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El Gobierno se ha despertado hoy con una sonrisa, probablemente porque han descubierto que el camino más corto hacia la 'protección social' es convertir el Estado en el principal empleador de los que no tienen empleo. Mientras el ciudadano de a pie hace malabares con la cesta de la compra, el secretario de Estado de Trabajo, Joaquín Pérez Rey, presume de una 'tasa de cobertura' que crece con una fuerza envidiable. Traducido al lenguaje de la calle: el 86,75% de los parados ya depende de una ayuda para no hundirse. Un récord histórico que, en lugar de alarmar, se vende en Moncloa como un trofeo de gestión. La ingeniería financiera es fascinante. En julio, 1,86 millones de personas cobraban una prestación, un 2% más que hace un año. El Estado ha soltado 2.115 millones de euros en un solo mes, con una media de 1.159 euros por persona. Para el Ejecutivo, esto es 'inversión'; para cualquier persona con sentido común, es un subsidio a la inactividad que se vuelve estructural. La hipocresía alcanza su pico cuando celebran que el Ingreso Mínimo Vital (IMV) llegue a casi 2,7 millones de personas, sumando un total de 3,36 millones de ciudadanos que viven de prestaciones no contributivas. El desglose es un catálogo de la dependencia. Tenemos a 980.659 personas en la prestación contributiva (un 5,7% más que en 2025) y a 812.116 en subsidios. Incluso el colectivo extranjero ha subido al 12,78% del total, con 237.382 beneficiarios y un gasto de 253,16 millones de euros. El Gobierno dice que 'protege a más colectivos'. Claro, protegen la dependencia para que nadie se atreva a soltar la mano del Estado. Es la política del 'colchón eterno': mientras más gente esté cómodamente instalada en el subsidio, más fácil es presumir de cobertura social mientras el mercado laboral real sigue siendo un campo de minas.
El Gobierno ha enviado a Bruselas el Plan Nacional de Restauración de la Naturaleza, un documento que tiene la precisión de una receta de cocina escrita en un idioma que nadie habla. Mientras el agricultor promedio intenta que la cuenta bancaria no termine en números rojos, Sánchez propone 'actuaciones' sobre 1.982 kilómetros cuadrados de ecosistemas agrarios para 2030, cifra que subirá a 2.363 kilómetros cuadrados hacia 2050. Traducido al lenguaje de la calle: el Estado te dice que quiere 'mejorar el paisaje', pero no te dice si tu parcela pasará a ser un pantano o un refugio de polinizadores. La ingeniería del plan es fascinante por su vaguedad. Hablan de recuperar 65 kilómetros de ríos de flujo libre y 120 kilómetros cuadrados de llanuras aluviales eliminando presas y azudes. Para quien vive del riego, esto no es 'restauración', es un sablazo directo a la infraestructura que mantiene vivo el cultivo. El Ministerio para la Transición Ecológica presume de haber escuchado a 500 entidades y de procesar 26.543 aportaciones en la consulta de enero a marzo de 2026, pero el resultado es un mapa de incertidumbres donde los datos duros solo sirven para decorar el informe. El contraste es brutal. Por un lado, la ambición de plantar 3,5 millones de árboles y recuperar 3.241 kilómetros cuadrados de bosques para 2030; por otro, el pánico rural. Las asociaciones advierten que el Reglamento europeo de 2024 podría dinamitar el 40% del territorio cultivable de la Red Natura. Básicamente, Bruselas quiere el jardín perfecto, pero el coste lo paga el que ara la tierra. Mientras tanto, el Gobierno se toma su tiempo: la versión definitiva no llegará hasta el 1 de septiembre de 2027. Para entonces, puede que el campo ya sea un recuerdo romántico.
Hay quien confunde la diplomacia con un juego de sillas donde el premio es el mapa del vecino. Nizar Baraka, el ministro de Obras Públicas y Agua y secretario general del partido Istiqlal, ha decidido que es el momento perfecto para recordar que, para Rabat, Ceuta es un pendiente por cobrar. Con una retórica que parece sacada de un manual de 'cómo irritar a tu socio', Baraka ha soltado que no retrocederán 'ni un solo palmo' de lo que consideran suyo. Es el tercer aviso en semanas; una insistencia que ya no es un desliz, sino una estrategia de Estado coordinada, especialmente cuando Ahmed Tufiq, el ministro de Asuntos Religiosos, ya pedía la 'liberación' de las plazas españolas delante del propio Mohamed VI. Mientras tanto, en Madrid, Pedro Sánchez juega al equilibrismo en el Congreso. El presidente describe la relación como 'casi perfecta', una definición tan optimista que roza la fantasía, mientras intenta explicar cómo es posible que la Gendarmería marroquí dejara la puerta abierta durante 10 horas el pasado 30 de julio, permitiendo que entre 80.000 y 100.000 personas saltaran la valla en un asalto masivo. Es como decir que tu vecino es un santo mientras te vacía la nevera por la ventana. Para rematar la jugada, el Gobierno ha sacado a la luz un dato que guardaba bajo llave: la convocatoria a la embajadora Karima Benyaich el 21 de agosto. El detalle cómico es que la embajadora no estaba en casa. Una gestión 'prudente', dicen, que en la calle se traduce como intentar dar untoque en un teléfono que no tiene cobertura. La opacidad ha sido tal que hasta sus propios socios parlamentarios han sentido el frío de la contradicción. En resumen: Rabat marca el ritmo y Madrid intenta convencer al país de que todo es una coreografía acordada.
En el tablero político, hay gestos que son un bofetón y otros que son un plantón. Lo de Isabel Díaz Ayuso este viernes con el Consejo de Política Fiscal y Financiera (CPFF) es, básicamente, cerrar la puerta en las narices del Ministerio de Hacienda. El motivo es el de siempre, pero con un sabor más amargo: un nuevo Modelo de Financiación Autonómica que huele a pacto de despacho entre Pedro Sánchez y Salvador Illa. Para Madrid, esto no es una reforma, es una ingeniería financiera para blanquear la deuda de los independentistas mientras el resto paga la fiesta. Mientras el ciudadano medio mira el ticket del súper con pavor, el Gobierno pretende regar las autonomías con más de 20.000 millones de euros. Pero claro, el reparto no es para todos por igual. Según los datos de Fedea y la Universidad de las Hespérides, el modelo es un traje a medida para Cataluña, que se llevaría una mejora de 507 euros por habitante. Madrid, en cambio, es el primo pobre de la capacidad tributaria: aunque nominalmente reciba 409 euros, en la práctica pierde 97 euros netos por persona una vez que se descuenta su aportación al sistema. Es como si te subieran el sueldo 400 euros pero te subieran el alquiler 497; al final del mes, sales perdiendo. Desde el despacho de Arcadi España han gritado que esto es "gamberrismo institucional", una expresión casi tierna para describir la tensión. Ayuso intentó montar un muro coordinando a Andalucía y Castilla y León para tumbar el quorum, pero los otros barones prefieren ir a votar el 'no' en persona. Al final, con el voto garantizado de Cataluña y Canarias, el plan seguirá adelante. Como bien señaló Ángel de la Fuente, estamos ante un riesgo moral donde el Estado se vacía para alimentar una estética fiscal cuestionable que deja a Madrid aportando diez veces más que los catalanes.
Hay cosas que no se hacen, y conceder indultos tres días antes de las vacaciones es, básicamente, el equivalente político a dejar la persiana bajada para que nadie vea que estás vaciando la caja fuerte. El Gobierno ha jugado al bingo de la clemencia y ha salido premiada una red de intereses que haría palidecer a cualquier manual de ética. Entre Laura Borrás y Juan Fernández Gutiérrez, el plato fuerte es Natalio Grueso, el antiguo 'rey Midas' del Centro Niemeyer de Avilés. Grueso no es un cualquiera; es el hombre que convirtió la gestión pública en una cuenta corriente personal. Fue condenado por el Tribunal Supremo en abril de 2023 a ocho años de prisión por malversar 762.593 euros. Para que el ciudadano de a pie lo entienda: mientras tú peleas con el banco por una comisión de mantenimiento, Grueso usaba el dinero de todos para financiar los viajes de su madre, su exmujer y hasta su abuela. Todo esto camuflado con una ingeniería financiera digna de un casino, donde un empleado de El Corte Inglés alteraba facturas para que los caprichos del gestor pasaran por gastos oficiales. De hecho, la deuda con los grandes almacenes rozó los 700.000 euros, una cifra que terminó por cerrarles el crédito porque, al final, hasta la paciencia corporativa tiene un límite. Pero el despliegue de generosidad no acabó ahí. Se gastó 182.616 euros en la cafetería y el restaurante del centro sin que nadie supiera muy bien en qué se fueron los platos. Y ahora, tras pasar dos años jugando al escondite en un pueblo del Algarve, el Gobierno le perdona todo bajo el convenientísimo paraguas de los 'motivos de salud'. Lo más cínico es el club de fans: Woody Allen, Joan Manuel Serrat y otros divos que disfrutaron de sus contratos estratosféricos firmaron el perdón. Es un sistema circular perfecto: el político perdona al gestor, el gestor pagó al artista y el artista pide el indulto. Todos felices, menos el contribuyente.
Hay una diferencia abismal entre invitar a la jefa de la casa y acabar cenando con el portero porque la dueña no está en la ciudad. Eso es, en lenguaje cristiano, lo que Pedro Sánchez intentó colar en el Congreso este jueves. El presidente salió al Pleno con el pecho hinchado asegurando que había convocado a la embajadora de Marruecos, Karima Benyaich, para darle un toque de atención por las reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. Un gesto de fuerza, una respuesta contundente, el manual del líder firme. El problema es que la embajadora no estaba en Madrid. Estaba, básicamente, haciendo cualquier otra cosa fuera de España. La realidad es mucho más modesta: el 21 de agosto quien pisó el Ministerio de Asuntos Exteriores fue el encargado de negocios, el sustituto que firma los papeles cuando el jefe no está. Es como presumir de haber tenido una reunión privada con el CEO de una multinacional cuando en realidad te atendió el secretario de recepción. Para el ciudadano de a pie, que ve cómo el precio de la cesta de la compra sube mientras los políticos juegan al teléfono escacharrado, esto es solo otro martes en Moncloa. Lo más surrealista es la coreografía del silencio. La reunión fue el 21 de agosto, pero el Gobierno decidió guardarla en el cajón hasta el jueves, usando la 'prudencia' como escudo para soltar la bomba justo en medio del debate parlamentario. Mientras tanto, José Manuel Albares, el ministro que tiene que limpiar los trastos, tuvo que salir al rescate para matizar que Benyaich no había acudido a la cita. Todo esto mientras en Rabat, figuras como Abdellatif Ouahbi o Ahmed Toufiq hablan de 'liberación' de nuestras ciudades autónomas. Al final, Sánchez nos vendió un despliegue diplomático de primera categoría que resultó ser un trámite de segunda, donde la precisión del relato importa menos que la foto del momento.
Gestionar la frontera de Ceuta se ha convertido en un ejercicio de matemáticas creativas que haría palidecer a cualquier contable en época de impuestos. El Gobierno se ha aferrado al número 5.000 como quien se agarra a un clavo ardiendo, convirtiéndolo en el mantra oficial de Fernando Grande-Marlaska y Pedro Sánchez. El problema es que, en la calle, los números bailan un tango surrealista. Empezamos el 3 de agosto con la Delegación del Gobierno diciendo que había 2.500 personas, mientras la Ciudad Autónoma, que es la que tiene el barro en las botas, hablaba de hasta 5.000. Diez días después, el Ejecutivo, en un arranque de generosidad estadística, disparó la cifra a 8.000. Básicamente, triplicaron la apuesta en una semana sin que nadie supiera muy bien dónde estaban los demás. Luego viene el truco de magia: miles de personas desaparecen del mapa, pero el número oficial no se mueve. Tenemos 3.658 retornos voluntarios según Ángel Víctor Torres, más 214 expulsiones y otros 148 aventureros que, hasta el 19 de agosto, se colaron hacia la Península en 29 embarcaciones rumbo a Málaga y Cádiz. Si hiciéramos la resta como en primaria, la cuenta no saldría. Pero claro, la Policía Nacional ya lo confesó en un informe del 26 de agosto: no hay datos fiables. Es como intentar contar granos de arena en una tormenta. Para rematar la jugada, el Gobierno suelta un plan de choque de 309 millones de euros —un sablazo al presupuesto que no envidiaría ningún fondo de inversión— para dar plazas a 6.000 personas, aunque solo hayan alojado a 3.400. Mientras los ceutíes salen a la calle hartos de la improvisación, el Estado sigue jugando al Tetris con la gente, sin saber cuántos duermen en centros, cuántos en habitaciones alquiladas y cuántos siguen durmiendo a la intemperie. Al final, los 5.000 son una cifra de catálogo, una foto borrosa de una realidad que nadie ha sabido censar.
En la Diputación de Badajoz han descubierto el arte de la gimnasia mental. Mientras el ciudadano medio se deja la piel para que no le suban la cuota de la luz, en los despachos pacenses se dedican a jugar al 'estira y encoge' con una sentencia judicial. El Caso David Sánchez Pérez-Castejón, hermano del presidente, ha dejado un rastro de inhabilitaciones que, en lugar de traducirse en maletas en la puerta, ha generado una lluvia de informes para ver si los condenados pueden, no sé, cambiar de silla pero seguir cobrando del erario. La ingeniería es brillante: han pedido ayuda al Gabinete de Asuntos Judiciales y a la Intervención General. El detalle es exquisito: Francisco Mendoza Sánchez, el que firma informes, fue letrado de dos de los condenados, Félix González Márquez y Cristina Núñez Fernández. Es como pedirle al árbitro que valide el gol mientras es primo del delantero. El argumento estrella para ganar tiempo es que la sentencia no era firme y que la notificación formal llegó recién el 20 de agosto de 2026. Una jugada de manual para cubrir el expediente mientras la Junta Electoral Provincial decide si Juana Calderón, Francisco Martos y Ricardo Cabezas deben recoger sus cosas o si pueden reubicarse en algún rincón administrativo donde no molesten. Mientras tanto, el Tribunal de Cuentas ya ha nombrado un consejero para mirar el agujero contable, y Vox junto a Manos Limpias insisten en que David Sánchez y su asesor, Luis Carrero —el del famoso 'querido hermanito'—, devuelvan el dinero. Pero claro, recuperar fondos públicos es como intentar cobrar una deuda a un vecino que siempre dice que 'el cheque está en el correo'. Al final, todo se resume en una partida de ajedrez donde la transparencia es el peón que sacrifican primero.
Imagínate vivir en Madarcos, un pueblo de 69 almas donde el silencio es la norma. De repente, te enteras de que para las próximas elecciones habrá 110 votantes. Sí, has leído bien: hay más gente decidiendo el futuro del pueblo desde un sofá en Suiza o Argentina que personas que pisan el barro del municipio. Es la magia de la 'ley de nietos' (la disposición adicional octava de la Ley de Memoria Democrática), una especie de 'promoción 2x1' en nacionalidades que ha convertido a 162 municipios españoles en sucursales electorales del extranjero. El perito Gabriel Araújo ha destapado un mapa surrealista. A 1 de julio de 2026, tenemos 451 municipios donde el voto CERA ya representa la mitad de la población. En sitios como Ventrosa, Valdeprado o Fuentestrún, la proporción es delirante: el voto exterior multiplica a los residentes por 6,5, 5,4 y 4,5 veces respectivamente. Es como si en tu comunidad de vecinos, donde viven cuatro gatos, de repente aparecieran treinta primos lejanos de Buenos Aires para votar si se pone ascensor o no, sin haber pisado el portal en su vida. La ingeniería financiera del voto tiene nombre y apellidos. Sofía Puente, con una instrucción del 25 de octubre de 2022, decidió que cualquiera que se fuera entre 1936 y 1955 era exiliado automático, sin preguntas. Resultado: 545.000 nacionalidades concedidas y más de un millón en cola. Mientras tanto, figuras como Paco Salazar o Adrián Barbón hacen turismo electoral por Argentina y Uruguay, moviendo hilos en un escenario donde la JEC no llega. Según Araújo, este 'inflado' del CERA podría mover hasta 16 escaños en provincias clave, permitiendo al PSOE esquivar socios incómodos. Básicamente, están jugando al Tetris con el censo para encajar la mayoría absoluta.
Imaginen que el resultado de las elecciones generales no se decidiera en los colegios electorales de barrio, sino en un café de Buenos Aires o en un rascacielos de Nueva York. Parece una broma, pero los números de la consultora De Madrid a Europa son un bofetón de realidad: el voto en el extranjero es el elefante en la habitación que podría mover hasta 23 escaños. Estamos hablando de que, a 1 de julio de 2026, hay 2.736.522 electores en el CERA, el 7,11% del censo. Para que nos entendamos: es diez veces más que en 1986. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, hay un ejército invisible de votantes que, si se movilizan al máximo, aportarían 1.100.236 votos. La paradoja es deliciosa. En Orense, el 30,8% del censo vive fuera; hay 158 municipios donde hay más gente votando desde el extranjero que viviendo en el pueblo. Es como si el pueblo estuviera vacío, pero la urna estuviera llena. Argentina lidera el despliegue con 516.185 electores, y Buenos Aires es, técnicamente, una 'provincia' electoral más grande que casi cualquier otra, salvo Madrid, Barcelona y La Coruña. Pero aquí viene el giro de guion: la 'ley de nietos' de 2022 ha inflado el censo, especialmente en Madrid, que concentra 422.732 electores exteriores. Ahora el Tribunal Supremo tiene que decidir el 7 de septiembre de 2026 si este crecimiento es legal o si ha sido una 'ingeniería de inscripción' sin control. En Gerona, donde el último escaño se decidió por 285 votos, el voto exterior podría aportar hasta 10.592. Es pasar de jugar un partido de ajedrez a que alguien tire la mesa entera. El poder ya no está solo en la calle, sino en el consulado.
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Xavier Domínguez