El español gana terreno en Andorra pese a las exigencias de su Gobierno para conocer el catalán

Andorra: el catalán cae pese a multas

politica Una ilustración conceptual y satírica. Un mapa pequeño de Andorra representado como un tablero de juego donde piezas de letras en castellano y catalán luchan por espacio. Al fondo, un sello oficial gigante y un martillo de juez golpeando un formulario de reclamaciones, con un estilo de caricatura editorial moderna, colores vibrantes y contrastados, sin rostros humanos reales.

Intentar imponer un idioma por decreto es como querer que el gato se bañe: puedes comprar el champú más caro, pero el animal seguirá haciendo lo que le dé la gana. En el Principado de Andorra, un territorio de 468 kilómetros cuadrados que parece un condominio compartido entre el Obispo de Urgel y el presidente francés, el Gobierno ha decidido jugar a los profesores estrictos.

Han lanzado una ley de lengua propia y oficial que obliga a acreditar el catalán para renovar la residencia y hasta han multado a un comercio en 2025 porque sus hojas de reclamaciones no estaban en el idioma oficial. Un sablazo administrativo por un detalle de papelería. Pero la realidad no entiende de sellos ni de BOEs.

Mientras la ministra Mònica Bonell insiste en que estas medidas cambiarán las tendencias, los datos le dan un bofetón de realidad. En 2022, el catalán era la lengua habitual para el 63,7% de la gente; ahora ha caído en picado hasta el 55,9%. Mientras tanto, el castellano ha subido del 48,6% al 55%.

Es una transferencia de poder lingüístico más rápida que un cambio de moneda en el aeropuerto. La hipocresía alcanza su punto álgido en la sanidad. Exigían un B2 de catalán para curar pacientes, pero para 2025 se dieron cuenta de que los virus no esperan a que el médico termine el curso de gramática.

Ante la falta de profesionales, han abierto el grifo permitiendo trabajar hasta dos años sin el título. En casa, el castellano manda con un 38,8% frente al 31,9% del catalán, y entre amigos la brecha es similar: 38,2% contra 34,7%. El Gobierno culpa a la inmigración, pero la calle habla claro: el español no pide permiso, simplemente ocurre.

Crítica:

El texto original es una sucesión de porcentajes que marea al lector. Le falta analizar por qué la ley fracasa en lugar de limitarse a transcribir la encuesta.

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