Hay quien dice que el dinero no compra la felicidad, pero en el 'caso mascarillas' parece que sí compró algunas comodidades muy interesantes. El Supremo ha decidido que ya es hora de pasar factura, y no precisamente con un descuento por fidelidad. La cuenta final asciende a 647.000 euros en indemnizaciones, multas y decomisos.
Para el ciudadano medio, esa cifra es el sueño húmedo de una hipoteca pagada; para José Luis Ábalos, Koldo García Izaguirre y Víctor de Aldama, es el precio de haber jugado al Monopoly con fondos públicos.
El exministro Ábalos debe soltar 52.500 euros en multas, mientras que su exasesor, Koldo García, se enfrenta a un sablazo de 45.750 euros.
Por su parte, el empresario Aldama, que hacía de cajero automático y repartidor oficial del grupo, debe aportar 75.000 euros. Pero aquí viene lo jugoso: el decomiso. El tribunal ha puesto la lupa sobre 430.298 euros obtenidos mediante cohecho. Una cifra que, traducida al lenguaje de la calle, es como si hubieran encontrado un tesoro enterrado en el presupuesto del Estado y decidieran repartírselo en cenas privadas.
La solidaridad, que suele ser un valor noble, aquí es puramente judicial: los tres responden solidariamente hasta cubrir cada céntimo de ese botín.
Además, Ábalos y García Izaguirre deben pagar a INECO 34.450 euros y a TRAGSATEC 9.500,54 euros. Tienen 15 días para pagar antes de que la administración empiece a mirar sus cuentas con hambre de cobrador. Mientras tanto, el Supremo liquida las penas de prisión (hasta 15 años y 18 meses para Ábalos) y Aldama se libra con trabajos comunitarios y una visita semestral al juzgado, como quien va a pasar la ITV de su conciencia.
Crítica:
La noticia es un frío listado de cifras que oculta la verdadera magnitud del descaro político tras la terminología procesal. Le falta analizar el impacto real de que el 'repartidor' reciba una condena mucho más ligera que los gestores públicos.
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