concierto de rock no solicitado. No era la primera vez que nos asomábamos a Saturno. Las sondas Pioneer 11, Voyager 1 y Voyager 2 ya habían pasado por allí entre 1979 y 1981, pero aquello fueron viajes de 'turista express': fotos rápidas, un saludo y a seguir corriendo. La NASA, la ESA y la ASI decidieron que ya bastaba de postales rápidas y que hacía falta alguien que se instalara allí, como quien alquila un piso en el centro para conocer el barrio a fondo. El plan era ambicioso: un viaje de miles de millones de millas hacia el frío más absoluto del sistema solar. Durante 20 años, Cassini fue el informante estrella, enviando datos que reescribieron los libros de texto, hasta que el 15 de septiembre de 2017 llegó el 'Gran Final'. En un acto de sacrificio que haría palidecer a cualquier drama coreano, la sonda se lanzó deliberadamente contra las nubes del gigante gaseoso en una maniobra de autodestrucción. Un final digno para una máquina que nos enseñó que Saturno es mucho más que unos anillos bonitos, demostrando que, a veces, para obtener la verdad absoluta, hay que estar dispuesto a estrellarse contra ella.
Comentarios